CAPÍTULO 22
La declaración ocupaba tres páginas en el expediente de Marta Vidal y solo dos en la copia que había conservado el juzgado.
Daniel comparó ambas versiones sobre la mesa del despacho de Salas.
Las primeras líneas coincidían: nombre de la testigo, dirección, hora de comparecencia y una descripción de la fiesta.
La diferencia aparecía al final de la segunda página.
En una versión, la mujer explicaba que había visto a Marta salir de la casa acompañada. En la otra, ese párrafo no existía.
—¿Quién era la testigo? —preguntó Daniel.
—Una vecina que vivía a unos doscientos metros de la casa donde se celebró la fiesta. Declaró dos días después de la desaparición.
—¿Y con quién vio salir a Marta?
—No pudo identificarlo. Dijo que había otra persona con ella, probablemente un hombre, pero estaba lejos y había poca luz.
Daniel volvió a las hojas.
—¿Por qué falta esto en la otra copia?
—Eso es lo que estamos intentando averiguar.
Salas había pedido que acudiera a comisaría después de comer.
Nora se había quedado en casa de Teresa y Daniel aceptó dejarla allí con la condición de que ninguna de las dos saliera sin avisarlo.
Desde que había conocido los mensajes dirigidos a Laura, cada desplazamiento de su hija requería una organización que dos días atrás habría considerado absurda.
—¿Cuál de las dos declaraciones es la original?
—Las dos llevan la misma fecha, el mismo número de diligencia y la firma de la testigo —respondió Salas señalando la parte inferior de las hojas—.
La versión de tres páginas apareció entre la documentación que Laura guardaba en el trastero.
La de dos es la que consta en la copia judicial del procedimiento.
—¿Entonces Laura había encontrado una declaración distinta de la oficial?
—Había encontrado varias cosas distintas.
Salas colocó una segunda carpeta delante de él.
Durante los últimos días, la policía había empezado a contrastar los documentos del trastero con el expediente digitalizado, las copias judiciales y los registros internos que todavía podían recuperarse.
El resultado no permitía reconstruir todo lo ocurrido diecisiete años atrás, pero las diferencias ya eran demasiadas para atribuirlas únicamente a errores administrativos.
Una declaración figuraba registrada a las 11:40 y aparecía incorporada al expediente a las 16:15.
Otra tenía dos horas distintas según la copia consultada.
Había referencias a entrevistas de las que no quedaba transcripción y diligencias citadas en documentos posteriores que no aparecían en el sumario digitalizado.
—¿Esto puede pasar normalmente? —preguntó Daniel.
—En una investigación antigua puede haber errores de archivo, documentos duplicados, numeraciones incorrectas... Sobre todo cuando parte del procedimiento empezó en papel y se digitalizó años después.
—Pero no todo esto.
—No todo esto. Son demasiadas cosas para que sea algo casual.
Daniel pasó varias hojas hasta encontrar una tabla elaborada por los investigadores. A la izquierda figuraba el documento; después, la fecha original, la fecha registrada y las diferencias localizadas. Algunas filas contenían únicamente una observación. Otras estaban marcadas con varias.
—Laura ya había detectado parte de esto.
—Sí. Había anotaciones suyas junto a algunos documentos. Nosotros estamos comprobándolo desde cero para no depender de sus conclusiones.
—¿Sabemos de dónde sacó las copias que tenía?
—De varias fuentes. Algunas parecen proceder de personas relacionadas con el caso. Otras son fotocopias de documentos policiales. Estamos intentando establecer cómo llegaron hasta ella.
Daniel recordó las cajas del trastero. Durante unos minutos las había contemplado sin comprender la dimensión de lo que Laura llevaba años reuniendo. Ahora cada papel parecía abrir una versión diferente de la misma noche.
—¿Y supongo que todo conduce a mi padre?
—Todavía no he dicho eso.
—Me ha hecho venir por algo.
Salas extrajo una hoja de la carpeta.
—Su padre formó parte del equipo que trabajó en el caso durante las primeras semanas. Ya lo sabíamos. Lo que no conocíamos era el alcance de algunas de sus intervenciones.
Le mostró una diligencia relacionada con las primeras horas de búsqueda. Andrés Vega aparecía mencionado junto a otros dos agentes. Daniel reconoció la firma de su padre al final de la página.
—Esta es suya.
—Sí. La hemos comparado con documentación profesional de la misma época.
El documento recogía varias comprobaciones realizadas durante la madrugada y la mañana posteriores a la desaparición: llamadas a hospitales, identificación de asistentes a la fiesta, vehículos localizados en las inmediaciones y primeras entrevistas.
Daniel bajó por la lista.
—Aquí no pone nada del Renault.
—En esta versión, no.
Salas colocó otra copia al lado. La estructura era idéntica, pero incluía una línea adicional.
Un Renault gris había sido incorporado a la relación de vehículos que debían comprobarse a partir de la declaración de un testigo.
Coincidía con la información que Laura había encontrado años después: color, modelo aproximado y parte de una matrícula.
—Esta es la diligencia que vimos el otro día —recordó Daniel.
—Una copia de ella. Ahora sabemos que existen al menos dos versiones.
—Y la firma de mi padre está en las dos.
—Sí.
Daniel examinó ambas. La firma ocupaba exactamente el mismo lugar.
—¿Eso significa que modificó el documento?
—No. Significa que su firma figura en las dos versiones.
—Una tiene información que la otra no.
—Correcto.
—¿Quién podía cambiar una diligencia después de firmada?
—Varias personas podían tener acceso al expediente. Además, necesitamos saber en qué momento se generó cada copia. No voy a atribuir una manipulación a su padre solo porque su nombre aparezca aquí.
Daniel dejó las hojas sobre la mesa.
—Pero Laura sí sospechaba de él.
—Laura investigaba qué había ocurrido con esa información. No sabemos hasta dónde llegaron sus sospechas.
Salas buscó otro documento. Era el registro de una entrevista realizada a uno de los jóvenes que había asistido a la fiesta.
Daniel no reconoció el nombre. El chico aseguraba haberse marchado alrededor de las dos y mencionaba una discusión cerca de la salida.
En el margen de la copia que Laura conservaba aparecía una referencia escrita a mano: ampliar declaración .
—¿Se amplió?
—En el registro consta una segunda entrevista dos días después.
—¿Y dónde está?
—No la hemos encontrado.
—¿Ni en el juzgado?
—Ni en el expediente digital ni entre la documentación judicial que hemos podido consultar hasta ahora.
—¿Quién hizo esa segunda entrevista?
Salas señaló la línea correspondiente. Daniel leyó el apellido.
Vega.
—Genial. Mi padre.
—Su número profesional figura asociado al registro.
—¿Pero no sabemos qué dijo el testigo?
—No.
Daniel se reclinó en la silla.
—Tenemos una declaración recortada, dos versiones de una diligencia firmada por mi padre y una entrevista que hizo él y que ha desaparecido.
—Tenemos eso y más documentación que todavía estamos revisando —precisó Salas—. Pero no convierta las coincidencias en una conclusión.
—¿Cuántas coincidencias hacen falta?
—Las que podamos demostrar.
Daniel apartó la mirada de la carpeta. Recordó a Andrés en el sofá de casa, protestando cada vez que una película convertía a un policía en un idiota para que el protagonista pudiera resolver el caso.
Recordó también la forma en que guardaba documentos, recibos y facturas durante años porque decía que confiar en la memoria era una estupidez.
Le costaba encajar a aquel hombre con un expediente lleno de huecos.
—¿Hay más documentos relacionados directamente con él?
—Sí.
Salas abrió una cronología. La policía había ordenado las irregularidades según el momento en que se produjeron.
Las primeras aparecían durante las horas posteriores a la desaparición y continuaban a lo largo de los días siguientes.
Algunas no tenían ningún agente asociado. En otras figuraban varios nombres.
Andrés Vega se repetía.
No en todas. Ni siquiera en la mayoría. Pero aparecía en la comprobación del Renault, en la segunda entrevista desaparecida y en dos diligencias cuyas horas habían sido corregidas posteriormente.
Daniel recorrió la cronología hasta detenerse en una fecha.
—Esto es del día siguiente.
—Sí.
—Yo ya estaba en el hospital.
Salas asintió.
Daniel buscó la hora. La diligencia se había registrado por la mañana, mientras él seguía ingresado después del accidente.
—Mi padre estaba conmigo.
—¿Está seguro?
—Mis padres fueron al hospital en cuanto los avisaron.
—Eso no significa que permaneciera allí todo el tiempo.
—Mi madre puede decirnos dónde estuvo.
—Se lo preguntaremos.
Daniel levantó la vista.
—¿A mi madre?
—Estamos reconstruyendo los movimientos de todos los agentes que intervinieron en las primeras horas. Su padre murió hace seis años. Hay cosas que tendremos que comprobar a través de otras personas.
Daniel volvió a la cronología. La desaparición de Marta. Su accidente. Andrés en el hospital. Andrés trabajando en el caso. Documentos modificados o perdidos durante los días siguientes.
—¿Mi padre sabía que yo había estado en la fiesta?
—No tenemos constancia de ello.
Daniel recordó la fotografía encontrada entre las cosas de Laura. Él aparecía al fondo, casi fuera del encuadre. Durante diecisiete años había ignorado que aquella imagen existía.
—Si llegó a saberlo, nunca me lo dijo.
—Usted tampoco recordaba haber estado allí.
Salas reunió las copias y las devolvió a la carpeta. Daniel la observó ordenar las declaraciones, la cronología y las diligencias hasta que la mesa volvió a quedar despejada.
—Le avisaré cuando sepamos algo más.
—De acuerdo.
Se levantó y recogió la chaqueta del respaldo de la silla.
Al salir de comisaría llamó a Nora. Contestó enseguida.
—¿Dónde estás, Nora?
—En casa de la abuela. Donde me has dejado.
—¿Todo bien?
—Sí, papá.
Daniel se detuvo junto al coche.
—Voy para allá.
Guardó el teléfono y abrió la puerta.
Durante el trayecto no volvió a pensar en los documentos. Pensó en su padre y en todas las cosas que ya no podría preguntarle.