No Admitas Nada (Grant Hunter 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Se aprende mucho de una persona cuando viajas con ella hasta la otra punta del mundo.

Emma y yo éramos compañeros de viaje compatibles.

Los dos hacíamos el equipaje de forma ligera y eficiente, cada uno con una pequeña bolsa de viaje de mano y una mochila.

En mi caso, era prácticamente todo lo que poseía.

Antes de salir de la estación la noche anterior, metí las pruebas que habíamos reunido de Tucker y de los rusos en una valija diplomática.

Los teléfonos, el ordenador, la libreta de un solo uso y los archivos de Tucker, todo dentro.

En una pequeña infracción del protocolo, deslicé también mi cuchillo en la bolsa.

La valija viajaría de vuelta a Washington en el correo diplomático habitual. Nos reuniríamos con todo en la central.

La humedad opresiva de Bangkok seguía pegada a nosotros incluso al entrar en el pandemónium climatizado del aeropuerto de Suvarnabhumi.

Era como si el calor fuera una entidad viva que nos seguía con tozudez al interior.

Emma y yo sorteábamos las multitudes de viajeros con la soltura que dan años de moverse por espacios extranjeros abarrotados, casi siempre bajo presión.

Siempre con la cabeza girando, escrutando en busca de amenazas.

La terminal de salidas era una cacofonía.

Los anuncios atronaban en tailandés y en inglés.

Daba igual cuál intentara escuchar, porque no entendía ninguno.

Cada nueva llamada de embarque que escupían los anticuados altavoces, allá arriba entre las vigas, sonaba crepitante y distorsionada, del todo ininteligible.

A nuestro alrededor las familias parloteaban entusiasmadas, sus voces una mezcla de lenguas y dialectos.

Los turistas con coloridos atuendos de vacaciones se apretujaban contra viajeros de negocios de trajes impecables, todos convergiendo en los mismos controles de seguridad atascados.

En algún punto a lo lejos, un bebé lloraba a gritos, su llanto alzándose sobre el barullo como una señal de socorro.

Con la suerte que llevaba últimamente, ya me había resignado a encontrarme al crío chillón sentado a mi lado en el vuelo.

La iluminación fluorescente caía desde lo alto con un resplandor duro sobre todo lo de abajo, hacía relucir los suelos pulidos y volvía aún más demacrados los rostros cansados de los viajeros.

Los vendedores voceaban sus ofertas de última hora de souvenirs y aperitivos, sus puestos rebosantes de baratijas de colores chillones, fragante comida callejera tailandesa y agua embotellada.

Mientras avanzábamos por la terminal, no conseguía quitarme de encima la insistente sensación de que nos vigilaban.

Se me erizó el vello de la nuca, un instinto primario afinado por años de mirar por encima del hombro.

Escruté a la multitud, intentando distinguir a alguien que pareciera demasiado interesado en nosotros.

Solo vi viajeros cansados y personal atareado.

Emma debió de percibir mi inquietud, porque me dio un suave codazo.

—¿Tú también lo notas? Creo que nos están vigilando.

Asentí y eché un vistazo a nuestro reflejo en el escaparate de una tienda, con la esperanza de detectar a alguien que pudiera seguirnos. Nada destacaba. Solo un borrón constante de movimiento del alboroto que se desplegaba a nuestro alrededor.

Por fin llegamos al mostrador de facturación.

Una empleada de la aerolínea con cara de agobio apenas nos miró mientras tramitaba nuestros billetes.

Sus ojos enrojecidos y su uniforme algo arrugado contrastaban de forma flagrante con la imagen impecable que la aerolínea pretendía proyectar.

Detrás de ella, una pantalla digital mostraba la información de nuestro vuelo en un texto LED brillante e implacable.

La normativa del gobierno nos obligaba a volar con una compañía aérea estadounidense.

Por desgracia, eso significaba que no había vuelo directo de Bangkok a Washington con Thai Airways.

Una lástima. El servicio a bordo de Thai Air es excelente.

En su lugar, habíamos reservado un vuelo de United Airlines.

El primer tramo era un vuelo de seis horas hasta el aeropuerto de Narita, en Tokio.

Allí soportaríamos una agotadora escala de cuatro horas antes de embarcar en un vuelo de trece horas hasta Washington Dulles.

Justo lo contrario del trayecto que Emma había hecho apenas unos días antes.

Va a tener un jet lag de aúpa, pensé. Por suerte, la duración del viaje justificaba reservar asientos de clase preferente. Todo a costa del gobierno.

La cola del control de seguridad serpenteaba, previsiblemente larga, yendo y viniendo como una culebra perezosa.

Avanzábamos a pasitos, vaciándonos los bolsillos y dejando las bolsas en la cinta del escáner de rayos X.

Mantuve la vista en la multitud, atento a cualquier cosa rara.

De momento, nada. Un grupo de turistas japoneses posaba para hacerse selfies, riéndose mientras parpadeaba el temporizador de la cámara.

Un hombre de negocios discutía a voz en grito con alguien por teléfono, con un tono cortante y seco.

Cerca, un joven mochilero trasteaba nervioso con la funda de su guitarra.

Pasamos los detectores de metales sin incidentes.

Me acordé de los tiempos anteriores al 11-S, cuando aún se podía subir a un avión con una navaja de hoja de menos de diez centímetros.

Algo que yo hacía de forma rutinaria por entonces.

Inconcebible ahora para los miles de pasajeros que pasaban el control a nuestro alrededor.

Lo cual no quería decir que fuese a volar nunca del todo desarmado.

De hecho, llevaba tres armas improvisadas en la mochila que acababan de pasar el control.

La primera era un bolígrafo táctico Schrade, inocentemente metido en una de las trabillas para bolígrafos de un bolsillo delantero.

Medía poco menos de quince centímetros y era de aluminio negro anodizado.

A primera vista, parecía un bolígrafo cualquiera.

Y desde luego lo parecía en una pantalla de rayos X.

El capuchón se enroscaba bien apretado y el cuerpo perfilado tenía unas ranuras moleteadas para los dedos que mejoraban el agarre.

Su diseño cónico culminaba en una punta roma reforzada.

Nada que alarmara a los de seguridad, y desde luego ninguna amenaza para el propio avión.

Pero era un arma de impacto perfecta. Un golpe rápido en la axila te quitaría de encima a un atacante.

Un golpe en la garganta dejaría a un agresor fuera de combate para siempre.

Metido en un bolsillo lateral de la bolsa había un «monedero» de cuero.

Estrecho por un extremo y más ancho por el otro, se abría con una cremallera en el borde superior y guardaba con toda inocencia varias monedas que había reunido durante mis viajes.

Un sitio inofensivo para llevar el suelto.

Sin embargo, en las manos adecuadas, se convertía en una pesada porra capaz de dejar inconsciente a un adversario con un solo golpe bien colocado en la sien.

Por último, había un fino trozo de cuerda de piano oculto dentro de la correa izquierda de la mochila. Si hiciera falta una medida tan extrema, podía tirar de la cuerda para sacarla y usarla como una garrota eficaz.

Caminamos hacia nuestra puerta, zigzagueando entre el mar de gente. Las tiendas duty-free llamaban con sus relucientes expositores de artículos de lujo, perfumes y chocolates. Nada de lo cual quería. Nada de lo cual podía permitirme.

Al acercarnos a la puerta, distinguí a un hombre con una chaqueta oscura barata, encima de una camisa azul arrugada y unos pantalones negros de poliéster.

Estaba de pie, con aire incómodo, junto a una fuente al lado de la entrada de los servicios de caballeros.

El tipo medía más de metro ochenta y tenía un cuerpo que quizá en otro tiempo fue enjuto, pero que ahora se ablandaba con la edad.

Tenía los ojos juntos y unos días de barba le ensombrecían la mandíbula.

Llevaba el pelo rubio rapado, el mismo corte carcelario que ya conocía y que habían lucido sus compinches.

El tercer mercenario. Estaba seguro. Permanecía demasiado quieto, demasiado rígido. Intentando mirarnos sin mirarnos. Por fin, nuestras miradas se cruzaron una fracción de segundo, y entonces apartó la vista. Demasiado rápido. Demasiado tarde.

—Emma —murmuré, manteniendo la voz baja—. A las tres, chaqueta oscura. Creo que nos ha estado siguiendo desde el control.

Ella se recolocó la bolsa con naturalidad, lanzando una mirada hacia el hombre.

—Lo veo. ¿Cuál es el plan?

¿El plan? Sonreí para mis adentros.

—El plan es ir a presentarme.

Antes de que Emma pudiera decir nada más, metí la mano en el bolsillo lateral de la mochila y saqué un maltrecho termo de acero. Vacío. Me dirigí hacia la fuente.

El ruso se quedó petrificado, sorprendido por mi acercamiento.

Se hizo a un lado, fingiendo aparatosamente que consultaba el móvil, pero a esas alturas estaba descolocado y su conciencia situacional se había ido al garete.

Mantuvo los ojos clavados en la pantalla mientras yo llenaba el termo. Un error.

Lancé el termo lleno en un gancho ascendente y curvo.

El acero frío lo alcanzó de lleno bajo la barbilla, le echó la cabeza atrás de golpe y le dobló las rodillas en un único movimiento.

Todo ocurrió tan rápido que Emma, aunque se lo esperaba, me diría después que no llegó a ver el golpe. El ruso no tuvo ninguna posibilidad.

Se desplomó y lo sujeté por debajo del brazo, conduciéndolo a un asiento cercano. Solo un desconocido ayudando a un compañero de viaje que se sentía mareado. Nadie nos prestó atención. La gente pasaba a toda prisa sin dedicarnos ni una mirada.

Ahora me tocaba a mí montar el número. Lo cacheé, fingiendo preocupación por su salud mientras lo ayudaba a ponerse cómodo. Y, de paso, le quité su móvil, su pasaporte y sus billetes de avión.

Una vez acomodado en su asiento, parecía un turista agotado más echando una cabezada rápida antes de su próximo vuelo. Le di una palmadita amistosa en el hombro y cogí mi termo, ahora afeado por una abolladura reciente, antes de dirigirme hacia los servicios.

El previsible hedor de un aseo público muy usado me golpeó en cuanto me metí en un cubículo libre. Una mezcla acre y ofensiva de orina, heces y desinfectante. Retrocedí con asco, pero me obligué a concentrarme.

El pasaporte del ruso estaba recién estrenado.

Un único juego de sellos tailandeses de entrada, salida y visado.

La foto era reciente. Un buen parecido. Se llamaba Pavel Lenkov.

Los billetes que llevaba eran para Washington D.

C. con escala en Frankfurt. No era exactamente nuestra ruta, pero no dejaba de ser preocupante.

Su teléfono era de la misma marca y modelo que el que llevaba el señor Traje Gris. Solo unos pocos números en el registro de llamadas. El mismo número en Rusia. El mismo número en Washington D. C.

Empecé a guardarme el teléfono en el bolsillo, pero lo pensé mejor. En vez de eso, busqué el número de Washington D. C. y pulsé el botón de llamada.

El teléfono sonó tres veces. En Washington era plena madrugada.

Entonces alguien respondió.

— Da. Slushya. —Una voz de hombre. Acento extraño. No era ruso. Sabía que su saludo significaba «Sí. Estoy escuchando».

—Me alegro de que estés escuchando —dije, con la voz baja y venenosa—. Acabo de sacar del tablero a tres de tus jugadores. Tengo lo que quieres. Voy a ir a dártelo, y a metértelo por el culo.

—¡Que te follen! —La respuesta llegó rápida, gutural y fría. En inglés, sin necesidad de traducción. El cabrón colgó sin decir una palabra más.

Cerré el teléfono de golpe y fui a buscar a Emma, alcanzándola cerca de nuestra puerta.

Me lanzó una mirada, una mezcla de desaprobación y preocupación, pero se mordió la lengua.

La gente se agolpaba a nuestro alrededor, todos peleando por adelantarse y ponerse en cola antes de que llamaran a sus grupos de embarque.

«Los ansiosos de la puerta de embarque», los llamaban los auxiliares de vuelo.

Desorganizados, egoístas y de lo más previsibles.

Los representantes de la aerolínea se movían entre el tumulto con sonrisas forzadas, su cortesía deshilachándose por los bordes a medida que lidiaban con una marea incesante de preguntas y exigencias.

Cuando llamaron a la cabina de clase preferente, entregamos nuestras tarjetas de embarque.

El agente de puerta las escaneó con precisión mecánica, sin apenas dedicarnos una mirada.

Avanzamos, y el ruido de la terminal y el murmullo de voces se fueron apagando a nuestra espalda cuando entramos en el relativo silencio de la pasarela de embarque.

Llegamos a nuestros asientos. Más que aceptables.

Desde luego mejores que el angosto habitáculo que aguardaba a los pasajeros de la clase ganado que desfilaban a nuestro lado.

Casi podía sentir la envidia que desprendían según pasaban arrastrando los pies.

Y, gracias a Dios, no se veía ningún bebé chillón. Quizá por fin cambiaba nuestra suerte.

Guardé mi bolsa en el compartimento superior y le lancé a Emma el móvil que le había quitado al ruso.

—Estupendo —masculló entre dientes—. ¿Cuántos más de estos malditos trastos vas a hacerme llevar encima? —Su tono era cortante, seco. Estaba cabreada. Ninguna sorpresa.

—Y ya que estamos —añadió, con la voz como un cuchillo afilado de rabia—, ¿en qué demonios estabas pensando? —Me lo soltó entre dientes, entornando los ojos—. Eso ha sido una imprudencia, incluso para ti.

Sus palabras me dolieron más de lo que esperaba. Imprudente. Ya, esa ya me la habían dicho antes.

—Era hora de agitar las cosas. Meterles presión. Obligarlos a cometer un error —dije. Hice una pausa antes de ponerla al corriente de la llamada que había hecho—. Una cosa está clara. El tipo del otro lado del teléfono no era ruso.

Emma no dijo nada. Su disgusto era palpable. No aprobaba mis métodos. Pero lo dejó pasar. Por ahora.

Los motores del avión rugieron al cobrar vida, sacudiendo el aire a nuestro alrededor mientras los auxiliares de vuelo iniciaban su obligatoria demostración de seguridad.

Sus voces crepitaban por el sistema de megafonía, repitiendo las instrucciones en tailandés y en inglés.

Menuda tontería innecesaria, pensé. Si no eres capaz de averiguar cómo se abrocha y desabrocha un cinturón, eres demasiado tonto para seguir vivo.

No es que ninguno de nosotros fuera a sobrevivir a un accidente desde doce mil metros, de todos modos.