CAPÍTULO 17
Daniel no supo cuánto tiempo llevaba escuchando cuando se dio cuenta de que el café se había enfriado.
Javier hablaba de Marta sin seguir un orden concreto.
Saltaba de una anécdota a otra, no porque pareciera confundido, sino porque diecinueve años de vida no cabían fácilmente dentro de una conversación.
Le contó que de niña había insistido durante meses en aprender a tocar la guitarra y que abandonó las clases en cuanto descubrió que practicar era obligatorio.
Que podía discutir durante media hora por una película y, al día siguiente, reconocer que no había entendido el final.
Que odiaba llegar tarde y, sin embargo, nunca conseguía salir de casa a tiempo.
—Tenía una capacidad extraordinaria para hacerte sentir culpable por algo que había hecho ella —dijo Javier con una sonrisa—.
Una vez rompió una ventana jugando a pelota y acabé disculpándome yo con el vecino porque, según Marta, la había criado sin suficientes espacios para desarrollar su creatividad.
—Nora podría haber dicho exactamente eso.
—Entonces estás perdido, amigo mío.
—Hace años que lo sé.
Durante unos segundos hablaron de sus hijas como podían hacerlo dos padres que se hubieran conocido en cualquier otro lugar.
Daniel tuvo que recordarse que aquella conversación no era normal, que uno de ellos llevaba buscando a la suya desde hacía diecisiete años y el otro tenía a su mujer desaparecida desde hacía apenas unos días.
—¿Laura y Marta eran muy amigas? —preguntó Daniel.
—Mucho. Se conocían desde pequeñas. Marta podía pasar días enteros en casa de Elena y Elena en la nuestra. Cuando murió mi mujer, Elena empezó a pasar todavía más tiempo en casa. Estuvo muy pendiente de Marta durante aquella época.
Daniel pensó en las cajas del trastero, en las fotografías que Laura había ocultado durante años.
—Nunca me habló de ella. Sigo sin entenderlo.
—Yo tampoco entendí muchas cosas que hizo Elena después —concluyó Javier mientras apoyaba las manos alrededor de la taza.
—¿Te enfadaste con ella?
—Durante una época, sí.
—¿Por qué? —Daniel levantó la vista.
—Porque desapareció de nuestras vidas.
La respuesta fue tan sencilla que necesitó unos segundos para asimilarla.
—¿Dejó de buscar a Marta?
—No de golpe. Al principio estaba en todas partes. Venía a casa, hablaba con la policía, repartía carteles, participaba en las batidas. Después empezó a venir menos. Un día me di cuenta de que llevaba semanas sin verla.
—¿No intentaste localizarla?
—Claro que sí. Era casi como una hija para mí.
Al principio contestaba. Decía que necesitaba alejarse un poco, que no podía seguir viviendo pendiente de cada llamada.
Luego dejó de responder. Más tarde supe que había cambiado de ciudad.
En aquel momento me pareció una traición —añadió Javier encogiéndose ligeramente de hombros.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que tenía diecinueve años y que llevaba meses intentando sobrevivir a algo que ninguno de los dos sabía manejar.
Daniel no dijo nada. Le costaba reconciliar aquella muchacha de diecinueve años con la mujer que llevaba dieciséis años compartiendo su casa.
—Cuando volvió a contactar contigo, ¿qué te dijo?
—Que quería revisar el caso.
—¿Después de diecisiete años?
—Sí.
—¿Y no te pareció extraño?
—Me pareció inesperado.
—¿No es lo mismo?
—No. Extraño habría sido que Elena dejara de pensar en Marta.
—Pero había dejado de hablar contigo durante años —continuó Daniel mientras se recostaba en la silla.
—Pensar en alguien y poder hablar de él no siempre van cogidos de la mano.
La camarera se acercó para preguntar si querían algo más. Javier pidió otro café y Daniel negó con la cabeza.
—¿Por qué accediste a verla? —preguntó Daniel cuando volvieron a quedarse solos.
—Porque me habló de Marta.
—¿Después de tantos años bastaba con eso?
—Después de tantos años bastaba con mucho menos.
Daniel guardó silencio mientras Javier pasaba un dedo por el borde del plato.
—Cuando desaparece alguien, al principio crees que la búsqueda consiste en encontrar una pista grande —explicó Javier—.
Una cámara, un testigo, una llamada. Después empiezas a conformarte con cualquier cosa.
Una matrícula que alguien cree recordar.
Una persona que asegura haber visto a alguien parecido en una estación.
Una fotografía borrosa. Aprendes a no ilusionarte demasiado, pero tampoco sabes ignorarlo.
—Debe de ser agotador.
—Lo era. Luego se convierte en otra cosa.
—¿En qué?
—En tu vida —respondió Javier mirando hacia la ventana.
La camarera dejó el café delante de él y se marchó.
—Durante años pensé que en algún momento llegaría una llamada que terminaría con todo —siguió Javier—.
Para bien o para mal. Una voz diciéndome que la habían encontrado, que había aparecido un cuerpo, que alguien había confesado.
Algo definitivo. Al final descubres que la mayoría de los días no ocurre nada.
Daniel pensó en Laura. Apenas habían pasado unos días y ya había empezado a medir el tiempo de otra manera: llamadas, cámaras, documentos, horas sin noticias.
—¿Cómo se soporta?
—No sé si se soporta —confesó Javier antes de respirar profundamente—. Te acostumbras a hacer cosas mientras esperas.
—Yo no sé hacer eso —dijo Daniel bajando la mirada hacia sus manos.
—Todavía no tienes por qué saber.
—¿Todavía?
—Perdona. No quería decir que vayas a pasar por lo mismo —aclaró Javier negando con suavidad.
Daniel asintió.
—¿Nunca has pensado que Marta pueda estar muerta?
—Claro que lo he pensado —afirmó Javier sosteniendo la taza entre ambas manos.
—Pero sigues hablando de ella en presente.
—Porque nunca encontraron un cuerpo.
La respuesta llegó sin solemnidad. Javier bebió un poco de café antes de continuar.
—Mientras no haya un cuerpo, un padre nunca deja de esperar del todo.
Daniel lo miró. Había escuchado una frase parecida en una de aquellas entrevistas antiguas, escrita debajo de una fotografía de Javier mucho más joven.
En aquel momento le había parecido una declaración destinada a los periódicos.
Ahora, sentado frente a él, entendió que probablemente llevaba diecisiete años repitiéndose lo mismo.
—¿Y si la esperanza te impide seguir adelante?
—Sigues adelante de todas formas. No es incompatible.
—No parece fácil.
—No lo es —dijo Javier sonriendo débilmente—.
Pero la gente imagina que esperar significa quedarte sentado junto al teléfono durante años.
Yo trabajé, me mudé, tuve relaciones, hice viajes.
Hubo días enteros en los que no pensé conscientemente en Marta.
Y después podía entrar en un supermercado, escuchar una canción que le gustaba y volver a tener diecisiete años menos.
Daniel pensó en Nora, en Laura y en la posibilidad de que los días empezaran a acumularse. Apartó esa idea.
—Salas me dijo que Laura llevaba meses haciéndote preguntas —comentó Daniel.
—Sí.
—¿Qué quería saber exactamente?
—Al principio, lo mismo que ya sabía. Horarios, personas que estuvieron en la fiesta, cosas que Marta había dicho los días anteriores. Después empezó a preguntarme por la investigación: declaraciones, policías, cosas que yo recordaba que se habían comprobado.
—¿Preguntó por mi padre?
—También.
—¿Qué te preguntó de él? —dijo Daniel incorporándose ligeramente.
—Si recordaba su nombre, si había hablado conmigo directamente, si estuvo presente en alguna de las búsquedas.
—¿Y lo recordabas?
—No. Había muchos policías. Algunos nombres se quedaron conmigo y otros no.
—¿Le dijiste algo que la llevara hasta Andrés Vega?
—No que yo sepa.
Daniel miró su café frío. Javier tampoco tenía la respuesta que buscaba.
—Daniel, escúchame. Si encuentras algo sobre aquella noche y necesitas preguntarme, puedes llamarme. Cuando quieras.
—Salas probablemente preferirá que todo pase por ella.
—Entonces hazlo pasar por ella. No tengo problema.
—No quiero interferir en la investigación.
—Ni yo —Javier sacó el teléfono del bolsillo y lo dejó sobre la mesa—. Pero hay cosas de Marta que la policía no conocía. Cosas normales. Amigos, costumbres, lugares. Si alguna vez recuerdas algo y necesitas saber si tiene sentido, pregúntame.
Daniel guardó el número cuando Javier se lo dictó.
—Gracias.
—No tienes por qué dármelas.
—¿De verdad crees que no debería condenarme antes de saber qué ocurrió? —preguntó Daniel mientras bloqueaba el teléfono.
—Lo creo.
—¿Incluso siendo tu hija?
—Incluso siendo mi hija.
—¿Por qué? —preguntó Daniel.
—Porque si alguien le hizo algo, quiero saber quién fue realmente. No necesito escoger a alguien antes de tener la verdad.
Pagaron los cafés y salieron juntos.
—Estoy aparcado por allí —dijo Javier mientras se abrochaba el abrigo y señalaba hacia la esquina.
—Yo al otro lado —respondió Daniel.
Se estrecharon la mano de nuevo.
—Ojalá encuentren pronto a Laura.
—Y yo espero que algún día sepas qué pasó con Marta.
—Con eso me conformaría —respondió Javier bajando la mirada.
Se separaron. Daniel caminó hacia su coche con el teléfono en el bolsillo y una sensación que no había esperado encontrar al entrar en aquella cafetería.
Había conocido al padre de Marta Vidal preparado para que lo acusara.
Se marchaba pensando que quizá acababa de conocer a una de las pocas personas capaces de entender lo que significaba esperar a alguien que no vuelve.