No abras la puerta CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Daniel encontró a Nora en la cocina cuando llegó a casa. Había dejado el portátil abierto sobre la mesa y removía con un tenedor unos macarrones que acababa de sacar del microondas.

—Pensaba que no querías que comprara nada.

—Y no quiero.

—Veo que el plan alternativo era cenar algo que lleva dos días en la nevera.

—El plan alternativo era no morirme de hambre, papá.

Daniel dejó las llaves en el mueble de la entrada y se quitó la chaqueta.

La conversación con Javier seguía rondándole la cabeza, pero no tenía ganas de convertir la cena en otra reconstrucción del caso.

Había pasado demasiadas horas de los últimos días hablando de Laura, de Marta, del accidente y de documentos que nadie encontraba.

Abrió la nevera.

—Queda tortilla —señaló él.

—La hizo la abuela.

—Entonces sobreviviremos los dos.

Nora no sonrió. Daniel lo advirtió mientras sacaba el plato.

—¿Te pasa algo?

Ella siguió moviendo los macarrones, aunque ya no necesitaban mezclarse más.

—Creo que la abuela ha estado mirando mis cosas.

Daniel dejó el plato sobre la encimera.

—¿Qué cosas?

—Mi habitación.

—¿Cuándo?

—Hoy. Ha venido a traerme la sudadera que me dejé en su casa.

—¿La abuela ha estado aquí?

—Sí. Me escribió esta mañana. Dijo que había entrado cuando los dos estábamos fuera.

—¿Y crees que aprovechó para mirar tus cosas?

—Eso es lo que sospecho.

Daniel esperó a que continuara.

Nora le explicó lo del libro: cómo lo había dejado en el cajón de canto entre dos archivadores y cómo lo había encontrado boca arriba, visible nada más abrir el cajón.

También el cuaderno, ligeramente desplazado sobre el escritorio, y la hoja que había aparecido junto a la papelera.

No faltaba nada ni había nada roto. Tampoco tenía una prueba de que Teresa hubiera buscado algo, solo pequeñas diferencias que recordaba con suficiente claridad para que le molestaran.

—¿Estás segura de cómo lo dejaste? —preguntó Daniel.

—No al cien por cien.

—Entonces también puede ser que lo guardaras de otra manera.

Daniel no insistió. Metió la tortilla en el microondas y programó un minuto.

—¿La abuela sabía dónde guardabas el libro?

—Sabía que lo tenía en mi habitación. Y sabía que estaba intentando entender las anotaciones.

—Porque se lo enseñaste.

—Sí. Y también me preguntó dónde lo guardaba.

—¿Cuándo?

—El día que se lo enseñé. Me dijo que lo guardara bien y que hiciera fotos de las páginas marcadas.

—Eso también suena bastante a la abuela.

—Ya lo sé. No digo que la pregunta fuera rara entonces. Digo que ahora sé que hoy estuvo sola aquí y que el libro apareció movido.

Daniel entendió la diferencia.

—Y te dijo que no siguieras ninguna pista sola.

—También.

El microondas empezó a girar a su espalda.

—Entonces hay una explicación bastante sencilla.

—Que estuviera preocupada no le da derecho a abrir mis cajones —exclamó Nora mientras soltaba el tenedor.

—No he dicho que se lo dé.

—Pues lo parece.

Daniel negó con la cabeza.

—Estoy diciendo que, si entró, no hace falta buscar una explicación peor antes de hablar con ella.

—No estoy diciendo que la abuela tenga nada que ver con todo esto. Pero estuvo aquí cuando no había nadie, sabía lo del libro y después el libro estaba movido.

Planteado así, Daniel entendía que Nora no quisiera ignorarlo.

—¿Te falta algo?

—No.

—¿El libro está bien?

—Sí.

—¿Tus notas?

—También.

—Entonces, de momento, tenemos la posibilidad, cada vez más plausible, de que tu abuela simplemente haya sido una cotilla. O una abuela preocupada por su nieta.

Nora levantó una ceja.

—Joder, papá.

—La abuela lleva toda su vida perfeccionando esa habilidad.

Esta vez Nora sonrió.

El microondas pitó. Daniel sacó el plato y se sentó frente a ella.

—¿Dónde está ahora el libro?

—Lo he cambiado de sitio.

—¿Dónde?

—En un sitio donde no lo encuentre nadie por casualidad.

—Nora.

—No voy a salir corriendo detrás de ninguna pista.

—No te he preguntado eso.

—Ya sé lo que me estás preguntando.

Daniel apartó el tenedor del plato.

—Hay alguien que conocía tus horarios y que utilizó esa información para presionar a tu madre. Si encuentras algo que pueda tener relación con eso, necesito saberlo.

—Y si encuentro algo importante te lo diré.

—Eso no es exactamente lo mismo.

—Papá, te estoy contando que creo que la abuela ha estado revisando mi habitación. Si quisiera ocultártelo todo, esta conversación no estaría pasando.

Tenía razón, aunque Daniel no disfrutara demasiado de que la tuviera.

—Vale.

Nora comió un poco antes de añadir:

—Además, esto no va solo del libro. Es mi habitación. No quiero que entres tú tampoco a mirar cosas cuando no estoy.

—No lo hago.

—Ya. Pero te lo recuerdo por si acaso.

La respuesta rebajó la discusión antes de que empezara. Daniel siguió cenando.

—Hablaré con ella.

—No quiero que la llames ahora.

—No iba a hacerlo.

—Ni que le digas que la estoy acusando de registrar mi habitación.

—Porque no sabes si lo hizo.

—Si tú lo dices.

Daniel asintió.

—Le preguntaremos cuando la veamos. Sin montar un interrogatorio.

—A ver si es verdad.

—Después de tantos días con Salas, algo se me habrá pegado.

Durante unos minutos hablaron de otra cosa.

Del instituto, de una profesora que había cambiado la fecha de un examen y de Irene, que seguía escribiéndole cada tarde para preguntar si necesitaba apuntes aunque Nora ya hubiera vuelto a clase.

Daniel escuchó mientras terminaba la tortilla y agradeció aquella conversación justamente porque no conducía a ninguna parte.

Cuando recogieron los platos, Nora se quedó junto al fregadero.

—Papá, no quiero que ahora pienses que la abuela está metida en algo.

Daniel cerró el grifo.

—No lo pienso.

—Solo te lo he explicado porque me ha parecido raro.

—Y has hecho bien en decírmelo.

Nora asintió.

Daniel dejó un plato en el escurridor. Quería escuchar la explicación de Teresa y cerrar el asunto cuanto antes, pero llamarla aquella noche significaría convertir una sospecha de Nora en una acusación que todavía no tenía fundamento.

Su madre llevaba años entrando en casa con absoluta normalidad.

Tenía llave, cuidaba de Nora, recogía ropa, preparaba comida y se movía por las habitaciones con la confianza de alguien que siempre había formado parte de aquella familia.

Abrir el cajón de su nieta era distinto, aunque Daniel seguía sin saber si realmente lo había hecho.

—Cuando la veamos, se lo preguntamos —dijo Daniel.

—Los dos.

—Los dos.

Subieron poco después. En el rellano, Nora se detuvo antes de entrar en su habitación.

—¿Vas a seguir mirando las agendas del abuelo?

—Un rato.

—No te quedes hasta las cuatro.

—¿Eso es preocupación o una orden?

—Las dos cosas.

—Buenas noches, Nora.

—Buenas noches, papá.

Daniel entró en el dormitorio y dejó el teléfono cargando sobre la mesilla. Las agendas de Andrés seguían en una caja al pie de la cama. Pensó en abrir una, pero decidió que podían esperar hasta la mañana. Apagó la luz.