CAPÍTULO 38
A las dos y diecisiete, el timbre despertó a Daniel. Abrió los ojos sin entender qué había oído. La habitación estaba a oscuras y durante unos segundos solo distinguió el resplandor tenue del teléfono sobre la mesilla. Lo cogió.
El timbre sonó otra vez.
Se incorporó de golpe.
Pensó en la policía antes que en cualquier otra cosa. En Salas, en una patrulla, en una noticia que nadie daba por teléfono a esas horas. Se levantó sin encender la luz y salió al pasillo. La puerta de Nora seguía cerrada.
Bajó las escaleras descalzo, con el móvil todavía en la mano. A mitad del último tramo oyó un golpe suave contra la puerta de entrada. No era el timbre esta vez. Alguien había llamado con los nudillos, sin fuerza.
Daniel se detuvo.
—¿Quién es?
No obtuvo respuesta.
Avanzó hasta el recibidor y bajó la voz para no despertar a Nora.
—¿Quién es?
Entonces la oyó.
—Dani.
Todo su cuerpo reconoció la voz antes de que pudiera pensar. Llegó a la puerta en dos pasos.
—¿Laura?
—Sí.
La mano de Daniel fue directamente al cerrojo.
—Dios mío —murmuró él.
Empezó a girarlo.
—Abre, Dani.
Pero se quedó quieto.
La advertencia de la carta regresó a su memoria con una precisión incómoda.
Laura había previsto exactamente aquella posibilidad: regresar después de desaparecer.
Y le había pedido que no abriera. Daniel llevaba días intentando entender qué podía llevar a alguien a dejar escrita una instrucción semejante.
Ahora comprendía que Laura había temido una escena parecida a aquella.
No fue solo el recuerdo de la carta lo que lo frenó, sino la forma en que había pronunciado aquella palabra. Sin llorar, sin golpear la puerta, sin preguntarle nada. Daniel mantuvo los dedos sobre el metal.
—Laura, ¿eres tú?
—Sí. Abre, por favor.
Se inclinó hacia la mirilla. Laura estaba allí.
Durante días había imaginado muchas veces cómo sería volver a verla, pero ninguna de aquellas imágenes se parecía a la mujer que tenía al otro lado.
Llevaba el pelo sin recoger, aplastado en algunos mechones y enredado en otros.
Tenía la piel muy pálida y sombras oscuras bajo los ojos.
La ropa estaba arrugada. No llevaba bolso.
Daniel sintió una presión dolorosa en el pecho. Apoyó una mano contra la puerta y durante un momento tuvo que recordarse que la madera seguía separándolos.
—¿Estás bien?
Laura levantó la mirada hacia la mirilla.
—Sí.
La palidez y el agotamiento desmentían la respuesta.
—¿Dónde has estado?
—Te lo explicaré dentro.
Daniel volvió a tocar el cerrojo, pero no lo movió.
—¿Te han hecho daño?
Laura desvió los ojos hacia un punto que él no alcanzaba a ver desde la mirilla y enseguida volvió a mirar al frente.
—No.
—¿Quién te ha traído?
—He venido yo sola.
Daniel acercó más el rostro a la puerta. Desde aquel ángulo solo veía a Laura y una parte del acceso a la casa. La calle quedaba casi completamente fuera del campo de visión. No distinguía ningún coche ni a nadie junto a ella.
—¿Cómo has venido?
—Daniel, abre.
Esta vez no añadió «por favor».
Él retiró lentamente la mano del cerrojo.
La rigidez con que Laura mantenía los brazos junto al cuerpo y aquella manera de responder únicamente a lo imprescindible empezaban a resultarle difíciles de ignorar. Había además un detalle mucho más sencillo que terminó imponiéndose sobre todos los demás. Laura no había preguntado por Nora.
—¿Dónde está Nora? —preguntó él.
Laura guardó un instante de silencio.
—Durmiendo, espero —respondió Laura.
Daniel miró hacia la escalera antes de regresar a la mirilla.
—¿Cómo sabes que está en casa?
—Porque son las dos de la mañana.
—Podría estar con mi madre.
—Dani...
—¿Sabes que está aquí?
Laura volvió a mirar hacia un lado.
Esta vez Daniel prestó atención al gesto. Mantuvo la cabeza ligeramente girada durante un momento y después regresó hacia la puerta. Estaba escuchando.
—Laura, dime quién está contigo.
—No hay nadie conmigo.
—Mírame.
Ella levantó los ojos hacia la mirilla.
Daniel sintió el impulso de abrir con una violencia casi física.
Tenía a su mujer a menos de un metro, después de días recorriendo comisarías, carreteras, fotografías y documentos mientras intentaba averiguar si seguía viva.
Durante todo ese tiempo habría entregado cualquier cosa por verla aparecer frente a él. Ahora estaba allí.
Sin embargo, Laura no se comportaba como alguien que acabara de conseguir volver a casa.
No había probado el pomo ni apoyado las manos contra la puerta.
Tampoco había vuelto a llamar. Permanecía en el mismo punto, lo bastante cerca para que Daniel pudiera verla y lo bastante lejos para no tocar nada.
—¿Dónde está tu teléfono?
—No lo tengo.
—¿Y tu bolso?
—Tampoco.
—¿El coche?
Laura respiró despacio.
—Luego te lo explico.
—¿Quieres que llame a la policía?
—No —respondió inmediatamente.
Daniel apretó el teléfono que seguía sosteniendo en la otra mano.
—¿Por qué no?
—No llames a nadie. Abre y hablamos dentro.
Si Laura había conseguido escapar de quien la hubiera retenido, la policía era la primera llamada. Si la habían soltado, también. Y si había pasado aquellos días escondida por voluntad propia, tendría que explicar por qué había permitido que Nora y Daniel creyeran que podía estar muerta.
Ninguna de esas posibilidades encajaba con una mujer que aparecía a las dos de la madrugada y le pedía que no avisara a nadie.
—¿Hay alguien cerca de ti?
—No.
—¿Puedes marcharte de ahí si quieres?
Laura no respondió.
Daniel notó que el pulso se le aceleraba.
—Laura.
Ella dio un paso hacia la puerta por primera vez.
—Por favor.
La voz cambió entonces. Muy poco, pero Daniel conocía demasiado bien sus silencios, sus enfados y la manera en que intentaba mantener el control cuando algo la desbordaba.
En aquella voz no reconoció el temor de quedarse fuera de casa, sino otro más profundo, dirigido a lo que podía ocurrir si no conseguía que él abriera.
—¿Te están obligando a hacer esto?
Laura bajó los ojos.
—Abre la puerta.
—Contéstame.
—Dani, abre.
Él dejó el pulgar sobre la pantalla del móvil sin desbloquearlo.
Podía llamar a Salas o al 112, pero no sabía quién podía estar mirando a Laura ni qué ocurriría si veía aparecer una patrulla.
Tampoco sabía si la persona que la había llevado hasta allí estaba a cinco metros o dentro de un coche al final de la calle.
—Dime qué quieres que haga —pidió Daniel.
Laura levantó la mirada.
—Que abras.
No había ninguna súplica en aquella frase. Sonaba a una instrucción que necesitaba pronunciar.
Daniel bajó la vista hacia el cerrojo. La llave estaba puesta por dentro y bastaba un giro para terminar con la distancia entre ambos.
Volvió a mirar por la mirilla. Laura seguía allí, inmóvil. Viva, agotada y a menos de un metro de él, pero sin pedir ayuda, sin querer que llamara a la policía y pendiente de algo que Daniel no podía ver.
La escena dejó de parecerle un regreso: alguien había llevado a Laura hasta su puerta.