No Admitas Nada (Grant Hunter 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Levantar al señor Traje Gris del suelo no fue tarea fácil, lo que confirmó mi teoría sobre el peso muerto o, en este caso, el peso inconsciente.

Al final lo dejé bien sujeto en la misma silla que antes había ocupado la señora Tucker.

No me molesté en atarle las manos, grotescamente deformadas e inservibles. Las necesitaría a su debido tiempo.

Antes de centrar toda mi atención en nuestro prisionero, volví junto al cuerpo del hombre al que ya había bautizado mentalmente como el Tío Sin Cara.

Le había visto unos tatuajes en las manos.

Cabía suponer que no se había despertado una mañana cualquiera decidido a iniciar su particular viaje de dismorfia corporal tatuándose los dedos.

Emma observaba con frialdad mientras yo lo giraba boca arriba. Un trozo grande de su cerebro se deslizó fuera del cráneo destrozado y cayó al suelo con un chapoteo húmedo y blando. Emma ni se inmutó. Impasible. Sin mostrar el más mínimo remordimiento ni emoción por habérselo cargado.

Le abrí la camisa de un tirón, dejando al descubierto el pecho, los brazos y la espalda.

Bajo la tela hecha jirones, descubrí toda una galería de toscos tatuajes carcelarios rusos en negro y gris.

No soy ningún experto en descifrar el arte corporal de los criminales, pero dos de ellos llamaban la atención.

El primero era un tatuaje en el lado izquierdo del pecho que mostraba a un verdugo encapuchado, hacha en mano, de pie sobre su víctima.

Significaba que el Tío Sin Cara había asesinado a miembros de su propia familia.

Las reuniones familiares en días señalados debían de ser de lo más incómodas.

El segundo era un murciélago negro en el otro lado del pecho, justo encima de las costillas.

La mascota de las tropas de élite de los Spetsnaz rusos. Interesante.

Una vez más, me alegré de que Emma hubiera despachado al Tío Sin Cara tan deprisa.

Aunque estaba claro que aquel tipo era una especie de criminal, un soldado Spetsnaz entrenado no era cosa de subestimar.

Hasta un exmiembro de las Fuerzas Especiales acabado y mal disciplinado habría sido un rival formidable.

Por lo visto, Emma también había reconocido el significado del tatuaje del murciélago.

—¿Qué opinas? —preguntó.

—Opino que te debo una botella de Lagavulin cuando todo esto acabe. Me alegro de no haber tenido que enfrentarme a él cuerpo a cuerpo. Y me sorprende un poco que no me pegara un tiro en la cabeza, sin más, como tú a él.

—Eso es fácil —respondió—. Está claro que buscaban algo. Algo que no consiguieron encontrar. Así que pensó en intentar capturarte para ver si tú sabías dónde estaba.

—No le salió muy bien la jugada —dije. Ella se limitó a encogerse de hombros.

—Otra cosa, Grant. Cuando iba hacia la puerta de atrás, casi tropecé con un cuerpo tirado en el jardín. No me paré a mirar, pero, por cómo iba vestido, creo que podría haber sido un jardinero, o quizá otro miembro del servicio. Le habían cortado el cuello.

El día no dejaba de empeorar. ¿Quiénes coño eran estos dos gilipollas?

Aficionados, sin duda. Recurrían a la fuerza bruta para conseguir lo que querían.

Matar a un trabajador local y luego dar una paliza a una mujer indefensa hasta el punto de que, aunque hubiera querido ayudarles, no podía, porque le habían roto la mandíbula.

—Estos tíos tenían prisa —dije—. He visto a uno de ellos esta mañana delante del burdel. Apuesto a que el plan era echarle mano a Tucker en cuanto acabara con las dos prostitutas. Pero cuando la palmó con las chicas, pasaron al plan B y se vinieron aquí.

Emma hizo una pausa, mirando al muerto y volviéndose luego hacia el señor Traje Gris, con expresión indescifrable. —Vale. Vamos a ver qué nos cuenta su amigo —dijo con voz firme pero cortante, como si mentalmente ya estuviera procesando el siguiente paso.

Antes de empezar, le hice al señor Traje Gris un registro más a fondo.

Igual que el Tío Sin Cara, no llevaba documentación, solo unos pocos baht y unos cigarrillos baratos.

También tenía su buena ración de tatuajes carcelarios, ninguno de los cuales supe identificar.

Ahí terminaban las semejanzas. El señor Traje Gris tenía dos cosas que el Tío Sin Cara no.

La primera era un cuchillo de combate militar ruso que se me había pasado en el primer cacheo.

Un descuido por mi parte. Era un arma desagradable, con una hoja fija de quince centímetros, punta tipo clip, mango de material compuesto negro y una guarda invertida en forma de S que se curvaba hacia el filo, afilado como una cuchilla.

La doctrina militar rusa enseñaba a los soldados a empuñar los cuchillos con el filo hacia arriba.

La guarda impedía que la hoja les cortara las propias manos.

La sangre del jardinero aún se secaba sobre el acero frío, oscura y pegajosa.

El señor Traje Gris también llevaba un móvil. El mismo que le había visto usar bajo la farola. Me guardé el cuchillo en el bolsillo, junto a su Makarov, y le lancé el móvil a Emma.

—Quédate con esto —murmuré, sabiendo que ella sería capaz de sacarle mucho más que yo—. Seguro que de estas cosas sabes más que yo.

En algún rincón de la Agencia hay operativos expertos en el arte de las «técnicas de interrogatorio mejoradas».

Yo no soy uno de ellos. Irónicamente, justo después de los atentados terroristas del 11-S, la CIA estableció su primer «centro de detención clandestino» aquí mismo, en Tailandia.

Un lugar muy lejos de los «derechos Miranda» y del «debido proceso» de Estados Unidos.

Allí, los objetivos de alto valor eran sometidos a toda clase de métodos de interrogatorio creativos: privación del sueño, colocación en posturas forzadas, sobrecarga sensorial seguida de privación sensorial, alimentación e hidratación rectales.

Seguro que había otros métodos que ni siquiera he llegado a imaginar.

Todo ello llevado a cabo por un cuadro de expertos con tiempo y ganas de perfeccionar su técnica.

La paciencia, sin embargo, no era una virtud que yo poseyera en abundancia.

Por un momento pensé en preparar el montaje y someter al señor Traje Gris a un ahogamiento simulado.

Por experiencia propia, sabía que era una forma extremadamente eficaz de soltarle la lengua a cualquiera.

Me habían contado que los interrogadores le habían aplicado el ahogamiento simulado a Khalid Sheikh Mohammed, el cerebro del 11-S, decenas de veces.

Aguantaba apenas unos segundos cada vez antes de cantarlo todo.

A mí me habían sometido a un ahogamiento simulado durante uno de los módulos de un programa de instrucción de tres meses en La Granja, llamado CODA, siglas de Covert Operations in Dangerous Areas, Operaciones Encubiertas en Zonas Peligrosas.

No fue una experiencia agradable. Pero cada uno de nosotros necesitaba entender cuánto seríamos capaces de aguantar si alguna vez nos capturaba el enemigo.

Para ser justos, los instructores nos habían advertido del aspecto de «la buena y la mala noticia» de aquella instrucción.

La buena noticia era que, en el mundo real, mis compañeros y yo no permaneceríamos cautivos mucho tiempo.

La mala era que, como personal de seguridad, siempre nos verían como una amenaza y probablemente nos ejecutarían en el acto. Maravilloso.

Eso no les impidió dejarnos disfrutar del placer del ahogamiento simulado.

Era obligatorio. Junto con meses de instrucción en conducción evasiva a alta velocidad, comunicaciones encubiertas, apropiación de vehículos, técnicas de contravigilancia, tácticas antisecuestro, múltiples sistemas de armas y otras tantas formas del oficio. Buenos tiempos.

Sospechaba que Emma, por ser exmilitar, había pasado por una experiencia similar durante el curso SERE, siglas de Survival, Evasion, Resistance, and Escape, Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape.

La mayoría de los operadores especiales, los aviadores y demás personal militar desplegado en primera línea hacen el curso SERE al principio de su carrera.

No tenía tiempo, ni tampoco ganas, de aplicarle presión psicológica al señor Traje Gris, que justo entonces empezaba a salir de la conmoción cerebral provocada por el krabong .

En lugar de eso, opté por un enfoque más directo.

La idea de usar el propio cuchillo del señor Traje Gris contra él era tentadora.

Justicia poética, en realidad. Pero lo pensé mejor.

En su lugar, metí la mano en el bolsillo y saqué mi vieja navaja táctica plegable de apertura rápida.

Diseñada por la leyenda del combate cuerpo a cuerpo Bob Kasper y fabricada por la Connecticut River Knife and Tool Company, era un arma formidable.

Hecha de acero de alto carbono, lucía una hilera de orificios troquelados a cada lado del mango de aluminio anodizado en verde oliva, que mejoraban el agarre y reducían el peso.

La hoja de diez centímetros era grande y robusta, afilada como una cuchilla.

Hacía un siniestro chasquido al abrirse de golpe con el resalte para el pulgar.

El rostro de Emma permaneció impasible mientras me veía acercarme a nuestro prisionero, con la navaja reluciendo amenazadora bajo la luz de la mañana que se filtraba en la cocina.

El señor Traje Gris, ya completamente despierto, miraba frenéticamente de mí a su amigo sin rostro tirado en el suelo y vuelta a empezar.

Un chorro de orina oscureció la entrepierna de sus relucientes pantalones de poliéster y formó un charco que se extendía a sus pies.

Añadía un olor nuevo y desagradable al hedor nauseabundo de la habitación.

Sin duda pensaba que el Tío Sin Cara había recibido mi ira mientras él estaba inconsciente. Bien. No hacía falta sacarlo de su error.