No abras la puerta CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

El retrovisor se llenó de luz. Daniel apartó la vista de la carretera durante una fracción de segundo.

El coche de detrás se había acercado demasiado al frenar ante la rotonda y los faros le devolvían un resplandor blanco desde el espejo interior.

Apretó el volante. El semáforo cambió a verde y un claxon sonó a su espalda. Daniel arrancó.

Había salido de comisaría hacía menos de diez minutos.

Salas había querido que repitiera varias veces lo que recordaba, separando cada imagen de las conclusiones que había extraído después: una habitación, Marta en el suelo, sangre, una voz pronunciando su nombre y el miedo. No había podido ofrecerle nada más.

La subinspectora había anotado cada detalle y le había pedido que no intentara provocar nuevos recuerdos. Si aparecía algo, debía escribirlo en cuanto pudiera y avisarla. Si no aparecía, era mejor no perseguirlo. Daniel había asentido sabiendo que probablemente no conseguiría obedecer.

Tomó la salida de la rotonda y comprobó de nuevo el retrovisor. El otro coche había quedado atrás. Continuó hacia casa.

Nora estaba con Teresa. Cuando Daniel le había dicho que tenía que volver a comisaría, ella no había preguntado demasiado, pero había aceptado dormir en casa de su abuela con una facilidad que dejaba claro que entendía que ocurría algo. Daniel le había prometido recogerla a la mañana siguiente.

La avenida estaba casi vacía. A aquellas horas circulaban pocos coches y los semáforos parecían tardar más de lo habitual en cambiar.

Daniel redujo la velocidad al llegar a un paso de peatones.

Entonces volvió a ver luz en el retrovisor.

Un vehículo se acercaba por detrás. Primero percibió el reflejo sobre el asfalto.

Después aparecieron los dos faros en el espejo.

El cuerpo reaccionó antes de que pudiera entender por qué. Los dedos se cerraron alrededor del volante y la respiración se le hizo más corta. Siguió conduciendo.

El coche mantuvo la distancia.

Daniel intentó concentrarse en las líneas blancas de la calzada y en la siguiente intersección, pero una imagen empezó a abrirse paso en su cabeza.

Un volante entre sus manos.

Oscuridad.

El motor demasiado alto de revoluciones.

Parpadeó. Seguía en la avenida. El coche de atrás giró a la derecha y desapareció.

Daniel redujo la velocidad y buscó un espacio junto a la acera. Aparcó, apagó el motor y permaneció unos segundos mirando al frente. Después cerró los ojos.

La carretera volvió.

No era aquella avenida. Era más estrecha y no había edificios a los lados. Solo masas oscuras de vegetación que aparecían y desaparecían a ambos lados del parabrisas. Daniel conducía.

Sentía las manos aferradas al volante, la vibración del coche y una tensión brutal en los brazos. Iba demasiado rápido.

Abrió los ojos.

El silencio del coche aparcado le permitió escuchar su propia respiración. Miró el retrovisor y encontró la calle vacía.

Volvió a cerrar los ojos.

La imagen regresó inmediatamente.

Carretera.

Curva.

Oscuridad.

Y unos faros detrás.

Daniel tragó saliva.

No conseguía ver el coche. Solo la luz. Dos puntos blancos aparecían en el espejo y desaparecían cada vez que la carretera cambiaba de dirección.

Estaban cerca.

Demasiado.

El miedo volvió con la misma intensidad que en el recuerdo de Marta, pero esta vez estaba unido al movimiento, a la velocidad y a una urgencia que no conseguía explicar.

Daniel miró hacia atrás dentro del recuerdo.

Un destello blanco ocupó el espejo.

Volvió la vista al frente.

La curva se cerraba.

Sus manos corrigieron el volante demasiado deprisa y el coche se desplazó hacia un lado.

Daniel abrió los ojos y se inclinó sobre el volante del vehículo aparcado.

—Joder...

La imagen se deshizo, pero no desapareció por completo. Permanecía a fragmentos, todavía accesible si no intentaba forzarla.

Daniel respiró hondo.

Una carretera oscura. Los faros. Su pie hundiendo el acelerador. La aguja del velocímetro demasiado arriba, aunque no conseguía leer la cifra.

Iba rápido.

Muy rápido.

Y tenía miedo.

Huía.

Apoyó la frente contra una mano.

¿De qué?

La pregunta amenazaba con conducirlo otra vez hacia conclusiones que todavía no podía sostener.

Quizá acababa de salir de la casa después de ver a Marta en el suelo.

Quizá estaba huyendo de lo ocurrido. O quizá el miedo no tenía nada que ver con ella.

Había demasiados huecos entre una imagen y la siguiente.

Cogió el teléfono y abrió una nota.

Escribió:

Carretera de noche.

Yo conducía.

Iba rápido.

Faros detrás.

Mucho miedo.

Se detuvo antes de añadir una última línea.

No recuerdo el otro coche.

Leyó lo que había escrito y guardó el teléfono.

Salas había insistido en que anotara hechos, no interpretaciones. Por eso no escribió que alguien lo perseguía. No podía afirmarlo.

Daniel puso de nuevo el coche en marcha, aunque permaneció aparcado algunos minutos antes de incorporarse a la avenida. Cuando finalmente lo hizo, condujo despacio y se obligó a no mirar el retrovisor continuamente.

Llegó a casa cerca de la una. Dejó las llaves en la entrada y se quitó la chaqueta. El piso vacío le resultó extraño sin Nora. Estuvo a punto de llamarla, pero imaginó a Teresa durmiendo y a su hija protestando porque la despertaba solo para comprobar que estaba bien.

Le escribió:

He llegado. Buenas noches.

La respuesta apareció menos de un minuto después.

Estaba despierta.

Daniel sonrió.

Eso no me tranquiliza.

Problema tuyo.

Unos segundos después apareció otro mensaje.

¿Todo bien?

Daniel observó la pantalla antes de contestar.

Sí.

No añadió nada más.

Entró en la cocina, abrió un armario y sacó un vaso. Cuando fue a llenarlo, las luces de un coche atravesaron la ventana y recorrieron durante un segundo la pared.

Daniel se quedó quieto.

Los faros regresaron a su memoria.

Esta vez no necesitó cerrar los ojos.

Recordó el sonido del motor. El suyo primero, forzado por la velocidad. Después otro ruido detrás, más grave, que parecía crecer cada vez que las luces se acercaban.

Dejó el vaso sobre la encimera.

La carretera apareció de nuevo.

Una curva hacia la izquierda.

Sus manos corrigiendo el volante.

El espejo.

Luz.

La carretera otra vez.

Y al volver a mirar, los faros seguían allí.

La ansiedad le cortó el recuerdo antes de que pudiera recuperar nada más.

Daniel respiró despacio y cogió el teléfono. Abrió la nota anterior y añadió:

Creo que había otro motor, pero no estoy seguro.

Miró la frase varias veces.

Salas le había dicho que la llamara si recordaba algo nuevo. Era tarde, pero ya no tenía sentido esperar hasta la mañana. Antes necesitaba ordenar qué parte de aquello podía contar sin convertir una sensación en un hecho.

Se sentó en la cocina.

En el primer recuerdo, Marta estaba en el suelo. Ahora él conducía de noche, demasiado rápido, mientras unos faros permanecían detrás. Entre ambas escenas había un espacio que todavía no conseguía recuperar.

No sabía cuánto tiempo había pasado, de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Tampoco sabía quién conducía el otro vehículo ni si ese coche tenía alguna relación con el miedo que sentía. Lo único claro era que aquella noche no había conducido con normalidad.

Daniel abrió el contacto de Salas y llamó.

—¿Daniel? —respondió la subinspectora.

—He recordado otra cosa.

—Cuénteme.

Daniel miró hacia la ventana.

—Estoy conduciendo. Es de noche y voy muy rápido.

—¿Sabe dónde?

—No.

—¿Recuerda algo más?

Daniel cerró los ojos.

La carretera apareció otra vez: oscuridad a ambos lados, el volante entre sus manos y aquellos faros ocupando el retrovisor.

—Hay un coche detrás de mí, muy cerca. No consigo verlo, pero recuerdo sus luces.

—¿Recuerda que llegara a golpear su coche?

Daniel buscó en la imagen.

—No.

—¿Que intentara adelantarlo?

—No.

—¿Que lo obligara a cambiar de dirección o a salirse de la carretera?

—No. Solo recuerdo que estaba detrás.

—Entonces quédese con eso.

Daniel apoyó una mano sobre la mesa.

—Salas, creo que estaba huyendo.

—¿Lo recuerda o lo está deduciendo?

Daniel pensó en el pedal hundido, en las curvas y en el miedo que había vuelto junto a aquellas imágenes.

—No lo sé.

—Entonces todavía no lo convierta en un recuerdo.

Daniel asintió, aunque Salas no podía verlo.

—De acuerdo.

—Mañana revisaremos otra vez el accidente y veremos si hay algo objetivo que encaje con lo que ha recordado.

La llamada terminó.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa y permaneció sentado en la cocina. No podía afirmar que alguien lo hubiera perseguido aquella noche. Pero ahora sabía que había conducido demasiado deprisa, con miedo, mientras unos faros permanecían detrás de él. Y todavía no sabía por qué.