CAPÍTULO 44
Nora esperó a que los pasos de Daniel se alejaran de la puerta.
—Estoy aquí —había respondido cuando él llamó.
Oyó cómo entraba en su dormitorio y, poco después, el agua de la ducha empezó a correr.
Abrió el portátil. El mapa seguía en el historial. Recuperó las coordenadas y las copió en una hoja arrancada del cuaderno, junto a la anotación que Laura había dejado cuatro meses antes.
Andrés. Comprobar en persona.
La ruta marcaba treinta y ocho kilómetros.
Podía bajar y enseñárselo a Daniel. Él llamaría a Salas, la policía recibiría las coordenadas y Nora se quedaría en casa esperando noticias. Sabía que aquello sería lo sensato, pero llevaban días actuando con cautela y Laura acababa de desaparecer por segunda vez delante de ellos.
Además, había algo que no conseguía apartar de la cabeza: quien tenía a su madre había intentado entrar en casa.
Si U2 contenía una prueba relacionada con todo aquello, no sabía cuánto tiempo seguiría allí.
Abrió una ventana privada del navegador y buscó una compañía local de taxis que permitiera reservar desde la web.
Marcó como punto de recogida una parada de autobús situada a varios minutos andando de casa y, como destino, el último cruce al que podía llegar un coche antes del camino que conducía hacia las coordenadas.
La primera disponibilidad era a las 05:52. Nora miró la hora: 05:39.
El formulario le pidió un número de contacto.
Escribió el suyo, eligió pagar al conductor y pidió que la confirmación llegara por correo electrónico.
Cuando recibió el mensaje, apuntó los datos necesarios, eliminó el correo y borró del historial la búsqueda de las coordenadas. Todavía podía cancelar.
Desde el baño seguía oyéndose la ducha.
Se cambió el pijama por unos vaqueros, una sudadera y unas zapatillas. Sacó del cajón el dinero que guardaba en efectivo y lo metió en el bolsillo del abrigo. Después cogió la memoria USB. El libro se quedó escondido bajo los álbumes. El teléfono fue lo último.
Lo sostuvo mientras pensaba en Daniel entrando en la habitación y encontrándola vacía. Podía dejarle una nota y evitarle el miedo, pero en cuanto supiera adónde había ido llamaría a Salas o saldría detrás de ella. Si se llevaba el móvil, además, podría localizarla antes de que llegara.
Nora sabía que iba a enfadarse. Lo que no quería imaginar era cuánto iba a asustarse.
Se repitió que no pensaba enfrentarse con nadie. Llegaría, comprobaría qué había en aquel punto y volvería. Si encontraba un documento, se limitaría a recogerlo o fotografiarlo; si el lugar estaba cerrado o veía algo que no le gustaba, se marcharía.
Para el regreso había anotado también una estación de servicio situada en la carretera principal, no demasiado lejos del cruce. Desde allí podría pedir que llamaran a otro taxi.
Dejó el teléfono conectado al cargador.
Guardó el USB en el bolsillo interior del abrigo y cogió las llaves de casa. Del aro colgaban también dos llaves viejas que Daniel nunca utilizaba y que habían pertenecido a Andrés.
El agua continuaba corriendo.
Bajó sin encender ninguna luz. Al llegar al recibidor, la cerradura le devolvió la imagen de su madre golpeando la puerta unas horas antes.
¡No salgáis!
Nora se quedó con la mano sobre el pomo.
Laura había gritado aquello mientras la figura encapuchada la arrastraba hacia el coche.
Quería impedir que fueran detrás de ella, que abrieran la puerta y se expusieran a quien la controlaba.
Su intención, ahora, era seguir una pista de Laura sin acercarse a esa persona.
Descorrió el cerrojo con cuidado, abrió y salió. Cerró la puerta procurando no hacer ruido y caminó hasta doblar la esquina antes de acelerar el paso.
El taxi llegó a las 05:54.
Nora esperaba junto a la parada con las manos metidas en los bolsillos y la respiración todavía agitada por la caminata.
El conductor bajó la ventanilla.
—¿Nora?
—Sí.
Subió en el asiento trasero.
—¿Hasta el cruce que has marcado?
—Sí.
El hombre comprobó la dirección en la pantalla.
—¿Te esperan allí?
—Sí.
La mentira fue suficientemente sencilla para que no hiciera más preguntas.
Cuando el coche arrancó, Nora miró hacia la urbanización por la luneta trasera. Su casa desapareció enseguida.
Sacó la hoja del bolsillo. Había copiado las coordenadas, la ruta desde el cruce y la anotación de Laura. También había marcado el camino de regreso hasta la carretera principal.
Durante los primeros minutos estuvo a punto de pedirle al conductor que diera la vuelta.
Imaginó a Daniel saliendo de la ducha y entrando después en su habitación.
Ya podía anticipar el miedo con el que pronunciaría su nombre al encontrar el teléfono sobre la mesilla.
Se obligó a volver a lo que había descubierto.
Su madre sabía que Andrés había conservado fuera del expediente un documento original.
Había vinculado aquel documento con U2 y guardado una localización que, cuatro meses antes de desaparecer, todavía tenía pendiente comprobar en persona.
Si Nora regresaba ahora, Daniel no la dejaría acercarse al lugar y nadie podía asegurarle cuándo iría la policía.
Se dijo que solo necesitaba adelantarse unas horas, aunque ni ella terminaba de creérselo.
Teresa complicaba todavía más la decisión.
Nora no quería acusar a su abuela de nada, pero le bastaba con recordar el libro cambiado de posición y cómo había pasado de preguntarle dónde lo guardaba a interesarse por documentos y llaves pocas horas después.
Podía existir una explicación inocente para todo; aun así, Nora ya no se sentía capaz de compartir una pista nueva sin saber antes qué significaba.
El teléfono del conductor sonó a través del manos libres. Nora dio un pequeño respingo. El hombre rechazó la llamada y siguió conduciendo.
A medida que avanzaban, las calles iluminadas fueron quedando atrás. La carretera se estrechó y las farolas desaparecieron. Nora comprobó el reloj del salpicadero.
06:16.
Hasta entonces, treinta y ocho kilómetros habían sido una cifra en una pantalla. Rodeada de oscuridad y sin el teléfono en el bolsillo, empezaron a parecerle una distancia mucho mayor.
Pensó otra vez en Daniel. Quizá seguía hablando con Salas.
Quizá todavía no había ido a comprobar su habitación.
La culpa empezó a mezclarse con la urgencia que la había sacado de casa.
Se prometió que llamaría en cuanto volviera a la carretera principal y que no daría un solo paso más si el lugar parecía peligroso.
El conductor redujo la velocidad unos minutos después.
—Me marca que es por aquí.
Nora se inclinó hacia delante. Reconoció el cruce del mapa. A la derecha nacía un camino de tierra. Una barrera metálica impedía el paso de vehículos, aunque podía rodearse a pie. Más allá no había iluminación y la vegetación ocultaba casi todo el trazado.
—Sí. Déjame aquí.
—¿Seguro? —respondió el conductor mientras la miraba por el retrovisor.
—Sí.
—No veo a nadie.
—Van a venir a buscarme.
El taxímetro marcaba algo más de lo que había calculado. Nora contó los billetes y pagó.
Antes de que abriera la puerta, el hombre volvió a mirarla.
—¿Quieres que espere hasta que llegue quien te viene a buscar?
Nora estuvo a punto de aceptar. Desde el coche, aquel plan empezaba a parecer muy distinto del que había imaginado frente al ordenador.
—No hace falta.
Bajó.
El conductor permaneció parado un momento y después arrancó.
Nora observó las luces traseras hasta que desaparecieron detrás de una curva. Cuando el sonido del motor se perdió, solo quedaron el rumor lejano de la carretera y el viento entre la vegetación. Sacó la hoja.
Según la ruta que había copiado, aún tenía varios kilómetros por delante. La estación de servicio quedaba en dirección contraria. Guardó el papel en el bolsillo, pasó junto a la barrera y empezó a caminar.