CAPÍTULO 32
Daniel volvió a la carretera donde sufrió el accidente dos días después.
Había dejado a Nora en el instituto y conducido hasta allí sin avisar a nadie.
No esperaba encontrar una huella después de diecisiete años ni descubrir entre los matorrales una pieza que la policía hubiera pasado por alto.
Simplemente quería ver el lugar con sus propios ojos.
Aparcó en un camino de tierra a pocos metros de la curva y bajó del coche.
El tramo era más estrecho de lo que había imaginado a partir de las fotografías.
A un lado se extendía una zona de pinos; al otro, el terreno descendía antes de perderse entre vegetación baja.
Algún coche pasaba de vez en cuando y desaparecía casi inmediatamente al alcanzar la curva.
Daniel abrió en el teléfono el croquis del accidente y avanzó por el arcén hasta situarse aproximadamente donde su vehículo había abandonado la calzada. Miró hacia atrás. La carretera se cerraba sobre sí misma unos cientos de metros antes.
Recordó los faros apareciendo en el retrovisor. El motor detrás. Sus manos sobre el volante. No intentó recuperar nada más. Ya tenía suficiente.
Durante los últimos días había hecho todas las preguntas desde el mismo sitio. Qué había hecho él en aquella casa. Qué había visto Andrés. Qué había tenido que borrar su padre para protegerlo. La habitación había cambiado eso.
Marta ya estaba en el suelo cuando Daniel entró y había otra persona junto a ella.
Después, en algún momento que todavía no recordaba, Daniel acabó en aquella carretera con otro vehículo detrás.
Quedarse atrapado en la pregunta de si había hecho daño a Marta ya no tenía sentido.
Ahora necesitaba saber quién sabía que él había estado allí.
Sacó el teléfono y llamó a Salas.
—Dígame.
—Estoy en la carretera del accidente.
El silencio duró lo suficiente para que Daniel supiera lo que venía.
—Voy a fingir que me sorprende.
—No estoy tocando nada.
—Fantástico. El listón estaba peligrosamente alto.
Daniel sonrió.
—Solo quería verla.
—¿Y?
Miró otra vez hacia la curva.
—Creo que ya sé qué quiero averiguar —sentenció Daniel.
—Le escucho.
—Quién sabía que yo estaba en aquella casa. No solo quién me vio en la fiesta. Quién pudo saber que había entrado en esa habitación y que después me marché.
—Estamos trabajando en eso.
—Y quiero saber cuándo lo descubrió mi padre. No qué documentos pudo modificar. Qué sabía antes de hacerlo.
Salas guardó silencio unos segundos.
—Eso va a ser bastante más difícil.
—Lo imagino.
—Estamos reconstruyendo sus actuaciones de esos días y los accesos que podamos acreditar. Si Andrés relacionó su accidente con Marta, necesitamos saber cuándo.
Daniel observó pasar un coche. El sonido desapareció detrás de la curva.
—Voy a buscar sus cosas.
—¿Qué cosas?
—Mi padre guardaba agendas, papeles, recibos... Guardaba de todo.
—Si encuentra documentación relacionada con el caso, me llama antes de ponerse a montar su propia unidad de investigación.
—Lo intentaré.
Salas dejó escapar algo parecido a una risa.
—Avíseme si encuentra algo, Daniel.
La llamada terminó.
Daniel permaneció unos minutos más junto a la carretera, pero ya no buscaba recuerdos. Había ido allí esperando que el lugar le provocara algo y terminó marchándose con una decisión mucho más sencilla. Necesitaba reconstruir a Andrés.
No al policía que aparecía en las diligencias de Marta, sino al hombre que había recibido la llamada de que su hijo estaba ingresado y, pocas horas después, había terminado trabajando en la desaparición de una chica que Daniel conocía aunque afirmara no recordarla.
Volvió al coche y llamó a Teresa antes de arrancar.
—Hola, cariño.
—Mamá, ¿sigues teniendo las cosas de papá?
—¿Qué cosas?
—Sus agendas. Papeles del trabajo. Cajas que no tiraras cuando murió.
Teresa tardó unos segundos en contestar.
—Hay bastantes cosas en el trastero, sí.
—¿Agendas también?
—Pues no lo sé, Dani. Creo que sí. Tu padre no tiraba ni los calendarios del banco.
Daniel recordó los cajones de Andrés llenos de facturas, garantías de electrodomésticos que ya no existían y recibos que nadie habría necesitado conservar.
—Quiero mirarlas.
—¿Por el caso de Marta?
—Sí.
—¿Ha pasado algo?
Daniel apoyó la cabeza contra el reposacabezas.
—He recordado más cosas.
—¿Qué has recordado?
—Sé que no fui yo quien hizo daño a Marta.
La respuesta llegó enseguida.
—Dios, Daniel...
—Había alguien con ella cuando entré.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Se lo has contado a la policía?
—Sí.
Teresa respiró al otro lado.
—Entonces ¿qué quieres buscar entre las cosas de tu padre?
—Quiero saber qué descubrió él.
—Dani...
—No quiero demostrar que hizo nada malo, mamá. Quiero entender por qué me ocultó de aquella investigación.
Teresa no respondió.
—Si papá supo que alguien había ido detrás de mí esa noche —continuó Daniel—, quizá todo lo que hizo después tenía otro sentido.
—¿Cómo que alguien fue detrás de ti?
Daniel se dio cuenta de que todavía no se lo había explicado con detalle.
—Había otro coche. La policía ha revisado el accidente y parece que me golpeó antes de que me saliera de la carretera.
—Pero tu padre siempre dijo que habías perdido el control.
—Por eso necesito saber qué sabía.
La voz de Teresa bajó.
—¿Crees que tu padre lo sabía?
—No lo sé.
—Él jamás me habló de otro coche.
Daniel miró el parabrisas.
—A mí tampoco.
Teresa permaneció callada unos segundos.
—Ven esta tarde. Bajamos al trastero y buscas lo que necesites.
—Gracias.
—Y, Dani...
—¿Sí?
—No conviertas a tu padre en el enemigo solo porque ya no puede explicarse.
—No lo estoy haciendo —contestó Daniel con los ojos cerrados.
Teresa colgó.
A media tarde, Daniel llegó a su casa. Nora todavía no había salido del instituto y Teresa lo esperaba con la puerta del trastero abierta. El espacio olía a cartón, polvo y humedad. Había cajas con ropa, adornos de Navidad, herramientas y pequeños muebles que llevaban años sin utilizarse.
—Las cosas de tu padre están al fondo —explicó Teresa.
Daniel apartó dos cajas hasta encontrar una con ANDRÉS escrito en rotulador negro.
—¿Todo esto es suyo?
—Hay más.
—Claro que hay más.
—Te avisé de que no tiraba nada.
Teresa se agachó junto a otra caja y levantó la tapa.
—Mira.
Dentro había varias agendas antiguas, sobres, carpetas y un calendario de sobremesa.
Daniel cogió una de las agendas y comprobó el año. No era el que buscaba. La segunda tampoco. Encontró la correcta en la cuarta caja. Diecisiete años atrás. La sostuvo entre las manos. Teresa permanecía a su lado.
—¿Qué esperas encontrar?
Daniel abrió las primeras páginas. Andrés escribía poco: turnos, citas, nombres, alguna dirección y recordatorios domésticos mezclados con asuntos del trabajo.
—No lo sé. Espero encontrar alguna respuesta.
No buscaba una confesión ni una frase que resolviera la historia.
Quería saber qué había hecho su padre durante aquellos días.
A quién había visto, cuándo había estado en el hospital, cuándo había empezado a trabajar en la desaparición de Marta.
Quería reconstruir aquellos días y averiguar si Andrés había decidido apartarlo de aquel caso y, sobre todo, por qué.
Cerró la agenda y la guardó en la caja junto con otras dos del mismo año.
—Me las llevo.
—Son tuyas.
Daniel levantó la vista.
—¿Nora vendrá contigo esta tarde?
—Me ha dicho que vendrá cuando salga. Merendaremos y la acompañaré a casa.
—Mejor.
Teresa lo observó.
—Sigues teniendo miedo por ella.
—¿Tú no lo tienes?
—Lo cierto es que sí. Por ella y por ti.
—Hasta que tengamos más información, prefiero que no esté sola.
Teresa asintió.
Daniel cogió la caja y salió del trastero.
Había pasado varios días intentando recordar una noche que su cabeza había borrado. Andrés, en cambio, había vivido aquellos días despierto. Y quizá había dejado escrito algo que permitiera entender si realmente había intentado borrar a su hijo de aquella historia y de quién pretendía protegerlo.