No abras la puerta CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Daniel llegó a casa cuando llamó Salas. Teresa seguía allí y Nora todavía no había regresado del instituto. Había empezado a llover durante el trayecto desde la cafetería y Daniel había dejado la chaqueta húmeda en el respaldo de una silla.

—Dime.

—Necesito que venga a comisaría —dijo Salas—. Hemos encontrado algo más entre el material del trastero.

—¿Sobre Laura?

—Sobre usted.

Daniel miró a Teresa, que había levantado la cabeza desde la cocina.

—¿Qué habéis encontrado?

—Prefiero que lo vea.

—De acuerdo. Voy para allá.

Teresa esperó a que colgara.

—¿Ha pasado algo?

—Han encontrado algo en el trastero relacionado conmigo.

—¿Qué?

—No me ha dicho más. ¿Puedes quedarte hasta que vuelva Nora?

—Claro.

Daniel cogió las llaves y volvió a ponerse la chaqueta.

—Te llamo cuando salga.

Salas lo esperaba en una de las salas pequeñas de la primera planta. Sobre la mesa había una carpeta transparente y varias fundas de plástico numeradas.

—Siéntese —dijo mientras abría la carpeta.

Daniel ocupó la silla frente a ella.

La primera hoja era una copia de la fotografía que había encontrado. Marta aparecía rodeada de varios jóvenes y Daniel estaba al fondo, parcialmente girado hacia alguien que quedaba fuera del encuadre.

Aquella copia, sin embargo, tenía una flecha dibujada en el margen que terminaba sobre su figura. Junto a ella aparecían dos iniciales escritas a bolígrafo.

D. V.

—¿Daniel Vega? —leyó en voz baja él.

—Eso creemos —respondió Salas.

—Es la letra de Laura.

—Lo parece. Tendrá que confirmarlo un perito.

Salas sacó otra hoja. Era la impresión de una antigua página de la universidad en la que Daniel había estudiado. Había una fotografía de grupo tomada durante unas jornadas organizadas por varias facultades. Se reconoció en la segunda fila y encontró su nombre en el pie de foto. Estaba subrayado.

—Esto es de después del accidente —dijo Daniel comprobando la fecha.

—Unos meses después de la desaparición de Marta.

—¿Estaba con la otra fotografía?

—En la misma carpeta.

Salas colocó delante de él una tercera hoja. Esta vez no era una impresión, sino una página arrancada de una libreta. En la parte superior aparecía su nombre.

Daniel Vega. 22 años.

Debajo figuraban la universidad, la facultad y una dirección.

—Ese era mi piso.

—¿Vivía allí cuando conoció a Laura?

—Sí. Compartía piso con dos amigos.

Daniel siguió leyendo. Más abajo había una lista de lugares: la cafetería de la facultad, un gimnasio al que había acudido durante unos meses y una librería.

Librería Arce.

Daniel dejó de leer.

—¿Qué pasa? —preguntó Salas.

—Esa librería. Ahí conocí a Laura.

Salas acercó la hoja.

—¿Cuándo?

—En febrero. Unos meses después del accidente.

—¿Cómo se conocieron?

—Yo iba bastante. Estaba cerca de la facultad y tenía cafetería.

Una tarde entré buscando un libro y ella tenía un ejemplar encima de la mesa.

Le pregunté si sabía si quedaban más. Me dijo que aquel era el último, pero que acababa de terminarlo y podía prestármelo.

Empezamos a hablar y acabé sentándome con ella.

Salas volvió a mirar la lista.

—La fecha de esa hoja no puede determinarse —aclaró la subinspectora.

—Entonces pudo escribirla después de conocerme.

—Puede.

Daniel agradeció que no intentara llevarlo hacia ninguna conclusión.

—¿Hay algo que sí podáis fechar?

—Esto.

Salas abrió otra funda y sacó dos hojas grapadas. La primera era una noticia publicada en la web de la universidad sobre una campaña de donación de sangre organizada por estudiantes de varias facultades. Daniel aparecía en la fotografía junto a otros cuatro alumnos.

—No recuerdo esto.

—Su nombre está debajo.

Daniel lo encontró en el pie de foto. La segunda hoja era la impresión de un correo electrónico. En la parte superior aparecía el nombre de Elena Robles.

—¿Laura? —preguntó Daniel levantando la vista.

—Lo envió desde una cuenta antigua que utilizaba entonces. Hemos comprobado que el mensaje sigue almacenado en el servidor.

Daniel volvió al documento. El correo estaba fechado en enero, un mes antes de que se conocieran. No contenía más que un enlace a la noticia y una línea escrita debajo.

Suele ir a Arce por las tardes.

—Nosotros nos conocimos en febrero —Daniel comprobó otra vez la fecha—. Entonces, cuando nos conocimos, ella ya sabía quién era yo.

—Al menos un mes antes de que usted la conociera.

—Y sabía que iba a esa librería.

—Sí.

Daniel se sentó en una silla mientras se frotaba la cabeza con la mano.

—Entonces no nos conocimos por casualidad.

—No sabemos exactamente qué ocurrió aquel día —respondió Salas—. Lo que sabemos es que Elena Robles había buscado información sobre usted antes y conocía uno de los lugares que frecuentaba.

—El lugar donde apareció con el libro que yo estaba buscando.

Daniel miró la fotografía de la noticia.

Tenía veintidós años, sonreía a la cámara y todavía llevaba el pelo más largo de lo que Andrés consideraba aceptable.

Para entonces ya había sufrido el accidente y había regresado a la universidad, aunque seguía sin recordar nada de la madrugada en la que Marta desapareció.

—¿Por qué iba a buscarme?

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

—¿Por Marta?

—Es una posibilidad.

—Laura era su amiga. Yo estaba en la fiesta y mi padre participó en la investigación. No puede ser casualidad, Salas.

—Probablemente no, pero todavía no sabemos qué quería de usted.

Daniel recorrió con la mirada los documentos.

—¿Habéis encontrado más cosas?

—Estamos revisándolo todo otra vez ahora que sabemos qué buscar. Hay mucho material mezclado y algunas carpetas contienen documentos de épocas distintas.

—Quiero saber si hay algo anterior a enero.

—Le avisaré. ¿Laura le preguntó alguna vez por aquella noche cuando empezaron a salir? —preguntó Salas mientras guardaba las hojas.

—No que recuerde.

—¿Por el accidente?

—Sabía que lo había tenido.

—¿Cuándo se lo contó?

Daniel intentó situarlo en los primeros meses de relación.

—No lo sé. Supongo que bastante pronto. Tenía la cicatriz y no era ningún secreto.

—¿Y por su padre?

—También sabía que era policía.

—¿Mostró algún interés especial por su trabajo?

—No.

—Intente recordar las primeras semanas —dijo Salas mientras cerraba una de las fundas—. No hace falta que fuerce nada. Solo piense en las conversaciones que tenían y en las preguntas que le hacía.

Daniel asintió.

—¿Puedo hacer una foto del correo?

—No.

—Aparezco yo.

—Y forma parte de una investigación.

—Bueno, tenía que intentarlo.

Salas terminó de guardar la documentación.

—Señor Vega, hay otra cosa.

—¿Qué?

—No llame a Javier Vidal para preguntarle por esto.

—No pensaba hacerlo.

Daniel se levantó, pero permaneció junto a la mesa.

—Si encontráis algo más sobre Laura y yo antes de que nos conociéramos, quiero saberlo.

—Lo sabrá.

—Salas.

—¿Sí?

—Llevamos dieciséis años contando que nos conocimos porque yo le pregunté por un libro.

Salas sostuvo su mirada.

—Quizá usted sí la conoció de esa manera.

Daniel salió de la comisaría con esa respuesta acompañándolo hasta el coche.

La lluvia había arreciado. Se sentó al volante y permaneció allí mientras intentaba reconstruir una tarde de febrero que nunca había tenido motivos para cuestionar.

Recordaba a Laura junto a la ventana, el libro sobre la mesa y la conversación que había empezado cuando él le preguntó si quedaban más ejemplares.

Recordaba que ella se lo había prestado y que había bromeado con que tendría que volver a verla si quería devolverlo.

A partir de ahí habían llegado un café, los teléfonos intercambiados y una segunda cita antes de que terminara aquella semana.

Podía seguir confiando en aquellos recuerdos; el problema estaba en lo ocurrido antes de que Daniel entrara en la librería. Un mes antes, Laura ya sabía quién era, dónde estudiaba y en qué librería acostumbraba a pasar las tardes. Para entonces, Daniel ni siquiera sabía que ella existía.

La historia que había contado durante dieciséis años seguía explicando cómo había conocido él a Laura. No explicaba cómo Laura había llegado hasta él.