No Admitas Nada (Grant Hunter 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Se lo expuse, esbozándole las líneas generales del caso y todo lo que Mickey nos había contado en la NSA.

Dejé sobre su mesa el mapa que me había dado Mickey, cogí un rotulador rojo de punta de fieltro de un bote y marqué las tiendas que vendían móviles de prepago cerca de donde se había activado el teléfono objetivo.

Las marcas rojas que había hecho parecían manchas de sangre por toda la ciudad.

—No tengo tiempo de conseguir una docena de órdenes judiciales. Te necesito a ti y a tu placa para convencer a algunos tenderos de que nos enseñen sus grabaciones. Tenemos que encontrar al tío que compró el teléfono.

Tony estudió el mapa, con la mente claramente en otra parte. Casi podía oír los engranajes girando tras sus ojos. La batalla interna que tan bien conocía. Tony no tenía inconveniente en saltarse un poco las normas cuando era del todo necesario, pero ¿esto? Quizá lo estaba presionando demasiado.

Por fin exhaló una larga columna de humo y, con un gesto lento y deliberado, apagó el cigarrillo. —Está bien, Grant. Te ayudaré. Pero no creas que esto significa que te haya perdonado. Ni de lejos. Algún día todavía te patearé el culo.

No lo dudé ni por un segundo. El tío tenía buena memoria y guardaba rencor hasta el final.

—Gracias —fue todo lo que dije, sin complicarme. También era consciente de que, aunque Tony era bajito, poseía un récord estatal de powerlifting. No tenía ninguna gana de poner a prueba su fuerza.

Salimos de la comisaría y nos metimos en el coche policial sin distintivos de Tony, con el silencio entre nosotros denso y palpable.

El zumbido del motor y el chisporroteo ocasional de la radio de la policía llenaban el vacío.

Tony volvió a echar un vistazo al mapa mientras avanzábamos a paso de tortuga por el habitual atasco de D.C.

Entonces, por fin, rompió el silencio. —¿Cómo están los chicos? —preguntó, con tono neutro, como si preguntara por el tiempo.

—Supongo que tú sabes más que yo —respondí, manteniendo un tono despreocupado pese a la súbita punzada de dolor al mencionarlos—. ¿No oí que te ponen al día una vez por semana de cómo sigue Beth?

—Sí —suspiró—. Torie me dijo la semana pasada que los médicos habían visto algunos indicios prometedores de un aumento de la actividad cerebral. Pero habrá que esperar a ver.

El corazón me dio un vuelco con esa noticia, pero me callé. ¿Qué podía decir?

Nuestra primera parada fue una tienda de conveniencia destartalada en las afueras de la ciudad.

Carteles despegados y descoloridos que anunciaban cerveza fría, lotería y créditos rápidos cubrían los escaparates.

Cada uno ofrecía su particular forma de consuelo a la gente que vivía en la zona.

Sonó un timbre al entrar, un ruido metálico que destacaba sobre el zumbido de los fluorescentes parpadeantes del techo.

El suelo era un mosaico de tierra y mugre, como si no hubiera visto una fregona en décadas.

Unas moscas zumbaban con pereza alrededor de un artilugio de parrilla giratoria con lo que parecían perritos calientes dando vueltas sobre unos rodillos calientes.

No me imaginaba el hambre que tendría que pasar alguien para comerse uno de esos. La sola idea me revolvió el estómago.

El cajero era un adolescente nervioso y con tics, de pelo largo y lacio que a todas luces llevaba días sin ver un peine.

Unas pelusillas oscuras se esforzaban, sin éxito, por formar un bigote sobre su labio superior.

No lo conseguían. Llevaba una camiseta negra de un concierto de KISS, descolorida y deshilachada por los bordes, conjuntada con unos vaqueros sucios que habían conocido tiempos mejores.

El chaval estaba absorto en un ejemplar de la revista Penthouse cuando entramos, con la atención clavada en el desplegable central de una mujer desnuda.

Casi admiré su devoción por las revistas guarras de toda la vida en plena era digital del porno por internet.

Tony enseñó la placa, y el apagado destello del metal hizo que al cajero se le abrieran los ojos como platos.

—Necesitamos ver tus grabaciones de seguridad —dijo Tony, con voz fría, afilada como una hoja.

Las palabras no dejaban margen a la negociación.

Ahora que teníamos su atención, los ojos del chaval iban de uno a otro como los de un animal atrapado.

Tras un momento, asintió y nos guio a un angosto cuarto trasero donde los monitores del circuito cerrado se encendieron parpadeando, en una obediencia desganada.

Tony tomó la iniciativa y pidió las cintas de la fecha y la hora en que se había activado el móvil de prepago.

Revisó las imágenes con la soltura de quien había pasado más horas frente a pantallas de vigilancia de las que estaría dispuesto a admitir.

Yo estaba justo detrás de él, con los ojos pegados a las imágenes granuladas.

Nada. No había ninguna compra de un móvil de prepago el día en que se había activado el dispositivo.

Ni el día anterior, ni los tres días previos a ese.

Tony no perdió la concentración. En vez de eso, se volvió hacia el chaval.

—¿Tienes algún registro en papel de ventas de móviles de prepago de las dos últimas semanas?

Al chaval se le puso la cara de un rojo intenso mientras manoseaba con torpeza un montón de papeles. —Eh. No, señor. Llevamos ya unos meses sin existencias de móviles de prepago. Se nos ha retrasado el último envío. Es un lío, ¿sabe?

Un callejón sin salida. Miré a Tony y me encogí de hombros. El chaval, claramente aliviado de librarse del apuro, volvió a centrar su atención en la señorita Octubre. Cruzamos una mirada y seguimos adelante.

La siguiente tienda estaba a solo unas manzanas.

Tan destartalada como la primera, aunque esta vez no había viejos perritos calientes giratorios ni pornografía a punto de quedarse obsoleta.

En su lugar, flotaba un leve hedor a moho, y no pude evitar fijarme en unas cuantas cucarachas que correteaban por el zócalo de la pared, sus cuerpos negros deslizándose sobre el linóleo agrietado.

Tras el mostrador había un hombre con un turbante ceñido con fuerza a la cabeza y una poblada barba negra que le cubría la mitad inferior de la cara.

Tenía toda la pinta de ser el dueño de la tienda.

No un simple empleado. Su actitud era serena y firme.

Era sij, la quinta religión más extendida del mundo.

Conocidos por su veneración por la honestidad, la compasión y la generosidad, ideales que moldeaban su vida cotidiana.

Siempre me llamaba la atención cómo su comunidad había sido señalada injustamente tras el 11-S, a menudo confundida con musulmanes por las masas ignorantes.

Tony no perdió el tiempo. Enseñando la placa, preguntó por la venta de móviles de prepago.

—Sí —respondió el hombre, con voz grave pero comedida—. Los vendemos de vez en cuando. Rara vez. Pero en las últimas semanas no hemos tenido ninguna venta.

Sin desanimarse, Tony señaló la cámara de seguridad montada en lo alto de la pared, detrás del mostrador. —¿Podemos ver las imágenes de todos modos?

El hombre negó con la cabeza, los ojos ensombreciéndosele. —Lo siento, detective. El sistema de cámaras no funciona. Lleva meses estropeado. Sale demasiado caro arreglarlo. Lo dejo puesto solo como elemento disuasorio.

La frustración me carcomía. Le dimos las gracias por su tiempo y compramos una botella de agua cada uno antes de marcharnos. La siguiente tienda estaba a dos manzanas.

La tercera tienda era tan lúgubre como las dos anteriores, si no peor. Botellas de todo tipo de licor, sobre todo de los formatos pequeños, de consumo rápido, se apilaban en lo alto de las estanterías, detrás del mostrador. Una señal inequívoca de que el local atendía a cierta clientela.

Tras el mostrador había también un hombre como una montaña, tan grande que me sorprendió que el taburete no se hubiera venido abajo.

La cabeza, rapada al cero, le relucía de sudor, las gotas acumulándosele en la frente fruncida.

Se secó la frente con un paño de manos mugriento, su respiración pesada audible incluso desde donde yo estaba.

Tony fue directo al grano. —¿Vendes móviles de prepago?

El gigante asintió, la voz retumbándole como un trueno lejano. —Sí, tío. No tantos como antes, pero todavía vendemos unos cuantos cada semana.

—¿Tienes un sistema de circuito cerrado que funcione?

El gigante parpadeó y volvió a asentir. —Sí. Podéis mirar las cintas en el cuarto de atrás.

Con un gruñido audible y un esfuerzo considerable, el grandullón se levantó del taburete.

El movimiento le tensó los músculos bajo la ropa holgada.

Llevaba puesto lo que mi abuela habría llamado un muumuu.

Una prenda holgada que llegaba hasta el suelo y que seguramente le ayudaba a mantenerse fresco.

No pude evitar preguntarme qué llevaría debajo o, más inquietante aún, qué no llevaba.

El tipo salió pesadamente de detrás del mostrador, los pies enfundados en zapatillas de andar por casa arrastrándose por el suelo polvoriento.

Se movía despacio, pero con determinación, haciéndonos un gesto para que lo siguiéramos.

Sus anchos hombros llenaban el estrecho pasillo como una barricada.

Cuando abrió la puerta del supuesto «cuarto de atrás», no pude reprimir una sonrisilla.

¿Cuarto? Eso era mucho decir. Apenas daba para considerarse un cuarto de escobas.

Las paredes estaban empapeladas con un calendario caducado y carteles amarillentos de promociones de la tienda olvidadas hacía tiempo.

Le eché una mirada furtiva al hombre, preguntándome cómo se las apañaba para meter semejante mole ahí dentro. Ni de coña íbamos a caber los tres ahí dentro.

—Tony, te toca —dije, apartándome.

Nuestro anfitrión se encajó en el umbral, la barriga rozando el marco, y señaló varios botones del envejecido equipo arrinconado contra la pared del fondo. —Ese para reproducir. Ese para avanzar rápido. Ese para rebobinar. Ese para el zoom. No toquéis nada más —gruñó.

Tony asintió, la atención ya concentrada en el aparato. Satisfecho, el grandullón se retiró murmurando una excusa sobre que tenía que atender el mostrador.

Tony se puso manos a la obra de inmediato. Los dedos le volaban sobre el teclado mientras recuperaba las imágenes. —Dos días antes de la activación —murmuró, sobre todo para sí mismo.

La pantalla se iluminó con un vídeo granulado en blanco y negro.

Era como ver a unos fantasmas penar por los pasillos.

La marca de tiempo parpadeaba en la esquina, un doloroso recordatorio de lo que esto iba a tardar.

La tienda abría las veinticuatro horas, los siete días de la semana, e incluso a doble velocidad era un suplicio.

La gente iba y venía, las caras agotadas, los movimientos lentos.

Vecinos del barrio, en su mayoría. Familias con pocos recursos, trabajadores agotados que cogían lo justo de última hora y alguna que otra fulana que se metía a tomarse un respiro de hacer la calle.

La monotonía era embrutecedora, un carrusel de nada.

Para la segunda hora, se me agotaba la paciencia. —Dime que esto no es un fiasco —dije, apoyado en el marco de la puerta.

Tony me ignoró, con la concentración inquebrantable.

No se podía negar su habilidad. No era solo la competencia fruto de años de experiencia.

Era instinto. Tenía que llevarlo en el ADN.

Su padre había sido policía montado de la US Park Police , patrullando el Capitolio a caballo en los buenos viejos tiempos, antes de que los derechos Miranda , los vídeos de móvil y los comités ciudadanos de supervisión cambiaran las reglas del juego.

Por fin, tras lo que se me antojó una eternidad, Tony congeló la reproducción. —Lo tengo —dijo—. La única persona que compró un móvil de prepago en el periodo que nos interesa.

Me erguí. Las imágenes mostraban a un hombre blanco entrando en la tienda.

Llevaba una gorra de béisbol de los Washington Nationals calada hasta los ojos y gafas de sol oscuras.

El hombre se movía con cautela, como si no quisiera que lo vieran.

Pagó en efectivo, metió el móvil de prepago en la mochila, miró alrededor y se marchó tan deprisa como pudo.

Pero no lo bastante deprisa.

Tony hizo zoom. Pulsando este botón y luego aquel. Yo no tenía ni idea de qué estaba haciendo. Al final, la imagen se fue definiendo hasta que la cara del hombre llenó la pantalla. La gorra y las gafas no lo ocultaban todo. Una mandíbula marcada*,* dientes perfectos y una barba de tres días.

—Ese es nuestro hombre —dije.

Tony gruñó, con el gesto sombrío. —¿Y ahora qué, superespía? ¿Vas a sacarte su nombre de la manga?

—No hace falta —respondí. El pulso se me aceleró cuando el reconocimiento me golpeó como un tren de mercancías.

Tony frunció el ceño, su escepticismo era evidente. —¿Y cómo cojones sabes quién es?

—¡Porque lleva tres semanas saliendo en todas las noticias!