No abras la puerta CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Nora oyó la voz de su madre desde el rellano. No estaba segura de cuánto tiempo llevaba despierta. Primero había distinguido murmullos en la planta baja, después la voz de Daniel y, entre ambos, una voz que conocía mejor que ninguna otra.

—Dani, abre.

El sueño desapareció.

Salió de la habitación y se asomó a la escalera.

—¿Mamá?

Daniel se volvió hacia ella.

Al otro lado de la puerta hubo un silencio breve.

—Nora.

La voz de Laura llegó atenuada por la madera, pero era ella. Nora bajó los primeros peldaños demasiado deprisa.

—Mamá.

—Estoy aquí, cariño.

Nora siguió bajando hasta que Daniel se interpuso entre ella y la puerta.

—Pero papá, ¿qué haces? Abre.

—Espera.

—¿Que espere a qué?

—Nora, espera.

Ella intentó rodearlo.

—¡Abre, papá! Es mamá.

Daniel levantó una mano para impedirle avanzar.

—Ya lo sé, Nora.

—Pues abre.

—Hay algo que no encaja.

Nora lo miró como si no hubiera entendido.

—¿Qué no encaja? Está ahí.

—No sabemos cómo ha llegado.

—Me da igual cómo ha llegado.

—A mí no.

Nora volvió la cabeza hacia la puerta.

—Mamá, ¿estás bien?

—Sí.

—¿Dónde has estado?

—Te lo explicaré dentro.

—¿Te han hecho algo?

—No.

Nora se acercó un paso.

—Entonces abre, papá.

Daniel volvió a ponerse delante. La incredulidad de Nora empezó a convertirse en rabia.

—Llevamos días buscándola. Pensábamos que podía estar muerta. Y ahora está en la puerta y no la dejas entrar.

Daniel bajó la voz.

—Tu madre no tiene teléfono, no tiene bolso, no tiene coche y no quiere que llame a la policía. Dice que ha venido sola, pero está pendiente de algo que yo no puedo ver desde aquí.

Nora miró hacia la puerta con una expresión distinta.

—¿Hay alguien fuera?

—No lo sé.

—¿La están obligando?

—Tampoco lo sé, pero podría ser.

—Pues justo por eso tenemos que abrir.

—No si eso es lo que quiere quien la haya traído.

Nora se quedó quieta.

—¿Quién?

—No lo sé.

Desde fuera, Laura llamó de nuevo.

—Dani.

Él acercó el rostro a la mirilla.

—Estoy aquí, Laura.

—Abre, por favor.

Nora se colocó a su lado. Daniel se apartó lo justo para que pudiera mirar.

Laura estaba bajo la luz exterior, inmóvil frente a la puerta.

Durante los últimos días, Daniel había visto a Nora contenerse delante de él, discutir con cualquiera y volver al instituto esforzándose por conservar una normalidad que ninguno de los dos sentía.

Frente a la mirilla, toda aquella resistencia desapareció.

Nora acercó el rostro hasta casi tocar la puerta.

Sus ojos recorrieron la cara de su madre, el pelo desordenado, la ropa arrugada.

—Mamá —dijo, pegada a la madera.

Laura levantó los ojos.

—Nora, cariño.

—¿Qué te ha pasado?

—Estoy bien.

—No estás bien.

Laura no respondió. Nora buscó el cerrojo con la mano. Daniel la sujetó por la muñeca antes de que pudiera tocarlo.

—No lo hagas, Nora.

Ella se volvió hacia él.

—Suéltame.

Daniel lo hizo de inmediato, pero se quedó entre Nora y la cerradura.

—No voy a dejar que abras esta puerta hasta entender qué está pasando.

—No puedes dejarla ahí fuera.

—Tampoco puedo hacer exactamente lo que alguien puede estar obligándola a conseguir.

Nora apretó los labios. Tenía los ojos húmedos, aunque no lloraba.

—¿Y qué hacemos? ¿La miramos por la mirilla?

Daniel no respondió.

—Papá, es mamá.

—Lo sé.

—Pues no lo parece, joder.

Daniel no intentó defenderse. No tenía tiempo para hacerlo.

—Hay algo que no te he contado.

Daniel había evitado hablarle de aquella advertencia porque Nora ya cargaba con demasiado y, hasta esa noche, la posibilidad que Laura describía en la carta le había parecido absurda; ahora estaba ocurriendo.

—Antes de desaparecer, tu madre me dejó una carta.

—Ya sé que dejó cosas preparadas.

—No sabes lo que decía.

Nora miró un momento hacia la puerta.

—¿Qué decía?

—Decía que, si desaparecía y después volvía a casa, no debía abrirle.

Nora se quedó mirándolo.

—¿Qué?

—Eso escribió.

—No tiene sentido.

—Hasta hace diez minutos, para mí tampoco.

Desde fuera llegó la voz de Laura.

—Dani.

Nora se acercó a la puerta.

—Mamá, ¿tú escribiste eso?

Daniel giró hacia ella.

—Nora...

—Quiero saberlo, mamá.

Laura no contestó.

—Mamá.

El silencio al otro lado se prolongó.

—Laura —dijo Daniel—. ¿Tú escribiste esa carta?

—Sí.

Nora abrió ligeramente la boca, pero no dijo nada.

—Entonces dinos por qué —pidió él.

Laura volvió los ojos hacia algún punto fuera del alcance de la mirilla.

—No puedo.

Daniel cerró los dedos alrededor del teléfono. Nora lo vio.

—Llama a la policía, papá.

Desde fuera, Laura reaccionó al instante.

—No.

—Mamá...

—No llaméis a nadie.

—¿Por qué?

—Nora, sube a tu habitación. Déjame con papá.

—No.

—Hazme caso.

—¿Llevas días desaparecida y ahora vienes aquí a decirme que me vaya a mi habitación?

La voz de Nora perdió firmeza en las últimas palabras. Daniel se acercó a ella, pero Nora negó con la cabeza.

—No.

Laura apoyó una mano sobre la puerta. Fue el primer contacto que Daniel la vio buscar desde que había aparecido. Nora levantó la suya hacia la misma zona, aunque la madera las separaba.

—Mamá.

—Estoy bien, cariño.

—Deja de decir eso.

Laura cerró los ojos.

Daniel apartó la vista de la mirilla. A esas alturas ya no dudaba de que Laura estaba allí contra su voluntad. Lo que seguía sin saber era qué esperaba conseguir quien estuviera controlando la situación.

Nora retiró la mano.

—¿Qué más decía la carta?

Daniel la miró. Recordó la frase completa.

—No abras la puerta. Pase lo que pase.

Nora volvió los ojos hacia el cerrojo. Al otro lado, Laura seguía esperando.