No abras la puerta CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Nora llegó a casa poco después que Daniel.

Teresa se marchó cuando comprobó que ambos estaban en casa y Daniel esperó hasta que oyó cerrarse la puerta para contarle lo que había encontrado la policía.

No entró en todos los detalles. Le explicó que Laura sabía quién era antes de aquella tarde en la librería y que, al menos un mes antes de conocerse, ya había averiguado dónde estudiaba y algunos de los lugares que frecuentaba.

—¿Y sabía que ibas a esa librería? —preguntó Nora.

—Sí.

—Entonces fue allí expresamente para conocerte.

Daniel abrió la nevera, cogió una botella de agua y bebió directamente de ella.

—La policía todavía no sabe por qué lo hizo.

—¿Tú sí lo sabes?

—Lo sospecho.

—Por Marta, ¿verdad?

Daniel dejó la botella sobre la encimera.

—Es lo que encaja.

Nora se quitó la mochila y la dejó en una silla.

—¿Y cuándo empezó a ser Laura?

—¿Qué quieres decir?

—Cuando conoció a Marta se llamaba Elena. Si ya te estaba buscando antes de conocerte, ¿en qué momento cambió de nombre?

Daniel no supo responderle. La duda volvió varias veces durante el resto de la tarde, mientras intentaba trabajar y cuando preparó algo de cena para Nora. A las ocho y cuarto recibió otra llamada de Salas.

—Hemos seguido revisando la cuenta antigua de Elena Robles y han aparecido varios documentos relacionados con las semanas anteriores a que ustedes se conocieran. Me gustaría que los viera.

—¿Tengo que volver a comisaría?

—Mañana sería suficiente.

—Prefiero ir ahora.

—¿Usted cree que mi vida personal es tan triste como para que reunirme con usted a estas horas sea mi mejor plan? —contestó Salas sin esperar respuesta—. Estaré aquí otra hora, si se quiere acercar.

Daniel miró hacia el salón. Nora estaba sentada en el sofá con los apuntes abiertos sobre las piernas.

—Voy para allá, Salas.

Salas lo recibió esta vez en su despacho, un espacio estrecho con dos archivadores, una mesa demasiado grande para el hueco disponible y una ventana que daba al patio interior de la comisaría. Había dejado preparado un ordenador portátil y esperó a que Daniel se sentara para girarlo hacia él.

—Lo que voy a enseñarle procede de la misma cuenta desde la que Elena se envió la información sobre usted. La utilizó durante varios años y después dejó de hacerlo.

—¿Habéis encontrado algo sobre Marta?

—También, pero eso llevará más tiempo. Quiero que vea primero estos archivos.

El primero estaba fechado pocos días después del correo que Daniel había visto aquella mañana. Era un documento adjunto a un mensaje que Elena se había enviado a sí misma.

En la cabecera figuraba un nombre que Daniel conocía demasiado bien.

Laura Rovira.

—Esto es de antes de conocernos —dijo Daniel acercándose a la pantalla.

—Tres semanas antes.

El documento parecía un currículum. Estudios de Psicología, prácticas, cursos y algunos trabajos temporales.

Daniel reconoció buena parte de aquella información porque Laura se la había contado a lo largo de los años.

La carrera era la misma, también algunas prácticas y varios lugares en los que había trabajado.

En cambio, habían desaparecido las referencias a la ciudad donde Elena había vivido con su familia, al instituto en el que había conocido a Marta y a determinados periodos de su vida anterior a la universidad.

—Me habló de estas prácticas. Y de este trabajo también.

—Hemos comprobado algunos datos y son ciertos —explicó Salas—. Por lo que sabemos hasta ahora, conservó buena parte de su vida y modificó aquello que podía relacionarla con su etapa anterior.

Daniel siguió leyendo. El teléfono era diferente y también la dirección de correo electrónico.

—¿Esta cuenta ya existía?

—La creó cuatro días antes de guardar ese archivo.

—Tres semanas antes de conocerme.

—Sí.

Salas abrió otro documento. Era una solicitud para colaborar en una actividad universitaria que nunca llegó a enviarse. También estaba rellenada con el nombre de Laura Rovira.

—¿Sabemos cuándo empezó a utilizar ese nombre fuera de estos documentos?

—Estamos reconstruyéndolo. Al principio aparece de forma muy limitada y convive con Elena Robles. El cambio legal llegó después.

—Pero cuando se presentó ante mí ya era Laura.

Daniel volvió a mirar el nombre de la pantalla.

Laura Rovira figuraba en la hipoteca de su casa, en los documentos del colegio de Nora, en reservas de hoteles, facturas y formularios médicos.

Era el nombre que había pronunciado al casarse con ella y el que Nora había aprendido a escribir debajo de «madre» cuando todavía necesitaba ayuda para rellenar cualquier papel.

Tres semanas antes de conocerlo, apenas era un nombre escrito en unos cuantos archivos.

—¿Por qué prepararlo antes de acercarse a mí?

—No sabemos si usted fue el único motivo —respondió Salas—. Las fechas permiten relacionar ambas cosas, pero no demostrar por qué tomó esa decisión.

Daniel aceptó la cautela y siguió mirando la pantalla mientras Salas abría una carpeta de correos enviados.

—Durante esas semanas, Elena continuó utilizando su cuenta antigua para guardar información relacionada con Marta Vidal. Al mismo tiempo empezó a utilizar la nueva cuenta para otras cosas. Al principio hay muy poca actividad y después aparece usted.

Daniel reconoció su propia dirección de correo electrónico.

—Ese mensaje es mío.

—Del día después de conocerse.

También lo recordó. Había pasado buena parte de aquella noche pensando en la chica de la librería y a la mañana siguiente encontró una excusa para escribirle.

Voy por la página 62. Si quieres recuperarlo antes de Navidad tendrás que aceptar un café.

Debajo aparecía la respuesta de Laura.

Página 62 en una noche. Empiezo a pensar que el café era el objetivo desde el principio.

Daniel sonrió. Durante años habían conservado aquellos primeros mensajes y alguna vez los habían releído juntos.

—Yo también debo de tenerlos guardados.

Salas regresó a la cuenta de Elena.

—Aquí encontramos algo diferente. Durante las primeras semanas de su relación continuó haciendo búsquedas sobre usted: la universidad, personas de su entorno, el accidente y el trabajo de su padre.

La actividad disminuye progresivamente hasta que, a finales de marzo, prácticamente deja de buscar información sobre usted.

Daniel calculó las fechas.

—Llevábamos juntos poco más de un mes.

—Aproximadamente.

—¿Después no vuelve a buscarme?

—Hay consultas relacionadas con Marta y con su padre, pero usted deja de aparecer de forma habitual.

Daniel se frotó la barba descuidada que le había crecido los últimos días mientras intentaba recordar aquellas primeras semanas.

Pensó en cenas baratas, tardes en el piso que compartía con dos amigos y conversaciones que se prolongaban hasta que alguno de los dos miraba la hora y descubría que llevaban horas hablando.

Laura preguntaba mucho. También escuchaba con una atención que entonces le había gustado porque hacía que cualquier historia pareciera interesante.

—Me preguntaba por mi familia, por la universidad, por mis amigos... Supongo que por mi padre también.

—¿Y por el accidente?

—Sí.

—¿Hablaron de la pérdida de memoria?

—Alguna vez.

—¿Llegó a preguntarle directamente por la noche de la desaparición de Marta?

—No que recuerde. Pero es que yo ni siquiera sabía que había estado en aquella fiesta.

—Ella sí podía saberlo.

Daniel miró la copia de la fotografía marcada con sus iniciales que Salas había dejado junto al ordenador.

—¿Por eso se acercó a mí?

—Es una posibilidad muy consistente con lo que hemos encontrado, pero seguimos sin saber qué esperaba obtener.

—Si quería saber qué pasó con Marta y me había visto en esa fotografía, querría averiguar qué había visto yo.

—Pero usted no recordaba nada.

Daniel negó con la cabeza.

—Debió de darse cuenta bastante rápido —dijo Salas antes de abrir otro archivo—. Hay algo que puede ayudar a entender qué ocurrió después.

Era un borrador guardado en la cuenta de Elena. No tenía destinatario ni asunto y estaba fechado en abril, cuando Daniel y Laura llevaban alrededor de dos meses juntos.

Daniel no recuerda la fiesta. He intentado llegar por distintos caminos y siempre termina en el accidente. No creo que me esté mintiendo. Cada vez me cuesta más saber por qué sigo haciendo preguntas.

Volvió al principio y lo leyó entero una segunda vez.

—¿No hay nada más?

—No en ese borrador.

—¿Cuándo dejó de investigar sobre mí?

—Las últimas búsquedas que hemos localizado son de finales de marzo. Este texto es posterior.

Daniel permaneció mirando la pantalla. Laura ya sabía entonces que no iba a encontrar en él el recuerdo que buscaba. Podría haberse apartado, dejar de responder a sus mensajes o inventar cualquier motivo para no volver a verlo. En lugar de hacerlo, había seguido quedando con él.

—¿Cuándo dejó de utilizar la cuenta de Elena?

—Ese mismo año disminuye mucho la actividad. Después la recupera de forma esporádica para cuestiones relacionadas con Marta.

—¿Y la de Laura?

—Acaba convirtiéndose en la que utiliza habitualmente.

Daniel regresó al primer documento. La fecha seguía allí, junto al nombre que tres semanas después escucharía por primera vez en una librería.

—¿Entonces se presentó como Laura para que yo no supiera quién era Elena Robles?

—Es posible que quisiera evitar que usted la relacionara con Marta —respondió Salas—. También podía preocuparle que su apellido llegara hasta su padre o que usted recordara más de aquella noche de lo que realmente recordaba. No tenemos ningún documento en el que explique sus motivos.

—Pero después mantuvo el nombre.

—Sí.

Daniel se quedó pensando en todo lo que había ocurrido después de aquellas primeras semanas.

La relación había sobrevivido a los pisos compartidos, a los primeros trabajos, al embarazo de Nora, a las noches en las que ninguno sabía cómo conseguir que la niña durmiera más de dos horas seguidas.

Habían discutido por dinero, por horarios y por familias; habían aprendido a convivir y habían comprado una casa.

Cuando Andrés murió, Laura estuvo a su lado durante los días en que Daniel apenas podía mantener una conversación sin terminar hablando de su padre.

Todo aquello había ocurrido mucho después de que las búsquedas sobre Daniel desaparecieran de la cuenta de Elena.

—¿Cree que me quería de verdad? —preguntó él.

—Eso no puedo investigarlo por usted, señor Vega —respondió Salas.

Daniel bajó la vista y asintió.

Salió de comisaría cerca de las diez. La lluvia se había convertido en una llovizna fina y las calles brillaban bajo las farolas.

Durante el trayecto pensó en la librería, pero esta vez no intentó reconstruir el momento en que se había acercado a Laura.

Pensó en las semanas posteriores, en todo lo que ella ya sabía mientras él empezaba a contarle su vida creyendo que ambos partían del mismo lugar.

Cuando llegó a casa, Nora estaba en su habitación.

Daniel dejó las llaves junto a la puerta y recorrió con la mirada el salón: las fotografías familiares, una manta que Laura había comprado años atrás, los libros que habían ido acumulando en las estanterías y una foto de Nora de pequeña que seguía ligeramente torcida porque ninguno se había molestado nunca en enderezarla.

La investigación de Elena podía explicar por qué aquella mujer había estado esperando en una librería frecuentada por Daniel Vega. Pero no bastaba para explicar los dieciséis años que vinieron después, aunque tampoco podía separarlos ya de la mentira con la que habían empezado.

Daniel había pasado todo ese tiempo creyendo que conocía el origen de su historia con Laura. Ahora tenía que averiguar cuánto de aquella historia había empezado antes de que él formara parte de ella.