CAPÍTULO 52
El teléfono de Daniel sonó cuando Salas todavía tenía abierta en el ordenador la factura de Núria.
Número desconocido.
Contestó al primer tono.
—¿Sí?
—Papá.
Se levantó tan deprisa que golpeó la silla contra la pared.
—Nora. ¿Dónde estás?
—Estoy bien.
—¿Dónde estás?
—En una gasolinera. No sé cómo se llama. Está en la carretera que lleva hacia...
Daniel cerró los ojos un instante.
—Dame la dirección.
Salas ya se había acercado. Daniel activó el altavoz y Nora leyó el nombre del establecimiento de un recibo que alguien le había dejado sobre el mostrador.
—No te muevas de ahí —dijo Daniel.
—No pensaba hacerlo.
—Nora.
—Vale. No me muevo.
Salas anotó la dirección y llamó a una patrulla.
—¿Cómo ha llegado hasta allí? —preguntó Salas.
—Andando. Bueno, antes en taxi —respondió Nora.
—¿En taxi? —se sorprendió Daniel.
—Te lo explico cuando llegue, papá.
—Me lo vas a explicar todo.
—He encontrado lo que buscaba mamá.
La patrulla tardó menos de media hora en llevarla a casa.
Daniel la esperaba en la entrada. Durante todo ese tiempo había ensayado la bronca que pensaba echarle, pero cuando Nora bajó del coche con la mochila al hombro, la abrazó antes de decir una sola palabra.
—No vuelvas a hacer algo así.
—Papá...
—Ni se te ocurra empezar por «pero».
Nora aceptó el abrazo sin responder. Después miró por encima del hombro de Daniel.
—¿Salas está aquí?
—Sí.
—Entonces quiero enseñároslo a los dos.
Daniel la separó lo suficiente para mirarla.
—Primero vas a contarme dónde has estado.
—Está relacionado.
—Eso no hace que sea menos grave.
—Ya lo sé.
No sonó demasiado convencida, pero entró sin discutir.
Salas los esperaba en el salón. Cuando Nora dejó la mochila sobre la mesa, la subinspectora la miró con una mezcla de alivio y enfado mucho más contenida que la de Daniel.
—Antes de que saque nada, señorita, necesito que me diga exactamente dónde ha estado usted y qué ha tocado.
Nora abrió la cremallera.
—Mamá dejó unas coordenadas. Llevaban a un almacén que era del abuelo Andrés.
Daniel miró a Salas.
—¿Un almacén?
—Bueno, una especie de trastero. Había recibos a su nombre —explicó mientras sacaba la funda transparente—. Y esto estaba allí.
Daniel reconoció el formato de la primera hoja antes de leerla. Una ampliación de declaración.
Nora les explicó lo que había encontrado: el testigo, Daniel saliendo de la casa, el Renault gris llegando unos minutos después y una mujer de más de cuarenta años bajando del vehículo. Después colocó al lado la segunda versión, la que había terminado sin aquel bloque.
Salas leyó ambas en silencio.
—¿Ha traído los originales?
Nora negó.
—Creo que esto sí es original, pero no he traído todo. Había más cosas allí.
—No vuelva a ese lugar —dijo Salas—. Irá la policía.
—No pensaba volver.
Daniel apenas las escuchaba. Había cogido la consulta de matrícula. Renault Laguna. Gris. Titular: Andrés Vega.
—Este era el coche de mis padres.
Volvió a la declaración. Una mujer. Más de cuarenta años. Llegó mientras él abandonaba la casa.
—¿Qué edad tenía la abuela entonces? —preguntó Nora.
Daniel hizo el cálculo sin necesidad de responder en voz alta.
Salas sí lo hizo.
—Encaja con la descripción. Pero eso no identifica a la conductora.
—El coche era nuestro —dijo Daniel.
—El coche pertenecía a su padre. Y sabemos que su madre también lo utilizaba. Es importante, pero todavía no demuestra quién estaba al volante.
Daniel pasó a la hoja manuscrita de Andrés.
Testigo 2 — ampliar.
Renault — comprobar.
Accidente D. — hospital.
Mujer — sin identificar.
Se detuvo en la última línea.
—Mi padre sabía que una mujer había llegado allí con su coche.
—Correcto —respondió Salas.
—Y después la borró.
—Sabemos que esa parte no aparece en la versión incorporada al expediente. Todavía tendremos que reconstruir quién hizo cada modificación.
Daniel dejó la hoja sobre la mesa.
Otra mujer.
La voz de Marta regresó con una precisión desagradable.
Sé quién es.
Miró hacia el ordenador de Nora y después a Salas.
—Abre otra vez la factura.
Salas entendió a cuál se refería.
El agente, que seguía trabajando con el ordenador de la chica, recuperó el archivo. La factura telefónica de la casa de Javier y Núria volvió a aparecer en la pantalla.
21:47.
La llamada realizada después de la hora máxima de muerte estimada.
El número al que Javier había llamado.
Daniel se acercó.
Hasta entonces solo había mirado la hora, la duración y las anotaciones de Laura. No el número completo.
Lo leyó una vez.
Después otra.
Sintió una presión seca en el pecho.
—No puede ser…
Salas se volvió hacia él.
—¿Qué ocurre?
Daniel señaló la pantalla.
—Ese número.
—¿Lo conoce?
No necesitaba buscarlo en ningún sitio. Había marcado aquellas nueve cifras cientos de veces desde el instituto, desde teléfonos públicos, desde casa de amigos, desde el móvil cuando empezó a tener uno. Durante años había sido el número que daba cuando alguien le pedía el teléfono de casa.
—Era el de mis padres.
El silencio duró apenas unos segundos, pero fue suficiente para que las piezas cambiaran de sitio.
Desde el fijo de los Vidal se había marcado el número de su casa a las 21:47.
Marta había dicho que aquel número pertenecía a la mujer con la que su padre mantenía una relación.
Y horas después, una mujer de la edad de Teresa había llegado a la casa de la fiesta conduciendo el Renault de Andrés.
Salas volvió a mirar la factura.
—Necesitamos verificar históricamente la titularidad de esta línea.
—Verifícala —dijo Daniel—. Pero yo vivía allí. Ese era nuestro número. Y Marta dijo que el número era de la otra mujer.
Nora miró la declaración que había traído.
—Y una mujer llegó después con el coche de los abuelos.
—Las dos cosas apuntan en la misma dirección. Aun así, tendremos que comprobarlas —respondió Salas.
Daniel no necesitaba esperar a esa comprobación para entender lo que tenía delante.
Recordó a Teresa recogiendo tazas mientras defendía a Andrés. Corrigiendo que había estado dieciocho días en el hospital. Diciéndole que no convirtiera a su padre en el enemigo. Preguntando qué había recordado. Preguntando qué sabía la policía. Y recordó algo todavía más simple. El Renault.
Lo conducíamos los dos.
Daniel cogió la hoja de Nora. Por primera vez, la mujer borrada del expediente tenía un nombre.
—Era mi madre.