No abras la puerta CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La llamada de Salas llegó poco antes de las seis de la tarde. Daniel estaba en el salón con Nora y Teresa, intentando decidir qué parte de la comida que su madre había preparado podía guardar para el día siguiente, cuando vio aparecer el nombre de la subinspectora en la pantalla.

—Dígame.

—Necesito que venga otra vez —dijo Salas—. No hace falta que sea inmediatamente, pero preferiría hablar con usted hoy.

Daniel dejó el táper que tenía entre las manos.

—¿Es por Javier?

—Hemos hablado con él.

Nora levantó la cabeza desde el sofá.

—¿Y?

—En persona, señor Vega.

Daniel miró el reloj.

—Estoy allí en veinte minutos.

Colgó y encontró a las dos observándolo.

—Han hablado con Javier —explicó mientras cogía las llaves.

—¿Y qué ha dicho? —preguntó Nora.

—No me lo han contado por teléfono.

—Voy contigo.

—No hace falta.

Nora abrió la boca, pero Teresa intervino antes de que empezaran otra discusión.

—Déjalo ir —dijo mientras se sentaba junto a su nieta—. Si Salas quiere hablar con él a solas será por algo.

Nora resopló.

—Estoy empezando a odiar la frase «será por algo».

Daniel se acercó y le dio un beso en la frente.

—Te llamo al salir.

—Eso dijiste la última vez.

—Y te llamé.

—Después de que te llamara yo primero.

—Entonces esta vez intentaré hacerlo mejor.

Salas no lo llevó a la sala del ordenador. Lo condujo hasta un despacho pequeño con una ventana interior y una mesa cubierta de carpetas. Había otra agente trabajando al fondo, aunque levantó la vista apenas unos segundos cuando Daniel entró.

—Javier Vidal ha confirmado que se reunió con Laura hace tres semanas —explicó Salas en cuanto se sentaron—. Dice que fue ella quien contactó con él.

—¿Por qué?

—Porque quería hablar de Marta.

Daniel esperó algo más.

—¿Eso es todo?

—No. Dice que Laura llevaba meses haciéndole preguntas sobre la investigación original y que últimamente estaba especialmente interesada en determinadas irregularidades del expediente.

—¿Qué irregularidades?

Salas abrió una carpeta.

—La declaración que usted encontró no es la única.

Daniel se inclinó hacia delante.

La subinspectora deslizó varias fotocopias sobre la mesa. En algunas había anotaciones en los márgenes; otras estaban marcadas con post-its de colores.

—Cuando revisamos el trastero encontramos referencias cruzadas entre documentos que sí aparecen en el sumario y otros que no constan. Declaraciones sin incorporar, cambios de horario, informes redactados de nuevo varios días después y diligencias cuya trazabilidad no está clara.

Daniel recorrió las páginas sin comprender del todo qué estaba viendo.

—¿Y mi padre tiene algo que ver con todo esto?

—Más de lo que usted sabía.

Salas señaló uno de los documentos. El nombre aparecía en la parte inferior.

Inspector Andrés Vega.

Daniel pasó a la siguiente página. También. Y a otra. Lo mismo.

—Su padre formó parte del equipo que investigó la desaparición de Marta Vidal durante las primeras semanas —explicó Salas—. No era el responsable principal, pero intervino directamente en varias diligencias.

Daniel siguió pasando hojas.

—Esto no puede ser.

—¿Por qué?

—Porque nunca me habló de Marta.

—Muchos policías no hablan en casa de todos los casos en los que trabajan.

—No me refiero solo a eso. Laura llevaba años investigando este caso. Mi padre investigó este caso. Yo estaba casado con Laura y ninguno de los dos me dijo nunca nada.

Salas lo observó con atención.

—¿Su padre y Laura se llevaban bien?

Daniel pensó en ello.

—Sí. Normal. Nunca fueron especialmente cercanos, pero se llevaban bien.

—¿Alguna discusión?

—No.

—¿Alguna vez le pareció que existiera tensión entre ellos?

—No que yo recuerde.

La pregunta lo obligó a revisar escenas que hasta entonces no habían tenido ningún significado especial: comidas familiares, Navidades, cumpleaños de Nora, alguna tarde de domingo en casa de sus padres.

Andrés y Laura habían compartido mesa durante años.

Habían hablado de política, de fútbol, del trabajo de Daniel, de las notas de Nora.

Su padre había llevado a Laura al aeropuerto una vez y ella había acompañado a Teresa al hospital cuando Andrés tuvo una intervención menor. Nada destacaba.

—¿Qué clase de irregularidades son estas? —preguntó Daniel mientras señalaba los documentos.

—Todavía estamos revisándolas.

—¿Pero tiene una opinión?

—Tengo preguntas.

—Pues haga una.

Salas cogió una de las hojas.

—Esta declaración fue tomada a las nueve y cuarenta de la mañana del día posterior a la desaparición. El testigo afirma haber visto un vehículo gris en las inmediaciones y aporta una matrícula parcial.

Daniel reconoció el documento de inmediato.

—La del Renault.

—Exacto. Sin embargo, esa declaración no aparece en la copia oficial del sumario que se conserva digitalizada. Encontramos una referencia a ella en un índice antiguo, pero el documento completo no está.

—¿Y mi padre la tomó?

—No. La tomó otro agente. Pero la diligencia posterior en la que se revisaron vehículos vinculados a la zona lleva la firma de su padre.

Daniel dejó de mirar las hojas.

—¿Está diciendo que mi padre hizo desaparecer la declaración?

—Estoy diciendo que no sabemos por qué esa declaración no terminó incorporada correctamente al expediente.

—Pero el coche era suyo.

Salas asintió.

Daniel se levantó y caminó hasta la ventana interior del despacho. Al otro lado, dos agentes hablaban junto a una impresora.

—Mi padre era policía desde antes de que yo naciera —dijo sin girarse—. Se jubiló con una medalla y media comisaría fue a su funeral.

—Nada de eso impide que pudiera cometer errores.

Daniel se volvió.

—¿Errores?

—O decisiones que tendremos que entender.

—Ha dicho que había más cosas.

Salas abrió otra carpeta.

—Hay un informe de búsqueda elaborado tres días después.

La hora de una de las batidas fue modificada manualmente.

Una segunda declaración aparece fechada dos veces con horarios distintos.

Y hay una referencia a una llamada recibida en comisaría que posteriormente desaparece del registro de incidencias.

—¿Firmado por mi padre?

—En parte.

Daniel se sentó de nuevo.

—¿Javier sabía esto?

—Sabía que había inconsistencias. Pero no conocía todos los documentos que Laura había reunido.

—¿Y Laura?

—Por lo que hemos visto en el trastero, llevaba tiempo intentando reconstruirlas.

Daniel apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Entonces ella no estaba investigando únicamente qué le pasó a Marta. Estaba investigando a mi padre.

Salas no confirmó la conclusión, pero tampoco la rechazó.

Daniel se quedó mirando el nombre de Andrés en una de las copias.

Seis años muerto. Hasta aquella mañana había sido un hombre con defectos conocidos: demasiado rígido, incapaz de pedir perdón, obsesionado con llegar cinco minutos antes a cualquier sitio.

Un padre con el que Daniel había discutido muchas veces y al que, pese a eso, había admirado casi toda su vida.

Ahora su nombre aparecía repetido dentro del expediente de una chica desaparecida que Laura había mantenido escondido durante diecisiete años.

—¿Hay algo más? —preguntó Daniel.

Salas juntó las fotocopias.

—Sí. Pero necesito comprobarlo antes de hablar con usted.

Daniel la miró.

—¿También tiene que ver con mi padre?

—Tiene que ver con la investigación original.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es la respuesta que puedo darle hoy.

Daniel recogió el teléfono y se puso en pie.

—¿Y Javier?

—De momento no hay nada que lo sitúe con Laura la noche de la desaparición más allá de esa imagen que no podemos identificar. Él afirma que no la veía desde la reunión de hace tres semanas.

—¿Le cree?

—No trabajo creyendo o dejando de creer a la gente.

Salas lo acompañó hasta la puerta.

—Señor Vega, sé que esto empieza a afectar a personas de su familia, pero necesito que no saque conclusiones antes de tiempo.

Daniel miró la carpeta que la subinspectora llevaba bajo el brazo.

—Mi mujer desaparece y descubro que llevaba años investigando un caso en el que mi padre manipuló documentos relacionados con un coche que era suyo. Me va a costar bastante no sacar ninguna conclusión.

Al salir de la comisaría llamó a Nora, tal y como había prometido.

—¿Qué te han dicho? —preguntó ella.

Daniel caminó hacia el coche.

—Que el abuelo trabajó en el caso de Marta.

Hubo silencio al otro lado.

—¿El abuelo Andrés?

—Sí.

—¿Mamá lo sabía?

Daniel miró las puertas de la comisaría antes de abrir el coche.

—No solo lo sabía.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que llevaba años investigando lo que hizo.