CAPÍTULO 51
Nora dejó de mirar las coordenadas cuando comprendió que ya no podían llevarla más lejos.
La carretera de servicio terminaba frente a una barrera oxidada.
El taxista la había dejado allí hacía casi media hora, delante de ese camino que en el mapa aparecía como transitable pero que, en realidad, estaba lleno de baches y maleza.
Desde entonces había caminado siguiendo una pista de tierra entre pinos, con la mochila pegada a la espalda y las deportivas cubiertas de polvo.
Mientras avanzaba, el cielo empezaba a aclararse.
A la derecha apareció una construcción baja, medio escondida detrás de una hilera de cipreses.
No era una casa. Parecía uno de aquellos pequeños almacenes levantados junto a antiguas fincas: paredes de bloque, seis puertas metálicas y un tejado inclinado que había perdido parte de la pintura.
Nora comprobó otra vez el papel donde había copiado las coordenadas antes de salir de casa.
Treinta y ocho kilómetros.
Andrés. Comprobar en persona.
Debajo, en la copia que había descifrado durante la noche, aparecía otra frase que no había conseguido quitarse de la cabeza:
ORIGINAL FUERA DEL EXPEDIENTE. A.V. LO CONSERVÓ.
Guardó el papel.
Había imaginado algo más claro. Un trastero con un número, una dirección, incluso una caja fuerte. No un lugar donde cualquiera habría pasado de largo sin mirar dos veces.
Se acercó a las puertas. La primera estaba cerrada con un candado moderno. La segunda tenía la cerradura cubierta de óxido. En la tercera, una de las llaves antiguas entró hasta el fondo, pero no giró.
Probó la otra en la cuarta. La cerradura cedió.
Nora se quedó quieta con la mano en la llave. Desde que había bajado del taxi no había sentido tantas ganas de volver atrás.
No llevaba teléfono. Lo había dejado cargando en su habitación porque no quería que nadie pudiera seguir su ubicación antes de que llegara allí.
En ese momento la decisión le pareció bastante menos brillante.
Su plan para regresar seguía siendo el mismo: volver andando hasta la gasolinera de la carretera principal, pedir que llamaran a un taxi y regresar a casa antes de que pudiera complicarse más.
Solo tenía que entrar, comprobar qué había y marcharse.
Empujó la puerta. El interior olía a polvo y humedad. La luz de la mañana apenas alcanzaba los primeros metros, pero encontró un interruptor junto al marco. Una bombilla desnuda se encendió en el techo. No había nada que se pareciera al escondite de una investigación secreta.
Había una mesa plegable, dos sillas viejas, herramientas, cajas con cables, una caña de pescar y varias estanterías metálicas llenas de carpetas, revistas y archivadores.
En una esquina descansaba un ventilador desmontado.
Al fondo, debajo de una lona, se adivinaba la forma de una bicicleta. Nora avanzó despacio.
En el lomo de algunos archivadores aparecían años escritos con rotulador. Otros llevaban palabras como SEGUROS , BANCO o CASA . Aquel sitio no lo había preparado Laura. Había pertenecido a su abuelo.
Reconoció la letra de Andrés en una caja de cartón.
La misma inclinación hacia la derecha que veía en las felicitaciones de cumpleaños que todavía guardaban en casa.
En una carpeta de recibos encontró incluso varios cargos antiguos del propio almacén a nombre de Andrés Vega.
No explicaban por qué había conservado aquel lugar durante tantos años, pero sí por qué Laura había terminado buscando allí.
Empezó por los archivadores más antiguos. Encontró facturas, recibos, documentación de vehículos y una póliza de hogar. Nada relacionado con Marta.
Pasó a la estantería siguiente. Había varias carpetas de trabajo sin ningún orden aparente. Algunas estaban vacías; otras contenían fotocopias de circulares policiales, cuadrantes y documentos que no entendía.
En el último estante encontró una caja de archivo más pequeña. No llevaba ninguna etiqueta. La sacó y la dejó sobre la mesa. Dentro había cuatro sobres grandes. Tres tenían fechas. El cuarto solo mostraba dos letras escritas a mano.
M. V.
Nora notó cómo se le aceleraba el pulso. Abrió el sobre.
La primera hoja era una copia de una declaración que ya había visto en los archivos de Laura. Reconoció el formato y el encabezamiento aunque no recordaba todos los detalles.
La segunda era distinta.
AMPLIACIÓN DE DECLARACIÓN.
Dos días después de la desaparición de Marta.
El número de diligencia le resultó familiar.
Tardó unos segundos en recordar de dónde.
En la copia incompleta de la investigación de Laura había una referencia a una segunda entrevista que figuraba en los registros policiales pero cuyo contenido no aparecía en el expediente. Era aquella. Nora empezó a leer.
El testigo era uno de los jóvenes que había asistido a la fiesta. Explicaba a qué hora aproximada se había marchado, con quién había estado y qué zonas de la casa había utilizado. Nada de aquello parecía importante hasta que llegó a una pregunta añadida a mano en el margen.
Preguntado nuevamente por los vehículos observados en las inmediaciones de la vivienda durante la madrugada...
Nora acercó la hoja.
Poco antes, el chico había visto a Daniel salir apresuradamente por uno de los laterales de la casa y dirigirse hacia la zona donde estaban aparcados los coches.
Casi al mismo tiempo, un Renault Laguna gris había llegado a la vivienda.
No podía precisar la matrícula completa, pero había dado cuatro caracteres y afirmaba que una mujer había bajado del vehículo y se había dirigido hacia la vivienda. Nora siguió leyendo.
La mujer no era una de las asistentes a la fiesta. El testigo calculaba que tendría más de cuarenta años. No había hablado con ella y no podía identificarla.
Debajo figuraba una anotación manuscrita.
COMPROBAR VEHÍCULO.
Y, al final de la página:
A. VEGA.
Nora pasó a la siguiente hoja.
Era una consulta de matrícula impresa dos días después.
Renault Laguna.
Gris.
Los cuatro caracteres aportados por el testigo coincidían.
Titular: Andrés Vega.
Nora se quedó mirando el nombre. Los cuatro caracteres le resultaban familiares: los había visto entre las referencias al Renault en los documentos de Laura y en todo lo que se había discutido durante las últimas semanas sobre aquel coche. Era el Renault de su abuelo.
La tercera hoja era otra versión de la misma ampliación de declaración. Mismo testigo. Misma fecha. Mismo número de diligencia. Nora tardó unos segundos en encontrar la diferencia.
Leyó la primera versión otra vez. Después la segunda. En la copia guardada dentro del sobre, el testigo hablaba de Daniel saliendo de la vivienda, del Renault y de la mujer.
En la otra, aquel bloque no existía. La declaración pasaba directamente de una pregunta sobre las personas que permanecían en la casa a la hora aproximada en que el testigo se había marchado.
Nora colocó ambas hojas una al lado de la otra. La diferencia no se limitaba a una frase cambiada: faltaba un bloque entero.
Buscó las firmas. En las dos aparecía el mismo número profesional. Andrés Vega. Se sentó.
Durante las últimas semanas había leído referencias a papeles desaparecidos, horarios modificados y un coche que entraba y salía de la investigación sin que nadie pudiera explicar por qué.
Hasta ese momento todo había parecido complicado, lleno de documentos capaces de significar una cosa o la contraria. Aquello era diferente.
Una versión incluía a Daniel, el Renault y una mujer. La otra los había hecho desaparecer. Nora volvió a la consulta de matrícula.
Andrés había comprobado el vehículo. Sabía que los caracteres coincidían con su Renault. Y después la referencia al coche y a la mujer había desaparecido de la versión que terminó dentro del expediente.
Buscó más papeles en el sobre.
Encontró una hoja arrancada de una libreta. No era una declaración ni un documento oficial. Solo una lista escrita con la letra de Andrés.
Testigo 2 — ampliar.
Renault — comprobar.
Accidente D. — hospital.
Mujer — sin identificar.
Debajo había una línea trazada con tanta fuerza que había marcado el papel. No se leía lo que había escrito. Nora le dio la vuelta, intentando distinguir las letras por el relieve, pero fue inútil. Siguió revisando.
En el fondo del sobre encontró una copia del atestado del accidente de Daniel. La fecha era la misma madrugada. Había varias marcas hechas a bolígrafo alrededor de la hora de ingreso en el hospital y de la descripción de los daños del coche.
Andrés había tenido delante el accidente de su hijo y, al mismo tiempo, la declaración sobre una mujer que había llegado a la casa de Marta en un vehículo que pertenecía a su familia.
Nora cogió la memoria USB de la mochila. Durante un segundo pensó en fotografiar los documentos y recordó que no tenía teléfono. Maldijo en voz baja y empezó a separar las hojas que necesitaba llevarse. No podía cargar con toda la caja.
Metió en una funda transparente la ampliación original, la versión recortada, la consulta de matrícula y la hoja manuscrita de Andrés. Después las guardó junto al USB.
Antes de cerrar el sobre volvió a mirar la matrícula. Su abuela había hablado de aquel coche delante de ella. Nora recordó la conversación en la cocina.
El Renault.
Lo conducíamos los dos.
Regresó a la primera declaración. La descripción situaba a una mujer de más de cuarenta años llegando a la casa de Marta en el Renault gris de sus abuelos, la misma madrugada en la que Daniel había sufrido el accidente. Y aquella referencia había sido eliminada.
Nora cerró la carpeta despacio. Laura no había dejado aquellas coordenadas únicamente para encontrar algo sobre Andrés. También estaba siguiendo el rastro de la mujer que había desaparecido con él del expediente.
Nora guardó los documentos en la mochila, colocó el resto de los papeles dentro del sobre, cerró la caja y la devolvió a su sitio. Apagó la luz antes de salir. La claridad de la mañana ya alcanzaba el camino por el que había llegado.
Cerró la puerta y giró la llave. Después se quedó unos segundos mirando la construcción. Tenía que volver a casa. Y tenía que enseñarle a su padre una declaración en la que, durante diecisiete años, aquella mujer no había existido.