No Admitas Nada (Grant Hunter 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Clavé la punta de la navaja en la mesa de la cocina con cierto dramatismo.

El señor Traje Gris se echó hacia atrás y forcejeó contra las ataduras, con los ojos muy abiertos de miedo.

Le sostuve la mirada con dureza y luego centré la atención en sus dedos aplastados.

Uno o dos de cada mano estaban doblados en ángulos extraños.

El dedo anular de la mano izquierda tenía esquirlas de hueso de un blanco intenso que asomaban a través de la piel hinchada y amoratada.

Más vale empezar por ahí, pensé. Más fácil cortar alrededor del hueso destrozado y luego seccionarlo.

Le agarré la muñeca con la mano izquierda y le aplasté los dedos rotos contra la mesa.

Entonces, de un movimiento rápido, saqué la navaja de la madera y le seccioné el dedo anular justo por debajo del segundo nudillo.

El dedo rodó por la mesa y cayó al suelo. El señor Traje Gris gritó y se desmayó.

Maldita sea. Qué fastidio. Aquello iba a llevarme todo el día si al tío le daba por desmayarse cada vez que lo tocaba.

Me encogí de hombros mirando a Emma. Ella no dijo nada.

Estaba claro que yo no era ningún experto en esto.

Emma, en cambio, ya se lo esperaba y tenía preparado un vaso de agua fría, que le echó por encima de la cabeza, seguido de unas cuantas bofetadas fuertes para asegurarse de que volvía en sí.

Aunque me quedaban nueve dedos más con los que trabajar, decidí que, ahora que volvía a estar despierto y que estaba claro que tenía toda su atención, rebajaría la presión.

Solo un poco. Lo justo para mantenerlo consciente y hablando.

Me limité a apretarle los dedos destrozados unos contra otros.

El roce de los huesos surtió el efecto deseado.

Veinte minutos después, estaba bastante seguro de que le habíamos sacado al señor Traje Gris hasta la última pizca de información útil.

Se llamaba Marco Chertoff. Interrogarlo no fue precisamente un duelo de ingenios.

Nada de preguntas incisivas, nada de respuestas esquivas, nada de discusiones llenas de matices.

Nada de largos silencios reflexivos. Seguí la misma técnica que él y el Tío Sin Cara habían aplicado con la señora Tucker. Fuerza bruta.

Mi ruso era limitado, igual que mi tiempo.

Por suerte, Emma se defendía bastante bien con el idioma, pues lo había estudiado en la universidad mientras estaba en el ROTC, el programa de formación de oficiales de la reserva.

Cómo no, la agencia, en su infinita sabiduría, había asignado a una oficial rusoparlante a un puesto en Tailandia. Típico.

Me decepcionó más que un poco que lo hubiera soltado todo tan deprisa.

Se merecía algo peor que el golpe en la cabeza y los pocos dedos aplastados que le había hecho.

Mucho peor. Se merecía sufrir. Aunque Chertoff afirmaba hablar solo unas pocas frases de un inglés chapurreado, el ruso de Emma bastó para que ella entendiera que era un antiguo recluta forzoso del ejército ruso, sin estudios, criado en las afueras de San Petersburgo.

Había cumplido un periodo de servicio durante la invasión soviética de Afganistán.

Estaba seguro de que lo había hecho sin honor alguno.

Chertoff no tardó en temer la brutalidad de sus oficiales del ejército ruso tanto como la del enemigo muyahidín.

Desertó a la primera oportunidad y fue arrestado de inmediato y condenado a una larga pena de prisión.

Afirmaba que un par de semanas atrás un «reclutador» de una fuerza paramilitar rusa privada, el Grupo Wagner, lo había sacado de la cárcel.

Lo mismo le había pasado al Tío Sin Cara, a quien Chertoff solo conocía por su nombre de pila: Ivan.

A él también lo habían sacado de otra prisión.

El reclutador les había prometido indultos, la conmutación de sus penas y dinero en efectivo si completaban una misión sencilla en Bangkok.

Como sospechábamos, les habían ordenado seguir a Tucker y secuestrarlo a la primera oportunidad.

No sabían quién había dado la orden; simplemente se la había transmitido su contacto del Grupo Wagner.

Que aquellos dos aficionados hubieran seguido a Tucker por la ciudad sin que él los detectara decía más de la ineptitud de Tucker que de sus dotes de vigilancia.

El señor Traje Gris dijo que no sabían quién era Tucker ni para quién trabajaba.

Solo les habían dicho que Tucker intentaba chantajear a alguien importante.

Tucker tenía algo que su jefe necesitaba.

Algo que Tucker estaba dispuesto a revenderle a un alto precio.

No sabían cuánto valía; solo que, una vez lo tuvieran, debían sonsacarle dónde estaba un «libro de claves» que poseía, recuperarlo y después matarlo.

El torpe intento de chantaje de Tucker, en realidad, coincidía con lo que nos habían contado las putas: que esperaba recibir una gran suma de dinero.

La mención de un «libro de claves», sin embargo, era un asunto preocupante.

¿Habría estado Tucker vendiendo secretos?

¿Algún equipo de cifrado? ¿Equipo de comunicaciones encubiertas?

¿Códigos de acceso a ordenadores? Emma intentó sacarle más al señor Traje Gris, pero no supo explicarlo mejor.

Secuestrar a Tucker. Conseguir el «libro de claves».

Matar a Tucker. Instrucciones sencillas.

Nada que se perdiera en la traducción. Cuando Tucker no salió del burdel, o, más exactamente, cuando lo sacaron en una camilla, su plan se había ido a la mierda.

No estaban dispuestos a volver con las manos vacías.

Ninguno de los dos tenía el dinero ni las habilidades para esfumarse sin más.

Y no querían quedarse sin sus indultos. Así que fueron a por la señora Tucker, con la esperanza de que ella los condujera a lo que fuera que Tucker estuviese vendiendo y poder salvar la misión.

Mientras habíamos estado ocupados convenciendo al señor Traje Gris de que sus opciones eran cooperar o acabar sin dedos y sin cara, el coronel Tommy y su equipo llegaron a la casa.

Los sanitarios ignoraron a los dos rusos, subieron a la señora Tucker a una camilla y se la llevaron a una ambulancia que esperaba fuera.

Nos miraron, negando con la cabeza con gesto sombrío mientras se marchaban.

Le presenté a Emma al coronel y le expliqué que ella y yo llevábamos el caso juntos.

Aunque Tommy había pasado toda la noche en pie, trabajando sin parar igual que yo, no sé cómo se las apañaba para tener buen aspecto y parecer descansado, y lucía un uniforme limpio.

El pelo, negro azabache, lo llevaba muy corto, y su cara ancha y afable desmentía cualquier signo de agotamiento.

—Sí, bienvenida a Bangkok, señorita Mitchell —dijo, dedicándole un breve gesto con la cabeza—. Siento que hayamos tenido que conocernos en estas circunstancias. He de admitir que tenía ganas de conocerla. Soy muy aficionado al fútbol americano de Notre Dame.

Emma me lanzó una mirada, frunciendo el ceño. Los dos nos preguntábamos cómo sabía Tommy tanto sobre lo que pasaba en nuestra estación.

—¿En qué lío te has metido, Grant? —preguntó mientras miraba a su alrededor, asimilando la carnicería repartida por toda la casa. Se detuvo solo en el amasijo sangriento y maloliente de la cocina.

—Ojalá lo supiera, coronel —respondí—. A este —señalé con la cabeza al señor Traje Gris, todavía atado a la silla— lo vi esta mañana delante del burdel.

Nos ha contado, y muy de buena gana, por cierto, que a él y a su colega sin cara les ordenaron secuestrar a Tucker y recuperar una especie de libro de claves.

Una vez completada la tarea, debían matarlo.

Pero cuando Tucker les ahorró la molestia, no les quedó otra que venir aquí a buscar lo que necesitaban.

—Parece que no lo consiguieron, y la pobre señora Tucker está pagando el precio —respondió Tommy—. Registraron cada centímetro de la casa, lo que demuestra que no lo habían encontrado. Al fin y al cabo, uno no sigue destrozando un sitio una vez que ha encontrado lo que busca.

—De acuerdo —dijo Emma—. Y debe saber que hay un cuerpo en el jardín trasero, probablemente un ciudadano tailandés. Seguramente el jardinero.

El rostro de Tommy se tensó y sus ojos se oscurecieron. Negó despacio con la cabeza.

—Supongo que ahora deberíamos registrar el despacho de Tucker —dije tras un momento—.

Pero, si estaba chantajeando a alguien, dudo que guardara allí nada delicado.

Demasiada gente tiene acceso a las combinaciones de las cajas fuertes del SCIF.

Esto tiene que ser algo ajeno a los asuntos habituales de la agencia.

—Bueno, quizá quieras echar un vistazo también a su piso —dijo Tommy en tono neutro.

Emma y yo intercambiamos una mirada, con la sorpresa pintada en la cara de ambos.

—¿Qué piso? —pregunté.

—¿Es que hoy tengo que hacerte yo todo el trabajo, Grant? —dijo, con una sonrisa que se le iba dibujando en la cara—. Tiene un pisito en el centro. No creo que la señora Tucker lo supiera. Sería un inconveniente que entrara mientras él entretenía a una de sus amiguitas de Patpong.

Parpadeé, todavía pillado por sorpresa. ¿Un puto piso? ¿Cómo coño sabía todo esto? Me maravillaba la cantidad infinita de información que Tommy parecía poseer sobre cada rincón de nuestra operación. Emma, sin duda, pensaba lo mismo.

—¿Hay algo de nosotros que no sepa, coronel? —preguntó Emma.

—Muy poco, la verdad. —La mirada de Tommy se desvió hacia mí—. Por ejemplo, sé que aquí el señor Hunter podría necesitar una camisa de vestir limpia. —Señaló con la cabeza los restos del Tío Sin Cara, salpicados por todo mi pecho.

—Segunda vez hoy —refunfuñé, limpiándome la porquería.

Luego fui a buscar una camisa limpia en el armario de Tucker.

Tommy y Emma seguían inspeccionando los destrozos de alrededor cuando volví, abrochándome una camisa que había encontrado.

Me quedaba un poco holgada, porque Tucker pesaba unos catorce kilos más que yo, pero tendría que servir.

—Bueno, Tommy, ¿qué hacemos con nuestros dos invitados? —pregunté.

Tommy contempló el desastre que nos rodeaba.

—Bueno, al tipo al que le falta casi toda la cabeza lo registrarán en el depósito como un vagabundo sin identificar.

Una víctima más del aumento de la delincuencia aquí en Bangkok.

Dudo que nadie venga a buscarlo. Al otro lo harán desaparecer en la prisión de Bang Kwang.

Como extranjero que ha asesinado a un ciudadano tailandés, sobre todo a un pobre trabajador, le espera una experiencia muy larga y desagradable.

Cuando sus compañeros presos acaben con él, suplicará que lo cambien de sitio con el tipo sin cara.

Yo conocía aquella prisión solo de oídas. Albergaba a muchos presos extranjeros, la mayoría condenados a muerte. Los reclusos tienen que llevar grilletes en todo momento. La violencia, las violaciones y los asesinatos eran moneda corriente. Bien, pensé.

Cuando estábamos a punto de marcharnos, el coronel recibió novedades de uno de sus oficiales. Quien llamaba le informaba de que la señora Tucker había sufrido una convulsión de camino al hospital. Había muerto a causa de sus heridas.

El señor Traje Gris oyó a Tommy atender la llamada y darnos la noticia.

O sabía algo de tailandés rudimentario o entendía el inglés mejor de lo que había dado a entender.

Se volvió hacia mí y sonrió, enseñándome los dientes sucios y manchados de nicotina.

Gran error. Saqué mi Beretta y le pegué un tiro en la cabeza.