No abras la puerta CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

En la primera fotografía, el coche estaba apoyado sobre el techo.

Daniel reconoció el modelo antes de reconocerse a sí mismo en aquella historia.

Hacía diecisiete años que no veía el vehículo y apenas conservaba imágenes claras de él, pero el color, las llantas y una pegatina pequeña en la parte inferior del parabrisas le devolvieron algo familiar. El resto resultaba difícil de mirar.

El techo se había hundido sobre el habitáculo. El parabrisas estaba destrozado y uno de los faros había desaparecido. En otra fotografía, tomada después de que la grúa hubiera colocado el coche sobre las ruedas, podía verse el lateral derecho completamente deformado.

—Tuvo mucha suerte —dijo Salas.

Daniel pasó a la siguiente imagen.

—Eso me lo han dicho toda la vida.

Habían quedado a primera hora en comisaría.

Después de la llamada de la noche anterior, Salas había pedido que recuperaran todo lo que aún existiera del accidente: el atestado de tráfico, el croquis de la salida de vía, las fotografías y cualquier documentación que pudiera haber quedado vinculada al vehículo.

Parte estaba digitalizada. Otra había aparecido en un archivo provincial.

Y había algo más. Salas colocó una fotografía delante de Daniel.

—Mire aquí.

Daniel acercó la imagen.

—¿Qué estoy mirando?

—La parte trasera izquierda.

El coche aparecía fotografiado desde atrás. Había daños por todas partes, pero Salas señaló una zona concreta sobre el paso de rueda.

—Eso, Daniel, no corresponde al vuelco.

Daniel volvió a mirar.

La chapa estaba hundida y atravesada por una marca horizontal que avanzaba desde la parte posterior hacia la puerta.

—¿Cómo lo saben?

—Porque hemos hecho revisar las fotografías y el informe original. Los daños del vuelco tienen otra dirección y afectan a otras zonas del vehículo. Esto ocurrió antes.

Daniel levantó la vista.

—¿Antes del accidente?

—Antes de que saliera de la carretera —explicó Salas mientras abría una carpeta y extraía otra copia—. En la inspección del vehículo ya se describía un roce con deformación en el lateral izquierdo. No se estableció su origen.

—¿Y nadie pensó que podía haber otro coche?

—El atestado terminó considerando que había perdido el control en una curva. No consta ningún segundo vehículo.

—Pero estaba.

Daniel volvió a observar la fotografía. Ahora que sabía dónde mirar, la marca resultaba evidente.

—¿Puede ser una valla? ¿Un árbol?

—No es compatible con un árbol. Tampoco con el guardarraíl de ese tramo.

—Entonces tuvo que ser otro coche.

—Sin que sirva de precedente, esta vez estoy bastante de acuerdo con usted, Daniel.

Daniel dejó la fotografía sobre la mesa. Durante unos segundos oyó únicamente el ruido distante de la comisaría detrás de la puerta.

Los faros.

El motor.

La carretera.

—Lo recordé detrás de mí.

—Lo sé.

—¿Qué clase de golpe fue?

Salas buscó otra página.

—No podemos reconstruirlo con la precisión que tendríamos si el coche existiera todavía, pero la deformación y el arrastre indican un contacto lateral. Probablemente en la parte trasera.

—¿Me golpearon por detrás?

—No exactamente. Más bien desde un lateral, con suficiente fuerza para desestabilizar el coche.

Daniel miró el croquis del accidente que Salas había dejado junto a las fotografías. Una línea representaba la carretera; otra, la trayectoria atribuida a su vehículo antes de abandonar la calzada.

—¿Eso pudo hacer que me saliera?

—Pudo contribuir.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Salas retiró el croquis y colocó otro documento delante de él.

—Pero hay más.

Daniel la miró.

—¿Qué?

—Las marcas de neumáticos.

El croquis original contenía varias mediciones escritas a mano. Daniel no entendía ninguna.

—Había una frenada parcial antes de la salida de vía y después una corrección brusca de trayectoria. Eso encaja con alguien que intenta recuperar el control.

—También encajaría con que yo fuera demasiado rápido.

—Sí.

—Entonces seguimos sin saber nada.

—No es cierto. Ahora ya sabemos que otro coche tocó el suyo antes del accidente.

Daniel apoyó la espalda en la silla.

—Y después desapareció.

—No consta que nadie llamara a emergencias diciendo que hubiera estado implicado en el accidente.

—Podía no haberse dado cuenta.

Salas sostuvo su mirada.

—Con ese daño, es difícil. Daniel, una cosa es no sacar conclusiones precipitadas; otra es ser un ingenuo.

Daniel regresó a las fotografías.

El miedo de la noche anterior adquiría ahora una forma distinta. Ya no dependía únicamente de una memoria fragmentada ni de una sensación que podía haber reconstruido con los años. Había una marca en la carrocería. Otro coche había estado allí.

—¿Encontraron pintura?

—Sí.

Daniel levantó la cabeza de inmediato.

—¿De qué color?

—Oscura.

—¿Gris?

—No podemos asegurarlo.

Esa negación lo obligó a frenar la asociación antes de que terminara de formarse.

—¿Se conservó alguna muestra?

—No.

—¿Por qué?

—Porque nadie trató aquello como un accidente con fuga. La descripción aparece en la inspección, pero no encontramos ninguna muestra almacenada.

Daniel soltó el aire despacio.

—Conveniente.

—Daniel.

—¿Qué?

—Ahora sí que está empezando otra vez por la conclusión.

—Hay un coche que me golpea, se marcha y nadie lo investiga. Mi padre trabajaba en el caso de Marta. Yo venía de una noche que no recuerdo y...

—No sabemos de dónde venía usted —lo interrumpió Salas—. Eso sigue siendo una deducción. Entre la fiesta y el accidente pudieron pasar mil cosas.

Daniel apretó los labios.

—De acuerdo.

Salas volvió a señalar el croquis.

—Hay algo que sí podemos decir.

—¿Qué?

—El segundo vehículo no apareció de repente en el momento del accidente.

—¿Cómo pueden saber eso? —preguntó Daniel frunciendo el ceño.

—Por su propio recuerdo, primero. Usted sitúa unos faros detrás durante un tramo de carretera. Pero también hay otro dato.

Buscó entre las copias y encontró una hoja.

—Un conductor pasó por esa vía poco antes de que llegaran los servicios de emergencia. Declaró que había visto restos en la calzada a unos cientos de metros del punto donde acabó su coche.

—¿Restos de qué?

—Plástico.

—¿De mi coche?

—En aquel momento asumieron que sí.

Daniel entendió antes de que Salas continuara.

—Pero no lo eran.

—No todos.

La subinspectora deslizó una fotografía pequeña hacia él. Sobre el asfalto aparecía un fragmento oscuro junto a una regla de medición.

—El informe del taller describía los elementos dañados de su vehículo. Este fragmento no correspondía a ninguno de ellos.

—¿Y tampoco lo investigaron?

—Quedó registrado como resto no identificado.

—¿A cuánta distancia estaba?

—Algo menos de cuatrocientos metros antes de la salida de vía.

Daniel miró la fotografía.

—Eso significa que ya me había golpeado antes.

—Hubo algún tipo de contacto antes del punto en que perdió el control.

—Y siguió detrás de mí.

Salas no respondió.

Daniel recordó la luz ocupando el espejo. El ruido del otro motor acercándose. Sus propias manos corrigiendo el volante.

—No fue un único golpe —asumió él.

—Eso parece.

—Me estaba echando de la carretera.

—No puedo afirmarlo en esos términos.

—¿Qué necesitas para afirmarlo?

—Saber qué hizo el otro conductor.

—Me golpeó al menos una vez y después acabé volcando.

—Sabemos que hubo contacto entre dos vehículos. Sabemos que ese contacto empezó antes de la salida de vía y sabemos que el otro vehículo no se quedó en el lugar. Eso es lo que puedo sostener.

Daniel se levantó y se acercó a la ventana.

Durante diecisiete años había creído que había sufrido un accidente. Una curva mal tomada, demasiada velocidad, una noche de la que no recordaba nada. Andrés se lo había contado así. Teresa también. Daniel había terminado aceptándolo porque no tenía otro relato.

Ahora había otro coche dentro de esa historia.

—Salas.

—¿Sí?

Daniel siguió mirando hacia la calle.

—Si alguien me golpeó varios cientos de metros antes y después siguió detrás de mí hasta que me salí de la carretera, no parece un accidente.

—No.

Daniel se volvió.

—Sé sincera, Salas. ¿Qué te parece?

Salas cerró la carpeta.

—Parece que el otro conductor estaba actuando de forma deliberada.

—¿Deliberada cómo?

—No puedo decirle cuál era su intención. Podía querer que se detuviera, obligarlo a apartarse, asustarlo...

—O hacer que me saliera de la carretera.

—También.

Daniel volvió a sentarse. Aquella posibilidad no necesitaba ningún recuerdo nuevo.

Si el contacto había empezado antes, si el otro coche había seguido detrás y si finalmente él había terminado fuera de la carretera, la versión que había escuchado durante diecisiete años ya no servía.

—Y lo podría haber conseguido.

Salas miró una de las fotografías del vehículo volcado.

—Lo sorprendente es que no lo hiciera, Daniel.

Daniel siguió su mirada. El techo estaba hundido sobre el habitáculo, los cristales habían saltado y la carrocería había quedado deformada hasta convertir el coche en algo casi irreconocible. Después habían venido dieciocho días de hospital y una amnesia que todavía seguía intentando reconstruir.

—Entonces alguien estuvo dispuesto a correr ese riesgo.

—Sí.

—¿Y si no era un riesgo?

Salas guardó silencio.

Daniel notó que la idea terminaba de asentarse.

Hasta entonces había pensado en aquella madrugada desde una sola dirección: Marta en el suelo, él huyendo, Andrés borrando rastros. Todo conducía hacia la posibilidad de que su padre hubiera protegido a un hijo que había hecho algo terrible.

Pero aquella carretera introducía una pieza distinta. Alguien había ido detrás de él. Alguien había golpeado su coche. Y Daniel casi había muerto.

Miró una vez más la fotografía del vehículo destrozado.

—Alguien intentó matarme.