CAPÍTULO 25
Cuando Daniel llegó a casa de Teresa no le contó a Nora lo que había recordado.
La cena ya estaba en la mesa. Su madre había preparado tortilla de patatas y una ensalada que apenas probó.
Nora habló del instituto, de un examen que tenía la semana siguiente y de una profesora que llevaba tres días amenazando con cambiarles de sitio.
Daniel la escuchó lo suficiente para responder cuando tocaba y consiguió que ninguna de las dos volviera a preguntarle si estaba bien.
A las diez y media regresaron a casa. Nora se encerró en su habitación con la excusa de estudiar y Daniel se quedó en el salón.
Había pensado en llamar a Salas durante todo el trayecto, pero cada vez que intentaba decidir qué iba a contarle se encontraba con el mismo problema: no sabía qué parte de aquello era un recuerdo y qué parte podía haber construido su cabeza después.
Una habitación.
Marta en el suelo.
Sangre.
Una voz.
No necesitaba añadir nada más para que la posibilidad que había empezado a tomar forma aquella tarde adquiriera un significado distinto. Si Andrés había manipulado la investigación para protegerlo, quizá había tenido un motivo.
Daniel abrió el contacto de Salas y estuvo a punto de llamar. Antes de hacerlo, apareció otro nombre en la pantalla.
Javier Vidal.
Lo había guardado después de su encuentro en el café.
Daniel contempló el número durante unos segundos.
Javier era la última persona a la que debería recurrir y, al mismo tiempo, la única que podía convertir aquella sospecha en algo insoportable.
Si Daniel había hecho daño a Marta, el hombre cuyo teléfono tenía delante llevaba diecisiete años viviendo las consecuencias.
Pulsó el botón de llamada. Javier respondió al cuarto tono.
—¿Daniel?
—Sí. Perdona que te llame tan tarde.
—No pasa nada. ¿Ha ocurrido algo?
Daniel miró hacia el pasillo. La puerta de la habitación de Nora estaba cerrada.
—Necesito hablar contigo.
Hubo una breve pausa.
—Claro. Dime.
—No por teléfono.
—¿Ahora?
—Si puedes.
—Puedo.
Quedaron en el mismo café de la otra vez. Cerraba tarde y estaba lo bastante cerca para que Daniel pudiera llegar andando. Antes de salir llamó a la puerta de Nora.
—Voy a bajar un momento.
—¿Adónde?
—He quedado con alguien.
Nora apartó los ojos del ordenador.
—Son casi las once.
—No tardaré.
—¿Con la policía?
Daniel dudó.
—No.
Nora lo estudió desde la silla.
—¿Tiene que ver con mamá?
—Sí.
—Entonces quiero saberlo cuando vuelvas.
—Cuando vuelva hablamos.
El café estaba casi vacío cuando Daniel llegó. Javier ocupaba una mesa junto a la pared con una botella de agua con gas delante. Se había puesto una chaqueta encima de la camiseta y tenía el aspecto de alguien a quien habían hecho salir de casa sin darle tiempo a preguntarse demasiado por qué.
—Me has preocupado —dijo Javier cuando Daniel se sentó.
—Lo siento.
—No te lo digo como reproche. ¿Qué ha pasado?
Daniel no sabía por dónde empezar. Había ensayado el momento durante el camino, pero ahora que tenía delante al padre de Marta todas las formas de contarlo le parecían brutales.
—He recordado algo.
Javier dejó de tocar la etiqueta de la botella.
—¿De aquella noche?
—Sí.
—¿Qué?
Daniel bajó la vista hacia la mesa.
—A Marta.
Javier permaneció callado.
—Estaba en el suelo —continuó Daniel—. Creo que era una habitación de la casa. Había sangre.
Cuando levantó la mirada, Javier había perdido parte del color del rostro.
—¿Estás seguro?
—No.
—¿Cómo que no? —preguntó desconcertado.
—Tuve un accidente hace diecisiete años, Javier.
Desde entonces, tengo una amnesia que hace que esa noche la tenga casi borrada de mi mente.
No sé cómo se supone que tengo que estar seguro de algo así.
Ha aparecido de repente. Una habitación, Marta en el suelo, sangre...
También había alguien más, pero no consigo verlo.
—¿Alguien más?
—Una presencia. Una voz. No sé quién era.
Javier se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Qué decía?
—Mi nombre.
—¿Solo eso?
—Es lo único que recuerdo.
Javier apartó la vista. Durante unos segundos observó la calle a través del cristal y después volvió a mirarlo.
—Tienes que contárselo a la policía.
—Lo haré.
—Esta noche.
—Sí.
—No mañana, Daniel. Esta noche —insistió Javier.
—He dicho que lo haré.
Javier asintió. La reacción era la que Daniel habría esperado de cualquier padre. No había consuelo ni gratitud por haber recuperado un recuerdo. Solo la necesidad urgente de saber si aquel fragmento podía acercarlo a su hija.
Daniel apoyó las manos sobre la mesa.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Creo que mi padre pudo saberlo.
—¿Saber qué? —respondió Javier.
—Que yo estaba allí. Quizá supo lo que ocurrió después.
—Eso no lo sabes.
—Estuvo en la investigación. Hay documentos que faltan, diligencias con versiones diferentes, una entrevista que hizo él y que desapareció del expediente. Y yo tuve el accidente esa misma madrugada.
—Me lo contaste.
—Mi padre sabía que no recordaba nada. Si descubrió que yo había estado con Marta...
Daniel se detuvo. Javier esperó.
—¿Qué estás intentando decirme?
Era la pregunta que Daniel llevaba horas evitando formular.
—Que quizá fui yo.
Javier lo miró fijamente.
—¿Tú qué?
Daniel tuvo que obligarse a continuar.
—El que le hizo daño.
La expresión de Javier cambió. No fue ira, al menos no al principio. Pareció necesitar unos segundos para encajar lo que acababa de oír.
—No sé qué pasó en esa habitación —continuó Daniel—. Solo sé que Marta estaba en el suelo, que había sangre y que yo estaba allí. Después tengo un accidente, pierdo esas horas y mi padre aparece vinculado a documentos que faltan o fueron modificados. ¿Qué quieres que piense?
—Quiero que pienses en lo que sabes.
—Eso es lo que estoy haciendo.
—No. Estás rellenando lo que no sabes con la peor posibilidad.
Daniel se recostó en la silla.
—Es tu hija.
Javier mantuvo la mirada sobre él.
—Llevo diecisiete años preguntándome qué le hicieron a Marta. He imaginado cosas que no debería tener que imaginar ningún padre. Si tuviera una sola razón para pensar que fuiste tú, no estaría intentando tranquilizarte.
—No necesito que me tranquilices.
—Pues parece que sí.
—La vi en el suelo —explicó Daniel apretando la mandíbula—. Había sangre. Y yo estaba allí.
—Eso es lo que recuerdas.
—¿Te parece poco?
—Me parece mucho. Pero no significa que tú la pusieras en el suelo.
Daniel apartó la vista.
—Mi padre pudo encubrirme.
—O pudo hacer otras veinte cosas que todavía no entiendes.
—¿Como cuáles?
—No lo sé. No conocí a tu padre y no pienso inventarme una explicación para defenderlo. Pero tú tampoco deberías inventarte una para condenarte.
Daniel permaneció callado.
Javier bebió un poco de agua con gas. Cuando volvió a hablar, su voz había perdido dureza.
—¿Recuerdas haberla tocado?
—No.
—¿Recuerdas haber discutido con ella?
—No.
—¿Recuerdas haberle hecho daño?
—No.
—Entonces no digas que lo hiciste.
—Tampoco recuerdo no haberlo hecho.
—Eso no funciona así.
Daniel levantó la mirada.
—¿Y cómo funciona?
Javier apoyó la espalda en el respaldo de la silla.
—No lo sé. Ojalá lo supiera. Pero llevo demasiado tiempo sin saber qué pasó con mi hija y he tenido que aprender a vivir sin convertir cada posibilidad en una certeza. Si no, habría acabado acusando a medio mundo.
Daniel pensó en la primera conversación que habían mantenido allí. Javier ya le había dicho algo parecido: que tener unas horas borradas no significaba que hubiera hecho nada y que no debía condenarse antes de saber qué había ocurrido.
Entonces había resultado fácil escucharlo. Ahora tenía la imagen de Marta en el suelo.
—Hay otra cosa —dijo Daniel—. Sentí miedo.
—¿En el recuerdo?
—Sí. Mucho.
—Eso tampoco te convierte en culpable.
—Podía tener miedo por lo que acababa de hacer.
—O por lo que estabas viendo.
Daniel no respondió.
Javier se frotó la frente y dejó caer la mano sobre la mesa.
—Escúchame. Quiero saber qué pasó aquella noche más que cualquier persona que puedas conocer. Quiero saber quién estaba con Marta, por qué había sangre y qué viste tú. Y si al final resulta que hiciste algo, seré el primero que quiera saberlo.
Daniel sostuvo su mirada.
—Pero todavía no lo sabes —continuó Javier—. Lo único que tienes es un recuerdo incompleto después de un traumatismo grave. Cuéntaselo a Salas y deja que investiguen lo que pueda comprobarse.
—¿Y mi padre?
—También.
—¿Aunque eso signifique demostrar que manipuló el caso?
—Aunque signifique eso.
Javier se inclinó hacia delante.
—Los muertos no necesitan que los protejamos de la verdad, Daniel.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Desde la barra llegó el ruido de unas tazas al entrar en el lavavajillas.
Daniel cogió el teléfono.
—Voy a llamar a Salas.
—Bien.
Buscó su número y se levantó.
—Gracias por venir, Javier.
—No me des las gracias.
Daniel empezó a apartarse de la mesa, pero Javier volvió a hablar.
—Y una cosa más.
Se detuvo.
—Cuando hables con la policía, cuéntales exactamente lo que has recordado. No lo que crees que significa.
Daniel asintió.
Salió del café y llamó a Salas desde la acera. Mientras esperaba a que respondiera, miró a través del cristal. Javier seguía sentado en la misma mesa, con la botella entre las manos y la vista fija en algún punto frente a él.
—¿Daniel? —contestó Salas con tono de sorpresa.
—He recordado algo de aquella noche.
Al otro lado se hizo el silencio.
Daniel cerró los ojos. La habitación volvió primero. Después Marta, inmóvil en el suelo, y la mancha de sangre que no conseguía situar.
—Creo que estaba con ella —dijo—. Con Marta. Después de la fiesta.
Esta vez no añadió nada más.