No abras la puerta CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Nora esperó a que Daniel saliera de casa para sacar el libro.

Habían desayunado juntos casi en silencio.

Su padre tenía mala cara y había intentado disimularla hablando demasiado de cosas que no importaban: que si aquella tarde pasaría por el supermercado, que si tenía que llamar al seguro, que si Nora necesitaba dinero para comer fuera el viernes.

Ella sabía que algo había ocurrido la noche anterior, pero Daniel se había limitado a decirle que había hablado con Javier y después con la policía.

A las ocho y veinte salió con la promesa de recogerla al terminar las clases.

Nora dejó pasar unos minutos antes de volver a su habitación. El libro seguía donde lo había escondido, entre dos carpetas del último cajón del escritorio. Lo abrió por las páginas que había marcado.

Empieza aquí.

Esto sí.

Por orden.

Las anotaciones de Laura continuaban sin tener sentido.

Había números rodeados, líneas en los márgenes y algunas palabras subrayadas que, leídas juntas, no formaban ninguna frase.

Nora había probado combinaciones durante dos noches y solo había conseguido llenar varias hojas de números, páginas y palabras inconexas.

Aun así, estaba cada vez más convencida de que aquello no era casual. Su madre no escribía por orden en el margen de una novela porque sí. Guardó el libro en la mochila y se marchó al instituto.

A la salida, Daniel le escribió para decirle que se retrasaría y que Teresa podía recogerla. Nora respondió que no hacía falta, pero veinte minutos después vio el coche de su abuela detenido junto a la acera. Subió sin protestar.

—Tu padre me ha dicho que te lleve a casa.

—Podía ir andando.

—Ya lo sé.

—Entonces no entiendo por qué todo el mundo ha decidido que de repente tengo ocho años.

Teresa arrancó.

—Porque tu madre ha desaparecido y la policía ha descubierto que alguien conocía tus horarios.

Nora se quedó mirando por la ventanilla.

—Vale.

—No te estoy regañando. Solo te estoy diciendo que durante unos días podemos hacer las cosas de otra manera.

Nora no respondió. Sabía que Teresa tenía razón, y precisamente por eso le molestaba.

Cuando llegaron, su abuela dejó el bolso en una silla y fue directa a la cocina.

—Voy a hacer café. ¿Quieres algo?

—No.

—¿Has comido?

Nora la miró.

—¿Os enseñan esa pregunta cuando sois madres o viene de serie?

Teresa sonrió.

—Viene de serie. Y con la edad empeora.

Nora dejó la mochila junto al sofá.

—Entonces todavía te queda margen.

—Muchísimo. Ya te avisaré cuando empiece a llevar galletas en el bolso.

Aquello consiguió arrancarle una sonrisa. Teresa puso la cafetera y Nora se sentó en la mesa de la cocina, pero en lugar de sacar el teléfono abrió la mochila. Dudó unos segundos antes de sacar el libro.

—Abuela.

—¿Qué?

—Quiero enseñarte una cosa.

Teresa se volvió.

Nora dejó el ejemplar sobre la mesa.

—Es de mamá. Me lo regaló unas semanas antes de desaparecer.

Teresa se acercó con la taza todavía vacía en la mano.

—¿Y qué pasa con él?

Nora abrió una de las páginas y señaló la letra de Laura.

—Esto.

Teresa dejó la taza sobre la encimera y cogió el libro. Leyó la anotación.

— Empieza aquí.

—Hay más.

Nora fue pasando las páginas. Le mostró las líneas verticales, los números rodeados y las palabras que había copiado en su cuaderno.

—Al principio pensé que simplemente escribía cosas mientras leía. Lo hacía a veces. Pero esto no tiene nada que ver con sus comentarios normales.

Teresa hojeó el libro con cuidado.

—¿Qué comentarios normales?

—Cosas tipo «qué pesado», «no tiene sentido», «esto me gusta». Lo que escribiría cualquiera. Pero luego están estas otras marcas —buscó otra página—. Mira.

Teresa leyó en voz baja.

— Esto sí.

—Y aquí pone por orden . Hay números en páginas diferentes y marcas que parecen señalar palabras. He intentado juntarlas, pero no sale nada.

Teresa volvió al principio del libro.

—¿Crees que tu madre te dejó un mensaje?

—Sí —respondió Nora sin dudarlo.

Teresa la miró.

—¿Desde cuándo lo piensas?

—Desde que encontré el libro.

—¿Y cuándo lo encontraste?

—Hace unos días.

—¿Tu padre lo sabe?

—No —respondió Nora negando también con la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que me lo quite y se lo dé directamente a la policía antes de saber qué significa.

Teresa dejó el libro sobre la mesa.

—Nora, si tu madre dejó algo relacionado con su desaparición, quizá lo mejor es que lo vea la policía.

—O quizá no.

—¿Por qué no?

—Porque mamá ocultó cosas incluso a papá.

Teresa no respondió.

—Tenía otro teléfono. Cambió de nombre. Llevaba años investigando a Marta sin contárselo a nadie. Dejó una llave escondida y montó todo lo del trastero. ¿De verdad crees que si escribió algo aquí fue porque quería que lo encontrara cualquiera?

—No lo sé.

—Yo tampoco. Por eso quiero entenderlo primero.

La cafetera terminó de subir y Teresa fue a apagar el fuego. Sirvió el café y regresó a la mesa.

—¿Tu madre te dio el libro sin decirte nada más?

—Me dijo que me gustaría.

—¿Nada raro?

—No.

—¿Te pidió que lo guardaras?

—No.

—¿Comentó alguna página concreta?

Nora intentó recordar.

—Creo que no. Hicimos una broma porque el libro anterior que me había recomendado era aburridísimo. Me dijo que este tenía más cosas, que pasaban cosas y moría gente.

Teresa sonrió ligeramente.

—Muy tranquilizador.

—Lo dijo de broma.

Nora volvió a abrir el libro.

—Pero me lo dio ella. No estaba simplemente en su habitación. Eso es lo que me hace pensar que puede ser para mí. Yo creo que mamá me dejó un mensaje.

Teresa tomó un sorbo de café y observó las páginas.

—¿Has probado a seguir las anotaciones en el orden en que aparecen?

—Sí.

—¿Los números pueden ser páginas?

—También lo he probado.

—¿Líneas?

—Sí.

—¿Palabras?

—También.

—Entonces se me están acabando las ideas.

—A mí se me acabaron ayer.

Teresa deslizó un dedo por el borde de una página sin tocar las anotaciones.

—¿Y si no tienes todas las piezas?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Nora levantando la vista hasta su abuela.

—Que a lo mejor el libro no basta. Quizá necesitas otra cosa que tu madre esperaba que reconocieras.

Nora miró de nuevo las marcas. No lo había pensado así.

—¿Algo de casa?

—Puede ser. O una costumbre vuestra, una frase, algún juego que hicierais. Tú la conoces mejor que nadie en ciertas cosas.

—Papá la conoce mejor.

—De una manera distinta.

Nora se quedó callada.

Teresa tenía razón. Daniel conocía dieciséis años de convivencia con Laura, pero había cosas que pertenecían solo a ellas dos: películas que veían juntas, bromas que Daniel nunca entendía, canciones, códigos absurdos para hablar de gente delante de él.

—¿Mamá hacía acertijos contigo? —preguntó Teresa.

—No exactamente.

—¿Juegos de pistas?

Nora negó con la cabeza y después rectificó.

—Bueno, cuando era pequeña.

—¿Cómo eran?

—Tonterías. Para encontrar regalos, sobre todo. Me dejaba una nota y tenía que buscar otra.

—¿Usaba libros?

—Alguna vez.

Teresa se encogió de hombros.

—Pues quizá no sea tan descabellado.

Nora volvió a observar las anotaciones. Por primera vez desde que había encontrado el libro, la frustración disminuyó un poco.

—Podría haber algo más —dijo Nora más animada.

—Podría.

—Y podría estar en casa.

—O podría no significar nada de eso —añadió Teresa—. No te obsesiones.

—Demasiado tarde —respondió con una sonrisa dibujada en su rostro.

—Eso también lo has heredado de tu madre.

Teresa cogió la taza y se levantó.

—Pero prométeme una cosa.

—Depende.

—No vayas sola a ningún sitio por seguir una pista que encuentres en ese libro.

—Abuela...

—Nora —la cortó Teresa. No había reproche en su voz.

Solo preocupación—. Hay alguien que conocía tus horarios.

Tu madre recibió mensajes sobre ti. No sabemos quién era ni qué quería.

Puedes investigar páginas, números y palabras todo lo que te dé la gana, pero si encuentras una dirección, un nombre o cualquier cosa que implique salir de casa, se lo cuentas a tu padre. O a mí.

Nora bajó la vista hacia el libro.

—Vale.

—¿Me lo prometes?

—Sí.

Teresa recogió su taza y volvió hacia la cocina.

—¿Dónde lo estabas guardando?

—En mi habitación.

—Pues guárdalo bien. Y hazle una foto a todas las páginas que tengan marcas, por si acaso.

—Ya las tengo.

—Entonces eres bastante más organizada que tu padre.

—Eso tampoco es difícil.

Teresa soltó una carcajada desde la cocina.

Nora cerró el libro y lo sostuvo unos segundos entre las manos. No sabía si su madre había querido dejarle un mensaje ni si las marcas conducían realmente a alguna parte. Pero ahora tenía una pregunta distinta. ¿Y si el libro no era el mensaje entero?