Capítulo 27
Cuarenta y cinco minutos después de dejar a Emma en la sede, crucé las gastadas puertas del Departamento de Policía Metropolitana de D.C.
, División de Homicidios. El lugar parecía no haberse renovado, ni limpiado, ya puestos, desde mediados de los ochenta.
Mesas de acero sin más, con las superficies abarrotadas de papeles y carpetas, se alineaban en hileras sobre un suelo de linóleo descolorido que crujía bajo mis zapatos.
El murmullo de conversaciones en voz baja y el chillido ocasional de un teléfono flotaban en el aire, que olía a desesperación y a humo de tabaco.
Unas salas de interrogatorio pequeñas se sucedían a lo largo de una pared, con las ventanas apenas visibles tras la mugre.
Su actitud cambió cuando me acerqué: primero se fijó en mí con un destello de reconocimiento que enseguida se transformó en una mirada endurecida.
Me preparé para lo que se avecinaba. El olor a tabaco rancio me golpeó antes incluso de llegar a su mesa.
Tony aplastó el cigarrillo contra el reborde inferior de la mesa, doblado hacia arriba, una peculiaridad de diseño que había convertido la parte baja del mueble en un cenicero improvisado, ahora rebosante de los restos calcinados de incontables cigarrillos.
Encendió otro, con la punta roja brillando desafiante frente al cartel de Prohibido fumar que colgaba justo detrás de él.
—Tony —dije con voz neutra.
Exhaló despacio; la nube se le enroscó alrededor de la cara. —Grant —respondió seco—. Hay que tener huevos para presentarte aquí, eso te lo concedo. ¿Qué quieres?
Me esperaba el recibimiento gélido. —Necesito tu ayuda.
Tony soltó un bufido, una risa amarga y seca se le escapó. —¿Que necesitas mi ayuda? Vete a la mierda.
—Sé que no te apetece ayudarme más de lo que a mí me apetece pedírtelo, pero no tengo elección. No estaría aquí si la tuviera.
Tony se burló. —¿Qué necesita el todopoderoso espía de la CIA de un humilde detective de policía? Déjame adivinar. ¿Alguna gilipollez secreta de seguridad nacional? —Su voz rezumaba sarcasmo, los ojos entornados—. ¿A que sí?
Asentí. —Algo así.
—¿Te refieres a la misma seguridad nacional que tenía que proteger a mi hermana? Mira de qué le sirvió. —Escupió las palabras, el gesto crispado.
No era lo mismo en absoluto, pensé, pero no era momento de discutir matices. Tenía cosas más importantes de las que preocuparme.
Me senté frente a él. —Esto no tiene nada que ver con Beth —dije al fin—. No puedo cambiar lo que le pasó. Pero ¿este caso? Es serio. Necesito tu ayuda de verdad.
A Tony se le endureció la cara, los ojos me recorrieron con desprecio. —Me importa una mierda tu caso —replicó con un tono afilado como una cuchilla—. Hay que tener cara para presentarse aquí después de lo que le hiciste.
Ignorando la insinuación de que yo había hecho daño a Beth, seguí adelante. —Necesito acceder a los vídeos de unas tiendas de conveniencia. Necesito localizar un móvil de prepago y a la persona que lo compró.
Me cortó con un gruñido, una nube de humo arremolinándose en el espacio que nos separaba. —Me la suda tu móvil de prepago y tus vídeos. ¿Te crees que puedes entrar aquí tan campante a pedir favores, como si te debiera algo que no sea una buena paliza?
—Sé que no me debes una mierda —dije con una determinación de acero—. Pero esto no va de mí. No va de Beth. Va de frenar una amenaza para la agencia. Para el país.
A Tony se le tensó la mandíbula, los ojos reducidos a dos rendijas. —Siempre hay alguna amenaza, Grant. Para la agencia, para el país, para esta puta ciudad. Apáñatelas tú solo. No soy tu chico de los recados.
La cosa no iba bien. Hora de cambiar de táctica. El enfoque directo no funcionaba, así que cambié de marcha.
—Te propongo una cosa —dije bajando la voz, más comedido—. Tú me ayudas con este caso y yo te ayudo a cerrar lo del cadáver que apareció anoche en Anacostia. ¿Lo lleváis tú y tu compañero?
Ladeó un poco la cabeza, el primer signo de interés que le veía.
—Yo no, pero sí mi compañero. Un tío blanco, puede que extranjero.
Muerto a golpes. Bueno, apuñalado y molido a palos.
La autopsia dirá cuál de las dos cosas le mató, pero ¿mi apuesta?
Casi seguro que fue que le rajaran el cuello y casi le arrancaran la cabeza.
Sin identificación, sin testigos. Un misterio criminal de manual.
¿Cómo cojones vas a ayudarme a cerrar eso?
—Porque yo soy el que le mató.
—Lástima que no fuera al revés —dijo Tony, con la voz rezumando desprecio.
No dije nada. Mi silencio era una confesión en sí mismo.
Se quedó allí sentado, recorriendo con los dedos el borde de un cigarrillo mientras encendía otro con las brasas moribundas del que acababa de terminar. El ritual era casi mecánico, y no pude evitar preguntarme si este tío iba a morir de cáncer antes de que consiguiera que me ayudara.
Un humo acre llenó el aire mientras le daba otra larga calada al cigarrillo.
Se enderezó un poco y volvió a examinarme.
Registrando los cortes de la cara, la mandíbula amoratada, el labio partido, una ceja que parecía que alguien hubiera intentado arrancarla y los nudillos en carne viva de la noche anterior.
—Al menos parece que el cabrón te dio una buena tunda antes de que lo liquidaras.
Ojalá hubiera sido yo quien te la hubiera dado.
—El regodeo en su voz era inconfundible.
Estaba seguro de que se imaginaba a sí mismo dándome de hostias igual que había hecho aquel ruso.
No lo dejé entrever, eso sí. En vez de eso, aproveché la ocasión para repasar con él los acontecimientos de la noche anterior.
Se lo conté todo. Todo el sangriento desastre.
Legalmente, la pelea había sido en defensa propia por mi parte, sin lugar a dudas.
Pero sin testigos, en el mundo por el que me movía, la ambigüedad podía ser algo peligroso.
Tony bien podía aprovechar la ocasión y meterme en una celda, aunque solo fuera por despecho.
No me hacía ilusiones sobre el poder que ostentaba en ese momento.
Garabateó algo en su libreta, unos cuantos trazos de tinta, y la cerró de golpe con un chasquido seco.
—Espera aquí un momento —ordenó, con voz neutra y displicente.
Sin esperar respuesta, se levantó, la silla raspando con fuerza contra el suelo, y cruzó la sala de la brigada para hablar con su compañero.
Un hombre negro, más o menos de la misma edad, el pelo corto encaneciendo, una barriga que parecía llevar años creciendo sin pausa.
Desde luego, no llevaba un traje de diseño.
En su lugar, vestía una americana azul sobre unos pantalones grises, unos zapatos muy gastados y una mirada cansada.
Supuse que este tipo era el compañero que llevaba el caso del cadáver sin identificar.
Esperé. El reloj de la pared parecía burlarse de mí. Tras lo que se me antojó una eternidad, Tony volvió por fin y se sentó.
—Vale, pongamos que te creo —empezó, con voz escéptica pero menos combativa que antes—.
Pongamos que creo que no eres un maníaco homicida que se dedica a matar turistas en nuestra preciosa ciudad.
Pongamos que el ruso era un jugador desquiciado de tu partida de espías internacional.
Que quería molerte a palos hasta matarte.
Pongamos que no quiero encerrarte y dejar a tus hijos sin padre.
Eso sigue sin quitarnos el caso del tablón.
—Señaló con el dedo la pared del fondo, donde una pizarra blanca mostraba una retahíla de víctimas de asesinato.
Una lista interminable de nombres. Cada caso a la espera de resolverse. Pocos acabarían resueltos.
Se irguió, se cruzó de brazos, sopesando sus palabras. —Tampoco puedo decir que el tío se suicidó, ¿no? —soltó con sorna.
Asentí a regañadientes. Tenía razón.
—Bueno, para empezar, tu compañero puede aparcar el caso. Nadie va a venir a buscar a este tío. Se llama Pavel Lenkov. O al menos ese es el nombre del pasaporte que le quité cuando nos vimos por primera vez en Bangkok.
Entonces me incliné hacia delante, la voz bajando a un tono conspirador, sin apartar los ojos de los suyos.
—Cuando vuelva a mi despacho, haré que te entreguen el pasaporte por mensajero.
Luego posdataré una alerta de «Red Notice» a través de Interpol.
En ella constará que Lenkov es un conocido terrorista ruso, sospechoso de dirigirse a Estados Unidos para perpetrar un atentado en D.C.
Eso te dará la excusa perfecta para pasarle el caso al FBI y lavarte las manos.
Y, conociéndolos, lo más seguro es que se planten aquí, con lo creídos que son, y te lo quiten de las manos de todos modos.
Tony se limitó a mirarme fijamente y, durante un largo y asfixiante instante, no hubo más que silencio.
El gesto indescifrable, los ojos fríos. La mirada que esperarías de un hombre que sabía exactamente cuánto poder tenía.
Por fin habló, la voz áspera por algo a medio camino entre la reticencia y un respeto a su pesar.
—Vale. Joder —dijo—. ¿Qué imágenes necesitas exactamente?