CAPÍTULO 54
Daniel no apartó la mirada de su madre.
—Pues cuéntamelo ahora.
Teresa permaneció sentada. Ya no buscaba una respuesta que pudiera sacarla de allí ni miraba los documentos sobre la mesa. Parecía agotada.
Salas se acercó un poco.
—Necesito que nos cuente exactamente qué ocurrió aquella noche. Desde que decidió ir a casa de Nicolás Pons.
Teresa asintió.
—Javier me llamó.
—¿Aquella noche? —intervino Daniel.
—Sí. Poco antes de que yo saliera de casa.
—¿Cuánto tiempo llevabais juntos?
Teresa bajó la mirada.
—Años, Dani. Muchos años. Lo nuestro no empezó poco antes de lo de Marta.
Daniel permaneció callado. Había imaginado una aventura escondida durante unos meses, quizá un año. Algo que había terminado descontrolándose. No aquello.
—¿Cuántos años?
—No quiero darte una cifra que no sea exacta. Pero los suficientes para que aquello no fuera algo nuevo. Javier sabía de mi vida. De tu padre. De ti.
—¿De mí?
—Sí.
Daniel no dijo nada más.
—Aquella noche me llamó porque Marta había contactado con él —continuó Teresa—. Estaba muy alterada y quería hablar con él. Dijo que creía que había descubierto nuestra relación.
Daniel miró la factura.
—Entonces ya sabías que Marta podía conocer la verdad.
—Sabía que sospechaba algo. Javier tampoco estaba seguro de cuánto sabía.
—¿Te pidió que fueras?
—No. Me pidió que no hiciera nada —explicó Teresa con los dedos de las manos entrelazados sobre las piernas—.
Pero yo sabía dónde estaba. Javier me había dicho que Marta estaba en casa de un amigo y que iba a verla allí.
Pensé que si de verdad había descubierto lo nuestro podía intentar hablar con ella después. Explicárselo.
—¿Explicarle qué? —preguntó Daniel.
Teresa lo miró.
—Que yo no sabía nada de lo que había ocurrido con Núria.
—Pero mantenías una relación con su marido.
—Sí.
—Con su padre.
—Sí, Dani.
No intentó suavizarlo.
Daniel dejó que continuara.
—Cogí el Renault y fui hacia la casa. Cuando llegué había coches aparcados por todas partes. Música. Gente entrando y saliendo. No sabía ni dónde buscar a Javier. Entonces te vi.
Daniel levantó la cabeza.
—¿A mí?
—Salías por un lateral de la casa. Corrías.
La imagen que Daniel había recuperado regresó sin esfuerzo: el aire frío, las llaves en la mano, el coche al fondo.
—¿Javier sabía quién era yo?
Teresa lo miró.
—Claro que lo sabía.
—Yo apenas lo conocía.
—Tú a él no. Pero él llevaba años oyéndome hablar de ti. Había visto fotografías tuyas. Sabía perfectamente quién eras.
Daniel recordó la habitación. Javier volviéndose hacia él.
Daniel.
Durante todo aquel tiempo había interpretado que Javier lo había reconocido porque sabía quién había asistido a la fiesta o porque lo había visto allí antes. Pero no. Ya sabía su nombre. Ya sabía quién era mucho antes de que Daniel cruzara aquella puerta.
—Ni siquiera giraste la cabeza. No sé si no me oíste o si estabas demasiado asustado.
—¿Y Javier?
Teresa bajó la vista.
—Salió detrás de ti.
—¿Corriendo? —preguntó Salas.
—Sí.
—¿A qué distancia?
—No sabría decirle. Bastante cerca. Yo acababa de bajar del coche. Vi a Daniel llegar al suyo y a Javier salir unos segundos después.
—¿Lo viste seguirme?
—Lo vi subir a otro coche y marcharse detrás de ti.
Salas ya no discutió la conclusión.
—¿Reconoció el vehículo?
Teresa negó.
—No. Solo recuerdo que era oscuro. Yo estaba mirando a Daniel.
—¿Sabías por qué me perseguía?
—No. Pero él sabía perfectamente quién eras y tú estabas huyendo de él. Eso fue suficiente para que entendiera que había pasado algo grave.
Daniel pensó en todo el tiempo durante el que Teresa había escuchado hablar del segundo vehículo y del accidente sin decir nada.
—Y me preguntabas qué había recordado. Sabiendo que habías visto a Javier salir detrás de mí.
—Lo siento, cariño.
Daniel apartó la mirada.
Nora permanecía junto a la escalera, en silencio.
—Continúe —dijo Salas.
Teresa respiró hondo.
—Entré en la casa.
—¿Por qué no fuiste detrás nuestro? —preguntó Daniel.
—Porque no tenía forma de alcanzaros. Y Marta seguía dentro.
Daniel volvió a mirarla.
—Sabías dónde estaba.
—No exactamente. Pero había visto de dónde había salido Javier —empezó a relatar Teresa—. Crucé la casa mientras la fiesta continuaba en otras habitaciones. Algunas personas seguían hablando, otras tenían música puesta. Llegué al pasillo, encontré la puerta de una habitación entreabierta y entré.
Su voz cambió, se entrecortó.
Daniel sabía lo que venía.
—Marta estaba en el suelo.
Nora se llevó una mano a la boca.
Teresa continuó antes de que nadie preguntara.
—Había sangre junto a la cabeza. No se movía.
Daniel recordó exactamente la misma imagen.
—¿Estaba muerta? —intervino Salas.
Teresa cerró los ojos.
—La llamé. No respondió. No se movía. Y había mucha sangre. Estaba aterrorizada —explicó Teresa mientras unas lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas—. Había una chica tirada en el suelo.
—¿Y te fuiste? —preguntó Daniel.
—Sí. Javier acababa de salir detrás de ti.
Marta estaba muerta. Tú seguías vivo. Pensé que Javier la había matado.
Después lo vi marcharse detrás de mi hijo, que acababa de salir corriendo aterrorizado.
No sabía qué había ocurrido entre vosotros.
No sabía qué habías visto. Solo sabía que Javier iba detrás de ti.
Daniel sintió rabia, pero también comprendió algo.
Teresa no había estado protegiendo a Javier aquella noche. Había estado protegiéndolo a él.
—¿Pensabas que iba a matarme?
—Pensé que podía hacerte daño.
—¿Después de encontrar a Marta así?
Teresa asintió.
—Sí.
Salas habló con calma.
—Señora, ¿por qué pensó que había sido Javier quien golpeó a Marta?
Teresa miró a la subinspectora.
—Porque sabía que Marta lo había citado. Porque acababa de verlo salir de la casa detrás de Dani. Y porque Marta estaba en el suelo, sangrando.
Salas asintió. No añadió ninguna advertencia sobre conclusiones. Ya había demasiadas piezas apuntando al mismo sitio.
Daniel volvió a la parte que más le costaba aceptar.
—Durante diecisiete años supiste que Javier había salido detrás de mí. Y cuando la policía descubrió que otro coche me había golpeado aquella madrugada dijiste que papá nunca te había hablado de ningún segundo vehículo.
—Porque era verdad.
—Tú sí sabías que existía, mamá.
—Sabía que Javier se había marchado detrás de ti. No sabía qué había ocurrido en la carretera.
—Pero lo sospechaste.
Teresa bajó la mirada.
Daniel caminó hasta la ventana y regresó.
—¿Volviste a ver a Javier después de aquella noche?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Hablaste con él?
—Tampoco.
Daniel buscó alguna duda en su expresión y no la encontró.
—Entonces lleváis diecisiete años sin hablar.
—Sí.
—¿Y nunca supiste qué hizo después?
—No.
Aquello explicaba otra parte de la historia. Teresa sabía mucho, pero no todo. Había llenado sus propios huecos igual que Daniel había hecho durante semanas.
—¿Qué hizo al salir de aquella casa? —preguntó Salas.
Teresa miró a Daniel.
—Intenté encontrarte.
—¿Cómo?
—Cogí el coche y fui hacia la carretera. No sabía adónde habías ido ni qué camino habías tomado.
Daniel dejó de moverse.
Su madre continuó.
—Y entonces entendí que yo sola no podía hacer nada. Tenía que pedir ayuda.
—¿A quién?
Teresa ya no ofrecía resistencia, solo quedaba cansancio en su voz.
—A tu padre.