Capítulo 25
El aire nocturno estaba cargado del chirrido incesante de las cigarras cuando salimos del restaurante.
A la mayoría le resultaba molesto el zumbido constante de aquellos insectos grandes y de ojos rojos, pero a mí me resultaba extrañamente reconfortante.
Quizá tenía que ver con el hecho de que miles de millones de aquellos bichos vivían enterrados bajo tierra durante diecisiete largos años antes de emerger en masa, solo para pasar sus últimos días buscando pareja frenéticamente antes de morir.
Luego, sin falta, el ciclo volvía a empezar.
Emma y yo decidimos dejarlo por hoy. Descansar y reagruparnos, empezar de cero al día siguiente.
Dejé a Emma en su hotel, un Courtyard Marriott, no lejos de la central.
Pese a mi reciente vida nómada, en realidad sí tenía una casa a la que volver.
Una preciosa casa adosada colonial de ladrillo de doscientos años.
Enclavada en una calle adoquinada, a una media hora, en Old Town, Alexandria.
El problema era que vivía allí otra persona.
Como muchos en la Agencia, Beth y yo habíamos alquilado nuestra casa cuando nos destinaron a Beirut.
El gran plan era que yo me tomaría un largo permiso, más que merecido, una vez terminada la misión.
Íbamos a viajar por el mundo. Conocer mundo.
Encontrarnos a nosotros mismos. Lo que quiera que eso significara.
Pero esos planes, literalmente, se habían hecho humo.
Dos años después, la casa seguía alquilada a la misma profesora de la Universidad de Georgetown y a su marido.
No soportaba la idea de volver a mudarme allí sin Beth.
Así que, en vez de eso, puse rumbo a la dirección contraria, al Wolf Trap Motel, cerca de Vienna, Virginia.
No era precisamente un complejo de cinco estrellas, pero estaba medio limpio y era barato.
Al salir del aparcamiento del Marriott, sentí que algo no encajaba. Una rápida mirada al retrovisor lo confirmó. El sedán oscuro que había seguido mis dos últimos giros me venía demasiado cerca. El conductor intentaba un seguimiento semiprofesional. Ni chapucero, ni impecable tampoco.
¿Me venía siguiendo desde Charley's? O peor aún, ¿me había localizado al salir de Langley sin que yo lo notara?
Ninguna opción era buena. Había sido descuidado.
Confiado. Bajando la guardia solo porque estábamos de vuelta en Estados Unidos.
Mal. Ya me flagelaría por ello más tarde.
Lo primero es lo primero. Tenía que confirmar si estaba solo o no.
Luego averiguaría quién era y qué quería.
En el siguiente semáforo, puse el intermitente para girar a la izquierda, luego hice un brusco cambio de sentido y puse rumbo al este, hacia el río Potomac.
Si formaba parte de un equipo, se habría desviado y habría dejado que otro coche tomara el relevo.
En cambio, el sedán me siguió, haciendo su propio cambio de sentido.
No formaba parte de un equipo. Sin apoyo.
Sus faros seguían fijos en mis espejos, unos cuantos coches por detrás.
Bien. No tenía intención de intentar despistarlo.
Al contrario, necesitaba atraerlo a una trampa.
Cruzar el río Potomac era un punto de decisión.
Opté por la George Washington Memorial Parkway, hacia el sur, en dirección a Alexandria.
Era una ruta que conocía bien, la sinuosa carretera junto al río, un trayecto familiar que ofrecía muchas oportunidades para confirmar mis sospechas.
En efecto, mi sombra reproducía cada giro que hacía, su coche siguiendo el mío al unísono.
Tomé el Key Bridge hacia Georgetown. Los arcos de acero del puente se recortaban iluminados contra el cielo oscuro.
Había poco tráfico; los turistas se habían marchado hacía tiempo con el final del verano, dejando las calles más tranquilas de lo habitual.
Desde M Street, hice una serie de giros por Wisconsin Avenue y luego por Q Street, serpenteando por la tranquila zona residencial.
El sedán seguía rezagado a una distancia discreta detrás de mí.
De nuevo, ningún otro vehículo, ningún seguimiento paralelo coordinando la vigilancia. Estaba solo. Un error.
Me dirigí hacia Dupont Circle, un bullicioso cruce de bares y restaurantes étnicos.
Por allí tenía un restaurante etíope favorito.
Comida deliciosa. Esa clase de sitio donde comes con las manos, recogiendo montoncitos picantes de carne y verduras con injera , una especie de pan blando y esponjoso.
Aunque acababa de comer, pensar en ello me hizo rugir el estómago.
Tenía que concentrarme. Di la vuelta a la rotonda y giré hacia Massachusetts Avenue, en dirección al corazón de la ciudad.
Los edificios se hacían más altos a medida que me acercaba a Embassy Row, sus fachadas de cristal reflejando el tenue resplandor de las farolas.
Coches patrulla de la policía metropolitana de Washington recorrían las calles.
Si me atacaba ahora, la ayuda estaría cerca.
Pero esperaba que no lo hiciera. Tenía otro plan en mente. Uno en el que yo controlaba el juego.
Me siguió a través del río Anacostia por el 11th Street Bridge, lo que lo adentró aún más en uno de los barrios más peligrosos del sureste de Washington.
Aquí las calles estaban casi del todo vacías.
Edificios ruinosos se inclinaban en ángulos extraños, con las ventanas rotas o tapiadas.
La basura esparcida por el pavimento aumentaba la sensación de aislamiento que imperaba en la zona.
Los vecinos iban a lo suyo, con ojos recelosos ante los desconocidos.
El sitio perfecto para una conversación. O una confrontación. Sería su elección.
Por fin llegué a un callejón estrecho que salía de Good Hope Road.
Las farolas eran escasas y dispersas, proyectando sombras largas y dentadas sobre las paredes cubiertas de grafitis.
Apagué el motor y salí del coche, dejando la puerta entornada detrás de mí.
El sedán se detuvo, con los faros cortando la noche e iluminando la escena en penumbra.
La puerta del conductor se abrió de golpe y una figura corpulenta apareció a la vista.
Lo reconocí de inmediato. Mi amigo Pavel, el del aeropuerto.
Tenía los hombros más anchos de lo que recordaba.
El cuello más grueso. Me fijé en el moratón reciente de la barbilla, cortesía de mi fiel termo.
El golpe sordo contra su mandíbula seguía siendo un recuerdo agradable.
Avanzó, con los ojos fríos, calculadores, como un depredador evaluando a su presa.
—Estás muy lejos de casa, Pavel —dije en voz alta, con la voz rebotando en las paredes, haciendo que el callejón pareciera aún más estrecho—. Siento que tuvieras que perder el vuelo.
El ruso no respondió. No le hacía falta.
En lugar de eso, salvó la distancia entre nosotros en un instante, moviéndose sorprendentemente rápido para un hombre de su tamaño.
Apenas tuve tiempo de reaccionar. El instinto tomó el mando y levanté los brazos para bloquear el primer golpe.
Su puño impactó en mi antebrazo como si me hubiera golpeado un mazo.
El dolor estalló por todo el brazo. Retrocedí tambaleándome, pero logré mantener el equilibrio.
Nos movimos en círculos uno alrededor del otro. Cada uno esperando a que el otro cometiera un error. Que diera una apertura.
—No hace falta tanta hostilidad, Pavel —lo provoqué, intentando meterme en su cabeza. Ganar algo de tiempo—. Dime solo para quién trabajas y te dejaré volver a la Madre Rusia.
El matón no habló. Tenía los labios apretados, la mandíbula tensa, como si mis palabras no significaran nada para él.
En vez de eso, soltó una ráfaga de directos, rápidos y secos.
Los paré uno a uno, a duras penas capaz de seguir el ritmo y la fuerza de sus ataques.
Entonces vi un hueco y contraataqué con un gancho de derecha a la mandíbula.
Acertó, pero fue como golpear un muro de ladrillo.
La cabeza no se le movió. Ni pestañeó. La mano me palpitaba por el impacto.
Retrocedí y seguí pinchándolo.
—Vale, así que, si no quieres volver a Rusia, te buscaremos un buen sitio aquí en Estados Unidos. Little Odessa, quizá. Puedes tomar vodka a sorbos y comer borscht junto al mar.
Seguí soltando palabras, buscando desconcertarlo, esperando alguna grieta en su disciplina.
Pero no hubo nada. Era una máquina. Frío, implacable, impasible.
Aquello no llevaba a ninguna parte. Levantó el pie en una patada brutal dirigida a mi abdomen.
Me giré de lado justo a tiempo, notando la ráfaga de aire cuando su bota falló por poco mis costillas.
Contraataqué apuntando a su plexo solar, pero fallé.
Mi puño se estrelló contra el grueso músculo de su abdomen. Fue como golpear piedra.
La cosa iba a peor.
Pavel sonrió. Despacio. Salvaje. Dejando ver una dentadura torcida y amarillenta.
Estaba disfrutando de aquello. Volvió a acercarse, con golpes brutales, precisos.
Cada puñetazo parecía capaz de romper un hueso.
Ahora estaba a la defensiva, encajando golpe tras golpe.
Las costillas me gritaban con cada impacto, la cara ya hinchándose por la fuerza de sus puños.
La sangre me goteaba de un corte sobre el ojo, nublándome la vista. Tenía el sabor del hierro en la boca.
Aquello iba realmente mal.
El ruso grandullón intuyó que tenía la ventaja. Entonces cometió un error. Picó el anzuelo.
—Me enviaron a seguirte. A vigilarte. A averiguar adónde ibas y qué sabes. A ver si te estás acercando al hombre que nos contrató. Ni siquiera sé quién es. Solo una voz al teléfono —dijo en un inglés con marcado acento.
Lo dejé hablar, recobrando el aliento, escupiendo la sangre de la boca. Seguí rondando. Moviéndome. Buscando un hueco. Una oportunidad para acabar con aquello.
—Pero ahora, en vez de eso, voy a matarte sin más. Me da igual el hombre del teléfono. Me da igual cualquier indulto. Voy a hacerlo despacio. Voy a matarte con mis propias manos. Voy a disfrutarlo —gruñó.
Para entonces, me preguntaba si llegaría a callarse alguna vez.
Por fin lo hizo. Pero su silencio lo delató.
Se abalanzó, y yo estaba preparado. Fingí un traspié, atrayéndolo más.
Cuando acortó la distancia, de pronto desplacé mi impulso hacia delante y lancé una patada de barrido a su rodilla izquierda.
Gruñó de dolor. La rodilla le cedió, frenando su ataque una fracción de segundo. Era el hueco que necesitaba.
Giré sobre mí mismo y le clavé el codo en la garganta, aplastándole la tráquea, pero sin cortarle del todo el aire.
Jadeó, agarrándose el cuello. Retrocedió tambaleándose, pero no cayó.
Enfurecido, lanzó un golpe a lo loco que me alcanzó otra vez en las costillas.
Sentí que algo se rompía, pero ignoré el dolor y mantuve el ataque.
Ahora me tocaba a mí cometer un error. Lo subestimé.
Creí que estaba fuera de combate. Me equivoqué.
Con un arrebato de energía inesperado, plantó la pierna buena y me derribó al suelo.
Caí con fuerza. No era donde quería estar.
Forcejeamos en la tierra, cada uno luchando por una ventaja.
Consiguió la posición dominante, a horcajadas sobre mí.
Sus manazas encontraron mi garganta, apretando como un torno.
Puntos negros bailaban en mi visión mientras luchaba por soltarme. Estaba en apuros.
Reuniendo las últimas fuerzas, metí la mano en el bolsillo a por la navaja y la abrí de golpe.
Agarrando con fuerza el mango, hundí la pesada hoja en su cuello.
La sangre caliente salpicó mis manos y mi cara mientras él gorgoteaba y se sacudía.
Giré la navaja y la arrastré por su garganta, sintiendo cómo seccionaba su tráquea ya dañada. Esta vez le corté el aire para siempre.
La presa del ruso se aflojó, con burbujas de sangre goteando de la herida abierta en la garganta, los ojos vidriándose.
Me lo quité de encima de un empujón y se desplomó en el suelo, sin vida.
Me puse en pie a duras penas, cubierto de su sangre y restos, jadeando por respirar.
El dolor irradiaba de mis heridas. Mañana lo iba a notar, sin duda.
Me apoyé en la pared, tomándome un momento para recomponerme.
La adrenalina se iba disipando, dejando tras de sí un agotamiento que calaba hasta los huesos.
Hice una rápida comprobación de sistemas y no detecté ningún daño permanente.
Aunque no había tiempo para detenerse en ello.
Tenía que salir de allí antes de que pasara alguien.
Incluso en este barrio, un cuerpo empapado en sangre con la cabeza colgando de un hilo no pasaría desapercibido.
Ni dejaría de denunciarse. Me tomé un momento para registrarle los bolsillos.
Nada. Quería registrar su coche, pero sabía que eso solo dejaría un rastro de huellas ensangrentadas. Probablemente no era buena idea.
Volviendo a trompicones a mi coche, eché una última mirada al cuerpo sin vida en el callejón.
Había sido temerario al forzar aquella confrontación.
Y luego había sido aún más temerario en la forma en que me lancé, yendo al cuerpo a cuerpo en vez de usar un arma, hasta que casi fue demasiado tarde.
Sabía que no debía hacerlo. Lo que debería haber hecho, lo que cualquier profesional sensato habría hecho, era pedir apoyo en cuanto detecté el seguimiento.
Un equipo de cobertura de la Agencia podría haberse desplegado en minutos.
Un grupo serio de tipos duros que habrían neutralizado al ruso antes de que la cosa se descontrolara.
Me habrían cubierto el culo, lo habrían reducido y lo habrían trincado sin pensárselo dos veces.
Lo habrían mantenido con vida para interrogarlo.
Pero no. Yo era demasiado terco para eso.
Demasiado arrogante. Demasiado orgulloso, joder, para pedir ayuda.
Solté el aire despacio. Había salido de aquello por mi propio pie, pero por muy poco. No era invencible. Solo estaba sobreviviendo. Por los pelos.
Pero había dejado las cosas claras. Quienquiera que hubiera enviado al ruso sabría muy pronto que había fracasado.
Y cuando lo descubriera, lo quería nervioso, mirando por encima del hombro, cuestionándose cada movimiento.
Quería que sintiera el peso de su error. Que supiera que me estaba acercando.