CAPÍTULO 57
Teresa entró sola en el polígono. A aquella hora casi todas las naves estaban cerradas.
Las farolas iluminaban una calle ancha y desierta, con persianas metálicas cubiertas de grafitis y solares vacíos entre edificios de hormigón.
En el asiento del copiloto llevaba la carpeta preparada por la policía.
La voz de Salas le llegó muy baja a través del dispositivo oculto.
—Siga recto. No mire alrededor.
El segundo mensaje de Javier había llegado durante el trayecto: nave diecisiete, puerta lateral.
Teresa la encontró al fondo, detuvo el coche, bajó y cogió la carpeta.
A varios cientos de metros, Salas seguía la señal desde un vehículo sin distintivos. Daniel esperaba más atrás con otro agente. Nora permanecía en el asiento trasero.
—Ya ha entrado —dijo el policía.
Daniel mantuvo la vista fija en la nave.
—En cuanto sepamos que Laura está ahí, quiero entrar.
—En cuanto Salas lo ordene.
Daniel miró a Nora.
—Tú no sales del coche.
—Ya me lo has dicho.
—Pues te lo vuelvo a decir.
Nora levantó las manos.
—No pienso moverme.
Daniel volvió la vista hacia la nave.
Teresa se dirigió hacia ella y empujó la puerta lateral. El interior estaba casi a oscuras. Una luz encendida al fondo dibujaba una antigua zona de oficinas separada del resto de la nave.
—¡Javier! —gritó Teresa.
Él apareció junto a la puerta.
Teresa llevaba diecisiete años sin verlo. Había envejecido. El pelo era casi completamente gris y estaba más delgado de lo que recordaba, pero la mirada seguía siendo la misma.
—Has venido.
—¿Dónde está Laura?
Javier miró la carpeta.
—Primero dame eso.
—Primero Laura.
—No estás en condiciones de poner condiciones, Teresa.
—Fíjate que yo creo que es al revés. No estarías aquí si no necesitaras lo que llevo dentro.
Javier la observó unos segundos.
—Sigues siendo igual de testaruda.
—Tú sigues creyendo que me conoces —dijo Teresa justo antes de levantar la carpeta—. Quiero verla.
Javier abrió la puerta de la oficina.
Laura estaba sentada en una silla, con las muñecas sujetas por delante y el rostro agotado. Al ver a Teresa intentó levantarse.
—Teresa...
—Tranquila, Laura. Todo saldrá bien.
Javier levantó una mano.
—No te acerques.
A través del transmisor, Salas oyó la voz de Laura.
—Confirmado —dijo la subinspectora—. Laura está dentro.
Daniel agarró la manilla de su puerta.
El agente negó.
—Todavía no.
Dentro de la nave, Teresa dejó la carpeta sobre una mesa.
Javier la abrió y reconoció enseguida la factura telefónica, la declaración del testigo, la matrícula del Renault y varias páginas de la investigación de Laura.
—¿Esto es todo?
—Es suficiente para enterrarte, desgraciado.
Javier examinó una de las hojas.
—Pero esto son copias —dijo contrariado.
Teresa no respondió.
—¿Dónde están los originales?
—A salvo.
Javier dejó caer el papel.
—Has venido a engañarme —dijo, elevando el tono.
—He venido a sacar a Laura de aquí.
—¿Y después qué?
—Después vas a responder por lo que has hecho, cabrón.
Javier se acercó.
—Los dos elegimos callar durante diecisiete años.
—Yo no maté a Núria.
—No sabes qué pasó aquella noche.
—Sé que Marta te descubrió. Sé que también la mataste a ella. Sé que Daniel te encontró con ella y sé que saliste detrás de él para intentar matarle a él también. ¡Intentaste matar a mi hijo!
La mandíbula de Javier se tensó.
Teresa señaló la carpeta.
—Daniel recuerda. La policía sabe lo del accidente, sabe que tienes a Laura y sabe lo de Núria. Esto se acabó, Javier. Entrégate.
Javier miró alrededor de la nave.
Teresa comprendió que había cometido un error.
—Has traído a la policía.
No era una pregunta.
—Deja marchar a Laura.
Javier retrocedió, agarró a Laura por el brazo y la obligó a levantarse.
—¡Suéltala!
—Entramos —la voz de Salas llegó por el transmisor.
Las puertas de la nave se abrieron.
—¡Policía!
Javier empujó a Laura delante de él y tiró de ella hacia una salida situada detrás de las oficinas.
Teresa corrió tras ellos.
Laura consiguió agarrarse al marco de la puerta. Javier tiró con fuerza y perdió el equilibrio durante un instante.
Teresa aprovechó para sujetar a Laura y arrastrarla hacia atrás.
Javier la soltó.
Salas apareció con dos agentes al final de un pasillo que conducía a otra puerta.
—¡Al suelo!
Javier vio la salida trasera y echó a correr.
—¡Javier Vidal, deténgase! —ordenó Salas.
No se detuvo.
Desde el exterior, Daniel lo vio aparecer por la parte trasera de la nave.
—Es él.
El agente abrió la puerta.
—Quédese aquí.
Pero Daniel ya estaba saliendo.
—Nora, no te muevas.
Ella se incorporó en el asiento trasero.
—Papá...
—¡Que no salgas del coche!
Daniel cerró la puerta y echó a correr con el agente hacia la nave.
—¡Javier! —gritó Daniel.
Él volvió la cabeza. Los vio acercarse y echó a correr hacia el otro extremo del solar. Corrió junto a la valla que delimitaba el polígono. Al fondo, una hilera de árboles y matorrales crecía entre dos naves, ocultando parcialmente un paso estrecho que conducía hacia la calle lateral.
Daniel y el policía fueron tras él.
Javier se metió entre la vegetación. Durante unos segundos dejaron de verlo.
—Por ahí sale a la calle —dijo el agente acelerando.
Daniel lo siguió. Llegaron hasta el paso. No había nadie. El policía miró hacia ambos lados.
—¿Dónde coño está?
Daniel oyó entonces un golpe metálico a su espalda. Se volvió.
Javier no había seguido hacia la calle. Había atravesado los matorrales y regresado por el otro lado de la valla, utilizando la vegetación para volver sobre sus pasos sin que pudieran verlo. Ahora corría hacia los vehículos. Hacia el coche en el que había llegado Daniel.
—¡Nora! —gritó.
Daniel corrió con todas las fuerzas que le quedaban.
Javier llegó antes.
Agarró la manilla del conductor.
Cerrado.
Tiró otra vez y rodeó el coche buscando otra puerta.
Entonces vio a Nora en el asiento trasero.
Los dos se quedaron mirándose durante una fracción de segundo.
Nora reaccionó primero.
Se desplazó hacia la puerta contraria.
Javier abrió la trasera.
—¡No!
Nora intentó cerrar desde dentro, pero Javier metió el brazo antes de que pudiera hacerlo y la agarró por la muñeca.
—¡Suéltame!
Javier tiró de ella y consiguió sacarla del vehículo.
El agente levantó el arma.
—¡Suéltela! ¡Ahora!
Javier miró alrededor.
Salas acababa de salir por la parte trasera de la nave acompañada de otros dos policías. Daniel se acercaba por un lado. El agente le cerraba el otro. A su espalda solo quedaban el coche y la valla.
Se había quedado sin salida.
Metió una mano en el bolsillo.
Daniel vio el brillo de la hoja antes de comprender lo que iba a hacer.
—No...
Javier rodeó a Nora con un brazo y apoyó la navaja bajo su mandíbula.
—Quietos.
Daniel sintió que el cuerpo entero se le quedaba frío.
—Papá...
—Estoy aquí, cariño. No tengas miedo.
Salas avanzó despacio, con el arma apuntando hacia Javier.
—Señor Vidal.
—Baje la pistola.
—Eso no va a ocurrir.
Javier apretó el brazo alrededor de Nora.
—Pues no se acerque.
Daniel dio medio paso.
—Suéltala. Ella no tiene nada que ver con esto.
Javier lo miró.
—Ahora sí.
Nora respiraba deprisa, pero mantenía los ojos abiertos, buscando a su padre.
Salas avanzó lo justo para colocarse frente a Javier.
—¿Qué pretende, señor Vidal?
—Quiero un coche.
Salas miró brevemente el vehículo que tenía detrás.
—Ahí tiene uno.
—Es usted tremendamente graciosa, Salas. Quiero uno con las llaves puestas y la calle despejada.
—Eso ya va a ser más complicado.
—Resuélvalo.
Salas mantuvo la voz tranquila.
—Puede salir de aquí vivo, pero tiene que soltarla.
Javier soltó una risa irónica.
—¿Vivo para qué? ¿Para pasar el resto de mi vida en prisión?
—Eso no lo decido yo.
Javier empezó a retroceder llevándose a Nora con él.
—Todos atrás.
Salas cedió espacio.
Daniel también.
—Muy bien —dijo Salas—. Tranquilícese, Javier. Nadie va a acercarse.
Javier miró hacia la avenida que salía del polígono.
—Quite a los policías.
—Necesito unos segundos.
—Tiene cinco.
Salas bajó ligeramente el arma.
—Nora, míreme.
Javier tensó el brazo.
—No le hable a ella.
—Necesito saber que puede respirar.
—Claro que puede respirar.
—Nora.
La adolescente levantó los ojos hacia Salas.
—Eso es.
Javier movió la navaja.
Salas hizo un movimiento mínimo con la cabeza.
Nora lo vio.
Daniel también.
—¡Ahora! —gritó Salas.
Nora se dejó caer con todo su peso.
Javier intentó sujetarla, pero la navaja se separó de su cuello.
Salas cruzó la distancia. Golpeó su brazo contra el lateral del coche y el arma cayó al suelo.
Javier intentó girarse, pero uno de los agentes lo embistió antes de que pudiera recuperar el equilibrio.
Daniel alcanzó a Nora y la apartó.
Detrás de ellos se escucharon órdenes, forcejeos y finalmente el clic metálico de unas esposas.
—Las manos atrás.
Javier todavía intentó incorporarse.
Salas volvió a empujarlo contra el suelo.
—He dicho que se acabó.
Daniel abrazó a Nora. Ahora sí temblaba.
—Papá...
—Ya está, cariño. Ya ha pasado todo.
Nora hundió la cara contra su pecho.
Por encima de su hombro, Daniel vio a Javier Vidal de rodillas sobre el asfalto, esposado y rodeado de agentes. Diecisiete años después de perseguirlo por una carretera y semanas después de llevarse a Laura, ya no tenía ningún sitio al que correr.