No abras la puerta EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Habían pasado seis semanas. Javier Vidal seguía en prisión provisional a la espera de juicio. La investigación sobre la muerte de Núria se había reabierto y Teresa había declarado tantas veces que Daniel había perdido la cuenta. Lo que terminaría ocurriendo con ella todavía estaba por decidir.

En casa, las cosas habían empezado a parecerse otra vez a una vida.

Nora había vuelto al instituto y protestaba por los exámenes con una normalidad que Daniel había aprendido a agradecer.

Laura seguía durmiendo mal algunas noches, pero había regresado al trabajo poco a poco.

Ella y Daniel continuaban juntos, aunque ninguno de los dos fingía que unas semanas bastaran para arreglar diecisiete años de secretos.

Algunas noches hablaban.

Otras no.

Por ahora era suficiente.

Solo había una cosa que no había avanzado.

Marta.

Después de aquella conversación en comisaría, Salas había ordenado revisar de nuevo todo lo que pudiera quedar de su vida: documentación, movimientos bancarios, registros, antiguas amistades, posibles identidades vinculadas a ella.

También habían rastreado el origen del anónimo que Laura recibió cuatro meses antes de desaparecer.

Nada. Ni una fotografía. Ni una cuenta. Ni un nombre. Nada que demostrara que Marta Vidal hubiera sobrevivido a aquella noche. Tampoco nada que demostrara que no lo hubiera hecho.

Con el paso de los días, incluso aquella posibilidad empezó a ocupar menos espacio en las conversaciones.

Aquella tarde Daniel había salido con Nora. Laura estaba sola en casa, terminando de recoger la cocina, cuando sonó el timbre.

Se quedó quieta.

El sonido todavía conseguía provocarle algo en el estómago.

Miró hacia el recibidor.

Volvió a sonar.

Laura se secó las manos y caminó hasta la pantalla junto a la puerta.

Una mujer esperaba fuera.

No la conocía.

Debía de tener treinta y tantos años. Llevaba el pelo recogido y una chaqueta oscura. No parecía nerviosa, aunque mantenía las manos entrelazadas delante del cuerpo.

Laura pulsó el interfono.

—¿Sí?

La mujer levantó la cabeza hacia la cámara.

—¿Laura Rovira?

—Sí.

Hubo una pequeña pausa.

—Necesito hablar contigo.

—¿Quién eres? —preguntó Laura extrañada.

La mujer no respondió. Solo mantuvo la vista fija en la cámara.

Laura miró la puerta.

—Si es por Javier Vidal, tendrás que hablar con la policía. No voy a hacer declaraciones.

—No vengo por Javier.

—Entonces, ¿por qué vienes?

La mujer se acercó un poco más al interfono.

Y dijo una sola palabra.

—Elena.

Laura dejó de respirar.

Nadie la llamaba así.

No desde hacía muchos años.

Se acercó a la pantalla hasta quedar a pocos centímetros.

—¿Quién eres?

La mujer sonrió ligeramente.

No era una sonrisa alegre.

—Pensé que entenderías el sobre antes.

Laura sintió que las piernas dejaban de sostenerla durante un segundo.

El anónimo.

Cuatro meses antes.

El principio de todo.

Miró de nuevo a aquella mujer.

Intentó buscar en su rostro a la chica de diecinueve años que conservaba en la memoria. La encontró en detalles demasiado pequeños para que pudieran explicarse: la forma de inclinar la cabeza, los ojos, una expresión que había sobrevivido al tiempo aunque todo lo demás hubiera cambiado.

Laura se llevó una mano a la boca.

—No puede ser.

La mujer no dijo nada.

Laura se acercó a la puerta.

—¿Marta?

Al otro lado, la mujer cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Hola, Elena.

Laura apoyó la mano sobre el pomo.

Durante semanas aquella puerta había significado miedo.

Había aprendido a no abrirla. Había ordenado no abrirla.

Había desconfiado incluso de la persona que amaba cuando estaba al otro lado.

No abras la puerta. Pase lo que pase.

Laura miró una última vez la imagen de Marta en la pantalla.

Después giró el pomo.

Laura abrió la puerta.