No abras la puerta CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50

El archivo llegó al teléfono de Salas y, casi al mismo tiempo, al ordenador del agente.

—Ábralo —ordenó ella.

La declaración ocupaba dos páginas y había sido tomada la mañana siguiente a la muerte de Núria Soler.

Daniel se acercó a la pantalla.

Marta Vidal Soler.

Ver el nombre allí, en un documento de diecisiete años atrás, hizo que todo lo descubierto durante la última hora adquiriera una consistencia distinta.

El agente empezó a desplazarse por el texto. Marta no estaba en casa cuando murió su madre. Había pasado la tarde con Elena y regresó después de que Javier la llamara para comunicarle el accidente. Cuando llegó, los servicios de emergencia ya se encontraban en el domicilio.

Las preguntas iniciales eran rutinarias. Horarios. Personas que podían haber estado en la vivienda. Estado de salud de Núria. Posibles caídas anteriores. Después aparecía un apartado dedicado a la relación matrimonial.

Daniel leyó en voz alta.

—«Preguntada por si sus padres habían tenido problemas recientes, manifiesta que habían discutido en varias ocasiones durante las últimas semanas».

Salas se acercó.

—Eso no coincide demasiado con el matrimonio estable que describió Javier.

El agente continuó bajando.

Marta había explicado que desconocía el motivo de aquellas discusiones. Núria se había mostrado más nerviosa durante los últimos días y, en dos ocasiones, le había pedido que no volviera temprano a casa si tenía planes con Elena.

—¿Y esto no les llamó la atención? —preguntó Daniel.

—Una pareja discutiendo antes de un accidente doméstico no convierte automáticamente la muerte en un homicidio —respondió Salas—. Y Marta tampoco estaba acusando a su padre en esta declaración.

—Todavía.

Salas lo miró.

—Todavía —aceptó.

El final del documento no aportaba mucho más. Marta afirmaba que creía que su madre se había caído accidentalmente.

El agente cerró la declaración.

—Hay algo más en el archivo anónimo de Laura —explicó el agente mientras abría de nuevo la carpeta que habían estado revisando—. El escaneo del despacho no era el único documento adjunto.

—¿Qué más había? —preguntó Salas.

Apareció una factura telefónica antigua. El número principal correspondía al domicilio de los Vidal Soler. Había decenas de llamadas. Una estaba marcada por Laura.

21:47.

Salas comprobó la declaración de Javier.

—Él afirmó que estuvo toda la tarde fuera de casa y regresó poco después de las diez.

—A las nueve cuarenta y siete alguien llamó desde el fijo. Núria llevaba muerta, según el forense, al menos diecisiete minutos. Y Marta no estaba en casa —dijo Daniel señalando la factura.

Salas mantuvo la vista en la pantalla.

—Mientras Javier aseguraba que estaba fuera —continuó ella.

El agente amplió la línea. La llamada había durado tres minutos.

Debajo, Laura había escrito:

El mismo número aparece veintiséis veces en los cuatro meses anteriores.

Daniel siguió la anotación.

Según Marta, pertenecía a la otra mujer.

—¿Entonces Marta sabía que había otra mujer? ¿Y sabía quién era? —preguntó Daniel.

El agente abrió la nota completa. No era un documento oficial. Era un recuerdo que Laura había dejado por escrito cuatro meses antes de desaparecer.

Daniel empezó a leer.

Una semana antes de la fiesta, Marta me dijo que había encontrado una factura antigua del teléfono de casa.

Su padre había mentido sobre dónde estaba la noche en que murió Núria.

Había una llamada realizada mientras supuestamente estaba fuera.

También dijo que sabía a quién pertenecía el número.

No quiso decirme su nombre. Solo dijo: «Hay otra mujer».

Daniel levantó la vista.

—Laura sabía esto desde entonces.

—Sabía lo que Marta le había contado —corrigió Salas—. No sabemos si vio la factura ni si pudo comprobarlo en aquel momento.

Daniel volvió al documento.

Había otra línea.

Cuando le pregunté qué pensaba hacer, Marta dijo que antes necesitaba estar segura.

—¿Cuándo se lo contó? —preguntó Daniel.

El agente revisó las fechas que Laura había añadido.

—Según esta reconstrucción, varios días antes de la fiesta.

Daniel miró otra vez la hora de la llamada.

21:47.

Javier fuera de casa.

Núria muerta al pie de la escalera.

La mujer con la que mantenía una relación.

Algo había empezado a moverse detrás de aquellos datos. No era una conclusión. Era una imagen.

Una puerta entreabierta.

Música al fondo.

Una voz.

Daniel apoyó una mano sobre el escritorio.

—Salas.

Ella lo observó.

—¿Qué ocurre?

—Creo que estoy recordando.

—No lo fuerce.

Daniel cerró los ojos.

La habitación apareció.

Pero esta vez no empezó con Marta en el suelo.

Empezó antes.

Daniel estaba en un pasillo.

La música de la fiesta llegaba desde otra parte de la casa. Había una puerta casi cerrada frente a él. Dentro discutían dos personas.

Marta.

Y un hombre.

No veía sus caras.

Pero escuchaba.

—...dijiste que no estabas allí.

Era la voz de Marta.

Daniel respiró hondo.

—La oigo —susurró.

—¿Qué dice? —preguntó Salas.

Daniel no respondió.

La escena avanzó sola.

—Dijiste que habías salido —repetía Marta—. Mentiste a la policía. Me mentiste a mí.

Una voz masculina respondió desde el interior.

—No sabes de qué estás hablando.

Daniel abrió los ojos.

—Salas… Era Javier. Marta estaba discutiendo con Javier.

Salas no se movió.

—¿Está seguro? ¿Ha reconocido su voz?

—Sí.

—¿Está seguro de que la recuerda y no la está asociando porque sabe quién es?

Daniel volvió a cerrar los ojos.

La frase regresó con el mismo tono.

No sabes de qué estás hablando.

—La recuerdo, Salas. Era él.

Salas no discutió.

—Continúe.

Daniel volvió al pasillo.

Marta hablaba más alto.

—Encontré la factura. Sé a quién llamaste.

La respuesta de Javier llegó más baja.

—Baja la voz, Marta. ¿Me has hecho venir hasta aquí para esto?

—Te he hecho venir porque quería decírtelo donde hubiera gente.

—Marta, no sé qué crees saber, pero te estás equivocando.

—Mamá lo sabía. Por eso quería dejarte.

Daniel sintió un escalofrío.

No estaba reconstruyendo las frases a partir de los documentos. Las había oído. Solo que hasta ese momento habían permanecido detrás de la parte de la noche que su memoria todavía no había conseguido abrir.

—¿Qué más? —preguntó Salas.

—Ella sabía lo de la otra mujer.

—¿Dice quién era?

Daniel esperó.

La memoria siguió.

—Sé quién es —dijo Marta.

Javier respondió algo demasiado bajo para entenderlo.

Después la voz de Marta volvió a elevarse.

—Mamá no se cayó.

Daniel abrió los ojos.

Salas permanecía frente a él.

—No fue un accidente. Núria no se cayó.

—¿Ha dicho eso?

—Sí.

—Repítame exactamente lo que recuerda.

Daniel tragó saliva.

—«Mamá no se cayó».

Volvió a cerrar los ojos.

Marta continuaba hablando.

—Estabas en casa. La factura demuestra que estabas allí.

—No demuestra nada.

—Mentiste porque la mataste.

Javier respondió:

—Marta, fue un accidente.

La frase atravesó el recuerdo con una claridad distinta.

Marta soltó una risa breve, llena de ironía furiosa.

—Una caída accidental no necesita una mentira.

Daniel notó que le costaba respirar.

—¿Qué ocurrió después? —preguntó Salas.

—Espera. No me presiones —pidió Daniel.

La escena avanzó.

—Voy a contarlo —dijo Marta.

—No tienes nada.

—Tengo suficiente para que vuelvan a investigar.

—Marta, escúchame. Soy tu padre. No hagas eso.

—No me toques.

Después llegó el sonido.

El mismo golpe seco que Daniel ya había recuperado semanas atrás sin conseguir situarlo. Ahora tenía un origen.

Algo chocó contra un mueble.

Después otro sonido, más pesado.

Daniel abrió los ojos de golpe.

—Joder, Salas. La golpeó. Javier golpeó a Marta.

Salas endureció la expresión.

—¿Lo vio?

—No. Todavía estaba fuera.

—Entonces, ¿cómo lo sabe?

—La oigo decir que no la toque. Después hay un golpe. Entro y Marta ya está en el suelo. Javier está junto a ella.

—¿Eso sí lo recuerda?

—Sí.

La habitación volvió.

Marta inmóvil.

Sangre.

Javier inclinado sobre ella.

Entonces se volvió.

Y esta vez Daniel vio el rostro.

Más joven.

El pelo más oscuro.

Pero era él.

Javier Vidal.

Sus miradas se encontraron.

—Daniel.

El miedo regresó exactamente como antes.

Solo que ahora tenía una cara.

Daniel dio un paso atrás.

Javier se incorporó.

—Espera. Te lo puedo explicar.

Daniel corrió.

El pasillo.

La música.

Gente en otra parte de la casa.

Una puerta.

Aire frío.

Sus propias manos buscando las llaves mientras atravesaba el exterior.

—Estoy huyendo, Salas —explicó Daniel aún con los ojos cerrados.

Salas no lo interrumpió.

—Javier me persigue.

Daniel llegó a su coche.

Arrancó sin ponerse siquiera el cinturón.

El motor respondió mientras miraba por el retrovisor.

Javier apareció fuera de la casa.

No intentaba detenerlo a gritos.

Corría hacia otro vehículo.

Daniel abrió los ojos.

—Fue detrás de mí.

—¿Lo recuerda entrando en el coche?

—Sí.

—¿Ve qué coche es?

—No. Está oscuro.

Pero el recuerdo ya estaba en la carretera.

La curva hacia la izquierda.

Sus manos en el volante.

Los faros llenando el espejo.

Aquellas imágenes ya las conocía.

Esta vez sabía lo que había antes.

Javier.

El ruido de otro motor acercándose.

Daniel acelerando.

Después, un golpe en la parte trasera izquierda.

El coche se desplazó.

Corrigió el volante.

—Me golpea.

—¿Lo ve hacerlo?

—Siento el impacto.

Otro tramo de carretera.

Los faros seguían pegados a él.

Daniel intentó ganar distancia.

El vehículo volvió a acercarse por un lateral.

Un ruido de chapa.

La curva.

El volante moviéndose con violencia entre sus manos.

Y después nada.

Abrió los ojos.

Salas estaba delante de él.

Nadie habló durante varios segundos.

—No fue un accidente, Salas —dijo Daniel.

—Eso ya sabíamos que era una posibilidad muy seria.

—No. Ahora sé quién conducía el otro coche.

Salas mantuvo la cautela.

—Recuerda que Javier salió detrás de usted en un vehículo. Después recuerda un coche persiguiéndolo y golpeándolo.

—Era él.

—Es una conclusión muy sólida, pero sigue habiendo una parte del trayecto que no recuerda.

Daniel negó con la cabeza.

—Me vio junto a Marta. Sabía que había escuchado suficiente. Salió detrás de mí y, cuatrocientos metros antes de que volcara, ya había restos de otro coche en la carretera.

Salas guardó silencio.

Daniel volvió la mirada hacia el ordenador.

Núria.

La factura.

La otra mujer.

Marta en el suelo.

Javier pronunciando su nombre.

Los faros.

Todo pertenecía a la misma noche mucho antes de que Daniel supiera que formaba parte de ella.

—Marta descubrió que Javier había matado a su madre —explicó Daniel.

—Descubrió elementos suficientes para convencerse de ello.

—Y descubrió que había otra mujer.

—Sí.

—Lo confrontó. Y Javier la atacó.

Salas no corrigió esta vez.

—Y después fue a por usted.

Daniel pensó en el coche deformado, en los años de amnesia, en Andrés borrando conexiones que entonces todavía no comprendía.

—No quería asustarme. Quería que no pudiera contar lo que había visto.

La subinspectora sostuvo su mirada.

—Entonces tenemos que averiguar una cosa más.

—¿Cuál?

—Quién era la otra mujer.