Capítulo 6
Levantando despacio las manos, intenté fijarme en el hombre que sostenía la pistola.
Pero antes de poder verlo bien, sonó un único disparo detrás de mí.
Entonces la cara del hombre desapareció en una explosión de neblina rosada compuesta de sangre, sesos, hueso y cualquier otra masa viscosa que mantenga unida una cabeza humana.
El pistolero se desplomó en seco, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.
Hay una zona en la cara de una persona que va desde el borde externo de una cuenca ocular hasta el de la otra, y baja por el puente de la nariz hasta el labio superior.
Los tiradores la llaman «zona T». Con un disparo bien colocado, la bala impacta y secciona la médula espinal, provocando la muerte inmediata y la inmovilidad total.
Sin espasmos musculares involuntarios. Sin un dedo crispándose en el gatillo de la pistola que me apuntaba de lleno al pecho.
«Parálisis flácida», la llaman. Ni todas las pastillitas azules de Tucker podrían remediar el estado ahora flácido de este tipo.
Emma debía de haber visto el apuro en que estaba. Había hecho un disparo de la hostia desde justo dentro de la puerta trasera. Aún de pie en una posición de tiro Weaver modificada, preguntó:
—¿Ya estoy perdonada por haberte derramado el café encima?
Todavía me pitaban los oídos por la cercanía de su disparo.
—Lo estás —dije, dirigiéndole una mirada rápida y negando con la cabeza—. Aunque... —bajé la vista a la sangre y los sesos salpicados por mi pecho— técnicamente ahora me has estropeado dos camisas en una sola mañana.
—Demándame —dijo—. Y ahora vamos a despejar este sitio como es debido, antes de que nos salte encima otro capullo.
Nos movimos rápido, despejando la casa, revisando cada planta de arriba abajo. No había nadie más, pero el sitio estaba completamente destrozado. Estos cabrones habían estado ocupados.
Tras enfundar nuestras armas, le lancé las llaves a Emma y le pedí que cogiera el botiquín del maletero. Mientras ella estaba fuera, volví a entrar en la cocina para hacerle una autopsia de bolsillos al muerto.
No fue agradable.
En cuanto entré en la habitación, me golpeó el hedor.
El olor sulfuroso del disparo se mezclaba con el olor metálico de la sangre y los sesos.
Peor aún era la pestilencia del contenido de sus intestinos, que se le había derramado por las perneras del pantalón nada más desaparecer su cara.
Luché contra la bilis que me subía por la garganta.
Mi desayuno a base de bourbon amenazaba con reaparecer.
Quizá de verdad fuera hora de moderar la bebida.
Centrándome en el cuerpo, me obligué a superar las náuseas.
La pistola del muerto seguía apretada en su mano derecha.
Encontré un cargador de repuesto en un bolsillo y unos 2.
000 baht tailandeses en otro. Un paquete de cigarrillos rusos Belomorkanal sin filtro era todo lo que quedaba.
Nada más. Sin cartera. Sin pasaporte. Sin llaves de coche.
Tuve que pisar con cuidado para esquivar el charco de sangre cada vez más grande que rodeaba el cuerpo, ahora una masa oscura y cada vez más espesa de morado y rojo que se extendía despacio por el suelo de la cocina.
Emma volvió y se puso manos a la obra de inmediato, prestando primeros auxilios a la señora Tucker, que apenas estaba consciente.
Los dos teníamos formación como sanitarios de combate, así que hicimos lo posible por estabilizarla, haciendo todo lo que pudimos para no agravar sus heridas ni causarle más dolor.
Emma cortó la cinta americana con un cuchillo de cocina y yo tumbé con cuidado a la señora Tucker sobre su costado izquierdo, colocándola en la posición «lateral de seguridad», con la esperanza de evitar que se ahogara con su propio vómito.
Su respiración era entrecortada. Cada inhalación era una batalla mientras pugnaba por tomar aire con las costillas rotas y los pulmones aplastados. Su cuerpo temblaba bajo el peso de la brutal paliza que había recibido.
—Señora Tucker, soy Grant Hunter. Ya está a salvo. ¿Puede entenderme?
Gimió, un sonido grave y atormentado, y movió un poco la cabeza. Apenas separó los labios y, con la mandíbula hinchada y varios dientes de menos, masculló algo ininteligible. Las palabras salían distorsionadas mientras se abrían paso por un laberinto de hueso roto y sangre.
—¿Sabe qué querían estos hombres? —pregunté, con la voz baja y apremiante. Sin respuesta. Volvió a gemir, girando un poco la cabeza.
Insistí.
—¿Puede decirme qué ha pasado?
Nada. Solo más murmullos ininteligibles.
Me volví hacia Emma.
—¿Sabes qué dice?
Emma entornó los ojos, concentrándose en la señora Tucker.
—Es difícil saberlo —dijo, con la voz tensa de frustración—. Tiene la mandíbula destrozada. Suena a «Venona», pero no sé qué significa. ¿Tú lo sabes?
Negué con la cabeza, pero esa palabra me sonaba. No conseguía ubicarla, pero ya me vendría.
—Grant, tenemos que llevarla a un hospital —susurró Emma—. No sé si va a sobrevivir.
Emma tenía razón.
—Busca otro teléfono —dije— y llama al 191, el número de emergencias local.
Asintió y se fue a buscar un teléfono.
Entonces saqué mi propio móvil y marqué un número guardado. La línea sonó dos veces antes de que una voz áspera respondiera.
—Coronel Tommy —dije, manteniendo la voz firme pero soltando las palabras a toda prisa—. Soy Grant. Parece que vuelvo a necesitar tu ayuda. ¿Podéis venir tú y tu equipo a casa de Tucker? Lo más rápido que podáis.
Hubo un momento de silencio y luego dijo:
—Por supuesto. Voy de camino.
Colgó.
Mientras Emma se ocupaba de llamar a una ambulancia, y con el coronel y su equipo de camino, dirigí mi atención al señor Traje Gris. Seguía tendido, inconsciente, en el suelo.
Hora de despertarlo y ponerme a trabajar.