No abras la puerta CAPÍTULO 35
59%

CAPÍTULO 35

El teléfono no debería estar allí. Estaba encendido en el suelo, junto a la bandeja de comida.

Era un aparato barato, sin funda. Desde que estaba encerrada en esa habitación no había tenido acceso a nada que pudiera conectarla con el exterior, y que apareciera uno de repente solo podía tener una finalidad.

—Cógelo —dijo la voz desde el pasillo.

Laura permaneció junto a la cama.

—Lo que tengas que enseñarme lo puedes hacer desde ahí.

—Cógelo.

No había impaciencia en la orden; no hacía falta. Durante los días de encierro había aprendido que la calma no significaba margen para negociar.

Se acercó y recogió el teléfono. La fotografía ocupaba toda la pantalla.

Nora salía del instituto con la mochila colgada de un hombro y los auriculares en una mano. Parecía buscar algo dentro de la mochila mientras avanzaba hacia la acera. Detrás se distinguían la verja del centro, varios alumnos y la marquesina de una parada de autobús.

Laura amplió la imagen con los dedos.

—¿Cuándo la has hecho?

—Esta tarde.

El encuadre estaba tomado desde el otro lado de la calle, quizá desde un vehículo estacionado. Dos chicos hablaban junto a la verja y una mujer esperaba con un niño pequeño. Nadie parecía haber advertido que Nora estaba siendo observada desde aquella distancia.

—No vuelvas a acercarte a ella.

—No he tenido que acercarme.

La respuesta le revolvió el estómago.

—Sabes lo que quiero decir.

—Y tú sabes lo que significa la foto.

Laura dejó el teléfono sobre la bandeja antes de que el temblor de las manos resultara evidente.

—Si la tocas, se acaba cualquier posibilidad de que coopere.

—No quiero tener que hacerle daño a Nora.

—Entonces déjala fuera.

—Eso depende de ti.

La rabia le permitió ordenar la respuesta antes de que el miedo ocupara todo lo demás.

Hasta ese momento había conseguido mantener a Nora al margen de aquellas conversaciones.

Cada vez que aparecía su nombre, Laura repetía lo mismo: su hija no sabía nada de la investigación, no conocía los archivos y no había recibido ninguna instrucción.

Necesitaba que siguiera pareciendo una adolescente ajena a todo, alguien sin información que pudiera servir para presionarla.

La fotografía acababa de demostrar que ya no bastaba con mentir.

—¿Qué quieres?

—Lo que falta.

—Ya te he contado lo que encontré.

—Me has contado lo que te convenía.

Laura cogió otra vez el teléfono. Reconocía la sudadera gris de Nora y la manera de llevar la mochila demasiado baja porque nunca se molestaba en ajustar las correas.

Podría haber sido una de tantas fotografías cotidianas guardadas en su propio móvil, de no ser por la distancia desde la que estaba tomada.

—No existe una carpeta con todo —empezó a explicar Laura—. Trabajaba con copias, notas y documentos de sitios distintos. Algunas cosas estaban en el trastero y otras en cuentas digitales. Nunca reuní la investigación en un único expediente.

—Pero preparaste algo antes de desaparecer.

Laura mantuvo silencio.

—Algo que no estaba en el trastero —insistió la voz.

—Si supieras dónde está, ya lo tendrías.

No hubo respuesta.

Laura conocía bien aquellos silencios. Al principio, cada uno la obligaba a repasar mentalmente lo que acababa de decir, convencida de que quizá había revelado algo sin darse cuenta.

Con los días entendió su utilidad: si intentaba llenarlos, terminaba corrigiendo respuestas que no necesitaban corrección y ofreciendo información que nadie le había pedido. Esta vez esperó.

—Daniel se está volviendo loco buscándote. Va casi cada día a la comisaría.

Los dedos de Laura se cerraron alrededor del teléfono.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No tiene que hacerlo.

Aquello sí era nuevo. Daniel no se había limitado a denunciar su desaparición y esperar noticias; seguía moviéndose, aunque Laura ignoraba cuánto había descubierto y hasta dónde había conseguido avanzar.

—¿Qué quieres saber de él?

—Qué ha encontrado.

—Pregúntaselo.

—Llegará el momento en que lo haré.

Laura dejó el teléfono.

—Deja a mi familia en paz. A Daniel también lo dejas fuera de esto.

—Daniel ya está demasiado dentro como para sacarlo ahora.

—Porque tú lo has metido.

—Tú empezaste a investigar.

—Y eso no te da derecho a secuestrarme ni a amenazar a mi hija —exclamó mientras se acercaba hasta quedar a poca distancia de la puerta—. Me tienes aquí porque buscas algo que crees que encontré. Si supieras dónde está, esta conversación habría terminado hace días. Me necesitas a mí, no a ellos.

Desde la habitación apenas se veía una franja de pared y parte del suelo del pasillo.

—Quiero recuperarlo antes de que llegue a la policía.

—No hay nada en casa que pueda darte.

—Eso lo decidiré yo.

Laura entendió entonces adónde conducía la conversación.

—Daniel no te dejará entrar.

—A mí quizá no. Pero a ti sí.

El miedo dejó de ser una amenaza difusa.

—No.

—Laura, me parece que ha llegado el momento de volver a casa.

Durante aquellos días Laura había imaginado muchas formas de utilizarla: obligarla a entregar documentos, forzarla a revelar una contraseña, convertirla en el cebo para sacar a Daniel de casa.

Pero el plan no consistía en eso. El plan era devolverla a su hogar.

A su propia puerta. Convertirla en un caballo de Troya.

—No voy a ayudarte a entrar.

—No necesito que me ayudes a entrar. Me basta con que Daniel abra la puerta.

—No lo hará.

—Lleva días buscándote.

—Y sabe que algo va mal.

—Cuando te vea delante de casa tendrá que decidir qué pesa más.

Laura pensó en la carta. Había escrito aquella advertencia antes de desaparecer, cuando todavía podía tratarla como una precaución extrema.

La investigación podía volverse contra ella y existía la posibilidad de que alguien intentara utilizarla para llegar hasta Daniel o Nora.

Por eso había dejado una instrucción que no admitía matices.

No necesitó recordar el resto de la carta.

No abras la puerta. Pase lo que pase.

—¿Qué quieres que haga cuando llegue?

—Lo sabrás cuando sea necesario.

—Si pretendes que coopere, necesito saberlo.

—Necesitas hacer exactamente lo que te diga.

Laura volvió a la fotografía. Nora estaba detenida a mitad de un paso, distraída con la mochila, sin saber que alguien había estado lo bastante cerca para seguir sus movimientos.

—Si hago lo que quieres, no vuelves a utilizarla.

—Si haces lo que te diga, Nora seguirá con su vida.

—¿Es una garantía?

—Es lo único que tienes.

Insistir no iba a mejorar aquella respuesta. Laura necesitaba conocer el plan lo suficiente para encontrar una grieta, un momento en el que pudiera romperlo sin trasladar el riesgo a Nora.

—Puedes llevarme hasta mi casa, pero no puedes decidir lo que hará Daniel cuando me vea.

—De eso te encargarás tú.

Era lo que más temía.

Daniel llevaba días buscándola. Habría imaginado su regreso cientos de veces y, cuando por fin la tuviera delante, cualquier advertencia escrita competiría con el impulso de abrir aquella puerta y traerla de vuelta.

—Prepárate —dijo la voz desde el pasillo.

—¿Cuándo?

—Esta noche.

Laura dejó el teléfono en la bandeja.

—¿Vas a llevarme tú?

La puerta comenzó a cerrarse.

—Vas a volver a casa, Laura.

Laura no intentó detenerla. Esperó hasta oír el cierre y recogió de nuevo el teléfono. Nora seguía en la pantalla, ajena a todo. Esa noche, cuando Daniel la viera al otro lado de la puerta, Laura solo podía confiar en que recordara la advertencia y tuviera el valor de obedecerla.