CAPÍTULO 16
A las diez y veintitrés de la mañana, Salas llamó para decirle a Daniel que Javier Vidal quería hablar con él.
Daniel estaba en la cocina, delante del portátil, intentando averiguar qué documentación necesitaba para solicitar el historial del ingreso que había seguido a su accidente.
Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos regresaba a la misma fotografía: el muchacho de veintidós años al fondo de una fiesta, la camiseta oscura, una noche entera borrada de su memoria.
—¿Conmigo? —preguntó.
—Con usted —confirmó Salas—. Le he explicado que no tiene ninguna obligación de hacerlo y a usted le digo lo mismo. Si prefiere que no haya contacto entre los dos, se lo trasladaré.
—¿Por qué quiere verme?
—Eso tendrá que preguntárselo a él. Después de hablar con nosotros, cree que hay cosas que debería contarle personalmente.
Daniel miró hacia el salón. Nora estaba tumbada en el sofá con una manta sobre las piernas y los auriculares puestos.
—¿Sigue siendo sospechoso?
—No tenemos motivos para considerarlo responsable de la desaparición de su mujer. Tampoco podemos identificar al hombre que aparece con Laura en la imagen del aparcamiento.
Daniel ya conocía aquella respuesta.
—Está bien, quiero verlo.
Salas le facilitó la hora y el lugar que Javier había propuesto: una cafetería cercana a la comisaría, a las doce.
Nora se quitó uno de los auriculares en cuanto Daniel dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué quería?
—Javier Vidal quiere hablar conmigo.
La chica se incorporó.
—Voy contigo.
Daniel ni siquiera necesitó responder. Nora leyó la negativa en su cara.
—Vale, sí. Ya sé que vas a decir que no.
—Entonces nos ahorramos la discusión.
—Pero fui yo quien descubrió que mamá se reunía con él —Nora dejó la tableta a un lado resignada—. ¿Qué vas a preguntarle?
Daniel volvió a mirar el portátil.
—No lo sé todavía.
No era verdad. En su cabeza ya habían empezado a formularse una retahíla de preguntas: si Javier sabía que él había estado en aquella fiesta, si Marta lo conocía, si Laura le había hablado del accidente, si Andrés había aparecido durante la investigación original.
Y, por encima de todas ellas, qué había hecho él aquella noche.
Javier había llegado antes. Daniel lo reconoció desde la calle gracias a la fotografía de Nora y a los años de imágenes que había visto en periódicos.
Estaba sentado junto a una ventana, con una taza pequeña delante y un abrigo oscuro colgado del respaldo.
En persona parecía algo mayor que en la fotografía de la cafetería, con más canas y la piel alrededor de los ojos marcada por los años.
Cuando Daniel entró, Javier se levantó.
—Daniel.
—Javier.
Se estrecharon la mano.
Daniel había esperado frialdad, hostilidad, quizá el esfuerzo visible de un hombre intentando contener todo lo que llevaba diecisiete años queriendo decirle a alguien relacionado con la última noche de su hija. No encontró nada de eso.
—Gracias por venir —dijo Javier mientras señalaba la silla de enfrente—. Entendería que no quisieras verme.
Daniel se sentó.
—No sé si quiero.
—También lo entiendo.
Una camarera se acercó y Daniel pidió café. Javier esperó a que se marchara.
—La policía me dijo ayer que habías descubierto quién era Laura.
—Quién era Elena.
—A eso me refería.
—¿Tú sabías que se había cambiado el nombre?
—Me enteré mucho después. Perdimos el contacto. Después de que desapareciera Marta, Elena estuvo muy presente al principio, en las búsquedas, con nosotros, con la policía... Luego cada uno intentó continuar de la manera que pudo.
—¿Y un día dejó de ser Elena?
—Para mí nunca dejó de serlo.
Daniel bajó la vista hacia el café que acababan de dejarle.
—Para mí nunca lo fue. Llevo dieciséis años con una persona cuya vida anterior desconocía —explicó Daniel—. Y ahora descubro que mi padre investigó la desaparición de tu hija, que Laura llevaba años revisando lo que él hizo y que yo estaba en la misma fiesta en la que Marta desapareció.
—Salas me ha informado de todo.
Daniel levantó la mirada.
—¿Que yo estaba allí?
—Sí.
—¿Tú lo sabías?
—No.
—¿Nunca viste mi nombre en la investigación?
—He visto miles de nombres durante diecisiete años. Y la policía nunca me entregó el expediente completo. Hay documentos que he conocido por primera vez esta semana.
—Laura te estaba preguntando por mi padre.
—Sí.
—¿Y nunca me buscaste?
—No sabía quién eras.
—Pero Laura sí.
Javier sostuvo su mirada.
—Eso tendrás que hablarlo con ella cuando aparezca.
Daniel dejó de remover el café.
Cuando aparezca.
Javier miró hacia la calle.
—Perdona. Después de tantos años aprendes a hablar así.
—¿Así cómo?
—En presente. Al principio todo el mundo te dice que tengas esperanza.
Después te piden que seas fuerte y, con el tiempo, empiezan a hablarte de aceptar posibilidades.
Si aceptas demasiado pronto que no va a volver, sientes que la estás abandonando.
Si sigues esperando, los demás creen que no sabes continuar.
—¿Y tú qué hiciste?
Javier esbozó una sonrisa.
—Las dos cosas. Y bastante mal, por cierto.
Daniel pensó en las fotografías de las concentraciones, en aquel hombre envejeciendo de artículo en artículo mientras sostenía siempre la misma imagen de Marta.
—¿Por qué querías verme?
—Porque Salas me contó lo del accidente.
Daniel se tensó.
—¿Qué te dijo?
—Que sufriste uno aquella madrugada y que no recuerdas parte de la noche. Nada más.
—Tu hija desapareció y yo estaba allí. Unas horas después acabé en un hospital sin recordar qué había pasado. No sé qué esperas que te diga.
—Nada.
Daniel lo miró.
—¿Nada?
—No te he pedido que vinieras para interrogarte, Daniel.
—¿No quieres saber qué le hice?
—¿Le hiciste algo? —contestó Javier sin modificar su expresión.
—No lo sé.
—Tener varias horas borradas no significa que hicieras algo a Marta.
—Tampoco significa que no.
—Daniel, llevo diecisiete años escuchando teorías.
He visto acusar a amigos de Marta, a chicos con los que había salido, a gente que estuvo en aquella fiesta y a personas que ni siquiera estaban allí.
Cada vez que aparecía un nombre nuevo, alguien conseguía construir una historia completa alrededor.
—Yo no soy un nombre cualquiera. Mi padre estaba en la investigación.
—Y eso merece que se investigue.
—Laura lo estaba haciendo.
—Sí.
—¿Crees que mi padre encubrió algo?
Javier miró la taza.
—Creo que tu mujer encontró irregularidades y que tu padre aparece relacionado con algunas. No sé por qué. Si te dijera otra cosa, te estaría mintiendo.
—¿Y si estaba protegiéndome?
Javier levantó la vista.
—¿De dónde has sacado eso?
—De ningún sitio.
—Entonces no empieces por ahí.
Daniel apretó la mandíbula.
—Es fácil decirlo cuando no eres tú quien aparece en una foto que no recuerda.
—No, pero sé lo que ocurre cuando tienes un hueco y empiezas a rellenarlo con lo peor.
Durante años pensé que cualquier decisión de Marta podía explicar su desaparición: que había subido al coche de alguien, que se había marchado enfadada, que había confiado en quien no debía.
Llegué a enfadarme con ella por cosas que ni siquiera sabía si había hecho.
Uno necesita que la historia tenga una causa, aunque tenga que inventarla.
Daniel miró por la ventana.
—Yo aparezco allí.
—Sí. Y no recuerdas nada. Averigua qué ocurrió, pero no te condenes antes de tiempo.
La camarera pasó junto a ellos. Daniel esperó a que se alejara.
—Laura confiaba en ti —dijo Javier.
—¿Eso te dijo?
—No hablábamos de vuestro matrimonio. Pero cuando hablaba de Nora y de ti, hablaba de su familia.
—También me ocultó quién era durante dieciséis años.
—Las dos cosas pueden ser verdad. Y la una no es incompatible con la otra.
Daniel sostuvo su mirada. Javier no intentó defender a Laura ni justificarla.
—¿La viste después de aquella reunión de hace tres semanas? —preguntó Daniel.
—No. Hablamos un par de veces por teléfono.
—¿Sobre qué?
—Sobre Marta. Sobre documentos que estaba intentando conseguir.
—¿Te pareció asustada?
—Preocupada, quizá. Obsesionada, seguro. Elena siempre fue bastante obstinada cuando creía que algo importaba.
La naturalidad con que utilizó el nombre produjo en Daniel una sensación extraña. Para él, Elena era una identidad recién desenterrada entre papeles viejos. Para Javier era simplemente una persona que había conocido.
—Si recuerdas algo de aquella noche —añadió Javier—, díselo a Salas. Y si quieres preguntarme algo sobre Marta, pregúntamelo.
Daniel observó al hombre que tenía enfrente. Había acudido preparado para defenderse y no había necesitado hacerlo.
—¿Cómo era ella?
Javier sonrió por primera vez de verdad. Durante unos segundos pareció simplemente un padre al que acababan de preguntarle por su hija.
—Complicada —respondió—. Muchísimo.
Daniel bajó la mirada hacia su café. Y escuchó.