CAPÍTULO 40
Daniel la observó por la mirilla. Tenía la cara levantada hacia la puerta y los brazos pegados al cuerpo.
No abras la puerta. Pase lo que pase.
—Dani —dijo Laura—. Por favor.
Nora se acercó.
—Papá.
Daniel colocó la mano sobre la llave. Laura estaba viva, a menos de un metro, y todo cuanto había conseguido comprender desde que sonó el timbre se enfrentaba de repente a algo mucho más elemental: abrir aquella puerta significaba recuperarla.
—Dani, abre.
Daniel cerró los dedos alrededor de la llave. Nora contenía la respiración a su lado. La giró. El cerrojo empezó a desplazarse dentro de la puerta. Laura cambió de expresión.
—No.
Daniel detuvo la llave a mitad del giro.
—¿Qué?
Laura avanzó hasta la puerta.
—¡No abras, Dani!
Nora retrocedió.
—Mamá...
—¡No abras!
Laura golpeó la madera con la palma.
—¡Hazme caso, joder! ¡No abras la puerta! ¡Haz lo que te dije!
Daniel devolvió la llave de golpe a su posición. El cerrojo volvió a encajar. Entonces algo se movió detrás de Laura.
Una figura apareció desde un lateral del acceso y cruzó el estrecho campo de la mirilla. Vestía de oscuro, llevaba la capucha calada y una prenda le cubría la boca y la nariz. Daniel apenas pudo distinguir nada más antes de que agarrara a Laura por un brazo.
—¡No! —gritó ella.
—¡Laura!
Laura intentó soltarse. El forcejeo la apartó de la mirilla y durante un instante Daniel solo vio el pelo de su mujer, un hombro oscuro y una mano buscando apoyo contra la pared exterior. Nora se abalanzó sobre la cerradura.
—¡Abre, papá!
Daniel la interceptó.
—¡No!
—¡Se la está llevando!
—¡Nora, atrás!
Laura consiguió zafarse y reapareció frente a ellos. Golpeó la puerta con las dos manos.
—¡No salgáis!
La figura volvió a sujetarla desde atrás.
—¡Mamá! —gritó Nora.
Laura giró la cabeza hacia la casa.
—¡Nora, no salgas!
La figura tiró de ella y la arrastró fuera del campo de visión. Daniel golpeó la puerta con el puño.
—¡Laura!
Del exterior llegaron pasos rápidos, la protesta ahogada de Laura y un golpe contra una carrocería.
—¡Suéltame!
Nora intentó alcanzar otra vez la llave. Daniel la sujetó antes de que pudiera hacerlo.
—¡Déjame, papá!
—Tu madre acaba de decirnos que no salgamos.
—¡Le están haciendo daño!
—Lo sé.
—¡Pues haz algo!
Daniel sacó el teléfono.
—Voy a pedir ayuda.
—¡Cuando lleguen ya no estará!
Una puerta de coche se cerró con violencia. Daniel marcó el número de Salas. El motor arrancó antes de que respondiera.
—¡Laura!
Pegó de nuevo el rostro a la mirilla. La entrada estaba vacía.
La llamada conectó.
—Dígame, Daniel.
—Alguien se está llevando a Laura, Salas. Acaba de aparecer en mi casa. Una persona la ha cogido por la fuerza y la está metiendo en un coche.
—Mierda… ¿Puede ver el vehículo? —preguntó la subinspectora.
—No desde aquí.
El motor seguía en marcha. Nora se acercó a la mirilla.
—Déjame salir, papá.
—He dicho que no.
Daniel se apartó lo justo para que pudiera mirar por la mirilla.
—¿Puede identificar a la persona que se la ha llevado? —preguntó Salas.
—No. Iba vestida de oscuro, con capucha y la cara cubierta. No he podido ver quién era.
El motor aceleró.
Daniel recuperó la mirilla y alcanzó a ver la parte trasera de un vehículo cruzar fugazmente el borde de su campo de visión.
—El coche acaba de salir.
—¿Marca, modelo o matrícula?
—No. No he visto suficiente.
—¿En qué dirección se dirige?
—Va calle abajo, Salas, en dirección opuesta a la ciudad —respondió mientras el sonido del motor se alejaba.
—De acuerdo, Daniel. No pierda la calma. Permanezca dentro de la vivienda. Ahora mismo mando una patrulla hacia allí —ordenó Salas—. Y, por lo que más quiera, no intente seguir el vehículo.
Cuando terminó la llamada, dejó el teléfono sobre el mueble de la entrada.
Nora seguía frente a la puerta. Las lágrimas empezaban a deslizarse por sus mejillas.
—Se la ha llevado delante de nosotros.
Daniel respiraba casi tan deprisa como ella.
—Sí.
—Estaba aquí, papá… Si hubieras abierto antes...
Daniel recibió el reproche sin responder inmediatamente.
—No sé qué habría pasado si lo hubiera hecho, Nora.
—Pero estaba aquí.
—Y cuando he empezado a abrir ha sido ella quien me ha parado.
Nora miró la cerradura. La rabia que había mantenido desde que Laura apareció empezó a mezclarse con otra cosa.
—Se ha asustado cuando has girado la llave.
—Sí.
—Mucho.
Daniel volvió a mirar por la mirilla. No quedaba nadie fuera.
Laura había pasado varios minutos intentando convencerlo de que abriera. Sin embargo, cuando comprobó que Daniel estaba a punto de obedecer, fue ella quien dejó de hacerlo. Había preferido enfrentarse a lo que ocurriera después antes que permitir que aquella puerta se abriera.
—Ella ya sabía que esto podía pasar —dijo Daniel.
Nora lo miró.
—La carta.
Daniel asintió.
—Sabía que alguien podía utilizarla para obligarnos a abrir.
La advertencia que durante días había parecido incomprensible adquiría ahora un sentido brutalmente concreto. Laura no había temido únicamente desaparecer. Había previsto que quien consiguiera controlarla pudiera devolverla a casa y convertir su regreso en una forma de entrar.
Nora se secó las lágrimas con la manga.
—¿Qué quería hacer esa persona si abríamos?
Daniel contempló la puerta.
—No lo sé. Pero mamá tenía pánico.
Podía haber querido entrar para recuperar algo, obligarlos a entregar información o hacerles daño. Daniel no tenía elementos para escoger una posibilidad y ninguna le parecía mejor que las demás.
—Aléjate de la puerta —dijo él.
—Me quedo aquí.
Daniel no discutió. Nora se sentó en el último peldaño de la escalera. Daniel permaneció en el recibidor, atento a cualquier sonido procedente de la calle.
—Papá.
—¿Qué?
—Cuando empezaste a abrir...
Daniel miró la llave.
—Lo sé.
—En realidad no quería que abrieras.
Daniel volvió hacia Nora.
Laura había insistido porque no tenía elección. En el instante en que Daniel empezó a cumplir lo que le exigían, había decidido asumir las consecuencias y detenerlo.
—Nos estaba protegiendo —dijo Nora.
Daniel asintió.
A lo lejos comenzaron a oírse sirenas. Nora se levantó y se acercó a él. Las luces azules aparecieron poco después al otro lado de las ventanas y empezaron a recorrer las paredes del recibidor. Daniel miró la llave que seguía puesta en la cerradura. No volvió a tocarla.