No abras la puerta CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El correo tenía seis palabras. Daniel las leyó una vez y después acercó la silla a la mesa de Salas.

Nora hoy también ha vuelto sola.

—¿Cuándo recibió esto Laura? —preguntó él.

—Doce días antes de desaparecer.

La subinspectora había impreso el mensaje en una hoja corriente. No había firma, archivo adjunto ni ningún otro texto. El remitente era una dirección formada por letras y números aparentemente aleatorios que Daniel no reconocía.

—¿Quién lo envió?

—Todavía no lo sabemos. La cuenta ya no existe y estamos intentando reconstruir desde dónde se creó.

Había acudido a comisaría después de dejar a Nora en el instituto.

La noche anterior había dormido mal y apenas había hablado con ella durante el desayuno.

Nora parecía cansada, pero había insistido en ir a clase y Daniel no había encontrado motivos suficientes para impedírselo. Ahora deseaba haberlo hecho.

—Nora vuelve sola muchos días —explicó—. Depende de los horarios. A veces la recoge mi madre, otras veces voy yo y otras vuelve andando.

—¿Desde el instituto?

—Sí. Está cerca de casa.

—¿Laura solía recogerla?

—Cuando podía. Pero Nora tiene quince años. Hace tiempo que no necesita que vayamos siempre.

—El mensaje llegó a una dirección de correo que Laura utilizaba habitualmente. No parece una cuenta vinculada a la investigación de Marta —explicó Salas mientras abría otro documento en el ordenador.

—¿Lo borró?

—No. Lo archivó en una carpeta que hemos recuperado durante el análisis de sus cuentas.

—¿Y no respondió?

—No a ese mensaje.

—¿Hubo más? —preguntó Daniel levantando la vista.

Salas giró la pantalla hacia él. Había cuatro correos. El primero era de tres semanas antes de la desaparición.

Los martes sales demasiado tarde.

El segundo había llegado cinco días después.

La puerta lateral del instituto de Nora tiene menos gente.

—¿La puerta lateral? —preguntó Daniel con expresión de angustia en la cara.

—¿Existe?

—Sí. Da a una calle pequeña. Nora sale por ahí cuando quiere evitar la entrada principal porque hay mucha gente.

—¿Lo sabe cualquiera?

Daniel estuvo a punto de responder que sí, pero se detuvo. Cualquiera que conociera el instituto podía saber que había una puerta lateral. Otra cosa era saber que Nora la utilizaba.

—Sus amigos. Nosotros. Supongo que algunos padres.

—Este es el tercero —dijo Salas mientras abría otro correo.

Nora hoy también ha vuelto sola.

Era el que había visto al llegar.

—Y este es el último que llegó antes de que Laura desapareciera —señaló Salas mostrando el último mensaje.

No siempre podrás llegar antes que ella.

Daniel lo leyó dos veces.

—Esto es una amenaza —exclamó.

—Puede interpretarse así.

—¿Puede?

—Necesitamos distinguir lo que sabemos de lo que creemos. No hay una amenaza explícita ni una exigencia.

—Está hablando de mi hija.

—Sí.

La respuesta de Salas fue suficiente para que Daniel dejara de discutir.

—¿Laura contestó alguna vez?

—A ninguno de estos correos. Pero hay otra cosa.

—¿Qué?

—Laura se envió esto a sí misma por correo diez días antes de desaparecer —explicó Salas mientras abría una imagen escaneada—. No tenemos el teléfono desde el que recibió el mensaje.

Era una captura de pantalla de una conversación que Daniel no reconoció. En la parte superior solo aparecía un número de teléfono.

—¿Puede ser el segundo móvil? —preguntó pensando inmediatamente en el aparato negro que Nora había visto varias veces.

—Es posible. La captura no conserva suficientes datos para demostrarlo.

El mensaje era más largo que los correos.

No conviertas esto en algo que afecte a Nora. Ella sigue teniendo una vida normal. Déjala fuera.

Daniel notó que estaba apretando los dientes.

—Eso ya no es una advertencia.

—Sigue sin contener una amenaza directa, pero el contexto cambia cuando lo ponemos junto a los otros mensajes —respondió Salas.

—¿Cómo que cambia el contexto, Salas? ¡No me jodas! Le estaban diciendo a Laura que podían llegar hasta Nora.

Salas no lo contradijo.

Daniel volvió a leerlos desde el primero.

Los martes sales demasiado tarde.

La puerta lateral del instituto de Nora tiene menos gente.

Nora hoy también ha vuelto sola.

No siempre podrás llegar antes que ella.

La información no procedía de una ficha escolar ni de una dirección encontrada en internet. Alguien conocía rutinas que podían cambiar de una semana a otra.

—Los martes Laura trabajaba hasta tarde —dijo Daniel—. Yo solía intentar salir antes, pero no siempre podía.

—¿Y Nora?

—Tenía clase hasta las cinco.

—¿Después volvía directamente a casa?

—Normalmente sí. A veces se quedaba con alguna amiga —respondió Daniel tras pensarlo.

—¿Utilizaba la puerta lateral esos días?

—No lo sé.

—Necesitaremos que Nora nos detalle sus horarios de esas semanas —dijo Salas mientras tomaba nota.

—No quiero que venga aquí si no es necesario.

—Podemos hablar con ella en casa.

—Tampoco quiero asustarla.

—Señor Vega, si alguien conocía sus movimientos, necesitamos saber exactamente cuáles eran.

Daniel miró hacia la ventana del despacho. El cielo estaba cubierto y en el patio interior dos agentes fumaban junto a una puerta de servicio.

—Esta mañana la he dejado en el instituto y he venido directamente aquí.

—¿Tiene clase ahora?

—Sí.

—¿Sale sola?

—A las dos y media —respondió Daniel después de comprobar la hora en el teléfono.

—¿Quién irá a recogerla?

—Nadie. Iba a volver andando.

—Hoy no —dijo Salas cerrando el portátil.

—Voy a por ella —respondió Daniel mientras desbloqueaba el teléfono.

—No hace falta sacarla de clase. Podemos enviar una patrulla a la salida y que la acompañen sin llamar la atención.

—Prefiero estar yo.

—Entonces esté allí antes de que salga.

Daniel buscó el contacto de Nora y llamó. La chica respondió al tercer tono.

—¿Papá?

—Hola. ¿Estás en clase?

—En el cambio. ¿Qué pasa?

—Nada. Voy a recogerte a la salida —respondió Daniel mirando a Salas.

—¿Por qué?

—Porque estaré cerca.

—Pero si estás en comisaría.

—¿Cómo sabes dónde estoy? —preguntó Daniel, desconcertado.

—Porque me lo dijiste esta mañana.

Lo había olvidado.

—Sí. Termino antes de lo que pensaba.

—Puedo volver sola.

—Ya lo sé. Pero hoy voy yo.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Nora después de un breve silencio.

—Luego hablamos.

—Papá.

—Nora, estoy bien. Te veo a las dos y media.

Ella aceptó sin discutir y colgó.

—No voy a poder ocultárselo —dijo Daniel dejando el teléfono sobre la mesa.

—No debería. Pero tampoco necesitamos contarle más de lo que sabemos.

—¿Y qué sabemos exactamente?

—Que alguien quería que Laura supiera que conocía los movimientos de su hija —dijo Salas mientras volvía a abrir uno de los correos.

Daniel salió de comisaría con las copias de los mensajes todavía en la cabeza.

Durante el trayecto hacia el instituto intentó recordar las semanas anteriores a la desaparición.

Si Laura había cambiado alguna rutina, si había empezado a acompañar a Nora más veces, si se había ofrecido a recogerla cuando antes no lo hacía.

Recordó dos discusiones absurdas porque Laura había insistido en que Nora avisara al llegar a casa.

También una noche en la que preguntó a Daniel si la puerta del garaje cerraba bien.

En aquel momento ninguno de los dos había relacionado una cosa con la otra.

Aparcó frente al instituto diez minutos antes de la salida y permaneció dentro del coche. A esa hora empezaban a llegar algunos padres y las aceras se llenaban poco a poco. Daniel observó la entrada principal, después el retrovisor y finalmente la calle lateral que bordeaba el edificio.

A las dos y media comenzaron a salir los alumnos. Nora apareció entre dos amigas, hablando con ellas mientras ajustaba la mochila sobre un hombro. Se despidió cerca de la esquina y caminó hacia el coche. Daniel la siguió con la mirada hasta que abrió la puerta del copiloto.

—Vale. Ahora me cuentas qué pasa —dijo Nora mientras se sentaba.

Daniel esperó a que cerrara.

Por encima de su hombro, al otro lado de la calle, podía verse la puerta lateral del instituto.

—La policía ha encontrado unos mensajes que recibió mamá antes de desaparecer.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti —respondió Daniel mirando a su hija.