Capítulo 32
Eastman llevaba un traje oscuro bien entallado, bailarinas negras, joyas de buen gusto y un maquillaje discreto.
Tenía el pelo gris cortado en una melena a la altura de los hombros, muy a la moda.
Un agradable rastro de perfume flotaba en el aire.
Dada la duración de su carrera, le calculé una edad de algo más de sesenta años.
Sus ojos penetrantes nos recorrieron mientras se sentaba tras su mesa.
Se detuvieron un instante en mi cara magullada, pero no dijo nada.
—Buenas tardes, Hunter, Mitchell —nos saludó con frialdad—. Disculpad el retraso. Me ha entretenido una reunión con un miembro tocahuevos del Comité de Supervisión de la Cámara. Os juro que son todos una panda de idiotas —proclamó, con la voz rezumando desdén.
No pensaba discutírselo.
—En fin, basta de las tonterías que tengo que aguantar a diario. Tengo entendido que traéis novedades sobre el caso Tucker.
—Sí, señora —empecé con cautela—. Los tailandeses han confirmado que la muerte de Tucker se debió a un derrame cerebral masivo. Sin indicios de juego sucio.
—¿Y la señora Tucker? —preguntó.
—Eso es otra historia completamente distinta.
Creemos que Tucker intentaba chantajear a alguien por una gran suma de dinero.
Los tailandeses identificaron a los dos hombres muertos en la casa como rusos.
Exsoldados, ambos encarcelados por deserción.
Hace poco los pusieron en libertad condicional para incorporarse al Grupo Wagner.
Creemos que, quienquiera que fuese a quien Tucker chantajeaba, contrató a estos rusos para matarlo.
Cuando Tucker murió de forma inesperada, fueron a su casa para asegurarse de que la señora Tucker no estuviera implicada en el chantaje.
Eastman se recostó en la silla, las yemas de los dedos juntas bajo la barbilla. Su cara era una máscara que no ofrecía emoción alguna. Era evidente que no la había convencido. —Continúa —me instó.
—Mientras los tailandeses llevaban el caso por su lado, Emma y yo hemos hecho el seguimiento desde aquí.
Pasos de investigación rutinarios. Revisar el historial de servicio de Tucker, realizar un análisis forense de su ordenador personal y su móvil, y también de los teléfonos que les quitamos a los dos muertos.
Ladeó la cabeza, con un gesto de interés cruzándole la cara. —¿Y?
—Creemos que Tucker había identificado a un topo ruso de larga trayectoria en el Gobierno de Estados Unidos.
Con nombre en clave «AIRCRAFT». Alguien que llevaba décadas infiltrado.
En lugar de informar de sus sospechas al FBI o a nuestra gente de contrainteligencia, a Tucker le pudo la codicia.
Intentó chantajear al topo por una suma enorme de dinero, pensando que podría desaparecer una vez cobrara.
Eastman me estudió con atención. El silencio se prolongó, cargado con el peso de su escepticismo. —Entonces, ¿me estás diciendo que los rusos han tenido un espía infiltrado en nuestro Gobierno durante años? ¿Cuánto tiempo? ¿Quién es?
—Creemos que desde el desastre de Yurchenko. Encaja con la vieja teoría de que Moscú envió a Yurchenko para salvaguardar a un activo muy sensible. Nos dio lo justo para mantenernos enganchados y luego volvió a desertar cuando le convino.
Los labios de Eastman se apretaron en una línea fina. —Siempre he pensado que Yurchenko nos la estaba jugando. —Ni un titubeo—. Ve al grano, Hunter. ¿Quién es el topo?
—El congresista James Kincaid —dije, esperando que las palabras estallaran como una granada. Me equivoqué. Eastman no dijo nada. Su expresión vaciló, solo un instante. Algo cambió en sus ojos. ¿Alivio? Difícil de saber. Entonces habló.
—Kincaid. ¿El que está a punto de ser nominado para vicepresidente? ¿El mismo Kincaid que va a por un puesto en la candidatura republicana, quizá para pasar otros cuatro años en la Casa Blanca?
—Así es —terció Emma—. ¿Lo conoce?
—Nunca he conocido a ese hombre —respondió Eastman, volviéndose hacia Emma—.
Tendría que pedir su expediente, pero creo que solo estuvo unos años en la agencia.
Hace mucho tiempo. Desde luego, no es el superespía de la CIA que intenta aparentar ser.
En cuanto a su carrera política, no soy ninguna admiradora.
Lleva años siendo un grano en el culo para nosotros.
Siempre maniobrando por conseguir un asiento en el Comité Selecto Permanente de Inteligencia de la Cámara.
Cree que su breve paso por aquí le da derecho a supervisar nuestras operaciones casi treinta años después.
Con los años, ha intentado concertar reuniones conmigo, pero siempre insiste en que sea yo quien vaya a su despacho.
Ni hablar. Kincaid es un gilipollas engreído, así de simple.
—De acuerdo, señora. —Asentí, y luego expuse a toda prisa nuestra teoría del «Manchurian Candidate», esbozando nuestras sospechas sobre los vínculos de Kincaid con el SVR.
Eastman escuchó con atención, con expresión indescifrable.
No interrumpió, pero su silencio era una forma de presión en sí mismo.
Como la calma que precede a la tormenta.
—Nuestra hipótesis de trabajo es que el KGB reclutó a Kincaid antes incluso de que entrara en la agencia. No podemos precisar la cronología exacta, pero solo eso ya habría sido una victoria enorme para Moscú.
Emma intervino. —Señora, ya hemos pedido su expediente. Tiene razón en lo de su breve paso por aquí. Entró justo antes de que Yurchenko desertara. Se marchó menos de dos años después. Los registros muestran que voló para Southern Air Transport. Yurchenko fue pasajero en varios de sus vuelos.
—Creemos que, cuando quedó claro que el puesto de Kincaid en la agencia peligraba por su pobre rendimiento, sus oficiales de control del KGB hicieron un movimiento calculado.
Le ordenaron dimitir de la agencia y luego tomaron las riendas.
Financiaron su ascenso político, le dieron los fondos y los recursos para ganar sus primeras elecciones.
En la práctica, convirtieron a su preciado activo, de un operativo de bajo nivel en la agencia, en uno con acceso directo a los pasillos del poder de Washington.
Un congresista de Estados Unidos. Francamente, fue una estrategia brillante a largo plazo por su parte —dije con un respeto a regañadientes.
Eastman dio un único asentimiento brusco, con expresión indescifrable. —¿Y dentro de la Compañía? ¿Algún vínculo con personal de la agencia?
Emma vaciló un instante, el ambiente tenso mientras sopesaba su respuesta. —Nada sólido todavía. Nuestra investigación apunta directamente a Kincaid. Pero, por supuesto, seguiremos buscando cualquier otra conexión.
A Eastman se le tensó la cara, el gesto endureciéndose de forma casi imperceptible. No era solo por preocupación por la reputación de la agencia, eso lo notaba. Era algo más profundo. Algo personal.
—Entiendo y agradezco la minuciosidad de vuestra investigación —dijo—, pero necesito que concentréis todos los esfuerzos en Kincaid y solo en Kincaid. Cualquier sospecha de conexión con la agencia puede esperar.
Eso me pilló desprevenido. —Señora, tenemos el personal y los recursos para abordar los dos frentes de la investigación —protesté.
La voz de Eastman bajó un punto, sus palabras recortadas con una dureza difícil de ignorar.
—Grant, nuestra primera y única prioridad es Kincaid.
Su posible nominación a la vicepresidencia no es solo un riesgo político, es una amenaza sin precedentes para la seguridad nacional.
Distraernos ahora persiguiendo fantasmas dentro de la agencia sería una insensatez.
Pasó un momento de tensión antes de que volviera a hablar, ofreciendo una solución que sabía que rechazaría de inmediato. —Contactaré con un conocido del FBI. Les pasaré el caso.
Su respuesta fue instantánea. —No harás tal cosa —espetó de un modo que dejaba claro que no había debate posible—. De esto nos encargaremos nosotros, en la agencia. Vosotros dos vais a tirar del hilo y vais a traer a Kincaid. Cueste lo que cueste.
No pude evitar admirar su determinación.
Estaba decidida a mantener esto en casa, por precaria que fuera la situación.
La verdad es que yo no tenía más ganas de meter al FBI que ella, pero ¿la CIA localizando y capturando a un congresista de Estados Unidos sin potestad formal de detención?
Parecía la manera infalible de acabar en la cárcel.
Como si pudiera leerme la mente, Eastman prosiguió.
—La oficina del asesor jurídico general y yo trabajaremos juntos para establecer una autorización formal de seguridad nacional.
Yo misma la llevaré al despacho del DCI para que la firme.
Emma y tú tendréis plena autoridad, incuestionable, para llevar a cabo esta operación.
Le eché un vistazo a Emma, tratando de descifrarla, pero su cara era una máscara de indiferencia profesional. Apuesto a que era una excelente jugadora de póquer.
—Entendido —respondí, con la mente ya enfrascada en la logística de lo que estaba a punto de desencadenarse.
Eastman se inclinó hacia delante. —Quiero que trinques a este tío.
Esta es tu operación, Grant. Solicita los recursos que necesites.
Todos los recursos están a tu disposición.
Joder, hasta te moveré un satélite TALENT/KEYHOLE si hace falta.
Pídelo y lo tendrás. Pero que tu equipo de asalto sea pequeño.
Ágil. Sin errores. Entrar y salir. Sin dejar rastro.
Nada que conduzca de vuelta a Langley. A partir de este momento, toda la investigación y la misión de captura quedan clasificadas como Alto Secreto/SCI.
Es material Codeword. Nadie fuera de esta sala y de tu equipo táctico inmediato oirá una sola palabra de esto. ¿Queda claro?
—Clarísimo —respondió Emma. Asentí, conforme. —Sí, señora —dije.
—¿Tenéis un plan de cómo vais a atraparlo? —preguntó Eastman.
—Sí, señora. Tenemos inteligencia de fuentes abiertas que confirma que está atrincherado en su casa de vacaciones de las Bahamas durante las próximas cuarenta y ocho horas.
Eso nos da una ventana estrecha para volar desde Miami, echarle el guante y largarnos pitando.
Tenemos preparadas varias opciones de centros de detención clandestinos para el interrogatorio posterior.
Me inclino por Guantánamo por su cercanía, pero no tengo ningún reparo en arrastrarlo a centros de entregas extraordinarias en África o el Sudeste Asiático si hace falta.
Eastman me dedicó un leve asentimiento, una rara señal de aprobación.
—Bien. Luz verde a la misión —dijo, poniéndose en pie y dando por terminada la reunión—. Avísame en el momento en que tú y tu equipo os despleguéis.
Nos giramos hacia la puerta, el peso de la misión asentándose sobre mis hombros. Pero, justo cuando íbamos a coger el picaporte, la voz de Eastman nos detuvo.
—Grant, ¿una cosa más? —Su tono era ahora más cortante, más frío—. ¿Quién mató a los rusos en casa de Tucker? Y no me vengas con la gilipollez esa de «un trapicheo de drogas que salió mal». No soy idiota.
Emma me miró, con expresión indescifrable. Carraspeé. Esto estaba a punto de complicarse.
—Sí, señora. Le debo una disculpa por el engaño. Cuando presenté el informe de seguimiento, no estaba seguro de en quién podía confiar con la información. Pensé que lo mejor era mantener una tapadera plausible hasta tener más claro a qué nos enfrentábamos. Emma no tuvo nada que ver en esa decisión.
—Lo entiendo —dijo Eastman, con la voz más suave, pero aún intensa—. La verdad, yo podría haber hecho lo mismo en tu lugar. Pero te lo voy a preguntar otra vez. ¿Quién mató a los rusos?
—Fui yo, señora —intervino Emma.
Eastman parpadeó, claramente desconcertada. —¿Fuiste tú?
—Sí, señora. Le disparé al primero cuando tenía a Grant encañonado.
Eastman le dedicó a Emma una mirada prolongada, casi de aprobación. —¿Y el segundo ruso? ¿También lo mataste tú?
—No, señora. Ese fui yo —dije.
—En defensa de la señora Tucker, supongo —dijo Eastman.
—No, señora.
—¿Por qué, entonces?
—Porque me cabreó.