CAPÍTULO 27
Laura había dejado de intentar calcular la hora.
Al principio había contado las comidas, los periodos de sueño y las veces que la luz del pasillo desaparecía por debajo de la puerta.
Después comprendió que ninguna de aquellas cosas servía para medir el tiempo.
Podían darle de comer cuando quisieran, dejarla dormir diez horas o despertarla al cabo de dos.
Sin una ventana ni un reloj, el día y la noche acababan siendo una suposición.
La habitación tenía una cama, una mesa pequeña y una silla de plástico. Al fondo, una puerta sin cerradura comunicaba con un baño estrecho. La única salida estaba frente a la cama y solo podía abrirse desde fuera.
Laura había probado el pomo tantas veces que ya conocía incluso el pequeño movimiento que hacía antes de quedar bloqueado. Aquella vez no lo tocó. Estaba sentada en la cama cuando oyó pasos al otro lado. La cerradura giró. Laura se incorporó.
La puerta se abrió lo justo para que entrara una bandeja y volvió a cerrarse inmediatamente. Un plato cubierto, una botella de agua y dos rebanadas de pan.
—No tengo hambre.
Nadie respondió.
Laura miró la bandeja desde la cama.
—Puedes llevártelo.
La voz llegó desde el otro lado de la puerta.
—Come.
Laura sintió que se le tensaba la mandíbula.
—Quiero hablar con Daniel.
—Ya hemos hablado de eso.
—Tú has hablado. Yo sigo pidiéndolo.
—Come.
Laura se levantó, pero no se acercó a la bandeja.
—Si quieres dinero, Daniel puede conseguirlo.
Hubo un silencio breve.
—No quiero dinero.
—Entonces dime qué quieres.
La cerradura volvió a moverse. Esta vez la puerta se abrió unos centímetros más. Laura no intentó acercarse. Ya había aprendido que cualquier movimiento hacia la salida terminaba con la puerta cerrándose de nuevo.
—Quiero que contestes a mis preguntas.
—Llevo contestándolas desde que me trajiste aquí.
—No a todas.
Laura se cruzó de brazos.
—Pues pregunta.
La puerta permaneció entreabierta.
—¿Qué encontraste?
Laura sostuvo la mirada hacia aquella franja de pasillo que apenas podía ver.
—Ya te lo he dicho.
—Me has contado lo que estabas investigando. No lo que encontraste.
—Es lo mismo.
—No.
Laura respiró despacio.
Habían regresado varias veces a aquella pregunta.
Siempre con pequeñas variaciones: qué documentos había conseguido, de dónde procedían, quién se los había entregado, qué partes había copiado.
Ella había respondido lo suficiente para que la conversación no terminara demasiado pronto, pero nunca todo.
—Encontré irregularidades en la investigación de Marta.
—¿Cuáles?
—Declaraciones que no estaban en el expediente. Horarios que no coincidían. Informes modificados.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no entiendo por qué sigues preguntándolo.
—Porque tú seguiste investigando después de encontrar esas cosas.
Laura no respondió.
—¿Qué encontraste después? —inquirió la voz tras la puerta.
—Nada.
—Laura.
Escuchar su nombre hizo que volviera a pensar en Nora.
No sabía qué hora era ni qué estaría haciendo su hija en ese momento.
La imaginó en casa, seguramente discutiendo con Daniel porque no la dejaba salir sola.
Esperaba que fuera así. Esperaba que Daniel hubiera entendido al menos una parte de lo que había intentado advertirle.
—Nada que explique qué pasó con Marta —respondió ella.
—No te he preguntado si lo explica.
Laura se acercó a la bandeja, cogió la botella de agua y comprobó que el precinto seguía intacto.
—¿Qué quieres saber exactamente?
—Hasta dónde llegaste.
—Ya te lo he dicho.
—¿Daniel sabe lo mismo que tú?
Laura dejó la botella sobre la mesa.
—Daniel no sabía nada.
—Eso era antes.
La precisión de la respuesta la obligó a medir la siguiente.
—No sé lo que sabe ahora.
—¿Le dejaste algún mensaje?
Laura permaneció en silencio.
—¿Qué encontró? —insistió.
—No lo sé.
—¿El trastero?
Laura no cambió de expresión.
—¿Lo encontró o no? Responde, Laura.
—No sé qué ha hecho Daniel desde que desaparecí.
—Pero sabías lo que podía encontrar.
—Sabía lo que quería que hiciera si me ocurría algo.
La puerta se abrió un poco más, aunque Laura continuó sin distinguir nada útil al otro lado.
—¿Qué le dejaste?
—Lo necesario.
—Eso no es una respuesta.
—Pues es la única que vas a tener.
Durante unos segundos nadie habló. Laura notó el cansancio en las piernas y volvió a sentarse en el borde de la cama.
—Daniel no tiene nada que ver con esto —dijo—. Si quieres saber qué investigué, pregúntame a mí.
—Eso estoy haciendo.
—Entonces deja a mi familia fuera.
—¿Daniel sabe quién eras?
Laura levantó la mirada.
—Sí.
—¿Sabe lo de Marta?
—Sí.
—¿Sabe lo suficiente para seguir investigando?
Laura pensó en la carta. En la llave. En las cajas que había dejado guardadas. En todo lo que Daniel podía haber encontrado y en todo lo que quizá habría decidido ocultar.
—No lo sé.
—¿Y Nora?
Laura se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa con Nora?
—¿Qué sabe?
—Nada.
—Piénsalo bien.
—No necesito pensarlo. Tiene quince años. No sabe nada.
—Vivía contigo.
—Es mi hija, no mi compañera de investigación.
La dureza de su propia voz la sorprendió. Laura se puso de pie.
—No vuelvas a meterla en esta conversación —ordenó ella.
—Necesito saber si sabe algo.
—Ya te he contestado.
—¿Le hablaste de Marta?
—No.
—¿Le dejaste algo a ella?
Laura sintió la pregunta en el pecho, pero mantuvo la voz estable.
—No.
El silencio se alargó al otro lado de la puerta.
Laura miró la bandeja. El plato seguía cubierto y el pan empezaba a endurecerse por los bordes.
—Come —dijo finalmente la voz.
La puerta comenzó a cerrarse.
—Espera.
Se detuvo.
—Déjame hablar con Daniel. Un minuto. Ni siquiera tienes que dejarme decirle dónde estoy.
—No.
—Tiene que saber que estoy viva.
La puerta terminó de cerrarse y la cerradura giró. Laura permaneció frente a ella. Después oyó los pasos alejándose por el pasillo. Solo entonces volvió a la cama.
Había mentido sobre Daniel. Había mentido sobre lo que había encontrado y sobre hasta dónde había llegado. Pero la mentira que más necesitaba proteger era otra. Nora no sabía nada. Laura necesitaba que siguiera siendo verdad.