CAPÍTULO 36
—Ese nombre sí lo recuerdo —dijo Javier.
En la pantalla del móvil aparecía una fotografía de la agenda de Andrés. Daniel había ampliado una anotación escrita dos días después de la desaparición de Marta.
Debajo, una línea apenas legible:
Volver a hablar.
Daniel se quedó mirando el nombre.
Nicolás.
Volvió mentalmente a las fotografías que había encontrado en el trastero.
—Hay una foto de Marta y Laura con un Nicolás. En la playa.
—Puede ser el mismo —dijo Javier.
—¿Quién era?
—Uno de los chicos de la fiesta. La casa era de sus padres.
Daniel conocía entonces algo más que el nombre.
Nicolás aparecía en aquella fotografía del verano de 2008 junto a Marta, Laura y Rodrigo, aunque hasta ese momento no había tenido ningún motivo para concederle importancia.
También figuraba en la documentación que Laura había guardado en el trastero, asociado a una declaración tomada durante las primeras horas de la investigación.
Lo que no constaba era aquella segunda conversación.
Había encontrado la cita mientras repasaba las agendas de Andrés y la había relacionado con una de las anomalías que ya conocía: en el expediente aparecía una referencia a una nueva entrevista con uno de los asistentes a la fiesta, pero la diligencia correspondiente no estaba.
—Hay una declaración suya —explicó Daniel—. Y después aparece mencionada una segunda entrevista que no encuentro por ninguna parte.
Javier continuó observando la fotografía.
—Entonces puede ser esta.
—Eso he pensado.
Habían quedado cerca de casa de Javier después de que Daniel lo llamara para preguntarle por varios nombres. La intención inicial era enseñarle una lista y marcharse, pero llevaban casi media hora hablando del caso.
—¿Conocías bien a Nicolás? —preguntó Daniel.
—No. Lo vi después de que desapareciera Marta, cuando empecé a preguntar a todo el mundo que había estado en aquella casa. Tendría vuestra edad entonces. Veintipocos.
—¿Qué te dijo?
Javier repasó el recuerdo antes de responder.
—Lo mismo que casi todos. Que había mucha gente, que no sabía a qué hora exacta se había ido Marta y que aquella noche había bebido demasiado.
Durante meses llegué a odiar respuestas así.
Todo el mundo había bebido, nadie recordaba las horas y nadie había visto nada justo cuando necesitábamos que alguien hubiera visto algo.
Daniel bajó la vista hacia la agenda.
—Mi padre quiso volver a hablar con él.
—Eso parece.
—Y esa declaración desapareció.
—O no llegó a incorporarse al expediente.
Daniel lo miró.
—¿Qué diferencia hay?
—Bastante, si estás intentando averiguar qué hizo tu padre. Una cosa es que Andrés eliminara una declaración y otra que falte una diligencia de una investigación en la que intervino mucha gente.
—Empiezo a estar rodeado de personas que disfrutan desmontándome las teorías.
—Quizá deberías probar a hacer teorías menos fáciles de desmontar.
Daniel soltó una risa con regusto amargo.
—Tú también.
—Me estás preguntando. Solo respondo.
Javier no parecía tener prisa por conducirlo hacia ninguna conclusión.
Eso era lo que Daniel agradecía de aquellas conversaciones.
Desde que había empezado a recordar la noche de Marta, casi todo el mundo reaccionaba ante él de una de dos maneras: intentaba protegerlo de lo que pudiera descubrir o trataba cada fragmento como una pieza de prueba.
Javier, en cambio, parecía dispuesto a permanecer en ese espacio incómodo entre ambas cosas.
Daniel abrió otra fotografía.
—Hay algo más.
Le enseñó la referencia al segundo interrogatorio ausente y, después, una página del expediente donde aparecía el nombre de Nicolás entre los asistentes identificados en la casa.
—Yo entré en una habitación y Marta ya estaba en el suelo. Había otra persona allí.
Javier apartó la atención del teléfono.
—¿Eso también lo has recordado?
—Sí.
—¿Sabes quién era?
—No.
Daniel no añadió nada más. El recuerdo seguía teniendo zonas que prefería no convertir en palabras cada vez que hablaba de él.
—Entonces esa persona es importante —dijo Javier.
—Y después alguien fue detrás de mí en la carretera.
—Puede que se trate de la misma persona.
Daniel pasó a la fotografía del croquis del accidente, aunque no llegó a enseñársela.
—La policía cree que hubo contacto con otro coche antes de que me saliera de la vía.
Javier permaneció en silencio mientras asimilaba la información.
—Eso puede cambiar bastante las cosas.
—Las cambia todas.
—No necesariamente, Daniel.
—¿Cómo que no?
—Sabes que había alguien con Marta y sabes que otro vehículo pudo provocar tu accidente. Lo que todavía no sabes es si ambas cosas están relacionadas. Ni siquiera sabes si quien estaba en esa habitación quería hacerte daño.
—Salí de aquella casa aterrorizado, Javier.
—Eso sí lo sabes.
Daniel guardó el teléfono.
—¿Estás intentando convencerme de que no sospeche de nadie?
—Estoy intentando evitar que hagas con Nicolás lo mismo que hiciste contigo.
Hace diecisiete años yo hice exactamente eso —continuó Javier—.
Cogía un nombre, encontraba dos detalles que no me gustaban y durante una semana estaba convencido de que aquella persona sabía dónde estaba mi hija.
Después aparecía otro nombre y empezaba de nuevo.
Es muy fácil construir un culpable cuando solo tienes una parte de la historia.
Daniel pensó en Andrés, en las firmas, las diligencias incompletas y los documentos que durante días había interpretado como las maniobras de un padre dispuesto a encubrirlo.
—¿Sabes si Nicolás tenía coche? —preguntó Daniel.
—Sí.
—¿Qué coche?
—No tengo ni idea.
—Intenta recordarlo.
—Daniel, han pasado diecisiete años.
—¿Era oscuro?
Javier negó con la cabeza.
—No voy a inventarme un coche para ayudarte a completar una teoría.
Eso bastó para frenarlo.
—Vale.
—Pregunta a Salas. Si estaba a su nombre, podrá comprobarlo.
Daniel recuperó el móvil y escribió el nombre en una nota.
Nicolás Pons.
Debajo añadió:
Vehículo en 2009.
—¿Había alguien más en aquella fiesta que te llamara la atención?
—A mí me llamaban la atención todos. Marta había desaparecido.
—Me refiero a alguien con quien hubiera discutido, alguien que estuviera detrás de ella...
—No que yo supiera. Había chicos que le gustaban y otros a los que había rechazado. Tenía diecinueve años y una vida que yo no conocía al detalle. Convertir cada relación en un motivo para hacerle daño sería demasiado fácil.
—Pero Nicolás merece que lo revisen.
—Sí. Por la segunda entrevista, no porque hoy necesitemos que sea él.
La precisión lo incomodó porque era razonable.
—Hay algo que sigo sin entender —dijo Daniel—. Si mi padre habló con Nicolás después de la primera declaración, ¿por qué no está esa entrevista?
—No lo sé.
—Mi padre dejó su número profesional asociado a esa diligencia.
—Entonces quizá estaba siguiendo una línea que no terminó donde esperaba.
Hasta hacía poco, cada irregularidad que Daniel encontraba en el expediente parecía señalar a Andrés como responsable de borrar algo.
La agenda permitía otra lectura: algunas de aquellas anomalías podían ser también el rastro de líneas que su padre había intentado seguir y que, por el motivo que fuera, nunca habían quedado bien reflejadas en el procedimiento.
—O alguien se encargó de que no quedaran reflejadas —dijo Daniel.
—También.
Javier no trató de apartarlo de esa posibilidad.
Daniel abrió la conversación con Salas y adjuntó las fotografías de la agenda.
He encontrado esto entre los papeles de mi padre. Nicolás Pons aparece citado dos días después de la desaparición. En el expediente que tengo hay referencia a una segunda entrevista, pero no la declaración. ¿Puedes comprobar también si tenía algún vehículo registrado entonces?
Guardó el móvil después de enviarlo.
—Gracias, Javier.
—No me des las gracias todavía. Puede que Nicolás no tenga absolutamente nada que ver.
—Al menos es una dirección.
—Es un nombre que merece una comprobación. Intenta conformarte con eso durante unas horas.
Daniel sonrió.
—Cada vez te pareces más a Salas.
—Quizás eso sea un insulto para alguno de los dos.
Se levantaron. Antes de despedirse, Javier le puso una mano en el hombro.
—Daniel, si aparece otro nombre en esas agendas, no vayas detrás de él por tu cuenta.
—No pensaba hacerlo.
La expresión de Javier dejó bastante claro cuánto crédito concedía a aquella promesa.
—Llama a la policía. O a mí, si necesitas hablar antes. Pero no sigas otra pista tú solo.
Daniel asintió y regresó hacia el coche pensando en Nicolás Pons.
Hasta aquella tarde, casi todas las líneas acababan devolviéndolo a Andrés, a la noche que no recordaba y a la posibilidad de que su propia familia hubiera deformado la investigación.
Ahora tenía algo distinto: el nombre de una persona que había estado en la casa, que ya aparecía junto a Marta y Laura meses antes de la desaparición y cuya segunda entrevista seguía sin aparecer.
Salas podría comprobar una parte objetiva de aquella historia: si Nicolás tenía entonces algún vehículo registrado y si ese dato encajaba, aunque fuera parcialmente, con lo que sabían del coche que estuvo en la carretera.
Aquello no demostraría quién lo conducía durante la madrugada del accidente, pero al menos era una línea que podía contrastarse sin pedirle a la memoria de Daniel que rellenara ninguno de sus huecos.