CAPÍTULO 56
El teléfono de Teresa empezó a vibrar sobre la mesa. Ella bajó la vista hacia la pantalla y se quedó inmóvil.
—¿Quién es? —preguntó Daniel.
—Número oculto.
El aparato continuó vibrando entre los documentos de Andrés. Teresa miró a Salas y algo en su expresión hizo que la subinspectora se acercara inmediatamente.
—Conteste. Con normalidad.
—Puede ser él.
—Por eso quiero que conteste.
Teresa deslizó el dedo por la pantalla.
—¿Sí?
Durante unos segundos no dijo nada. Daniel intentó escuchar, pero solo percibió una voz masculina al otro lado. No necesitó oírla para saber quién era. Bastó con ver cómo el rostro de su madre se endurecía.
—Javier.
Salas levantó una mano para impedir que Daniel se acercara y sacó su propio teléfono. Mientras Teresa escuchaba, ella escribió un mensaje y lo envió sin apartar los ojos de la escena.
—¿Dónde está Laura? —preguntó Teresa.
Javier respondió durante varios segundos.
—No quiero hablar de hace diecisiete años. Quiero saber dónde está.
Otra respuesta.
Teresa se puso en pie.
—No. Eso se acabó. Ya sabemos lo que hiciste.
Daniel vio cómo Salas enviaba un segundo mensaje. Aquella llamada había convertido el salón de su casa en otra cosa: nadie discutía ya sobre documentos, recuerdos o hipótesis. Javier estaba al otro lado de la línea y Laura seguía con él.
—Javier, sabemos lo de Marta —dijo Teresa.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que todos entendieran que aquello había cambiado el tono de la conversación.
Teresa miró los papeles que seguían extendidos sobre la mesa.
—¿Qué quieres?
Escuchó.
—¿Qué documentos?
Daniel se acercó un poco. Salas no lo detuvo esta vez.
—Tengo algunas cosas —continuó Teresa—. No sé exactamente qué encontró Laura.
La respuesta de Javier llegó más rápida.
El rostro de Teresa se fue encendiendo mientras escuchaba.
—Antes quiero oírla.
Daniel levantó la cabeza.
—A Laura —insistió Teresa—. Si pretendes que haga algo por ti, quiero saber que está bien.
La espera pareció alargarse mucho más de lo que realmente duró. Se oyó movimiento al otro lado, un roce, algo que golpeó contra una superficie.
Teresa habló más fuerte.
—¿Laura?
Nada.
Daniel dio un paso hacia ella.
Salas le puso una mano en el pecho.
—Quieto. No intervenga, Daniel.
Entonces llegó una voz débil desde el teléfono.
—Teresa, estoy aquí.
Daniel la reconoció inmediatamente.
—Laura...
La mano de Salas se cerró sobre la camiseta de Daniel y lo obligó a contenerse.
Teresa respiró hondo.
—¿Estás bien?
Hubo un ruido seco. La voz de Laura desapareció.
—¡Laura!
Javier volvió al teléfono.
Teresa cambió por completo.
—Como vuelvas a tocarla...
Se interrumpió al escuchar la respuesta.
—No metas a Daniel en esto.
Daniel miró a Salas, pero ella seguía concentrada en la conversación.
—Puedo conseguirte los papeles —dijo Teresa—. Los de Laura y los que conservaba Andrés.
Javier habló.
—No voy a entregarte nada sin verla.
Otra respuesta.
—Entonces no hay trato.
Teresa separó el teléfono de la oreja.
—Espera.
La voz de Javier volvió de inmediato.
Salas cruzó una mirada con Daniel. Había funcionado.
—Dime dónde —dijo Teresa.
Escuchó con atención.
—¿Cuándo?
Su mirada pasó a Salas.
—Sí.
Una nueva pausa.
—Entendido. Yo sola.
Salas asintió apenas.
—De acuerdo.
La llamada terminó.
Durante unos segundos nadie habló. Teresa seguía sosteniendo el teléfono con fuerza, como si aún esperara volver a oír la voz de Laura.
Daniel fue el primero en romper el silencio.
—¿Dónde?
—No me lo ha dicho todavía. Va a mandarme una ubicación. Quiere todo lo que haya encontrado Laura y todo lo que guardaba tu padre.
—¿Y Laura estará allí?
—Eso ha dicho.
Daniel se volvió hacia Salas.
—Nos vamos.
—Todavía no.
—Tiene a mi mujer.
—Y si salimos corriendo sin saber dónde vamos, seguirá teniéndola dentro de una hora. Tenemos una gran oportunidad y hay que aprovecharla. No haremos nada sin planificarlo antes.
Salas ya estaba llamando.
—Quiero dos agentes en este domicilio y vigilancia exterior desde este momento. Nadie entra, nadie sale sin que lo sepamos.
Colgó y marcó otro número.
—Necesito que intenten ubicar la llamada que acaba de recibir Teresa. Número oculto. Prioridad máxima.
Nora miraba a su padre, pero fue a Teresa a quien preguntó:
—¿Era mamá?
Daniel asintió.
—La hemos oído.
A Nora se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Entonces está viva.
Daniel fue hacia ella.
—Sí.
—Tenemos que ir a buscarla, papá.
—Nosotros sí. Tú te quedas aquí.
—Ni hablar.
—Nora.
—No voy a quedarme esperando otra vez.
—No te lo estoy pidiendo.
Ella lo miró con rabia.
—He encontrado yo los documentos.
—Y gracias a eso estamos aquí. Pero se acabó.
Salas se acercó.
—Va a quedarse con dos agentes.
—No necesito dos policías vigilándome.
—Hoy sí.
—No soy una cría.
—Tiene quince años y Javier Vidal acaba de demostrar que sigue dispuesto a utilizar a cualquier persona que pueda servirle. No voy a discutir esto con usted. Y, por si lo ha olvidado, esta misma mañana decidió marcharse de casa sin avisar mientras media comisaría intentaba averiguar dónde estaba.
Nora abrió la boca, pero Daniel la interrumpió.
—Haz caso, Nora.
Ella se apartó sin responder.
Salas volvió hacia Teresa.
—Si llega la ubicación, no conteste inmediatamente. Me enseña el mensaje primero.
—De acuerdo.
—Y una vez salgamos, hará exactamente lo que le indiquemos. Si Javier cambia el lugar, modifica las condiciones o le pide cualquier cosa que no hayamos previsto, nos lo dice. No intente negociar por su cuenta.
Teresa la sostuvo con la mirada.
—Tiene a Laura.
—Por eso necesito que no improvise. Por primera vez desde que empezó todo esto, somos nosotros los que vamos un paso por delante de Javier Vidal.
Daniel señaló la carpeta.
—¿Va a llevar los originales?
—No.
Salas reunió los documentos y los apartó.
—Prepararemos copias suficientes para que Javier crea que tiene delante lo que busca. Los originales se quedan aquí.
—Puede conocerlos —dijo Teresa.
—Entonces tendrá algo que reconocer. Pero no vamos a regalarle las únicas pruebas que conservamos.
Daniel se pasó una mano por la nuca.
—Yo voy con vosotros.
Salas ni siquiera lo miró.
—Teresa debe ir sola. Si ve a alguien con ella, Javier puede sospechar.
—No he dicho eso.
—Va a estar cerca, pero no decide cuándo se acerca ni cuándo interviene.
—¿Me estás pidiendo que me quede sentado mientras mi madre entra a ver al hombre que tiene secuestrada a mi mujer?
—Le estoy pidiendo que no consiga que Javier le pegue un tiro porque usted no soporta esperar treinta segundos.
Daniel la miró.
—No sabemos si lleva un arma.
—No sabemos muchas cosas. Esa es exactamente la razón por la que yo dirijo esto.
La respuesta lo dejó sin réplica.
El timbre sonó. Todos se giraron hacia la puerta.
Salas llevó la mano a la cintura mientras avanzaba por el pasillo.
—¿Quién es?
Una voz masculina se identificó desde fuera. Uno de los agentes que había pedido.
Salas abrió y dio instrucciones con rapidez.
Uno se quedó junto a Nora; el otro empezó a revisar accesos, ventanas y la parte trasera de la casa.
En pocos minutos dejaron de parecer una familia reunida alrededor de una mesa.
El salón se llenó de teléfonos, copias, transmisiones breves y órdenes que se cruzaban sin necesidad de levantar la voz.
Un agente fotografió los documentos antes de guardarlos. Otro preparó una carpeta con copias. Teresa recibió un pequeño dispositivo de escucha que quedó oculto bajo la ropa.
Daniel la observaba sin reconocer del todo a su madre en aquella escena.
—¿Estás segura de que puedes hacerlo, mamá?
Teresa terminó de colocarse la chaqueta.
—No.
—Entonces no vayas.
—He dicho que no estoy segura. No que no vaya a hacerlo. Llevo demasiado tiempo haciendo las cosas mal. Ahora puedo repararlo.
El teléfono vibró de nuevo. Esta vez nadie habló. Teresa lo dejó sobre la mesa para que Salas pudiera leer la pantalla sin tocarlo. Había llegado un único mensaje. Una ubicación. Salas amplió el mapa.
—Polígono industrial al norte de la ciudad.
Uno de los agentes se acercó.
—Hay naves antiguas, talleres cerrados y varias parcelas sin actividad registrada.
—¿Accesos?
—Dos principales. Algún camino de servicio por detrás.
Salas señaló el mapa.
—Quiero unidades en ambos, pero fuera de vista. Nadie entra hasta que sepamos dónde está Javier y dónde está Laura.
Daniel se inclinó sobre la pantalla.
—¿Cuánto se tarda?
—Poco más de veinte minutos.
Teresa cogió la carpeta.
Salas la detuvo antes de que llegara a la puerta.
—Recuerde una cosa. Javier cree que todavía puede controlar la situación. Necesito que siga creyéndolo.
—Durante años creyó que podía controlarlo todo.
—Entonces sabrá cómo hablarle.
Teresa no respondió.
Daniel se acercó a Nora. La abrazó antes de que ella pudiera protestar.
—No salgas de casa.
—Trae a mamá.
—Eso voy a hacer.
—Prométemelo.
Daniel cerró los ojos un instante.
—Voy a traerla, Nora.
Cuando se separó, Nora seguía agarrándolo de la chaqueta.
—Ten cuidado.
—Tú también.
Teresa ya esperaba en la entrada. Salas comprobó por última vez el dispositivo oculto y abrió la puerta. Fuera había tres vehículos sin distintivos.
Teresa se puso al volante del primero. Salas ocupó el segundo con otro agente y Daniel entró en el tercero después de recibir una última advertencia sobre mantenerse a distancia.
Teresa arrancó. El coche de Salas salió detrás unos segundos después. Daniel acababa de cerrar la puerta cuando vio movimiento por el retrovisor.
Nora echó a correr.
Uno de los agentes reaccionó al verla pasar.
—¡Nora!
Ella llegó al coche antes de que pudiera cortarle el paso, abrió la puerta trasera y se metió junto a Daniel.
—¿Pero qué coño haces? —soltó él.
—Ir contigo.
—Baja del coche.
—No.
—Nora.
—Papá, escucha. Si me haces bajar, en cuanto os vayáis voy a intentar salir otra vez.
Daniel la miró incrédulo.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy avisando.
El agente que estaba al volante se volvió hacia ellos.
—Señor Vega, tenemos que salir. Estamos perdiendo distancia.
Daniel miró por la luneta. El coche de Salas ya había desaparecido al doblar la esquina.
—No vas a bajarte del coche. Pase lo que pase. ¿Entendido?
Nora asintió.
Daniel bajó la ventanilla y miró a los dos agentes que estaban delante de su casa.
—Viene conmigo.
Ninguno pareció estar de acuerdo, pero el conductor ya había puesto el coche en marcha.
Los tres vehículos abandonaron la zona separados entre sí, sin luces y sin sirenas.
Daniel miró al horizonte donde se distinguía el coche conducido por su madre. Durante semanas había perseguido recuerdos, nombres y documentos enterrados. Esta vez no iban a buscar una pista. Iban a buscar a Javier.