Capítulo 15
Vimos marcharse a Shushunov, que salió a la calle y fue engullido por la multitud.
Resultaba asombroso que un hombre de su tamaño pudiera camuflarse tan deprisa.
Pagamos la cuenta y salimos tras él. Guié a Emma por una ruta enrevesada de vuelta al coche, luego encendí mi tercer puro del día y puse rumbo a la estación.
Con la advertencia de Shushunov en mente, hice una SDR somera de regreso a la embajada, convirtiendo lo que normalmente sería un trayecto de veinte minutos en casi una hora.
Ningún tuk-tuk siguiéndonos. Nada sospechoso.
Dejamos el coche en el parque móvil y subimos a la estación.
Dentro, el ambiente era sombrío, como cabía esperar.
Las funestas noticias de la mañana se habían propagado rápidamente por la oficina.
Los pocos empleados presentes se murmuraban unos a otros condolencias quedas y poco sentidas.
Tucker no caía bien a todo el mundo ni gozaba del respeto de todos, pero, al fin y al cabo, era el jefe.
Me deshice de la camisa enorme de Tucker y la cambié por la última limpia que me quedaba en el despacho.
Pronto tocaría una visita a mi sastre de confianza para reponer existencias.
Me reuní con Emma en el SCIF y decidimos que aquel sería nuestro centro de operaciones por el momento.
El resto del personal sabía que más le valía mantenerse a distancia.
Sobre la mesa que teníamos delante reposaba nuestra ecléctica colección de objetos.
El portátil de Tucker, el archivo Venona, la libreta de un solo uso y su móvil, junto con el que le había quitado al señor Traje Gris.
Las dos pistolas rusas y el cuchillo se habían guardado en la armería.
Emma se sentó con una taza de café recién hecho.
Yo me mantuve a una distancia prudencial, consciente de mi menguante vestuario.
—Muy poco de este día tiene sentido para mí —dijo Emma, alzando la vista hacia mí.
Yo me limité a encogerme de hombros. Tampoco yo le veía sentido.
—¿Por qué iba a estar el jefe de estación de Bangkok metido en algo que tuviera que ver con Rusia?
¿Y a qué venía la fascinación por un antiguo y ya clausurado programa de interceptación de la Guerra Fría dirigido contra los soviéticos?
¿Estaría la señora Tucker trabajando con él?
Al fin y al cabo, ella sabía lo de Venona —divagaba Emma, con la voz cada vez más exasperada a cada pregunta.
—Quizá estuvieran más unidos de lo que suponíamos. Aunque me cuesta creer que ella aprobara sus escapadas a Patpong —aventuré.
Emma arqueó una ceja.
—Supongo que nunca se sabe del todo qué acuerdos tienen las parejas a puerta cerrada.
No era mi caso. Mi mujer me patearía el culo si siquiera mirara a otra mujer.
Emma siguió insistiendo, afinando su atención.
—Sea como sea, ¿a quién chantajeaba él, o chantajeaban ellos? Obviamente, a alguien lo bastante poderoso y con el alcance suficiente para enviar a los dos rusos a matarlos.
Preguntas válidas, pensé. El silencio se instaló entre nosotros mientras Emma daba sorbos al café, con la mente desentrañando las implicaciones.
—Vale, demos un paso atrás —dijo por fin—. Trabajemos el caso desde el principio. Empezando por Tucker. ¿Qué sabemos en realidad de su carrera, sus destinos anteriores y sus puestos en el extranjero?
—Lo único que sé es que era un gilipollas que se aferró a este destino como una garrapata durante años —respondí.
—Necesitamos más que eso, Grant.
—Lo sé. Déjame ver si consigo desenterrar su expediente de personal.
Aunque todo empleado de la Agencia tiene un expediente de personal permanente y detallado guardado bajo llave en alguna sala de algún sótano de Langley, también habría un expediente administrativo aquí, en la estación.
Localicé a la asistente de Tucker y le pedí que sacara su expediente.
No parecía demasiado afectada por su muerte, ni cuestionó mi petición, dada mi posición como oficial de seguridad de la estación.
Nos sentamos, hojeé el expediente y le fui repasando el contenido a Emma.
—Vale, parece que Tucker entró en servicio como oficial de caso en septiembre de 1980.
Tras el programa estándar de formación de doce meses en La Granja, su primer destino en el extranjero fue Roma.
Tres años después, lo trasladaron a Berlín.
Luego hubo una breve asignación de tres o cuatro meses de vuelta en Washington, a finales del verano y en el otoño de 1985.
—¿Por qué volvió a la central? —preguntó Emma.
—No lo dice. Pero no es raro. Quizá por algún curso de formación u otro. En fin, tras el paso por Washington a finales de 1985, lo enviaron al Extremo Oriente.
—Típico —dijo con cierto sarcasmo—. Mandar a un veterano curtido en Europa a Asia.
—Como destinar a una oficial que habla ruso a Tailandia —dije, lanzándole una mirada.
—Elección mía. En Moscú hace un frío de la hostia —fue su respuesta.
¿Sería tan sencillo?, me pregunté. ¿Buscaba Tucker un cambio de aires y pidió que lo destinaran a Asia, o la cagó de algún modo? El expediente apenas ofrecía más pistas.
—En fin, fue dando tumbos por destinos en Hong Kong y Manila, entre otros, antes de aterrizar por fin como jefe de estación en Bangkok hace casi veinte años.
Desde entonces ha estado aquí. Nada más de interés aquí dentro.
Cualquier cosa realmente importante, como evaluaciones de desempeño, medidas disciplinarias o notas para el expediente, estaría en su expediente de la central.
—Pues parece que ese es el que necesitamos ver —apuntó Emma.
—De acuerdo. Ahora veamos los móviles —respondí, cambiando el foco.
—Empiezo por el de Tucker —dijo Emma, cogiendo el aparato y abriéndolo—. Parece un móvil desechable.
—¿Qué cojones es un móvil desechable? —pregunté, arqueando una ceja.
—¿No viste la tercera temporada de The Wire ? —preguntó.
Mi mirada en blanco le dijo todo lo que necesitaba saber.
—Los móviles desechables son teléfonos básicos, baratos y de prepago que no requieren contrato —explicó—.
En origen se idearon para universitarios y demás gente que necesitaba una opción económica.
Se venden en gasolineras y tiendas de conveniencia.
Cómo no, los delincuentes y otros malhechores no tardaron en adoptarlos: los usan un par de veces y los tiran.
Una táctica eficaz para evitar que la policía los rastree y los comprometa.
Sonaba como si supiera de lo que hablaba, así que me quedé callado.
—El registro muestra cinco llamadas en las últimas tres semanas, hacia y desde un único número. Un prefijo 202.
—Washington D. C. —dije, con la mente ya atando cabos.
Ella asintió, dándome la razón.
—Probablemente, otro móvil desechable al otro lado. En el historial no aparecen mensajes de texto ni correos. Pero no soy una experta. Quizá los técnicos de la central puedan escarbar más a fondo.
Emma pasó al móvil del señor Traje Gris.
—El suyo también es un móvil desechable. De marca y modelo distintos. Múltiples llamadas entrantes y salientes a tres números diferentes. Dos con prefijo internacional +7.
—Rusia —dijimos al unísono.
Se le iluminaron los ojos mientras seguía desplazándose.
—El último número tiene un prefijo 202. Washington D. C. El mismo número al que llamaba Tucker.
Aquello lo zanjaba. Aquel era el hilo del que teníamos que tirar.
—Vete a casa y haz las maletas. Nos vamos a la central.