No abras la puerta CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Daniel permaneció delante de la fotografía hasta que dejó de verla.

Seguía sosteniéndola entre los dedos, pero la imagen había perdido nitidez bajo el peso de todo lo que intentaba colocar alrededor de ella.

La camiseta oscura. El pelo más largo. Los veintidós años.

Aquella forma de inclinar ligeramente la cabeza que había reconocido incluso antes de aceptar que el muchacho del fondo era él.

Nora estaba sentada junto a él en la cama. Teresa continuaba de pie, cerca de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿De verdad no te acuerdas? —preguntó Nora.

Daniel negó con la cabeza.

—De la fiesta, no.

Volvió a mirar la fotografía. Había otras personas alrededor, algunas de espaldas, otras convertidas por el flash en rostros demasiado blancos.

Una chica levantaba un vaso hacia la cámara.

Al fondo se distinguía una puerta abierta y parte de una habitación.

Él aparecía desplazado hacia un lateral, ajeno al fotógrafo.

No había nada en aquella escena que despertara un recuerdo.

—A lo mejor estuviste un rato y ya está —dijo Teresa—. Han pasado diecisiete años. No recordar una fiesta de cuando tenías veintidós tampoco es tan extraño.

Daniel levantó los ojos hacia ella.

—Marta desapareció esa noche.

—Ya lo sé.

—Y papá participó después en la investigación.

—También lo sé, Dani. Pero una cosa no convierte automáticamente la otra en algo distinto.

Teresa se acercó a la cama y apoyó una mano sobre el cabecero.

Parecía cansada. Llevaban días durmiendo mal, hablando de Laura, entrando y saliendo de comisaría, descubriendo cosas que obligaban a revisar las anteriores.

Daniel se dio cuenta de que su madre llevaba la misma ropa desde aquella mañana.

—Tu padre era policía y tú tenías veintidós años —continuó Teresa—. Podías coincidir en una fiesta con una chica que después desapareció y que él acabara trabajando en el caso. Es una coincidencia enorme ahora que sabemos todo lo demás, pero sigue pudiendo ser una coincidencia.

—¿Y por qué no lo recuerdo?

—¿Recuerdas todas las fiestas a las que ibas con veintidós años?

—Esta tendría que recordarla.

—Ahora sabes que esa fiesta tendría que haber sido importante. Pero entonces no.

Daniel dejó la fotografía sobre la cama.

Había algo en aquella fecha que llevaba varios minutos molestándolo.

No era un recuerdo, sino una familiaridad distinta, la sensación de haber leído esos números cientos de veces en algún otro contexto.

Día, mes, año. Los había visto aquella tarde en los documentos de Marta, en artículos de prensa, en la ficha policial, debajo de fotografías.

Hasta entonces la fecha había pertenecido a otra persona.

La noche en que desapareció Marta Vidal.

Cogió el teléfono y abrió el calendario. No necesitaba retroceder diecisiete años; necesitaba comprobar qué día de la semana había sido. Buscó la fecha en internet. Sábado. Se quedó mirando la pantalla.

—Papá.

Nora había pronunciado su nombre con cautela, pero Daniel apenas la oyó. Sábado. La fiesta había empezado el sábado por la noche. Marta había sido vista por última vez de madrugada. Notó que algo empezaba a encajar en un lugar completamente diferente.

—Fue esa noche.

—¿Qué fue esa noche? —preguntó Nora.

Daniel alzó la mirada hacia Teresa. Su madre no había cambiado de posición.

—El accidente.

Durante unos segundos ninguno habló. Nora miró primero a Daniel y después a su abuela.

—¿Qué accidente, papá?

Daniel se levantó. Necesitaba moverse. Cruzó la habitación hasta la ventana, regresó hacia la cama y cogió otra vez el teléfono.

—El que tuve con veintidós años. El accidente del que te he hablado alguna vez.

—Me dijiste que habías estado ingresado.

—Tres semanas.

—Dieciocho días —corrigió Teresa.

Daniel la miró. Su madre soltó el cabecero y se sentó finalmente.

El accidente formaba parte de la historia familiar desde hacía tanto tiempo que había dejado de ser un acontecimiento para convertirse en una colección de anécdotas.

Andrés contando que el coche quedó irreconocible.

Teresa recordándole durante años que el médico había dicho que había tenido una suerte extraordinaria.

Los amigos haciendo bromas sobre las semanas que pasó sin poder conducir.

Él mismo enseñándole a Nora, cuando era pequeña, una cicatriz junto al nacimiento del pelo y exagerando que se la había hecho luchando contra un tiburón.

Pero nunca había relacionado aquel accidente con Marta Vidal. No había tenido ninguna razón para hacerlo.

—¿Estás seguro de que fue ese día? —preguntó Nora.

—Sí.

La respuesta fue inmediata. Ya no necesitaba buscar nada.

Daniel recordaba perfectamente la fecha del accidente porque durante años había tenido que escribirla en informes médicos, formularios de seguros y revisiones posteriores.

La había repetido tantas veces que todavía podía decirla sin pensar. Era la misma.

—Fue de madrugada —añadió—. Del sábado al domingo.

Nora cogió la fotografía de la mesa.

—Entonces saliste de aquí.

—No lo sé, Nora.

—Pero estabas allí.

—La foto demuestra que estuve allí. No demuestra cuándo me fui.

Nora bajó la vista hacia la imagen y Daniel comprendió que estaba intentando hacer exactamente lo mismo que él: rellenar con lógica un espacio que no contenía recuerdos.

—¿Qué pasó en el accidente? —preguntó ella.

Daniel volvió a sentarse.

—Me salí de la carretera.

—¿Ibas solo?

—Sí.

—¿Habías bebido?

—No lo sé.

Nora levantó la cabeza.

—¿Cómo que no lo sabes?

Daniel cogió una de las almohadas y recostó la cabeza en ella. Había llegado a una parte de la historia que nunca le había parecido necesario contarle con detalle.

—Porque no recuerdo el accidente.

La expresión de Nora cambió.

—¿Nada?

—Recuerdo cosas de aquel día. Algunas. Y recuerdo despertarme después en el hospital. Pero el accidente en sí, no.

—Tu padre sufrió un traumatismo craneal bastante importante —explicó Teresa—. Estuvo varios días muy desorientado.

Daniel miró a su madre mientras hablaba.

Había escuchado aquella explicación muchas veces, sobre todo durante los primeros meses.

Los médicos habían utilizado palabras que entonces le parecieron mucho más graves de lo que finalmente resultaron: traumatismo craneoencefálico, contusión, amnesia postraumática.

Con el tiempo había recuperado casi todo y dejó de preocuparse por lo que faltaba. Hasta aquella noche.

—¿Cuánto no recuerdas? —preguntó Nora.

Daniel intentó responder y descubrió que nunca había calculado el intervalo con precisión.

Recordaba parte de la tarde. Había estado con unos amigos.

Recordaba una terraza, una discusión absurda sobre dónde ir después, alguien intentando convencerlo de que cambiara de camiseta porque llevaba varios días poniéndose la misma para salir.

Sonrió involuntariamente al pensar en aquello y miró la fotografía.

La camiseta. Recordaba tenerla. Recordaba aquella tarde. Después los recuerdos empezaban a perder continuidad.

—Es que no lo sé exactamente.

—¿Recuerdas llegar a la fiesta?

Daniel cerró los ojos. Buscó una puerta, música, una casa, el rostro de Marta. Intentó hacerlo sin completar las imágenes con la fotografía que acababa de ver. Lo único que encontró fueron escenas aisladas de aquella época que podían pertenecer a cualquier fin de semana.

—No.

—¿Recuerdas verla?

—No.

—¿Y salir de allí?

—Tampoco.

Teresa intervino antes de que Nora continuara.

—No lo fuerces.

—Necesito recordarlo, mamá —dijo Daniel levantándose de nuevo.

—Forzarte a recordar no significa que vayas a conseguirlo.

—Mamá, aparezco en una fotografía tomada en el lugar donde desapareció una chica y unas horas después acabé inconsciente dentro de un coche.

—Lo sé.

—No. Hasta hoy solo sabíamos lo segundo.

Daniel cogió el móvil y abrió la conversación con Salas. Estuvo a punto de llamarla, pero miró la hora y decidió escribirle únicamente que necesitaba hablar con ella cuanto antes sobre la fotografía. Después dejó el teléfono sobre la mesa.

Nora seguía observándolo.

—¿Qué es lo primero que recuerdas después?

Daniel se pasó una mano por la frente.

—El hospital.

—¿Directamente?

—Tengo alguna imagen anterior, pero no sé si es un recuerdo de verdad. Durante mucho tiempo me contaron tantas veces lo que ocurrió que acabé mezclando cosas.

—¿Qué te contaron?

—Que encontraron el coche fuera de la carretera. Que había dado varias vueltas. Que los bomberos tuvieron que sacarme.

—¿Y nadie sabía de dónde venías?

Daniel iba a contestar cuando se detuvo. Aquella pregunta sí tenía respuesta. O al menos la había tenido durante años.

—Mis padres dijeron que había salido con amigos.

—Porque eso es lo que dijiste tú, Dani.

—¿Pero lo recuerdas? —insistió Nora.

Daniel miró a Teresa.

—¿Yo os dije dónde había estado, mamá?

Ella entrecerró los ojos mientras intentaba reconstruirlo.

—Después del accidente hablaste muy poco durante los primeros días. Estabas confuso. Más adelante dijiste que habías salido con gente de la universidad. Eso es lo que recuerdo.

—¿Mencioné la fiesta?

—Me parece que no.

—¿Mencioné a Marta?

—No.

Daniel volvió a coger la fotografía. Aquel muchacho de veintidós años estaba a unos metros de una joven que desaparecería esa misma madrugada. Después había subido a un coche y había sufrido un accidente tan grave que una parte de aquella noche había quedado fuera de su memoria.

Intentó establecer los límites. Recordaba la tarde del sábado, aunque de manera fragmentaria. El hospital pertenecía ya al domingo. Entre ambas cosas había un territorio que hasta entonces nunca había necesitado explorar.

—¿Cuántas horas no recuerdas? —preguntó Nora.

Daniel buscó mentalmente el último recuerdo que podía fechar con cierta seguridad. Una cerveza en una terraza todavía de día. Uno de sus amigos quejándose del frío. Después, imágenes sin orden. Ninguna le permitía afirmar dónde estaba ni con quién.

—Bastantes.

—¿Tres? ¿Cuatro?

Daniel negó lentamente.

—Más.

Teresa lo observaba desde el otro lado de la cama.

—Dani, mañana puedes pedir el informe del hospital. Quizá allí figure lo que dijiste cuando llegaste, si estabas consciente o cuánto tiempo calculaban los médicos que habías perdido.

Era una posibilidad concreta. Algo que podía buscarse, comprobarse, colocarse sobre una mesa sin depender de una memoria dañada.

—Y el atestado del accidente —añadió Daniel.

—Salas podrá conseguirlo, digo yo —dijo Nora.

Daniel asintió. Guardó la fotografía dentro de la funda transparente en la que la habían encontrado y dejó el resto de documentos aparte. Ya no podía mirar aquella imagen como una prueba del caso de Marta. También era una prueba sobre él.

Durante diecisiete años había aceptado que no recordaba el momento del accidente.

Nunca había necesitado preguntarse qué había ocurrido antes porque creía conocer la respuesta general: había salido, había cogido el coche, había perdido el control y había despertado en un hospital.

Ahora tenía una fotografía que introducía algo nuevo dentro de ese relato.

Daniel volvió a calcular las horas. El último recuerdo seguro era de aquella tarde. El siguiente era una habitación de hospital. Entre ambos había una fiesta, una chica desaparecida y una carretera. Y de todo lo ocurrido entre una cosa y la otra no recordaba absolutamente nada.