CAPÍTULO 31
Daniel recogió a Nora a media tarde. Ella salió de casa de Teresa con la mochila colgada de un hombro y el teléfono en la mano. Antes de subir al coche miró a su padre durante unos segundos.
—Tienes mejor cara, papá.
—Gracias.
—No era un cumplido. Ya tocaba.
Daniel arrancó.
—Entonces retiro el agradecimiento.
Nora sonrió y se abrochó el cinturón.
Durante el trayecto habló de cualquier cosa menos de Laura. Daniel se lo agradeció en silencio. Después de horas repasando fotografías, informes y recuerdos incompletos, necesitaba escuchar una conversación que no incluyera a Marta, Andrés ni un coche destrozado.
Al llegar a casa, Nora se encerró en su habitación. Daniel preparó algo de cenar y dejó la televisión encendida mientras recogía la cocina, aunque apenas prestó atención a lo que emitían.
La conversación con Salas seguía dando vueltas en su cabeza.
Quizá Andrés no había borrado a un culpable.
Quizá había escondido a un testigo. Daniel había repetido esa posibilidad tantas veces desde que salió de comisaría que empezaba a temer estar sustituyendo una teoría por otra solo porque la segunda resultaba más fácil de soportar.
No quería hacer eso. Necesitaba recordar.
A las once pasó frente a la habitación de Nora. La puerta estaba entreabierta y la luz del escritorio proyectaba una franja amarillenta sobre el pasillo. Daniel se detuvo. Lo que había captado su atención era la puerta entreabierta. Una abertura estrecha con una habitación al otro lado.
El recuerdo llegó sin aviso.
Daniel tenía veintidós años.
Estaba en un pasillo.
La música sonaba lejos y alguien hablaba en otra parte de la casa. Había vasos en el suelo y una chaqueta tirada sobre una silla.
Delante de él, una puerta estaba abierta.
Daniel dejó de respirar.
La imagen se sostuvo.
No desapareció cuando intentó mirarla.
Entró.
La habitación tenía una lámpara encendida sobre una mesilla. La misma luz amarilla que había recordado días atrás.
Y Marta estaba en el suelo.
Daniel cerró los ojos en el pasillo de su casa.
La escena continuó.
Junto a Marta había otra persona, parcialmente de espaldas. Daniel no distinguía el rostro. Ni siquiera conseguía fijar con claridad la ropa. Cada vez que intentaba hacerlo, la imagen perdía definición.
Pero la posición sí estaba ahí.
Marta en el suelo.
La figura a su lado.
Daniel entrando por la puerta.
El corazón empezó a golpearle con fuerza.
—Papá.
Abrió los ojos.
Nora estaba al otro lado de la puerta de su habitación.
—¿Qué haces?
Daniel necesitó unos segundos para orientarse.
—Nada.
—Llevas ahí parado un rato.
—Me he quedado pensando.
Nora lo miró con desconfianza.
—Eso últimamente no suele ser buena señal.
Daniel intentó sonreír.
—Vete a dormir, cariño.
—Tú también.
Nora cerró la puerta.
Daniel permaneció en el pasillo.
La memoria seguía accesible.
Fue hasta el salón y se sentó. No encendió ninguna luz.
Cerró los ojos otra vez.
La puerta.
La habitación.
Marta.
La figura.
Daniel intentó avanzar un poco más.
Recordó un sonido. Algo seco, quizá un golpe contra un mueble o un movimiento brusco.
Después, la figura se volvió.
No lo suficiente para que pudiera reconocerla. El rostro continuaba fuera de su alcance.
Pero entonces llegó la voz.
—Daniel.
Era aquella voz.
La misma que había recordado en la cocina.
Ahora sabía de dónde venía.
No era Marta.
La persona que estaba junto a ella había pronunciado su nombre.
Daniel abrió los ojos.
El miedo regresó con tanta fuerza que tuvo que levantarse y caminar por el salón.
Ya no era una sensación sin contexto. Había entrado en aquella habitación y había encontrado a Marta en el suelo con otra persona a su lado. Esa persona lo había visto. Y él había tenido miedo.
Volvió a sentarse. Se obligó a separar lo que recordaba de lo que estaba deduciendo.
No sabía quién era aquella persona ni qué había ocurrido antes de que él entrara.
Tampoco sabía si había atacado a Marta o si la sangre procedía realmente de ella.
Pero había algo que ya podía afirmar. Cuando Daniel entró, Marta ya estaba en el suelo. Él acababa de llegar.
Cogió el teléfono. Abrió la conversación con Salas, pero no escribió. La llamó.
Respondió después de varios tonos.
—Dígame.
—He recordado algo más.
La voz de Salas cambió de inmediato.
—¿Está seguro de que es un recuerdo?
—Sí.
—Cuéntemelo despacio.
Daniel cerró los ojos.
—Entro en una habitación. Marta ya está en el suelo.
—¿Ya estaba allí cuando usted entra?
—Sí.
—¿La ve caer?
—No.
—¿La toca?
Daniel buscó la imagen.
—No lo recuerdo.
—Siga.
—Hay alguien con ella.
—¿Quién?
—No lo veo.
—¿Hombre o mujer?
—No lo sé.
—¿Qué hace?
Daniel apretó el teléfono contra la oreja.
—Está junto a Marta, inclinado hacia ella. No consigo distinguir nada más.
—¿Le habla?
—Sí.
—¿Qué le dice?
—Mi nombre.
Salas dejó pasar unos segundos.
—¿Recuerda algo después?
Daniel volvió a la habitación.
La figura girándose.
El miedo.
Después, de nuevo, un vacío.
—No.
—No lo fuerce.
—Salas.
—¿Sí?
—Yo no la puse en el suelo.
—Eso es lo que parece indicar este recuerdo.
—No, Salas. Lo sé.
—Daniel...
—Entré y Marta ya estaba allí. Había otra persona con ella.
—Lo entiendo.
—Entonces yo no fui.
Salas mantuvo el tono sereno.
—Este recuerdo cambia mucho las cosas, pero necesito que mañana lo repasemos con cuidado. Y necesito que esta noche no convierta lo que falta en otra historia completa. Ya hemos visto que tiene cierta afición.
Daniel cerró los ojos.
—Tenías que decirlo.
—Intente dormir. Mañana hablamos.
La llamada terminó.
Daniel dejó el teléfono sobre el sofá.
Durante los últimos días había temido recuperar el instante en que atacaba a Marta. Había imaginado que su memoria podía devolverle algo que no sabría cómo soportar. En cambio, había recordado una puerta. Había recordado entrar. Y había recordado a alguien junto a ella.
El vacío seguía allí, pero ya no empezaba con Marta cayendo a sus pies. Empezaba con Daniel encontrándola en el suelo. No sabía quién era la persona que estaba con ella. Pero sabía quién no era. Él.