No abras la puerta CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

El cajón no cerraba del todo. Nora lo empujó con la rodilla mientras dejaba la mochila sobre la silla, pero algo chocó en el interior y volvió a abrirse unos centímetros. Tiró de él y apartó una de las carpetas que parecían estar bloqueando el mecanismo.

Era el último cajón del escritorio, donde guardaba carpetas viejas, libretas que ya no utilizaba y, desde hacía unos días, el libro de Laura.

Aquella mañana lo había dejado de canto entre dos archivadores, con la memoria USB escondida dentro de un estuche de tela al fondo.

Al retirar la carpeta, vio el libro debajo.

Nora se quedó observándolo porque no estaba donde recordaba haberlo dejado.

Lo cogió y comprobó las páginas: las anotaciones seguían allí, no faltaba ninguna hoja y la cubierta no tenía ninguna marca nueva.

Sin embargo, estaba colocado boca arriba, visible desde el momento en que alguien abría el cajón.

Nora lo guardaba de canto para evitar eso.

Buscó el estuche y comprobó que seguía al fondo, con la memoria USB todavía dentro.

Dejó el libro sobre el escritorio y revisó la habitación con más atención. La cama estaba hecha, el portátil permanecía donde lo había dejado y las puertas del armario seguían cerradas. No había ropa fuera de sitio ni otros cajones abiertos. A simple vista, todo parecía exactamente igual.

Podía haberse confundido. La noche anterior había pasado horas entrando y saliendo del archivo de Laura, tomando notas, probando contraseñas y copiando páginas. Era posible que al terminar hubiera guardado el libro de cualquier manera.

Intentó reconstruir el momento antes de acostarse. Recordaba haber cerrado el PDF, desconectado la memoria USB y metido el estuche en el cajón. También creía recordar el libro encajado entre las dos carpetas, aunque ya no podía asegurar cada movimiento con la misma claridad.

Cogió el teléfono y abrió la conversación con Daniel.

¿Has entrado hoy en mi habitación?

La respuesta llegó un par de minutos después.

No. ¿Por?

Nora escribió Nada , pero borró el mensaje antes de enviarlo.

Desde la cocina llegaba el sonido de la lavadora. Daniel no estaba en casa; le había escrito hacía un rato para decirle que se retrasaría y que cenarían juntos cuando regresara. Guardó el teléfono y volvió al escritorio.

Si Daniel no había entrado, quedaban pocas opciones. No habían tenido visitas, la puerta de casa estaba cerrada cuando ella llegó y solo tenían llave los de casa. Daniel, Laura, Teresa y ella misma.

Nora miró hacia la cama y reparó entonces en la sudadera doblada junto a la almohada. Era la que se había dejado dos días antes en casa de su abuela.

Cogió de nuevo el móvil y abrió la conversación con ella. Había un mensaje de aquella mañana que Nora no había contestado.

Te he dejado la sudadera en tu cama. Estabais los dos fuera.

Teresa había estado allí.

Nora volvió a observar el cajón.

La explicación podía ser muy sencilla. Su abuela sabía que existía el libro porque Nora se lo había enseñado unos días antes. Sabía también que creía que Laura había escondido un mensaje entre aquellas anotaciones y que llevaba tiempo intentando descifrarlo.

Podía haber sentido curiosidad o haber querido comprobar qué estaba haciendo su nieta después de pedirle expresamente que no siguiera ninguna pista sola. Aquello encajaba bastante bien con Teresa. Aun así, preocuparse por ella no era lo mismo que abrir sus cajones.

Nora escribió:

Gracias por traerme la sudadera.

La respuesta llegó inmediatamente.

De nada, cariño. ¿Has merendado?

Nora sonrió.

Sí.

Milagro.

Guardó el teléfono.

Nada en aquella conversación resultaba extraño.

Teresa seguía siendo Teresa: la mujer que preguntaba si había comido aunque acabara de verla comer, la que insistía en recogerla del instituto porque alguien conocía sus horarios y la que había intentado ayudarla a entender el libro sin darle más importancia de la necesaria.

Volvió a abrir el cajón y pensó que, si su abuela había tocado algo, probablemente lo habría hecho por preocupación.

Quizá quiso comprobar que el libro seguía allí o ver si Nora continuaba metiéndose en una investigación de la que todos intentaban mantenerla apartada.

No le gustaba, pero tampoco conseguía convertirlo en algo más grave que eso.

Sacó la memoria USB y se la guardó en el bolsillo. Después llevó el libro hasta el armario, apartó una caja de zapatos y lo escondió debajo de unos álbumes viejos. La memoria terminó en un bolsillo interior de la mochila que casi nunca utilizaba.

No lo hacía porque pensara que Teresa fuera a regresar para buscarla, sino porque prefería que nadie volviera a tocar lo que Laura había dejado para ella.

Al cerrar el armario vio una esquina de papel sobresaliendo detrás de la papelera y la recogió.

Era una de las hojas del cuaderno. Reconoció enseguida los primeros cálculos que había hecho con las anotaciones del libro: números tachados, palabras equivocadas y combinaciones que no conducían a ninguna parte.

No contenía nada importante y probablemente se había caído mientras trabajaba.

La dejó sobre el escritorio y entonces se fijó en el cuaderno. Tampoco estaba exactamente donde recordaba.

Lo abrió y pasó varias páginas hasta llegar a las notas del día anterior. Todo seguía allí: las contraseñas fallidas, los intentos con las páginas del libro y la secuencia que finalmente le había permitido localizar el archivo.

CARPETA LECTURAS / NUBE / NORA / COPIA.

Cerró el cuaderno.

Otra vez podía estar equivocándose. Después de tantas horas moviendo libros, papeles y carpetas, resultaba difícil recordar dónde había dejado cada cosa. Sin embargo, si Teresa había abierto el cajón, también podía haber echado un vistazo al escritorio. Eso sí le molestaba.

No pensaba que su abuela escondiera nada ni creía que tuviera relación con lo que le había ocurrido a Laura. Sencillamente, su habitación seguía siendo su habitación. Si Teresa había estado revisando sus cosas, en algún momento tendría que decírselo.

El teléfono vibró. Daniel.

Llego en veinte minutos. ¿Quieres que compre algo?

Nora respondió:

No.

Dejó el móvil sobre la cama y comprobó una última vez el escritorio. El libro ya no estaba allí y la memoria tampoco, así que al menos nadie podría volver a encontrarlos por casualidad.

Se sentó frente al ordenador y abrió de nuevo la copia de la investigación de Laura. El índice apareció en pantalla. Los seis primeros apartados tenían nombre y los tres últimos seguían cerrados. Nora volvió al primero de ellos. Por ahora, eso era lo importante.