No abras la puerta CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Nora apareció en la cocina pocos minutos después. Daniel seguía de pie junto a la mesa. Teresa había conseguido que se sentara dos veces y las dos había vuelto a levantarse en cuanto el teléfono vibraba o algún coche reducía la velocidad en la calle.

—¿Qué hacías arriba? —preguntó Daniel.

—Mirar otra vez algunas cosas de mamá.

—Nora...

—No he salido de mi habitación.

—Joder, Nora. Ya hemos hablado de esto.

Teresa apartó su taza.

—Dejadlo por esta noche.

Daniel se volvió hacia ella.

—Es que justo esta noche no puedo dejarlo.

Nora se quedó en la entrada de la cocina.

—¿Salas ha dicho algo? —preguntó la chica.

—Siguen con las cámaras. Han conseguido seguir el coche durante un tramo, pero todavía no tienen una matrícula completa.

—¿Y mamá?

Daniel negó con la cabeza.

Nora bajó la mirada.

—Voy a seguir buscando.

—No —respondió Daniel con una firmeza que sobresaltó a Nora.

—Papá...

—Tu madre ha aparecido delante de esta casa y alguien se la ha llevado otra vez. Por la fuerza. Ese alguien quería entrar, vete a saber por qué motivo. No quiero que abras archivos, que sigas pistas ni que intentes averiguar nada por tu cuenta. Nora, se acabó jugar a ser policías.

—¿Y qué hacemos mientras tanto?

—Esperar a que la policía de verdad haga su trabajo.

—Llevamos días esperando.

—Y tú tienes quince años.

Nora apretó los labios.

—Eso no hace que mamá esté menos secuestrada.

—Tu padre no te está pidiendo que dejes de preocuparte por ella —intervino Teresa para evitar que la discusión subiera de tono—. Te está pidiendo que no te pongas también en peligro.

—Pero si estoy en casa.

—Y quiero que sigas aquí —dijo Daniel.

Nora sostuvo su mirada unos segundos.

—Vale.

Daniel no pareció convencido.

—¿Vale qué?

—Que no voy a ir a ninguna parte.

Teresa se levantó y se acercó a ella.

—Intenta dormir un poco, cariño.

—No tengo sueño.

—Inténtalo. Túmbate un rato. Aunque sea media hora.

Nora aceptó el abrazo de su abuela sin devolverlo del todo.

—Buenas noches, abuela.

—Ya casi podríamos decir buenos días —respondió Teresa.

Nora se volvió hacia Daniel.

—Si Salas llama, me despiertas. Aunque encuentre cualquier cosa.

—Te despertaré.

Subió.

Daniel escuchó cómo se cerraba la puerta de su habitación. Durante unos segundos permaneció mirando hacia el techo.

—No puedo perderla también a ella —dijo.

Teresa se acercó.

—No la vas a perder, Dani.

—Hace unas horas pensaba lo mismo de Laura.

—Daniel…

Él negó con la cabeza.

—No puedo quedarme aquí esperando otra llamada.

—Es exactamente lo que tienes que hacer.

El teléfono sonó antes de que pudiera responder.

Salas.

Daniel contestó.

No habían encontrado a Laura. La matrícula parcial del vehículo ofrecía demasiadas combinaciones y las imágenes disponibles no permitían identificar a la persona encapuchada. Habían solicitado grabaciones de varios cruces y accesos a carreteras próximas.

—¿Cuánto puede tardar? —preguntó Daniel.

—No lo sé.

—Necesito algo mejor que eso, Salas. Por favor.

—Y yo necesito una cámara que haya grabado la matrícula completa. En cuanto la tenga, será el primero en saberlo.

Daniel cerró los ojos.

—De acuerdo.

—Intente descansar.

—No puedo.

—Inténtelo igualmente.

La llamada terminó.

Teresa consultó la hora.

05:31.

—Me voy a casa un rato.

Daniel la miró sorprendido.

—Pensaba que querías quedarte.

—Y quiero. Pero necesito cambiarme y coger algunas cosas. Vuelvo en cuanto pueda.

—No hace falta.

—No te lo estaba preguntando.

Se puso el abrigo. Antes de marcharse miró hacia la escalera.

—¿Nora estará ya dormida?

—Eso espero.

—No la dejes sola, Dani.

Daniel endureció la expresión.

—No pensaba hacerlo.

Teresa lo abrazó y salió.

Daniel cerró con llave detrás de ella. Esperó hasta oír alejarse su coche y subió. La puerta de Nora estaba cerrada. No quiso entrar.

—Nora.

—¿Qué? —respondió ella desde dentro.

Daniel soltó el aire que llevaba conteniendo.

—Nada. Solo comprobaba.

—Estoy aquí.

—Intenta descansar.

—Tú también.

Daniel permaneció unos segundos delante de la puerta antes de entrar en su dormitorio.

Seguía vestido con la ropa que se había puesto a toda prisa al despertar.

Se quitó la camiseta y fue al baño. Necesitaba quitarse de la piel el sudor frío de aquella madrugada y despejarse antes de que Salas volviera a llamar.

Dejó el teléfono sobre el lavabo con el volumen al máximo y abrió la ducha. El agua apenas consiguió apartar de su cabeza la imagen de Laura siendo arrastrada fuera del alcance de la mirilla.

Cuando terminó, eran las 05:49.

Tenía una llamada perdida de Salas. La devolvió mientras se vestía.

—Han localizado otra cámara —dijo ella—. El coche aparece unos kilómetros más adelante.

—¿Se ve la matrícula?

—Todavía no completa.

—¿Hacia dónde va?

—Estamos reconstruyéndolo.

Daniel bajó a la cocina hablando con ella. Durante los siguientes minutos repasaron el recorrido, horarios y todo lo que Laura había dicho delante de la puerta. Salas volvió varias veces sobre la descripción de la figura encapuchada, pero Daniel no pudo añadir nada.

Cuando colgaron, eran las 06:14.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa. La casa estaba en silencio.

Subió.

—Nora.

No obtuvo respuesta.

Llamó a la puerta.

—Nora.

De nuevo, el silencio como respuesta. Abrió la puerta. La habitación estaba vacía.

Daniel entró rápidamente.

—¿Nora?

Miró en el baño del pasillo. Después volvió a su dormitorio. Nada. Bajó las escaleras llamándola.

—¡Nora!

El salón estaba vacío. También la cocina. Daniel sacó el teléfono y marcó su número. Oyó el tono en la planta superior. Se quedó inmóvil unos segundos, después subió corriendo. El móvil de Nora vibraba sobre la mesilla.

Daniel lo cogió.

—No…

Volvió al pasillo.

—¡Nora!

Abrió todas las puertas de la planta superior, regresó escaleras abajo y recorrió la casa de nuevo. No estaba.

Laura había desaparecido delante de aquella puerta pocas horas antes. Ahora su hija también lo había hecho.