No abras la puerta CAPÍTULO 59
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CAPÍTULO 59

Salas llamó a Daniel a media mañana.

—Necesito que venga a comisaría.

Daniel miró hacia la cocina. Laura estaba desayunando con Nora, todavía con la pulsera del hospital en la muñeca.

—¿Ha pasado algo?

—Javier Vidal ha ampliado su declaración.

—¿Ha confesado?

Hubo una breve pausa.

—Ha hablado.

Daniel entendió que no era lo mismo.

—Voy para allá.

—Laura también, si se encuentra en condiciones.

Una hora después estaban sentados frente a Salas.

Laura había insistido en acudir. Se la veía cansada, pero ya no tenía el aspecto de la noche anterior. Daniel permanecía a su lado y, por primera vez desde que todo había empezado, no sentía que estuvieran persiguiendo a alguien.

Javier estaba detenido. Laura había vuelto a casa. Nora estaba a salvo. Quedaban preguntas, pero ya no había ninguna puerta tras la que pudiera esconderse.

Teresa llegó pocos minutos después acompañada por otro agente. Desde la operación de la noche anterior había pasado horas declarando y aclarando su participación en todo lo ocurrido. Ocupó una silla al otro lado de la mesa y esperó.

Salas cerró la puerta.

—El abogado le ha recomendado a Javier que no siga hablando, pero ha decidido responder a algunas cuestiones. Ha reconocido el secuestro de Laura, la discusión con Marta y que salió detrás de Daniel aquella noche.

Daniel se inclinó hacia delante.

—¿Ha reconocido que provocó el accidente?

—Dice que quería alcanzarlo antes de que pudiera contar lo que había visto. Niega que pretendiera matarlo.

—Me embistió.

—Eso tendrá que explicárselo a un juez.

Laura intervino.

—¿Y Marta?

Salas abrió la carpeta.

—Admite que discutieron. Marta lo acusó de haber matado a Núria y le dijo que sabía lo de Teresa. Javier reconoce que la golpeó y que cayó.

Teresa bajó la mirada.

Daniel volvió a ver aquella habitación.

Marta en el suelo.

La sangre.

Javier girándose hacia él.

Daniel.

—Le preguntamos dónde ocultó el cuerpo —continuó Salas.

Laura permaneció inmóvil.

—¿Dónde está?

—Respondió: «Pregúntenselo a Teresa».

Teresa levantó la cabeza.

—¿A mí?

—Eso dijo.

—Yo no me llevé a Marta de aquella casa.

La rapidez de la respuesta desconcertó a Daniel.

—Entonces ¿qué pretende Javier?

—Nada, probablemente. Porque él sostiene que tampoco se la llevó.

Teresa soltó una risa incrédula.

—No, claro. Se desvaneció. ¿No?

Salas no entró en la discusión.

—Dice que después de perseguir a Daniel regresó a casa de Nicolás Pons. Había visto llegar el Renault y sabía que Teresa estaba allí. Cuando volvió, el coche ya no estaba.

—Porque me había ido a buscar a Dani.

Teresa dejó de sonreír.

Salas continuó.

—Javier asegura que Marta tampoco estaba. Durante diecisiete años ha creído que usted retiró el cuerpo antes de que regresara.

—Yo creía que lo había hecho él.

Salas cerró la carpeta.

—Exactamente.

La sala quedó en silencio. No hicieron falta más acusaciones. Daniel miró primero a su madre y después a Salas.

—Cada uno pensaba que había sido el otro —dedujo Daniel.

—Sí.

—¿Y mi padre?

—Hemos vuelto a reconstruir sus movimientos —respondió Salas—.

Teresa fue a buscarlo después de abandonar la casa.

Andrés se centró primero en localizar a Daniel y, tras recibir el aviso del accidente, fue al hospital.

Eso no demuestra que nunca regresara a casa de Nicolás, pero tampoco tenemos ningún indicio de que trasladara el cuerpo de Marta.

—Andrés no tenía ningún motivo para hacerlo —añadió Teresa.

Salas colocó varios documentos sobre la mesa.

—Por eso hemos vuelto a revisar el caso con una pregunta distinta.

Laura la miró.

—¿Cuál?

—Durante diecisiete años todo el mundo ha intentado averiguar quién hizo desaparecer el cuerpo.

Daniel no entendió hacia dónde iba.

—Porque alguien tuvo que hacerlo —dijo él.

Salas sostuvo su mirada.

—Eso es lo que siempre se ha dado por hecho.

Daniel sintió una incomodidad difícil de explicar.

—Marta estaba muerta.

—Señor Vega, si algo le he repetido durante nuestra fructífera relación profesional es que no saque conclusiones antes de tiempo.

Javier creyó que la había matado —dijo Salas—.

Usted entró después y la vio inmóvil en el suelo.

También creyó que estaba muerta. Teresa llegó unos minutos más tarde, encontró la misma escena y también la dio por muerta.

Teresa se removió en la silla.

—Porque estaba muerta.

Salas no la corrigió directamente.

—¿Comprobó el pulso, Teresa?

Teresa apretó los labios.

—No.

—¿La respiración?

—Ya se lo expliqué. Había sangre, no reaccionaba y Javier acababa de salir detrás de mi hijo. No me quedé allí haciendo comprobaciones.

Daniel miró la mesa.

—Yo tampoco tuve tiempo.

—Usted estuvo allí apenas unos segundos —dijo Salas.

Laura llevaba rato sin hablar.

—Nunca apareció el cuerpo —dijo finalmente ella—. Nunca hubo autopsia.

—Ni certificado de defunción. Tampoco hemos encontrado una sola prueba material de que alguien trasladara un cadáver aquella noche. Ningún vehículo relacionado, ningún lugar de ocultación, ningún resto.

Teresa negó con la cabeza.

—Eso no significa nada. Javier pudo llevársela sin dejar rastro.

—Pudo hacerlo —admitió Salas—. También pudo mentirnos ayer. Andrés pudo intervenir sin que usted lo supiera. Puede existir una explicación que aún no tenemos.

Daniel la observó.

—Pero hay otra —intervino Laura.

Salas no respondió. No hacía falta.

Laura se levantó y caminó hasta la ventana.

Daniel reconoció su expresión. No estaba asustada. Estaba pensando. Permaneció de espaldas mirando al exterior.

—Cuando recibí aquel anónimo, pensé que alguien quería que reabriera la investigación.

Daniel recordó el documento que había vuelto a poner en movimiento una historia enterrada durante diecisiete años.

—Y lo consiguió. Lo hiciste.

—Durante meses intenté averiguar quién me lo había enviado. Alguien relacionado con Andrés, con la investigación, con Marta... Incluso llegué a pensar que podía ser Javier manipulándome para llevarme hacia otra persona.

Teresa la miró.

—¿Qué decía ese anónimo?

—No decía quién había matado a Marta. Ni siquiera me daba una solución. Señalaba contradicciones. La muerte de Núria. El accidente de Dani. Cosas que no terminaban de encajar en el expediente.

Laura regresó lentamente hacia la mesa.

—Siempre supuse que quien lo había enviado sabía qué le había ocurrido a Marta.

—Es lo lógico —dijo Daniel.

Laura se sentó.

—Pero quizás esa pregunta estaba mal.

Daniel sintió que empezaba a comprenderla y no quiso hacerlo.

—¿Qué pregunta, Laura?

—Quién sabía qué le había ocurrido.

Teresa se estremeció en la silla.

—Laura...

—Javier pensó que tú te llevaste el cuerpo. Tú pensaste que fue Javier. Andrés estaba intentando proteger a Daniel. Ninguno sabía realmente qué había pasado después de salir de aquella casa.

Daniel negó.

—Marta murió, Laura.

Laura lo miró.

—Eso hemos creído todos.

La frase dejó un silencio incómodo. Daniel cerró los ojos. Volvió a la habitación. A Javier. A Marta en el suelo. A la carrera por el pasillo. Y recordó algo. Un sonido. Abrió los ojos.

—Había un ruido.

Salas lo miró.

—¿Qué ruido?

—Cuando salí de la habitación.

Daniel intentó recuperarlo sin forzarlo.

—Todo este tiempo había pensado que venía de fuera. De la música, de alguien en el pasillo... No sé.

—¿Qué oyó?

Daniel apoyó los brazos sobre la mesa.

—Un roce. Algo contra el suelo.

Teresa palideció.

—¿Marta?

—No lo sé, mamá. Javier salió detrás de mí casi inmediatamente —continuó Daniel—. Luego llegaste tú. Y para entonces ya estaba inmóvil, ¿no?

Laura lo observaba con los ojos húmedos.

—Pero nadie sabe qué ocurrió después de que Teresa se fuera.

Daniel volvió a negar.

—Laura...

—Llevamos diecisiete años tratando como un hecho algo que nadie comprobó.

Teresa miró hacia Salas.

—Salas, ¿nos está queriendo decir que Marta pudo levantarse y marcharse?

La subinspectora escogió las palabras con cuidado.

—Estoy diciendo que, con lo que sabemos ahora, no puedo descartarlo.

A Teresa se le llenaron los ojos de lágrimas.

—No puede ser.

Daniel pensó en una chica de diecinueve años que acababa de descubrir que su padre había matado a su madre. En ese mismo padre golpeándola. En la certeza de que, si seguía viva, Javier volvería.

—Si despertó —dijo Daniel—, sabía que tenía que desaparecer.

Laura asintió.

Y entonces Daniel volvió al principio de todo.

—El anónimo.

Laura ya estaba pensando exactamente lo mismo.

—Sí.

—Quien te lo envió quería que investigaras a Javier.

—Quería que mirara donde nadie había mirado bien.

—Diecisiete años después.

—Exacto.

Daniel sintió que todas las piezas volvían a moverse cuando ya creía que estaban colocadas.

—¿Por qué esperar tanto?

Laura negó suavemente.

—No lo sé.

Salas intervino.

—Ni siquiera sabemos si estamos hablando de Marta.

—No —admitió Laura.

Era importante decirlo. Solo eran suposiciones.

Daniel miró a su mujer.

—Pero tú crees que sí.

Laura bajó la vista hacia los documentos. Después miró a Teresa. A Salas. Finalmente a Daniel.

—Llevamos todo este tiempo preguntándonos quién me envió aquel anónimo porque sabía lo que le había pasado a Marta.

Daniel esperó.

Laura tragó saliva.

—Pero solo puede haber una persona en el mundo que sepa a ciencia cierta lo que le pasó —hizo una breve pausa antes de seguir—. ¿Y si era Marta?