Capítulo 3 #2
Mientras frotaba la mancha de café de la camisa, evalué la última incorporación a la estación de Bangkok.
Era mucho más joven que yo, pero, claro, ¿quién no lo era hoy en día?
Alta, esbelta, atlética, con el pelo oscuro recogido en una coleta informal.
Era atractiva según cualquier criterio convencional.
Llevaba poco maquillaje, tenía unos penetrantes ojos de un verde brillante e iba vestida con un traje oscuro y una blusa blanca impecablemente planchada.
Curiosamente, también llevaba al cinto una pistola Beretta de 9 mm de dotación de la embajada.
Emma reparó en mi mirada y me lo aclaró:
—Soy la nueva oficial de seguridad de la estación.
—Vaya, pues supongo que eso te convierte en mi sustituta. Yo también soy de la Oficina de Seguridad.
—Sí, señor, sé quién es usted. —Su rostro apenas dejó traslucir una expresión de preocupación. ¿O era lástima? Difícil saberlo.
—Bueno, eso probablemente no sea bueno —respondí con una sonrisa—. Y que sea también la última vez que me llamas «señor».
—Sí, señor... digo... recibido.
Al mirarla de nuevo, percibí en ella un aire de seguridad que hablaba de alguien que era más que una simple novata recién reclutada. —Por cómo llevas esa arma, me da la sensación de que no es la primera vez que estás sobre el terreno.
—Para la agencia sí, pero no es mi primera vez en zona de operaciones por el Tío Sam —dijo.
Y luego explicó que, tras licenciarse en Notre Dame en Ciencias Políticas y recibir el nombramiento de oficial por el ROTC del Ejército, había hecho misiones tanto en Irak como en Afganistán con el INSCOM, el Mando de Inteligencia y Seguridad—.
Me metí en algún que otro lío en el desierto y me llevé un tiro en el hombro, cortesía de un cabrón de Al-Qaeda.
Estábamos en una operación para capturar o matar a un objetivo de alto valor en las zonas tribales de Pakistán.
Nos conformamos encantados con la opción de eliminar al objetivo y a la mayoría de sus colegas.
La agencia me captó del Ejército literalmente mientras estaba sentada en una cama de hospital en Landstuhl.
Una evacuación médica desde Ramstein y aquí estoy.
Después de un tiempo de entrenamiento en La Granja, claro.
Lo que quedó sin decir era que la agencia no se habría acercado a ella de no haber demostrado verdaderas aptitudes sobre el terreno. No me cabía duda de que el cabrón de Al-Qaeda había acabado con algo más que una bala en el hombro.
—Ya basta de hablar de mí —dijo—. Seguro que tienes cosas más importantes que hacer esta mañana que ocuparte de la nueva de la estación. Solo estoy esperando a que llegue el jefe de estación para presentarme y ponerme manos a la obra.
—Bueno, la buena noticia es que no tendrás que esperar para ver a Tucker. Por desgracia para ti, la mala noticia es que acabas de ser reclutada para ayudarme a investigar su muerte.
Si le sorprendió oír que el jefe de estación estaba muerto, no lo demostró. Así que le resumí los acontecimientos de las últimas horas, junto con todo lo que sabía sobre la última correría del jefe de estación en Patpong. Que, hay que reconocerlo, no era mucho.
—Como todavía no estoy seguro al cien por cien de a qué nos enfrentamos con lo de Tucker, y como está claro que ya te has familiarizado con la armería, ¿por qué no me sacas un arma de allí? —dije—. Yo voy a cambiarme; tengo una camisa de repuesto en el despacho.
—Hecho —respondió, y se dirigió de nuevo a la armería.
En mi mesa, me quité la camisa y la tiré a la basura.
Al fin y al cabo, esto era Bangkok. Salía más barato y más cómodo encargar camisas nuevas a medida por un par de dólares cada una que lidiar con la molestia de llevarlas a la tintorería.
Ya con mejor aspecto, marqué el código correcto en la cerradura de la puerta del SCIF y me senté en la primera mesa, donde había un teléfono seguro STU-III.
Marqué de memoria un número y contacté con el oficial de guardia de la sección de Extremo Oriente en Langley.
Las 0630 de la mañana en Bangkok equivalían a las 1930 de la tarde anterior en Virginia.
Le pasé un informe de situación muy básico al oficial de guardia, que lo trasladaría a los trajeados de la séptima planta cuando llegaran al despacho a la mañana siguiente.
O eso creía yo. No habían pasado ni diez minutos cuando sonó el STU-III.
Como no había nadie más cerca, contesté.
—Tengo en línea a la directora adjunta de Operaciones, Eastman, para el señor Hunter —dijo una voz seca y profesional al otro lado. Sin duda, una asistente ejecutiva de gran competencia que trabajaba hasta tarde, sin atreverse a marcharse hasta asegurarse de que su jefa había terminado por hoy.
—Soy Hunter —respondí.
—Le paso con la directora adjunta, no cuelgue.
Mientras esperaba, me pregunté por qué me llamaría la DDO.
La había conocido varias veces durante mis muchos años en el equipo de seguridad del DCI, el director central de Inteligencia.
Era habitual que los altos cargos de la agencia se incluyeran en el grupo de personal de apoyo que viajaba con el DCI en los viajes internacionales.
«Los que van de paquete», los llamábamos.
Aun así, dudaba que ella supiera quién era yo.
Se supone que los de seguridad somos invisibles.
Un momento después, otra voz se puso al aparato.
—Señor Hunter, soy Jennifer Eastman. Gracias por atender mi llamada.
—Sí, señora, ¿en qué puedo ayudarla? —respondí.
—Quería llamarle de inmediato y agradecerle personalmente que informara del lamentable fallecimiento del jefe Tucker.
—Sí, señora. Muy triste. Saldré en breve a informar a su esposa de su fallecimiento.
—No dije nada sobre dónde habían encontrado a Tucker, ni con quién.
Me pareció amable por su parte interesarse tanto por su muerte.
Con el cuerpo aún caliente y mi investigación recién empezada, podría haber esperado a mi informe final.
Al fin y al cabo, no era un incidente de alto perfil.
No era una operación fallida. No era un atentado terrorista. Simplemente había muerto.
—El oficial de guardia informó de que el jefe Tucker murió por causas naturales. ¿Es correcto? ¿Algún indicio de violencia o de intervención criminal? —Su voz dejó traslucir un leve indicio de tensión al preguntar.
—Es todavía muy pronto, pero no hay señal de nada que no sea un posible problema médico. Están llevando su cuerpo al depósito local, donde sabrán más bastante pronto.
—Manténgame informada, señor Hunter. Sabe cómo localizarme en cualquier momento a través de la Oficina de Guardia.
Le aseguré que lo haría. Le dije que, para cuando volviera al despacho por la mañana, ya habríamos visitado la residencia del jefe y avisado a su esposa. Le dije que esperaba que fuera una investigación rápida. La cerraríamos enseguida y enviaríamos un informe final a la central por cable.
Me equivocaba en todo.