No abras la puerta CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Daniel tardó menos de quince minutos en volver a la comisaría. Salas lo esperaba en la misma sala donde habían hablado aquella tarde. Esta vez no había carpetas abiertas ni fotografías sobre la mesa. Solo un fotograma detenido en el monitor.

—La hemos recuperado de una cámara de tráfico situada frente a la salida del aparcamiento —explicó la subinspectora mientras señalaba una esquina de la imagen—. Es de las ocho y diecisiete.

Daniel se acercó.

Laura aparecía junto a la salida peatonal, de perfil y con el bolso colgado del hombro. La distancia impedía distinguir su expresión, pero la reconoció sin dificultad. A unos metros de ella había un hombre.

—¿Es la única imagen? —preguntó Daniel.

—Tenemos seis segundos de grabación. En ninguno se le ve bien la cara.

—¿Ese hombre está con ella?

—Eso parece. Salen juntos del encuadre.

Daniel sacó el teléfono.

—Mi hija me acaba de enseñar esto.

Abrió la fotografía de la cafetería y se la mostró. Salas observó la imagen antes de levantar la vista.

—¿Quién es?

—Javier Vidal. El padre de Marta.

La subinspectora regresó a la fotografía.

—¿Cuándo se hizo?

—Hace tres semanas. Mi hija vio a Laura reunirse con él en una cafetería cerca de su consulta.

—¿Laura sabía que su hija estaba allí?

—No.

—¿Y su hija no se lo contó hasta hoy?

—Pensó que Laura podía estar engañándome —respondió Daniel negando con la cabeza.

Salas acercó el teléfono al monitor y comparó ambas imágenes. La fotografía de Nora permitía ver a Javier con bastante claridad; la cámara de tráfico apenas ofrecía una silueta masculina, de altura similar y complexión media.

—Podría ser él —admitió finalmente.

—¿Pero?

—También podría ser cualquier otro hombre con unas características físicas parecidas. Necesitamos algo mejor antes de identificarlo.

Daniel recuperó el teléfono.

—¿Van a hablar con Javier Vidal?

—Sí.

—Quiero estar presente.

—No.

—Mi mujer se reunió con él a escondidas.

—Por eso no va a estar presente —respondió Salas mientras se sentaba—. Si el señor Vidal sabe algo sobre la desaparición de su mujer, prefiero escuchar lo que tenga que decir sin estar usted delante.

Daniel permaneció de pie.

—¿Cuándo van a citarlo?

—En cuanto terminemos aquí.

—¿Y me avisará?

—Cuando pueda contarle algo, sí.

Salas abrió la libreta que tenía delante y buscó una página.

—Esta tarde me habló de una documentación relacionada con Marta Vidal y de una declaración que mencionaba un vehículo vinculado a su padre —continuó ella.

—Sí.

—También me dijo que esa documentación pertenecía a Laura, pero no me explicó de dónde había salido.

Daniel entendió adónde conducía aquello.

—La encontré en un trastero.

Salas dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Qué trastero, señor Vega?

—Uno que Laura tenía alquilado.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

—¿Y cómo lo encontró?

Daniel metió una mano en el bolsillo de la chaqueta. No podía contarle lo del trastero sin explicar la llave. Y no podía explicar la llave sin acercarse demasiado a la carta.

—Encontré un recibo entre sus cosas —acabó respondiendo—. Había una dirección, un número de unidad y un código de acceso.

—¿Y no había llave?

Daniel sostuvo la mirada de la subinspectora.

—Estaba guardada con el recibo.

Salas anotó algo.

—¿Qué había dentro?

—Tres cajas con documentación sobre Marta Vidal.

—¿Tres cajas?

—Recortes, copias de declaraciones, mapas, fotografías, informes... Laura llevaba años recopilándolo.

—¿Años?

—Sí.

—Usted me dijo que había encontrado documentación sobre un caso antiguo. No me dijo que su mujer tuviera un archivo entero escondido en un trastero.

—Acababa de encontrarlo. Ni siquiera sabía qué estaba mirando.

Salas cerró la libreta sin apartar los ojos de él.

—¿Y ahora sí?

Daniel se sentó frente a ella.

—Ahora sé algunas cosas más, sí.

Le explicó lo de Marta.

La amistad entre las dos chicas, las fotografías de juventud y la declaración policial que situaba a Elena entre las últimas personas del entorno de Marta que habían hablado con ella antes de la desaparición.

Después sacó el móvil y enseñó a Salas algunas de las imágenes que había tomado en el trastero.

La subinspectora fue pasando las fotografías hasta detenerse en una copia del antiguo carnet universitario.

ELENA ROBLES.

Debajo aparecía el rostro de Laura con diecinueve años.

—¿Quién es Elena Robles? —preguntó Salas.

—Laura.

La subinspectora amplió la imagen.

—¿Su mujer se llamaba Elena Robles?

—Antes de que yo la conociera, sí.

—¿Y cuándo cambió de identidad?

—No lo sé. Cuando empezamos a salir ya era Laura Rovira.

Salas dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Es un cambio de nombre legal?

—Sus documentos actuales son legales. Llevamos dieciséis años juntos. Tenemos una hija, una hipoteca, cuentas bancarias... No sé cómo se hizo el cambio ni por qué.

—¿Nunca le habló de Marta?

—Nunca.

—¿Ni de Javier Vidal?

—Tampoco.

—¿Y de Elena Robles?

Daniel negó con la cabeza.

Salas lo observó con aparente tranquilidad. Nada parecía sorprenderla.

—Entonces tenemos a una mujer desaparecida que ocultó a su marido su identidad anterior, que guardaba en secreto una investigación sobre la desaparición de una amiga y que, pocas semanas antes de desaparecer, se reunió con el padre de esa amiga.

Daniel miró el fotograma detenido en el monitor.

—Y cuatro meses antes recibió una declaración que no constaba en el sumario.

—En esa es donde me comentó que se mencionaba el coche de su padre.

—Exacto.

—¿Quién se la envió?

—Pudo ser Javier, no estoy seguro. El sobre no tenía remitente.

—¿Lo conserva?

—Está en el trastero.

Salas cogió el teléfono de la mesa.

—No vuelva allí, señor Vega.

—¿Por qué?

—Porque vamos a ir nosotros. Y a partir de ahora necesito que no toque, retire ni modifique absolutamente nada de lo que haya dentro.

—No he modificado nada.

—Ha entrado dos veces, ha revisado documentación y se ha llevado al menos una fotografía. Eso sí es modificar, señor Vega.

—Estoy buscando a mi mujer.

—Entonces estamos haciendo exactamente lo mismo —respondió Salas sin elevar la voz—. La diferencia es que yo necesito saber qué encontró Laura exactamente como ella lo dejó.

Daniel apartó la mirada.

La subinspectora tenía razón y eso no conseguía aliviar la irritación que le producía escucharla.

—Hay otra cosa —dijo Daniel.

Salas volvió a coger el bolígrafo.

—Dígame.

—Nora descubrió que Laura tenía un segundo teléfono.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos. Lo vio por última vez hace unas semanas.

—¿Número?

—Tampoco.

—¿Del trabajo, quizás?

—Eso es lo que le dijo Laura.

Salas hizo una anotación.

—Lo comprobaremos.

Daniel miró la hora. Llevaba allí menos de media hora y tenía la sensación de haber entregado a una desconocida una vida que ni siquiera sabía que pertenecía a su mujer.

—Quiero saber cuándo hablen con Javier.

—Ya se lo he dicho: le contaré lo que pueda.

—Es el padre de Marta. Laura se reunió con él y quizá sea el hombre que aparece con ella la mañana en que desaparece.

—Y también puede ser un hombre que lleva diecisiete años buscando a su hija y que se reunió con una antigua amiga de ella.

Daniel guardó silencio.

—No convierta las coincidencias en pruebas —añadió Salas mientras cerraba la libreta—. Para eso estamos nosotros.

Daniel salió de la comisaría poco después.

Durante el trayecto de vuelta pensó en llamar a Teresa para avisar de que regresaba, pero acabó dejando el teléfono en el asiento del copiloto. Necesitaba unos minutos en los que nadie le preguntara qué había ocurrido.

Al llegar a casa permaneció dentro del coche. Había algo que llevaba rondándole la cabeza desde el trastero y que hasta entonces no había tenido tiempo de ordenar.

Abrió el navegador.

Escribió:

Elena Robles psicología.

Los resultados eran escasos, pero existían. Un listado universitario, la participación en unas jornadas, una competición escolar y varias referencias relacionadas con la desaparición de Marta.

Después buscó:

Laura Rovira psicología.

Aparecieron la consulta, perfiles profesionales, cursos, entrevistas y congresos. Era la vida que Daniel conocía.

Empezó a comparar fechas.

Elena Robles había estudiado en la misma universidad que Laura decía haber cursado, aunque algunos años y ciudades no coincidían con la historia que le había contado.

También encontró referencias a un instituto en el que Elena había permanecido durante varios cursos consecutivos, pese a que Laura siempre había explicado que su familia se mudaba constantemente por el trabajo de sus padres.

No eran dos biografías completamente distintas.

Eso habría resultado más fácil de entender.

Eran la misma vida retocada en determinados lugares.

Daniel entró en casa algo más de cuarenta y cinco minutos después de haberse ido.

—¿Qué te han dicho? —preguntó Teresa cuando lo vio aparecer.

—Van a revisar el trastero y a hablar con Javier Vidal —respondió mientras se quitaba la chaqueta.

Nora salió del salón.

—¿Era él el de la cámara?

—No pueden asegurarlo.

—¿Pero puede serlo?

—Puede.

Daniel se sentó en el sofá y abrió de nuevo el navegador.

—Quiero preguntaros una cosa. ¿Qué sabemos realmente de la vida de Laura antes de conocerme?

Nora se extrañó.

—¿A qué te refieres?

—A dónde vivía, dónde estudió, quiénes eran sus amigos. Cualquier cosa.

—Siempre decía que su adolescencia había sido bastante aburrida —respondió Nora mientras se sentaba frente a él.

—A mí también me lo decía.

—¿Y no era verdad? —preguntó Teresa.

—Parte sí. Parte no.

Daniel les enseñó los resultados que había encontrado.

Laura había estudiado psicología, había vivido durante un tiempo en algunos de los lugares que mencionaba y buena parte de su trayectoria profesional coincidía con lo que siempre había contado.

Pero había años que no encajaban, ciudades distintas y personas que jamás habían formado parte de sus recuerdos cuando hablaba con ellos.

—Entonces se inventó su vida —dijo Nora.

—No exactamente. Eso es lo raro —respondió Daniel mientras dejaba el teléfono sobre la mesa—. No parece que se inventara otra vida. Parece que cogió la que tenía y quitó algunas partes.

—¿Qué partes? —preguntó Teresa.

Daniel pensó en las cajas del trastero.

—Marta. Elena. Aquellos años.

Nora apoyó la espalda contra el sofá.

—Eligió qué cosas de su vida podían existir en casa.

Daniel no respondió.

Subió al dormitorio y abrió el armario. En el estante superior conservaban una caja con recuerdos de los primeros años de relación: entradas de cine, tarjetas de hoteles, billetes de avión y fotografías que habían ido acumulando antes de que los móviles terminaran sustituyendo casi todo aquello.

Encontró una de Roma. Laura llevaba unas gafas enormes y se apoyaba contra él frente al Coliseo. En el reverso había una fecha. Para entonces ya era Laura Rovira.

Cogió otra, tomada durante una cena pocos meses después de conocerse. Debajo, escrita con la letra de ella, había una frase:

Primera cena en la que conseguí que no hablaras de fútbol durante más de veinte minutos.

Daniel sonrió.

Recordaba perfectamente aquella noche. También recordaba la primera vez que durmieron juntos, las discusiones absurdas de los primeros meses, el piso diminuto al que se mudaron después y la mañana en la que Laura le enseñó el test de embarazo de Nora.

Nada de aquello parecía falso. Y justamente ese era el problema.

Volvió al salón con la fotografía de Roma.

—Esta es de poco después de que empezáramos a salir —dijo mientras se la entregaba a Nora.

—Ya la he visto muchas veces.

—Para entonces ya se llamaba Laura.

Nora miró la fotografía.

—¿Y?

—Que Elena Robles desapareció antes de que yo la conociera.

—Pero mamá no desapareció.

—No.

Daniel recuperó la imagen.

La mujer de la fotografía era Laura. La misma que había conocido, con la que se había casado y con la que había criado a Nora. Solo que antes había sido Elena. Y, en algún momento entre la desaparición de Marta y la tarde en que Daniel la conoció, había decidido dejar de serlo.