CAPÍTULO 30
Salas no respondió enseguida. Recogió una de las copias que habían quedado desplazadas sobre la mesa y la colocó de nuevo junto al resto.
—Es una posibilidad seria.
Daniel levantó la vista.
—Hace cinco minutos me has dicho que el otro conductor actuó deliberadamente.
—Y lo mantengo.
—Me golpeó, siguió detrás de mí y acabé volcando.
—Cierto.
—Entonces no entiendo qué parte te cuesta.
—La parte en la que usted convierte una conducta deliberada en una intención concreta y da el asunto por resuelto.
—Casi me mata.
—Eso sí está bastante bien acreditado.
—Gracias por la concesión.
—No se acostumbre.
Daniel volvió a mirar las fotografías. El intercambio habría conseguido arrancarle una sonrisa cualquier otro día, pero esta vez no encontró fuerzas.
—Si alguien quería que me detuviera, había formas más sencillas de conseguirlo.
—Puede ser. También es posible que simplemente fuera una discusión de tráfico que se les fue de las manos.
—Si solo quería asustarme, también había formas más sencillas.
—Probablemente.
—Qué útil eres hoy, Salas.
—Estoy haciendo un esfuerzo enorme por contenerme.
Daniel soltó aire por la nariz y apartó las fotografías.
—Vale. No sabemos si quería matarme. Sabemos que me golpeó varias veces y que siguió detrás de mí hasta que acabé fuera de la carretera.
—Eso se acerca bastante más a lo que podemos demostrar.
—¿Y no te parece que cambia todo?
Salas se quedó en silencio asimilando la información.
Daniel se inclinó hacia delante.
—Marta está en el suelo. Hay sangre. Yo estoy allí.
Después conduzco como un loco y alguien viene detrás de mí.
Mi padre participa en la investigación y empiezan a desaparecer cosas.
Hasta ayer todo podía encajar en que yo hubiera hecho algo y él intentara protegerme.
Pero si yo era el culpable, ¿quién intentaba matarme?
Salas sostuvo su mirada.
—Esa es una pregunta bastante mejor.
Daniel se quedó callado. Hasta ese momento había construido la historia desde el lugar más sencillo. Él había hecho algo a Marta, había huido y Andrés había utilizado su posición para apartarlo de la investigación. Una explicación terrible, pero lineal. El segundo coche la rompía.
—Si yo hubiera atacado a Marta, alguien podría haber ido detrás de mí por eso —dijo él.
—Es otra posibilidad.
—Un amigo. Alguien de la fiesta.
—O alguien que hubiera visto lo ocurrido.
—Entonces podría haber querido detenerme.
—Sí.
—Pero no consta que nadie apareciera después. Nadie dijo que había perseguido al tipo que acababa de hacerle algo a Marta. Nadie llamó a la policía para explicar que mi coche había terminado fuera de la carretera.
—Ahí empieza a ponerse interesante —concluyó Salas tras asentir ligeramente.
Daniel la miró.
—¿Empieza?
—Hasta ahora usted llevaba varios días intentando declararse culpable de un delito que ni siquiera sabemos si existió en los términos en que lo está imaginando. Permítame celebrar que por fin haya descubierto las preguntas.
—¿Siempre eres así de agradable o tengo un trato especial?
—Con usted estoy siendo sorprendentemente paciente.
Daniel negó con la cabeza y regresó al croquis.
La trayectoria del coche terminaba fuera de la carretera. Antes de ese punto, el contacto con el otro vehículo había dejado restos y una marca en la carrocería.
—Mi padre sabía lo del accidente.
—Evidentemente.
—Y después entra en la investigación de Marta.
—Ya estaba destinado en la unidad que intervino esos primeros días.
—Pero pudo descubrir que las dos cosas estaban relacionadas.
—Pudo.
—Supongamos que averiguó que alguien había ido detrás de mí.
—No me encanta cuando empieza una frase por «supongamos».
—Haz un esfuerzo.
—Estoy haciendo demasiados esfuerzos.
Daniel ignoró el comentario.
—Si mi padre supo que otro coche había estado implicado y que yo venía de la fiesta, pudo entender que alguien había intentado eliminarme. Entonces las modificaciones del expediente quizá no eran para ocultar lo que yo había hecho.
Salas no apartó los ojos de él.
Daniel terminó la idea.
—Podían ser para ocultarme a mí.
La subinspectora se reclinó en la silla.
—Podía estar protegiéndolo. Eso encaja mejor con algunas cosas.
—¿Con cuáles?
—Con que desaparezcan referencias que puedan conectar su nombre con aquella noche. Con que una segunda entrevista vinculada a su padre no aparezca. Con que determinados horarios o diligencias se vuelvan más difíciles de reconstruir.
Daniel notó que aquella interpretación adquiría peso a medida que Salas hablaba.
—Me borró del caso.
—No sabemos eso.
—Pero puede ser. Si sabía que alguien había intentado matarme...
—Entonces proteger su presencia en la investigación podía tener sentido.
Daniel se levantó y recorrió despacio el espacio entre la mesa y la ventana.
—Pensaba que mi padre me había ocultado algo.
—Eso sigue siendo bastante probable.
—Pero quizá no era lo que yo había hecho.
Salas lo observó desde la mesa.
—Está empezando a entender por qué llevo días pidiéndole que no rellene huecos.
Daniel se volvió hacia ella.
—No disfrutes demasiado.
—Déjeme este pequeño momento.
Daniel regresó a la silla.
—Pero sigue habiendo algo que no encaja, Salas.
—Si solo hubiera una cosa que no encaja sería una noticia excelente.
—Si mi padre quería protegerme, ¿por qué no me contó nada cuando me recuperé?
—Buena pregunta.
—Podía haberme dicho que alguien me había perseguido.
—También podía pensar que hacerlo lo pondría en peligro otra vez.
—¿Diecisiete años?
—No sé qué sabía su padre.
—Mi madre tampoco me contó nunca que hubiera un segundo coche.
—Puede que ella no lo supiera.
—Pero mi padre sí. Seguro.
—Eso todavía no está demostrado.
—Era policía. Era mi padre. Tuvo acceso al atestado.
—Y usted está volviendo a hacer lo mismo.
—¿Qué? —preguntó Daniel con cansancio en la mirada.
—Convertir «pudo saberlo» en «lo sabía» porque le resulta útil para la teoría nueva.
—Me vas a acabar cayendo mal, Salas.
—Sería una pena romper ahora la relación tan bonita que estamos construyendo.
Esta vez Daniel sí sonrió brevemente.
Salas recogió el croquis.
—Vamos a revisar qué acceso tuvo Andrés Vega al expediente del accidente y cuándo. Si consultó las fotografías, si pidió información sobre el vehículo o si intervino de alguna manera después de que usted ingresara.
—¿Y la investigación de Marta?
—También. Quiero saber qué documentos empiezan a cambiar antes y después de que su padre pudiera relacionarlo con la fiesta.
—Si las fechas coinciden...
—Entonces tendremos algo mejor que una intuición.
Daniel asintió.
Durante los últimos días había llegado a temer a su propio pasado. La fotografía de la fiesta, Marta en el suelo y la sangre habían convertido el vacío de su memoria en un lugar del que esperaba lo peor. Aquello no desaparecía.
Seguía sin saber qué había ocurrido en la habitación. Seguía sin recordar por qué Marta estaba herida ni quién había pronunciado su nombre. Nada de lo descubierto esa mañana podía absolverlo. Pero ya no era la única explicación.
Hasta entonces había mirado las actuaciones de Andrés como las maniobras de un padre dispuesto a encubrir a su hijo.
Ahora esa lectura empezaba a resquebrajarse.
Podía haber manipulado documentos. Podía haber eliminado referencias.
Podía haber mentido a su hijo durante años.
Pero quizá no había hecho ninguna de aquellas cosas para proteger a un culpable.
Quizá había intentado esconder a un testigo.