No abras la puerta CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Nora abrió el armario de su madre y empezó a sacar cosas.

No tenía ningún plan. Tampoco sabía qué estaba buscando.

Apartó varias prendas colgadas, revisó los bolsillos de dos chaquetas y se agachó frente a los cajones inferiores.

Desde el salón llegaba el sonido de la televisión, lo bastante bajo para que Daniel pudiera creer que ella seguía estudiando en su habitación.

Aquella tarde había intentado hacerlo. Tenía un examen dentro de dos días y varios temas pendientes, pero después de lo que su padre le había contado al volver de comisaría había leído tres veces la misma página sin enterarse de nada.

Laura había conocido a Daniel antes de que Daniel conociera a Laura.

Nora había repetido esa idea hasta comprender que podía aplicarla a muchas más cosas.

Durante toda su vida había dado por hecho que conocía a su madre porque sabía dónde había estudiado, cómo había conocido a su padre, qué música escuchaba o por qué odiaba conducir de noche.

Ahora sabía que algunas de esas historias empezaban mucho antes de donde Laura había decidido contarlas.

Sacó una caja del fondo del armario y la dejó sobre la cama.

Dentro encontró fotografías, entradas de conciertos, pulseras y recuerdos de viajes.

Había una postal que Daniel le había enviado desde Lisboa años atrás y un dibujo que Nora había hecho en primaria.

Los tres aparecían delante de una casa desproporcionadamente pequeña y ella había escrito sus nombres encima de cada cabeza para que nadie pudiera confundirlos.

Nora volvió a guardarla. No quería encontrar recuerdos. Quería encontrar algo que su madre hubiera decidido esconder.

Revisó la cómoda, la mesilla y las cajas de la parte alta del armario.

Laura había conservado una cantidad absurda de cosas inútiles: garantías de aparatos que ya no tenían, entradas de cine, tarjetas de restaurantes, una funda de gafas vacía y hasta la pulsera del hotel todo incluido de unas vacaciones que habían hecho cuando Nora tenía nueve años.

Entre todo aquello no encontró ningún segundo teléfono, ninguna llave ni nada que se pareciera a los secretos que habían aparecido durante los últimos días.

Se sentó en el borde de la cama y miró alrededor.

Había algo profundamente extraño en registrar las cosas de su madre mientras seguía esperando que regresara.

Cada cajón abierto convertía la habitación en un lugar distinto, más parecido al de una desconocida que al espacio en el que había entrado cientos de veces sin pedir permiso.

Nora estaba a punto de levantarse cuando vio el libro. Sobresalía entre dos novelas de la estantería, inclinado hacia un lado. Reconoció la cubierta antes de cogerlo. Laura se lo había regalado unas semanas antes de desaparecer.

—Este te va a gustar —le había asegurado al dejarlo sobre su escritorio.

—Eso dijiste del otro.

—Es que el otro también era bueno.

—No pasaba nada en doscientas páginas, mamá. Era un tremendo coñazo.

—Pasaban muchas cosas. Otra cosa es que necesites una persecución y mucha sangre para darte cuenta.

Nora había cogido el libro y leído la contracubierta.

—¿En este muere gente?

—Alguna.

—Entonces mejora.

Laura se había reído.

Nora recordó haber dejado el libro junto a los que tenía pendientes y no haber vuelto a tocarlo. Después de la desaparición, Daniel había recogido algunas cosas de su habitación y probablemente lo había llevado al dormitorio pensando que pertenecía a Laura.

Lo abrió. En la primera página reconoció su letra.

Para Nora.

Nora pasó el pulgar por la dedicatoria y empezó a hojearlo.

Su madre tenía la costumbre de leer con un lápiz cerca.

Subrayaba frases, doblaba esquinas y escribía comentarios en los márgenes, algo que irritaba especialmente a Daniel porque consideraba que estropear un libro era casi una falta de educación.

Las primeras anotaciones parecían normales. Una interrogación junto a un diálogo. Una frase subrayada. Dos palabras escritas al margen de una descripción demasiado larga:

Qué pesado.

Nora sonrió. Siguió pasando páginas. Hacia la mitad encontró una marca distinta. Laura había rodeado una palabra del texto y escrito al lado:

Empieza aquí.

Nora leyó el párrafo completo. Era una conversación entre dos personajes sobre una mentira familiar. Volvió a leerlo buscando alguna relación con lo que estaba ocurriendo en casa, pero no encontró nada que justificara la anotación.

Continuó. Varias páginas después aparecía otra.

Esto sí.

Más adelante:

Por orden.

Nora regresó a la primera marca.

Empieza aquí.

Pasó de nuevo hasta la segunda.

Esto sí.

Después buscó la tercera.

Por orden.

Se levantó y llevó el libro hasta el escritorio de su habitación.

Abrió un cuaderno por la última página y copió las tres anotaciones.

Intentó relacionarlas con las frases que Laura había subrayado, primero leyendo los párrafos completos y después únicamente las palabras marcadas. No obtuvo nada. Volvió a empezar.

Algunas páginas tenían líneas verticales en el margen. Otras, pequeños círculos alrededor de números que pertenecían al propio texto: una edad, la hora de un tren, el número de una habitación. Nora los apuntó también y terminó con una sucesión que no parecía conducir a ninguna parte.

Probó a utilizar los números como páginas. Después como líneas. Contó palabras desde el principio de varios párrafos hasta que perdió la paciencia.

—Esto es ridículo —murmuró.

Cerró el cuaderno y volvió al libro. Podía estar inventándose un misterio donde no existía ninguno.

Laura escribía en casi todo lo que leía y aquellas notas podían referirse simplemente a la novela.

Lo razonable habría sido enseñárselo a Daniel y dejar que la policía decidiera si tenía algún interés.

Nora cogió el teléfono. Abrió la conversación con su padre, aunque estaba a pocos metros de ella, y escribió:

He encontrado una cosa de mamá.

No llegó a enviarlo. Miró otra vez el libro. Laura se lo había dado a ella. No lo había dejado olvidado en una estantería ni guardado entre los documentos del trastero. Había entrado en su habitación y se lo había puesto en las manos. Nora borró el mensaje.

Siguió revisando las páginas hasta llegar casi al final. Allí encontró una frase subrayada que ocupaba dos líneas. El personaje de la novela hablaba de la dificultad de distinguir una mentira de una verdad incompleta. Laura había escrito una única palabra en el margen.

Exacto.

Nora apoyó la espalda contra la silla. Durante los últimos días había escuchado demasiadas versiones incompletas de demasiadas historias.

Laura había sido Elena. Su abuelo había participado en una investigación de la que nadie hablaba.

Su padre había estado en una fiesta que no recordaba.

Javier Vidal había conocido a su madre mucho antes de que Nora supiera siquiera que existía.

Volvió a las tres anotaciones.

Empieza aquí.

Esto sí.

Por orden.

Tal vez no significaban nada fuera del libro. Tal vez faltaba una parte que todavía no había encontrado.

Oyó abrirse un grifo en la cocina y, poco después, los pasos de Daniel subiendo la escalera.

—¿Sigues estudiando? —preguntó desde el otro lado de la puerta.

Nora cerró el libro.

—Más o menos.

—Eso suena a que no.

—Mañana estudiaré más.

—No hace falta que vayas al instituto si no te ves con ganas.

—Prefiero ir.

Daniel permaneció al otro lado de la puerta.

—Vale. Pero intenta dormir.

—Lo intentaré.

—Buenas noches.

—Buenas noches, papá.

Los pasos se alejaron hacia el dormitorio.

Nora abrió de nuevo el libro y contempló durante unos segundos la letra de su madre.

Después arrancó la hoja del cuaderno en la que había copiado las anotaciones, la dobló y la guardó entre las páginas.

No iba a decirle nada a Daniel aquella noche.

Antes quería entender qué había puesto Laura en sus manos.