Capítulo 10
El edificio tenía sin duda más de cincuenta años y no envejecía con elegancia.
La pintura exterior se había desvaído bajo el implacable sol tailandés hasta adquirir un desagradable tono crema que recordaba al color de la leche cortada.
Al entrar por la puerta principal, que no estaba cerrada con llave, nos recibió un vestíbulo cochambroso.
El suelo estaba desgastado y no demasiado limpio.
Unas cuantas plantas en macetas, sedientas de agua, languidecían en cada rincón.
Fiel al estado del edificio, no había portero, ni recepcionista, ni ascensor.
Solo una escalera de madera manchada y arañada que crujía a cada paso mientras subíamos a la última planta.
Emma y yo nos quedamos delante de la puerta, intercambiando miradas con el coronel. Estaba claro que yo no tenía la llave de un piso cuya existencia desconocía hacía apenas treinta minutos.
—¿Vas a hacer que alardee de mis dotes para la entrada subrepticia, coronel? ¿O vas a usar la llave maestra que sin duda llevas en el bolsillo?
Lo cierto es que durante la instrucción en operaciones de «entrada y registro encubiertos» en La Granja se me había dado bastante bien, pero el sigilo parecía innecesario en este caso. Tommy sonrió con cierta vergüenza, metió la mano en el bolsillo delantero y sacó la llave.
—Seguramente no me creas, pero esta será en realidad la primera vez que la usemos. Cuando llamaste para decir que había un problema en casa de Tucker, pasé por nuestra sede y la cogí por si acaso.
Tenía razón. No me creía del todo que aquella fuera la primera vez que iba. Aunque, bien pensado, tenía a su equipo de putas tailandesas informando de todo lo que Tucker hacía y decía. Probablemente no había visto la necesidad de tentar a la suerte registrando él mismo el piso.
Tommy abrió la cerradura con la llave y se hizo a un lado para dejarme entrar primero, con Emma justo detrás. Los dos desenfundamos las pistolas. Parecía lo prudente después del drama con el que nos habíamos topado en casa de Tucker.
Dentro no nos esperaban mercenarios rusos.
Ni destrozos. Ni una esposa apaleada. El piso estaba vacío e intacto.
Entramos en un pequeño salón con un sofá de tamaño normal y un sillón reclinable, ambos con una tapicería desparejada, muy gastada y manchada de Dios sabe qué.
Junto al sofá había una mesita auxiliar con una lámpara, el único otro mueble de la sala.
Flotaba en el aire un olor a humedad, viciado por la falta de ventilación.
No había cuadros en las paredes, ni televisor, ni objetos personales de ningún tipo, ningún intento de decorar el lugar.
A la izquierda nos aguardaba una cocina básica, con una placa eléctrica de dos fuegos, una nevera pequeña y un fregadero.
En un rincón, una mesita con dos sillas había conocido tiempos mejores.
Unos pocos juegos de tazas, platos y cubiertos ocupaban los cajones y armarios de la cocina.
Las alacenas estaban casi vacías de comida.
Al abrir la nevera, aparecieron una caja a medio comer de fideos pad thai para llevar y un pack de seis cervezas Singha.
La tentación de coger una era fuerte, pero me contuve.
Una pequeña ventana sobre el fregadero dejaba entrar la suave luz de la mañana e iluminaba la escena.
Enfrente de la cocina, a la derecha del piso, había tres puertas. La primera estaba entornada y dejaba ver el contorno inconfundible de un baño. Emma asomó la cabeza y lo declaró despejado.
Enfundé la pistola. Emma mantuvo la suya en la mano. Probablemente una decisión acertada. No iba a cuestionar su táctica.
Al empujar la puerta siguiente, entramos en un dormitorio.
Una cama enorme dominaba el espacio. Con las sábanas revueltas y dos almohadas que insinuaban un uso reciente.
Una gran cómoda se apoyaba contra una pared y, frente a la cama, Tucker había colocado un espejo de cuerpo entero.
Me obligué a no imaginar sus motivos para ello.
Ahora, conociendo la magnitud de la depravación de Tucker, Emma y yo iniciamos una búsqueda sistemática de cámaras ocultas y de cualquier otra cosa de interés.
No había nada escondido en la lámpara sobre la cama, ni en el radiodespertador encaramado a la cómoda. El espejo no deparó sorpresas, y el armario y la cómoda no contenían mucho más que otro juego de sábanas. Seguimos adelante.
La última puerta estaba cerrada con llave. Sacudí el pomo, y la frustración fue haciéndose notar cuando no cedió. Mirando a Tommy, le pregunté:
—¿Tienes llave para esta?
—Oye, te he metido por la puerta principal. A partir de ahora te apañas solo —respondió.
Miré a Emma. Ella se limitó a encogerse de hombros, con los ojos chispeando de curiosidad. Di un paso atrás, calculé la distancia hasta la puerta y le solté una patada rápida y fuerte justo al lado del picaporte. Nada.
Emma intentó contener la risa, pero Tommy fue menos discreto.
—Tienes que dejar de saltarte el día de pierna, amigo mío.
—Aquí todo el mundo es un puto humorista —refunfuñé, preparándome para un segundo intento.
Esta vez, mi esfuerzo se vio recompensado con un crujido satisfactorio cuando la jamba se astilló y la puerta se abrió hacia dentro.
Emma me cubrió mientras yo metía la mano y daba al interruptor de la luz.
Una sola bombilla resplandeció desde una lámpara en el centro del techo, proyectando sombras marcadas por toda la habitación.
Estaba tan escasamente amueblada como el resto del piso.
Pero esta vez no había cama ni cómoda. Solo un viejo escritorio de madera con varios cajones a un lado, una silla de oficina desvencijada y una pequeña caja fuerte de acero de dos cajones junto al escritorio.
Emma por fin guardó su Beretta. Volvimos sobre nuestros pasos hasta la puerta principal y, en equipo, registramos a fondo todo el piso, avanzando metódicamente en el sentido de las agujas del reloj por cada estancia.
No nos llevó mucho. A diferencia del señor Traje Gris y el Tío Sin Cara, no destrozamos el sitio a lo bestia.
No encontramos nada fuera de lo común. Al final, todos acabamos de nuevo frente a la caja fuerte de dos cajones del despacho improvisado.
Una vez más, me volví hacia Tommy. Antes de que pudiera hablar, se me adelantó:
—Ni se te ocurra preguntar. No tengo ni idea de cuál podría ser la combinación.
—Ya me lo imaginaba —admití. Como ya había rebuscado en los tres cajones del escritorio, sabía que Tucker no había apuntado la combinación para guardarla en algún sitio.
Aun así, dado el historial de pésimo oficio de Tucker, me parecía del todo posible que la encontráramos garabateada en la propia parte delantera de la caja fuerte.
Emma se agachó a estudiar la caja fuerte. Era un modelo antiguo, una caja fuerte tipo archivador Mosler de dos cajones. Una única cerradura de combinación aseguraba el cajón superior. Introducir la combinación correctamente accionaba una palanca que permitía abrir ambos cajones.
—Esto no es de dotación oficial —afirmó, frunciendo el ceño.
Asentí, dándole la razón. Eso significaba que la estación no había proporcionado la caja fuerte, ni nadie había intervenido en fijar o cambiar la combinación.
Como parte de un curso de «Flaps and Seals» que hice al principio de mi carrera en la Agencia, había aprendido el arte de abrir cartas y otros documentos de forma encubierta.
Un complemento de aquella formación incluía un módulo sobre cómo cambiar las combinaciones de las cerraduras cuando conocías la combinación.
También vimos la habilidad menos refinada de taladrar y forzar una caja fuerte cuando la combinación se desconocía, se había perdido o se había olvidado.
Suponía que Emma había recibido la misma instrucción, aunque muchos años después que yo.
—Supongo que tenemos que llamar a la estación y que baje un equipo con taladros —ofrecí, abatido.
—Déjame probar una cosa primero —dijo Emma, agachándose para manipular el dial de la caja fuerte.
La observé girar el dial tres veces a la izquierda para reiniciar el mecanismo interno.
Luego lo giró a la derecha y se detuvo en un número que no alcancé a ver.
Lo giró de nuevo a la izquierda dos vueltas, pasándose de su número original, y se detuvo en un segundo número.
Después lo giró una vuelta a la derecha, pasándose del segundo número, y se detuvo en un tercero.
Por último, lo giró otra vez a la izquierda, parándose en el cero, y accionó la palanca.
Para sorpresa de todos, incluida la de Emma, la palanca se movió sin resistencia y emitió un golpe seco mientras ella la empujaba hacia el suelo. Acto seguido, abrió el cajón superior.
—¿Qué cojones? —murmuré—. ¿Cómo lo has hecho?
—Sencillo. Si Tucker era tan malo en el oficio como has dicho, supuse que igual era demasiado tonto o vago para molestarse en cambiar la combinación.
Quiero decir, dudo que hiciera venir a uno de los oficiales de seguridad de la estación a cambiársela.
Así que probé la configuración de fábrica por defecto. 100-50-100.
—Increíble —exclamó Tommy. Asentí, dándole la razón.
Emma se apartó y yo avancé.
—Veamos qué tenemos —dije.
Dentro del primer cajón había una carpeta de archivo reglamentaria, marcada de forma bien visible con la palabra VENONA en mayúsculas en la portada.
Contenía copias impresas de varios artículos de periódicos y de internet.
Junto a la carpeta había un móvil, tampoco de dotación oficial.
En el cajón estaban también un ordenador portátil Dell y un cable de alimentación.
El cajón inferior guardaba algo aún más intrigante.
Un único sobre de papel manila de tamaño oficio, ribeteado con franjas rojas y estampado con la leyenda «TOP SECRET/EYES ONLY. »