No abras la puerta CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Cuando Daniel llegó a casa de Teresa, Nora estaba sentada en el sofá con el portátil sobre las piernas y una libreta abierta a su lado. Levantó la vista en cuanto lo oyó entrar.

—¿Qué te han dicho?

Daniel dejó las llaves sobre el mueble de la entrada.

—Han encontrado más irregularidades.

Teresa apareció desde la cocina secándose las manos con un paño.

—¿Quieres café?

—No, gracias.

—¿Has comido algo?

Daniel negó con la cabeza.

—Luego, mamá.

Teresa lo observó unos segundos, pero no insistió. Había aprendido hacía tiempo que preguntar dos veces conseguía exactamente lo contrario de lo que pretendía.

Nora cerró el portátil.

—¿Qué irregularidades?

Daniel se sentó frente a ella. Dudó antes de responder. No quería contarle todos los detalles y, al mismo tiempo, empezaba a resultar absurdo intentar mantenerla fuera de una historia en la que Laura había recibido amenazas relacionadas directamente con ella.

—Hay documentos diferentes de la misma investigación. Declaraciones incompletas, horas que no coinciden, entrevistas que constan en los registros pero que no aparecen en el expediente. Y también está el tema del abuelo.

—¿Qué pasa con el abuelo?

Daniel miró a su madre.

—Su nombre aparece en varias de esas cosas.

—Andrés trabajó en ese caso —explicó Teresa desde la entrada de la cocina.

—Lo sé.

—Entonces es normal que aparezca.

—Normal sería que apareciera en documentos completos.

—¿A qué te refieres? —preguntó Teresa, sorprendida—. ¿Están diciendo que hizo algo?

—Salas no está diciendo nada. De hecho se pasa todo el rato recordándome que no saque conclusiones antes de tiempo.

—Pues hazle caso, Dani. Tu padre era un buen hombre.

Daniel dejó escapar un suspiro.

—Eso intento.

—¿Qué encontraron exactamente? —preguntó Nora.

—Una entrevista que hizo el abuelo y que no está. Dos versiones de una misma diligencia. Algunas diferencias en horarios.

—¿Y saben quién cambió esas cosas?

—No.

—Entonces no saben que fuera él —intervino de nuevo Teresa.

—No.

Teresa dobló el paño que llevaba en las manos.

—Tu padre podía ser muchas cosas, pero no era un chapucero.

Teresa lo miró. Daniel se levantó antes de que la conversación siguiera por ese camino.

—Me voy a casa, mamá.

—Pero si acabas de llegar.

—Necesito ducharme, cambiarme y estar un rato solo.

—¿Cómo solo? Yo voy contigo —dijo Nora.

—No.

—Papá...

—Quédate aquí un poco más, Nora, por favor. Luego vengo a buscarte.

—No hace falta, ya iré yo en un rato. Puedo ir perfectamente.

—Lo sé.

—Pues entonces...

—Nora, vendré yo a buscarte.

Ella entendió por el tono que no iba a discutirlo delante de Teresa. Se cruzó de brazos.

—Vale.

Daniel cogió las llaves.

—Te escribo cuando llegue.

Teresa lo acompañó hasta la puerta.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No tienes cara de estar bien.

—Solo estoy cansado —dijo Daniel mientras abría la puerta.

—Dani.

Él se volvió.

—Tu padre te quería más que a nada.

Daniel sostuvo la mirada de su madre.

—Ya lo sé, mamá.

Salió antes de que Teresa pudiera añadir nada.

El piso estaba en silencio cuando llegó. Durante unos minutos hizo exactamente lo que había dicho que iba a hacer: se duchó, se cambió de ropa y metió la camisa usada en el cesto. Después abrió la nevera sin hambre, bebió agua y terminó sentado en la cocina con el teléfono sobre la mesa.

No había ningún mensaje nuevo de Salas. Tampoco de Laura, aunque seguía comprobándolo cada vez que miraba el teléfono.

Abrió la conversación con ella y desplazó el dedo hacia arriba sin buscar nada concreto.

Fotos de Nora, una lista de la compra, un mensaje en el que Laura se quejaba de que había vuelto a dejar una taza en el despacho, otro en el que le pedía que comprara pan.

Aquella acumulación de cosas insignificantes se parecía mucho más a su matrimonio que cualquiera de las revelaciones de los últimos días.

Cerró el chat y abrió la fotografía de la fiesta. Amplió la imagen hasta que los rostros empezaron a perder definición. Marta aparecía más cerca de la cámara. Él estaba detrás, parcialmente oculto por otra persona, con aquella camiseta que Teresa había reconocido.

Daniel apoyó dos dedos sobre la pantalla y siguió ampliando, aunque sabía que no iba a encontrar nada que no hubiera visto ya. Había estado allí. Eso era lo único que la fotografía podía demostrar.

Abrió la aplicación de notas y escribió las pocas referencias temporales que conocía: la fiesta, la desaparición de Marta y, horas después, su accidente.

Intentó ordenarlas, pero ni siquiera sabía a qué hora había llegado a aquella casa ni cuándo se había marchado.

Entre el último recuerdo seguro de la tarde y el hospital había un espacio que nadie había conseguido llenar.

Durante años aquel vacío había sido una consecuencia del accidente. Ahora contenía una mujer desaparecida.

Daniel bloqueó el teléfono y se levantó. Dio una vuelta por el salón sin ningún destino antes de regresar a la cocina. Pensó en Andrés.

Su padre había participado en comprobaciones, entrevistas y diligencias durante los días posteriores.

Algunas de aquellas actuaciones tenían versiones diferentes y una entrevista asociada a su número profesional no aparecía.

Daniel había sufrido un accidente esa misma madrugada y no recordaba por qué.

Salas había sido cuidadosa. No había acusado a Andrés.

Cada vez que Daniel intentaba acercarse a esa conclusión, ella le recordaba que una firma no demostraba una manipulación y que diecisiete años de archivos incompletos permitían demasiados errores.

Pero la prudencia policial no podía impedirle pensar.

¿Qué podía obligar a Andrés Vega a manipular una investigación?

Daniel conocía a su padre. Había pasado media vida escuchándolo hablar de procedimientos, pruebas y compañeros que habían cometido errores por querer llegar demasiado deprisa a una conclusión.

Andrés desconfiaba de las certezas fáciles y odiaba que alguien alterara un informe para adaptarlo a lo que esperaba encontrar.

Si de verdad había intervenido en aquel expediente, Daniel no conseguía imaginar una razón profesional para hacerlo. La personal resultaba más sencilla.

Cogió de nuevo el teléfono y buscó una fotografía antigua de Andrés. Tardó poco en encontrarla. Nora se la había enviado años atrás después de escanear un álbum de Teresa. Andrés aparecía sentado en una terraza, con unas gafas de sol apoyadas sobre la cabeza y una mano levantada hacia la cámara.

Daniel recordó aquella tarde. Habían comido todos juntos y Nora tendría seis o siete años. Andrés había fingido indignarse porque su nieta se negaba a probar una aceituna. Sonrió al recordarlo y cerró la fotografía.

No quería convertir a su padre en alguien distinto solo porque ya no pudiera defenderse. Pero tampoco podía ignorar lo que tenía delante.

El teléfono vibró sobre la mesa. Era Nora.

¿Ya has llegado?

Daniel escribió:

Sí.

La respuesta de Nora no se hizo esperar:

¿Estás bien?

Daniel apoyó los pulgares sobre el teclado antes de contestar:

Sí. Solo cansado.

Nora envió un emoji que Daniel no supo interpretar y después escribió:

La abuela dice que cenemos aquí.

Vale. Voy luego.

Dejó el teléfono boca abajo.

Andrés había sabido que su hijo estaba hospitalizado. Lo que Daniel no podía determinar era cuánto había llegado a averiguar sobre las horas anteriores al accidente.

Intentó imaginar aquella madrugada desde el lugar de su padre: una llamada para avisarle de que su hijo había sufrido un accidente, la llegada al hospital, Daniel inconsciente o desorientado y los médicos explicando que el traumatismo podía haber afectado a su memoria.

Después, con el paso de las horas, Andrés había tenido que regresar a su trabajo y participar en la investigación de una joven que acababa de desaparecer después de una fiesta.

La posibilidad llevaba varios días rodeando a Daniel sin terminar de adoptar una forma concreta. Por primera vez empezaba a verla con claridad.

¿Y si Andrés había descubierto que su hijo había estado con Marta aquella noche?

Daniel se levantó y fue hasta la ventana. La calle estaba empezando a oscurecer. Un hombre cruzó con un perro y desapareció en la esquina mientras, al otro lado, una mujer bajaba la persiana de una tienda.

Intentó detener el pensamiento ahí, pero una pregunta conducía inevitablemente a la siguiente.

Si Andrés había sabido que Daniel estaba en la fiesta y después había encontrado algo peor, quizá las irregularidades no tenían que ver únicamente con la investigación de Marta. Podían tener que ver con él.

Daniel apoyó una mano en el cristal. No sabía qué había ocurrido entre Marta y él. No sabía cuándo había salido de la casa, con quién había hablado ni por qué había terminado en una carretera. Tampoco sabía qué había encontrado su padre durante los días siguientes.

Andrés, en cambio, había podido reconstruir parte de unas horas que para su hijo habían desaparecido. Y algunos de los documentos de aquella investigación ya no estaban completos.

Daniel regresó a la mesa. Sabía que estaba elaborando una hipótesis con documentos incompletos, una fotografía y varias horas que no recordaba.

Salas tenía razón en algo esencial: las coincidencias no eran pruebas.

Atribuir a Andrés la manipulación del expediente sin saber siquiera cuándo se habían generado las distintas copias era exactamente el tipo de conclusión precipitada que su padre habría despreciado.

Aun así, no conseguía desprenderse de la posibilidad. Si Andrés había intentado protegerlo, Daniel necesitaba saber de qué.