CAPÍTULO 24
Daniel seguía sentado en la cocina cuando Nora le escribió de nuevo.
¿Vienes a cenar o no?
Miró la hora. Habían pasado casi cuarenta minutos desde el último mensaje y no se había dado cuenta.
Voy ahora.
Guardó el teléfono en el bolsillo, recogió el vaso que había dejado sobre la mesa y lo llevó al fregadero. Al abrir el grifo, el agua golpeó contra el cristal con demasiada fuerza y salpicó la encimera.
Daniel cerró el grifo y se quedó mirando las gotas que resbalaban por el borde del fregadero. De repente, algo había cambiado. No en la cocina. Dentro de él.
Una sensación breve, física, difícil de localizar. El estómago se le contrajo y tuvo que apoyar una mano en la encimera.
Cerró los ojos.
Una habitación.
Los abrió de inmediato. El corazón se le había acelerado.
Volvió a cerrarlos.
La imagen apareció otra vez, esta vez con una nitidez que no podía pertenecer a una imaginación construida sobre una fotografía.
Una habitación que no reconocía.
Luz amarilla.
Música amortiguada detrás de una pared o quizá en otra planta.
Daniel respiró hondo y trató de mantenerse quieto.
No quería forzarlo. Recordó a Teresa diciéndoselo en casa, días atrás, cuando descubrieron que había estado en la fiesta. Recordó también lo que sabía sobre la amnesia: que intentar completar un vacío podía fabricar imágenes que nunca habían ocurrido.
Pero aquello había llegado solo. No estaba intentando recordar. Simplemente, fluía.
La cocina desapareció otra vez.
Y la vio. Marta estaba en el suelo.
Daniel abrió los ojos y retrocedió hasta chocar con la mesa.
—Joder.
Se llevó una mano a la boca.
Había visto su cara.
No era la cara de la fotografía. No era la Marta que había estudiado durante días en imágenes tomadas hacía diecisiete años. Era otra cosa. Estaba demasiado cerca. Era demasiado real.
Cerró los ojos una vez más.
Marta.
El suelo.
Una pierna doblada.
El cabello extendido hacia un lado.
Y sangre.
Daniel apartó la mano de la boca y respiró por la nariz, despacio, intentando controlar el mareo.
No sabía dónde estaba la sangre.
La había visto. Estaba seguro de eso.
Intentó recuperar la imagen y solo consiguió fragmentos: una mancha oscura, la superficie del suelo, la manga de alguien.
¿De quién?
Daniel apretó los dedos contra el borde de la mesa.
Había alguien más. La certeza apareció antes que el recuerdo.
No veía su cara. Ni siquiera podía asegurar si era un hombre o una mujer. Solo una presencia junto a Marta y una voz que llegaba desde algún punto que su memoria no conseguía colocar.
—Daniel.
Abrió los ojos.
La voz seguía dentro de su cabeza, pero no sabía quién lo había llamado. Volvió a cerrar los ojos buscando únicamente el sonido.
—Daniel.
Esta vez lo acompañó otra imagen: una puerta abierta, un tramo de pasillo, su propia respiración demasiado rápida. Después nada.
Daniel permaneció junto a la mesa intentando recuperar algún detalle más, pero el recuerdo se había cerrado.
El teléfono vibró en su bolsillo y lo sobresaltó.
Lo sacó y vio el nombre de Nora en la pantalla, aunque no llegó a responder antes de que terminara la llamada. Unos segundos después, volvió a sonar.
Esta vez aceptó.
—¿Papá?
—Sí.
—¿Dónde estás?
—En casa.
—Ya. Eso lo sé. ¿Pero vienes?
Daniel miró alrededor. El fregadero, el vaso, la mesa. Todo continuaba exactamente donde estaba, aunque durante unos segundos aquella cocina le había parecido un lugar muy lejano.
—Sí. Ahora salgo.
—Te noto raro, papá. ¿Seguro que estás bien?
—Sí.
—No te creo.
Daniel se sentó.
—Estoy cansado, solo eso.
—Llevas diciendo eso todo el día.
—Nora, de verdad. Voy para allá.
—Vale.
Daniel iba a colgar cuando ella añadió:
—Conduce despacio.
La llamada terminó. Daniel mantuvo el teléfono en la mano y miró las llaves que había dejado en la entrada al llegar. No podía conducir todavía. Necesitaba unos minutos para entender qué acababa de ocurrir.
Abrió la galería y buscó la fotografía de la fiesta. Marta sonreía cerca de la cámara, ajena a todo lo que Daniel sabía que ocurriría después. Amplió su rostro y trató de compararlo con la imagen que acababa de aparecer en su memoria. La mujer que había recordado no sonreía.
Dejó el teléfono sobre la mesa, se agarró la nuca y bajó la cabeza hasta colocarla entre sus rodillas. Necesitaba separar lo que realmente había visto de todo lo que su cabeza podía añadir después.
Una habitación. Marta en el suelo. Sangre. Una voz pronunciando su nombre. Pánico.
Eso era todo.
No recordaba haber entrado en aquella habitación ni sabía cuánto tiempo llevaba allí. Tampoco sabía qué había ocurrido antes, por qué Marta estaba en el suelo o a quién pertenecía la presencia que había percibido junto a ella.
Se obligó a no completar el resto. Aun así, había una conclusión que no dependía de llenar ningún vacío: si aquello era un recuerdo real, había estado con Marta después de la fiesta o, al menos, había estado allí cuando ella ya estaba herida.
Daniel se levantó y caminó hasta el salón. En la entrada encontró las llaves donde las había dejado al llegar, pero no las cogió.
Volvió a ver la sangre.
Esta vez apenas fue un destello.
Después regresó la voz.
—Daniel.
Se giró instintivamente hacia el pasillo vacío.
El miedo que sintió no pertenecía al presente y reconocerlo hizo que el recuerdo adquiriera una consistencia distinta. Podía equivocarse en los detalles. Podía estar mezclando imágenes, lugares o momentos. Pero aquel miedo lo conocía. Lo había sentido antes.
No sabía quién estaba junto a Marta ni qué había ocurrido en aquella habitación. Pero sí recordaba una cosa. Había tenido miedo.