No Admitas Nada (Grant Hunter 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

Para llegar a la sala de archivos, Emma y yo tuvimos que volver a la planta principal y cruzar hasta otra batería de ascensores que bajaba a los subsótanos. De camino, recorrimos un pasillo principal flanqueado por los retratos oficiales de los anteriores directores de Inteligencia Central.

—¿Y para cuántos de estos viejos blancos has trabajado? —preguntó Emma.

—He oído que Casey era un tipo interesante —dijo, ladeando la cabeza mientras contemplaba su retrato.

—No te haces una idea. La primera vez que lo cubrí, yo era un agente novato en la delegación de San Diego.

Casey andaba de gira por las instalaciones de la Costa Oeste.

Me asignaron para ayudar al equipo de protección cubriendo el turno de noche en el hotel.

Y allí estoy yo, sentado en el puesto de mando a las tantas de la madrugada, y se abre la puerta de la suite contigua.

Y va y sale Casey. En calzoncillos y con un albornoz abierto, nada más.

El poco pelo que le quedaba, disparado en todas direcciones.

Los ojos de Emma se abrieron, divertidos.

—¡Qué va!

—Como lo oyes —dije, asintiendo—. Me mira y me dice algo.

Como si me hablara en chino. No tenía ni idea de qué decía el hombre.

Me dio un susto de muerte. El agente de avanzada me había advertido de que Casey mascullaba tan mal que no se le entendía ni una palabra.

El tío no mentía. Por suerte, justo entonces apareció un miembro veterano del equipo y me salvó el culo.

Resulta que el director buscaba su maletín.

Que tenía por costumbre traspapelar de vez en cuando. Un dramón cada vez que pasaba.

Emma se rió, y el sonido resonó débilmente en el corredor.

—Hablas como si echaras de menos aquellos tiempos.

No dije nada y seguimos caminando en silencio.

Justo después de la galería de retratos, tomamos un ascensor hasta el subsótano del OHB.

El aire se volvió más frío y los pasillos quedaron en completo silencio.

No había mucha gente deambulando por allí abajo.

Los zapatos de Emma repiqueteaban contra el suelo de linóleo, y el sonido seco reverberaba en el pasillo desierto como un metrónomo marcando el tiempo.

Al fondo del corredor había una puerta de acero con el rótulo «Acceso restringido.

Solo personal autorizado». Los dos pasamos nuestras tarjetas de identificación e introdujimos el código de seis dígitos correspondiente.

El mecanismo de cierre se abrió con un golpe seco.

Empujé la pesada puerta hacia dentro y entramos en la cámara acorazada del sótano.

Archivadores metálicos y unidades de almacenamiento electrónico seguro recorrían las paredes de la sala.

Una gran mesa dominaba el centro del espacio, tras la cual se sentaba el archivero.

Un hombre de aspecto apocado, con el pelo gris ralo, la tez pálida y unas gafas de leer sin montura.

Era mayor de lo que habría esperado para alguien destinado a la sala de archivos.

¿Qué clase de carrera retorcida lleva a este destino sin ventanas? , me pregunté.

Le enseñé mi identificación y le pedí el expediente de personal completo de J. Harrison Tucker, fallecido recientemente, antiguo jefe de estación en Bangkok. El archivero asintió con sequedad, acusando recibo de la petición, y desapareció por una puerta trasera para recuperar el expediente.

Unos minutos después, Emma y yo estábamos sentados a una mesa junto a la pared del fondo. Ante nosotros había una gruesa carpeta de personal, cuyo peso prometía respuestas, o al menos más piezas del rompecabezas.

A diferencia del expediente abreviado que habíamos revisado en Bangkok, este era una mina de documentos, fotografías y notas manuscritas.

La primera sección detallaba los inicios de la carrera de Tucker, buena parte de los cuales ya conocíamos.

Sus destinos en Roma y Berlín al principio de su trayectoria.

Miré a Emma mientras sus ojos recorrían las páginas, deprisa pero con cuidado. Frunció ligeramente el ceño.

Emma levantó la vista del expediente.

—A pesar de su reputación posterior, hubo un tiempo en que Tucker fue una estrella en alza dentro de la Agencia.

Todo un Blue Flamer . Describen su rendimiento tanto en Roma como en Berlín como excepcional.

—Hizo una pausa y pasó a otra página—. Parece que las cosas se torcieron a mediados o finales de 1985 —continuó—.

Lo trajeron de vuelta a la central desde Berlín para dirigir el caso de un desertor del KGB.

—Joder —exclamé. Demasiado alto, porque el archivero me lanzó una mirada de desaprobación—. 1985. Desertor de alto nivel. Vitaly Yurchenko.

—¿Quién? —preguntó Emma, cruzándose de brazos—. Y no me vengas con tus gilipolleces condescendientes de «los jóvenes no sabéis nada», viejo. En 1985 yo ni había nacido.

Lo de «viejo» escoció algo más de lo que me apetecía reconocer.

Carraspeé, tratando de quitarle hierro al comentario.

—Vitaly Yurchenko era un oficial de alto rango del KGB que desertó a Estados Unidos en agosto de 1985. Un buen día se presentó sin más en la embajada de Roma. Fue un gran golpe para nosotros. La Agencia lo sacó de Roma a escondidas y lo trajo de vuelta a Estados Unidos para interrogarlo.

Emma asintió despacio, con la curiosidad despierta.

—Tucker estaba en Berlín por aquel entonces, pero parece que había conocido a ese tal Yurchenko en algún acto diplomático durante su anterior destino en Roma.

Por eso los jefes hicieron volver a Tucker para que dirigiera el interrogatorio y los informes.

Seguro que Tucker pensó que aquello daría un empujón enorme a su carrera.

¿Empujón enorme? Más bien un suicidio profesional, pensé.

—Ja. Pues no le salió muy bien la jugada.

Clavó sus ojos en los míos, rebosantes de preguntas.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —insistió, bajando la voz hasta un tono casi cómplice.

Hice una pausa, repasando mentalmente los detalles, la enrevesada red de traiciones y errores que siguió a la deserción de Yurchenko. ¿Por dónde empezar siquiera?

—Se convirtió en un puto desastre. Al principio, Yurchenko parecía legítimo.

Hasta aportó información suficiente para identificar a dos espías del KGB.

Uno era Edward Lee Howard. De los nuestros.

Un gilipollas que trabajó un par de años en la sección soviética a principios de los ochenta.

Estaba sucio, y los de contrainteligencia lo sabían.

Lo que pasa es que no podían demostrarlo.

Suspendió cuatro pruebas del polígrafo internas antes de que por fin lo echáramos.

Cuando Yurchenko lo delató, le pasamos el caso al FBI.

Que, cómo no, la cagó con la detención. No sé cómo, Howard se enteró de que estaban a punto de trincarlo.

Escapó antes de que el FBI interviniera y acabó apareciendo en Moscú.

—Joder. ¿Y el segundo?

—Ronald Pelton. Era un antiguo analista de la NSA. Entre otras cosas, les entregó a los soviéticos la Operación Ivy Bells —respondí.

Emma me miró sin entender.

Estuve a punto de soltarle mi típica pulla de «¿es que ya no enseñan nada en La Granja?», pero lo dejé estar. No estaba de humor para bromas. En vez de eso, le hice un resumen del programa.

—Ivy Bells era un programa altamente secreto para colocar dispositivos de escucha en los cables de comunicaciones navales soviéticos.

Nada del otro mundo, salvo porque esos cables yacían a más de cien metros de profundidad, en el fondo del mar de Ojotsk, cerca de la península de Kamchatka.

Los soviéticos los creían intocables. Tanto que ni se molestaban en cifrar sus mensajes.

Se equivocaban. Era un programa conjunto de la Agencia, la NSA y la Armada.

En octubre de 1971, el submarino USS Halibut se modificó especialmente para la misión y se envió con un equipo de buzos que colocó un dispositivo de seis metros de largo en el cable soviético, a 120 metros de profundidad —expliqué—.

Esto era en los viejos tiempos, mucho antes de que existiera cualquier tipo de transmisión continua.

Tenían que colarse en la zona cada mes para cambiar las cintas del dispositivo de escucha por otras nuevas.

Era extremadamente peligroso, pero un éxito increíble.

—Hice una pausa—. Aquellos tíos tenían cojones, de eso no hay duda.

—Con el tiempo perfeccionaron el proceso y usaron otros submarinos para colocar dispositivos más sofisticados en cables soviéticos por todo el mundo. Pero todo se vino abajo en 1980, cuando Pelton, desesperado y arruinado, entró en la embajada soviética y vendió el programa entero por dinero.

Emma arqueó ligeramente las cejas, con el interés claramente despierto.

—¿Y el FBI también la cagó al detener a Pelton?

—Sorprendentemente, no —respondí—. Lo condenaron por espionaje y le cayeron tres cadenas perpetuas.

Emma ladeó la cabeza.

—Entonces parece que lo de Yurchenko fue un éxito rotundo. ¿Por qué has dicho que fue un desastre?

—Porque, al cabo de unos meses, Yurchenko volvió a desertar. Se largó sin más y regresó a la embajada soviética aquí mismo, en Washington. Un dramón. La séptima planta se volvió loca.

—Bueno, eso lo explica —dijo Emma mientras hojeaba el expediente que tenía delante—.

El rápido ascenso de Tucker en la Agencia se cortó de raíz en 1985.

Lo trasladaron al Extremo Oriente, un movimiento que algunos consideraron una degradación.

Tucker sirvió sin pena ni gloria en Hong Kong, Manila y, finalmente, Bangkok.

Dirigió algunas operaciones con éxito, pero parece que nunca se recuperó del todo de haber quedado asociado a la nueva deserción de Yurchenko.

Es casi como si la Agencia lo hubiera enterrado en Bangkok. Ojos que no ven, corazón que no siente.

Acto seguido cogió una fotografía del montón de papeles.

Un Tucker más joven, con cara de palo, junto a Yurchenko, que sonreía bajo el enorme bigote de manillar que tan famoso lo hizo.

Los dos hombres posaban rígidos en una sala de reuniones parecida a la que habíamos reservado arriba.

Aunque dudaba que hubieran llevado a un desertor del KGB al corazón de la central. Demasiados riesgos.

Los ojos de Emma saltaron a un informe que tenía en la mano.

—Por lo que pone aquí, parece que Tucker pasó incontables horas con Yurchenko.

Primero lo interrogaron en una instalación segura de La Granja —dijo.

Asentí, pues había visto el edificio en el centro de instrucción donde habían retenido a Yurchenko—.

Después, Tucker y Yurchenko vivieron juntos en un piso franco en Reston.

Los dos conocíamos bien aquella ciudad dormitorio, no lejos del centro de Washington y de la central de la Agencia.

Continuó:

—También viajaron juntos a Montreal en una ocasión.

Parece que Yurchenko insistía en reencontrarse con una antigua novia.

Aquí dice que ella rechazó sus súplicas para reunirse con él en Estados Unidos.

Según los informes, Yurchenko se quedó destrozado cuando lo rechazó.

Entonces Tucker se lo llevó de vacaciones a la Costa Oeste.

A Arizona y, al final, a Las Vegas. Donde me imagino que Tucker le alquilaba una novia nueva, o varias, cada noche —dijo, con la voz cargada de asco.

—Seguramente con alguna contabilidad creativa de los gastos por parte de Tucker. Seguro que él también se agenció una amiguita. Con mucho énfasis en lo de «-ita» —bromeé.

—Sin duda —fue su réplica cortante.

—Bueno, te ahorraré la molestia de leer el expediente e iré al final —dije—.

Como te he dicho, después de un par de meses colaborando, Yurchenko se volvió más distante y se negó a hablar de más operaciones en curso del KGB.

Una noche de noviembre, se levantó de una cena en Georgetown y volvió a desertar con los soviéticos.

De pronto, Emma se irguió de golpe.

—¿Cuándo, en noviembre?

—¿Cuándo qué? —pregunté, sobresaltado por su súbita intensidad.

—¿Qué día de noviembre volvió a desertar?

—No sé la fecha exacta. Mira en el expediente.

No lo dudó, y pasó las páginas a toda velocidad.

—¡Aquí, se largó el 2 de noviembre de 1985! —dijo, emocionada.

—¿Y?

—¿No lo ves? ¡Es la fecha exacta del cable Venona que Tucker había descifrado!

Tenía razón.

—Buen ojo —dije, inclinándome hacia delante, y la silla crujió bajo mi peso—. ¿Otra coincidencia? —pregunté, mientras mi mente corría para atar cabos.

—Ni de coña —respondió, con la voz tensa de convicción. Se puso en pie de un salto y empezó a dar vueltas alrededor de la mesa, pensando en voz alta—. Ojalá pudiéramos saber qué pasó exactamente aquel día.

—Podemos —dije—. Conozco a alguien que estuvo allí.