Capítulo 20
Conducíamos bajo la llovizna constante que cubre el norte de Virginia a finales de otoño, con el cielo encapotado y las carreteras mojadas relucientes bajo el tenue alumbrado.
Reflejaba mi estado de ánimo: apagado, pesado e inquieto.
El caso avanzaba demasiado despacio, como si patináramos sobre una carretera mojada.
Algo tenía que ceder, pensé. Quizá sea esto.
Nuestro destino era un discreto edificio de oficinas en Tysons Corner, Virginia, una zona conocida sobre todo por sus enormes centros comerciales.
Tysons I a un lado de Chain Bridge Road y Tysons II al otro.
Pese a su popularidad, pocos, si es que alguno, de los veinticinco millones de visitantes anuales de los centros comerciales tenían la menor idea de que varias instalaciones gubernamentales clandestinas operaban a plena vista entre los parques empresariales que rodeaban la zona.
La parada de hoy era una de ellas: una instalación auxiliar clandestina de la Agencia. Los de dentro consideraban que ser destinado allí era un callejón sin salida que había que evitar a toda costa. Esa clase de sitio donde las carreras van a morir.
—¿Has estado alguna vez en el edificio de Tysons? —pregunté, rompiendo el silencio mientras los limpiaparabrisas peleaban contra la llovizna.
Emma mantuvo los ojos en la carretera mientras hablaba.
—Una vez. Durante el proceso de selección. Me enviaron allí para una evaluación psicológica y una prueba del polígrafo. Nunca pensé que volvería.
Aparcamos en el aparcamiento casi desierto, frente a un edificio de oficinas anodino, cúbico y de varias plantas. El vestíbulo era tan poco inspirador como el exterior. Paredes beige, losetas de moqueta baratas y un mobiliario de oficina tan genérico que parecía olvidable a propósito.
Nuestras credenciales nos dieron paso a través de los tornos de seguridad y tomamos el ascensor hasta la cuarta planta.
Ante nosotros se extendía un pasillo flanqueado por puertas anodinas con rótulos crípticos.
A media altura llegamos a una marcada como «Sección de Adjudicación», la división encargada de revisar las investigaciones de antecedentes que se hacían a los posibles empleados de la CIA.
La gente de dentro examinaba y diseccionaba la vida de los aspirantes, sopesaba sus secretos y decidía si merecían o no la confianza de la Agencia.
Conduje a Emma hasta un despacho de esquina y llamé antes de empujar la puerta.
Gary Baker levantó la vista de su escritorio, rodeado de precarias pilas de expedientes de investigación.
El tiempo le había pasado factura. Su pelo, antes negro azabache, estaba ahora veteado de canas, y profundas arrugas le surcaban el rostro.
Pero sus ojos, agudos e inteligentes, no habían perdido el brillo.
—Grant Hunter —dijo Gary, levantándose para estrecharme la mano. Su apretón era firme; el gesto, cálido pero comedido—. Cuánto tiempo.
—Cuánto tiempo —contesté, imitando su tono—. Me alegro de verte, Gary. Te presento a Emma Mitchell, de la Oficina de Seguridad. Está destinada en Bangkok, pero lleva un caso conmigo.
Gary la evaluó un instante antes de tenderle la mano.
—Encantado de conocerte, Emma.
—Igualmente —dijo Emma con cortesía—. Gracias por sacar tiempo para nosotros.
Gary esbozó una sonrisita y señaló las sillas atestadas que rodeaban su escritorio.
—No me des las gracias todavía. No sé en qué lío te ha metido Grant.
Mientras nos sentábamos, mis ojos vagaron por los interminables expedientes desperdigados a nuestro alrededor.
Muy lejos de las operaciones de alto riesgo que yo manejaba en otros tiempos.
Aquel despacho, con su burocracia asfixiante, era mi peor pesadilla hecha realidad. Me estremecí solo de pensarlo.
Me incliné hacia delante.
—Necesitamos tu ayuda con una cosa. Tiene que ver con alguien que creo que conociste. J. Harrison Tucker.
El semblante de Gary cambió al instante. Su sonrisa se esfumó, reemplazada por una dureza cortante.
—¿Qué pasa con ese gilipollas? —dijo entre dientes, la voz cortando el aire como una cuchilla.
—Está muerto —respondí con calma, dejando que el peso de las palabras calara.
—Bien. La Agencia es un lugar mejor. El mundo es un lugar mejor —dijo con amargura—. ¿Solo querías traerme esa buena noticia o puedo ayudarte con algo más?
—Yurchenko —fue lo único que dije.
Gary se removió en la silla y soltó un profundo suspiro.
—Cómo no. Debería habérmelo imaginado. Otro gilipollas integral. ¿Qué necesitas saber exactamente?
—Cualquier cosa que recuerdes de aquella noche. Y de los días que siguieron. Cualquier detalle que te pareciera raro en su momento. Por pequeño que sea. En concreto, lo que hizo Tucker. Eras el oficial de seguridad de guardia, ¿verdad?
Gary asintió. Cerró los ojos un momento mientras recordaba los hechos de hacía casi treinta años.
—Sí, lo era. Lo sabes. Era un novato total. Igual que tú. Un par de meses después de graduarnos en nuestro curso de formación de reclutas de oficial de seguridad en La Granja.
Asentí. Gary y yo habíamos sido compañeros de promoción.
—Me asignaron a la delegación de Washington, haciendo investigaciones de antecedentes y apoyando a la central cuando hacía falta. Las típicas tareas de novato —dijo Gary.
Asentí con conocimiento de causa. Yo había hecho el mismo trabajo desde la delegación de San Diego, mi primer destino.
Continuó:
—Un día llegué al trabajo y el agente especial al mando me llamó a su despacho.
Me dijo que se me necesitaba para sustituir a un agente del equipo de protección que había llamado diciendo que estaba enfermo.
Luego me enteré de que el idiota se había emborrachado la noche anterior, de bares por Georgetown.
A la mañana siguiente, estaba vomitando y con demasiada resaca para presentarse al servicio.
Así que pidieron un sustituto. En fin, se suponía que era un trabajillo de uno o dos días.
El SAC me dio una sesión informativa de unos cinco minutos, y eso fue todo.
Típico, pensé para mis adentros.
—Me asignaron un arma. Un Colt Python del .
357 de seis tiros. Niquelado, con cañón de diez centímetros.
Un revólver ridículamente grande. Pésimo para llevar oculto.
Me dieron una pistolera sobaquera y dos cargadores rápidos.
Me entregaron indicaciones por escrito para llegar al piso franco donde estaban encerrados Tucker y Yurchenko.
Me dijeron que me presentara ante Tucker y siguiera sus instrucciones.
—Se detuvo un momento y bebió de una botella de agua que tenía en la mesa.
—Cuando llegué, Tucker me recibió fuera y me dijo que me tocaba hacer de canguro.
Tenía que llevar a Yurchenko al centro, vigilarlo y devolverlo después al piso franco.
Se suponía que era una cena rutinaria en Georgetown.
Un sitio francés. Au Pied de Cochon. En Wisconsin Avenue.
Sabía dónde estaba, pero nunca había comido allí.
Tontamente, la verdad es que hasta me hacía ilusión.
Había oído que allí se comía de maravilla.
Lástima que nunca llegué a probar bocado —dijo, negando con la cabeza.
—El restaurante ya no existe, pero resulta que han puesto una placa en el edificio que lo conmemora como el lugar donde Yurchenko volvió a desertar. ¿Te puedes creer esa mierda? Llevo más de veinticinco años negándome a pasar por esa manzana.
Me incliné hacia él, intuyendo que Gary estaba listo para descargar una historia que probablemente había repasado en su cabeza un sinfín de veces.
—Sigue.
—Todo parecía normal hasta que dejó de serlo —empezó Gary—.
Hicimos la reserva con un seudónimo. No recuerdo qué nombre usé.
Pedí una mesa al fondo del restaurante y, cómo no, me senté de espaldas a la pared, con buena vista de la puerta principal.
Pedimos algo de beber. Yurchenko pidió un vodka doble, Stoli, creo.
Yo pedí una Coca-Cola. Nunca había conocido a Yurchenko, así que no sabía cómo era.
Pero a mí me pareció nervioso. Se bebió la copa de un trago e hizo señas al camarero para que le sirviera otra.
Esa también la liquidó enseguida. Empecé a preocuparme de que la noche se torciera.
Poco me imaginaba lo mal que iba a acabar.